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Sobre uves y bes

por Rosario González Galicia

En eso que se ha dado en llamar canción melódica, no hay cantante español que se precie que no pronuncie la uve (1). Desde los de más larga trayectoria, como Raphael, Julio Iglesias, Juan Pardo o Paloma San Basilio, hasta los más recientes, aunque no por ello de menor éxito y fama, como Alejandro Sanz o Ella Baila Sola, todos hacen ostentación de uves por doquier. Podría asegurarse la siguiente proporción: cuanto más empalago y cursilería hay en una canción o en un cantante de este tipo de música, tantas más uves redichas y forzadas le salen a la letra. Esta clase de canción -como en otros sentidos las de otras clases- ha de pagar su peaje: pronunciar uves hace exótica a la canción cantada en español, la internacionaliza, le da pátina y categoría, le confiere marchamo de calidad -al menos eso es lo que parecen opinar los que la cantan. A estos cantantes puede (y suele) ocurrirles que, cuando dicen palabras tan frecuentes y vulgares como viene o veo, se les olvide pronunciar la uve, pero de ninguna manera olvidan ni descuidan recalcarla cuando en la letra tocan expresiones como vida mía, no me olvides, me corre por las venas y otras del mismo jaez, al tiempo que se empachan de corasones ("partíos" o enteros).

Por causas distintas a las de los anteriores, hay otro grupo de profesionales que aun más señaladamente si cabe se dedica a pronunciar uves como perlas brillantes de su discurso. Me refiero a ciertos locutores y presentadores de radio y televisión. Y por ejemplo eximio el de Jesús Hermida, destacable por cuanto ha creado escuela, sobre todo entre mujeres que primero fueron ayudantes suyas y que más tarde se independizaron para presentar y dirigir ("conducir", que dicen ahora) con más o menos éxito sus propios programas. Este señor, después de trabajar como corresponsal de televisión en los Estados Unidos de América, volvió para prestar sus servicios en la televisión estatal española (más adelante lo haría en alguna de las cadenas privadas). Volvió del extranjero, imbuido de un profundo espíritu de modernidad, para enseñar a los paletos de su país. Aún lo recuerdo -hace ya bastante tiempo, en los memorables años del inicio de nuestra Democracia- derramándose y desparramándose por el sillón en el que se sentaba en el estudio, sosteniendo al desgaire su cabeza, apoyada, por el mentón, en su mano, que, a su vez, se apoyaba, en descuidada pose para la foto, en el brazo del sillón, y escurriéndose tanto del mismo que poco le faltaba para acostarse; y, al mismo tiempo, sin parar de hablar y apartándose con un estudiado gesto mecánico el flequillo, que muy a propósito le caía sobre los ojos, iba enseñoreándose de la lengua, relamiéndose con su pronunciación, con su silabeo, con sus interminables frases (no por lo complejas y enjundiosas, sino por lo que él las alargaba arrastrando sílabas), con unas uves tan marcadas que literalmente se podían leer en sus labios y ver cómo le salían del roce de los incisivos superiores con el labio inferior. En sus ojos un brillo de bondad y condescendencia, no exento de gravedad, anunciaba: "Niños, atended, que habla el maestro". Del mismo modo, pues, que nos enseñaba modales y usos sociales correctos, formas cultas de conversar y temas importantes, frente a formas chabacanas y vulgares o temas menores, nos enseñaba la correcta pronunciación, y no esa común y popular que, entre otros defectos, confundía uves con bes. El caso de Hermida -muy representativo pero no único entre gentes de su misma parcela profesional- se trata de un caso de ejemplar pedantería, en el peor sentido del término (que es el más extendido, si no único, hoy día), y no en el que desgrana Antonio Machado en el Juan de Mairena y del que, por lo hermoso y cabal, deseo aquí dejar constancia resumidamente: "Ya hemos dicho que pretendemos no ser pedantes. Hicimos, sin embargo, algunos distingos. (…) ¿Qué modo hay de que un hombre consagrado a la enseñanza no sea un poco pedante? Consideremos que sólo se enseña al niño, aunque tenga más años que un palmar. (…) ¿Cómo puede un maestro, o, si queréis un pedagogo, enseñar, educar, conducir al niño sin hacerse algo niño a su vez y sin acabar profesando un saber algo infantilizado? Porque es el niño quien, en parte, hace al maestro. Y es el saber infantilizado y la conducta infantil del sabio lo que constituye el aspecto más elemental de la pedantería, como parece indicarlo la misma etimología griega de la palabra. (…) Y en cuanto al hecho mismo de que el maestro se infantilice y en cierto sentido se ‘apedante’ en su relación con el niño (‘país’, ‘paidós’), conviene también distinguir. Porque hemos de comprender como niños lo que pretendemos que los niños comprendan. Y en esto no hay infantilismo, en el sentido de retraso mental. (…) Al contrario: el niño nos revela que casi todo lo que él no puede comprender apenas si merece ser enseñado, y, sobre todo, que cuando no acertamos a enseñarlo es porque nosotros no lo sabemos bien todavía." (2)

Hasta qué punto haya podido calar entre la gente la pronunciación de uves del Sr. Hermida es algo muy difícil de medir, pero, a buen seguro, de muy escasa relevancia. Es, sin embargo, una pequeña muestra de un fenómeno de mucha mayor amplitud, penetración e importancia, y cuyos resultados ya son notorios no sólo entre los jóvenes, sino también entre menos jóvenes que se pasan horas delante, especialmente, del televisor. Se le ha hecho creer a la gente o la gente se ha querido creer (o las dos cosas) que donde se habla bien es en la "tele" (y también, aunque en un segundo rango, en la radio). Y, entonces, la gente deja de hablar como lo ha hecho siempre para ponerse a imitar lo más posible a los maestros televisivos; y, si un día toca decir uves porque las dice el presentador de moda , pues a decir uves, o, si otro día hay que acentuar al hablar las preposiciones o los artículos, pues se acentúan, o, si lo que procede es desguazar la frase haciendo comas donde no corresponde, pues se desguaza. Puedo asegurar que hay personas que me han asegurado (y cualquiera se pone a dar explicaciones cuando de opinión o creencia se trata) que en el español de hoy deben decirse de forma distinta bueno y vuelo, la primera con [b] y la segunda con [v]. Pues no: hoy /v/ no forma parte de nuestro sistema fonológico, lo que puede sentirse como una molesta pérdida, pues, si contáramos con tal fonema, podríamos distinguir, sin necesidad de contexto, barón y varón, bello y vello y tantas otras parejas homónimas. Pero así se las gastan las lenguas: cambian, y lo que sí distinguían nuestros antepasados del siglo XIV no lo distinguimos nosotros.

La cosa es que los dos fonemas que el castellano medieval distingue y que quedan perfectamente reflejados en la ortografía de la época de Alfonso X, uno siempre escrito con b y el otro con las posibilidades v o u, terminan por confundirse en uno único, el fonema /b/. El proceso, como otros de cambios en las consonantes, parece que empezó a fines del siglo XIV y quedó completamente consumado a mediados del XVI. De manera que la vieja distinción fonológica, que refleja la escritura de amava (o también amaua), cavallo, venir, frente a la de bueno, cabeza o pueblo, desapareció y, a partir del susodicho cambio fonológico, las grafías b y v, representantes hasta entonces en la escritura de distintos fonemas, terminan por corresponderse con el mismo. El uso actual de una u otra letra responde a criterios etimologistas que la Real Academia Española impuso en 1726, fijando b y v según aparecieran respectivamente en los vocablos latinos y dejando b para los casos dudosos. No tenemos hoy día (ni desde hace casi cinco siglos) fonema parejo al que aparece en el francés vouloir, portugués vinte, italiano voglio, inglés velvet o alemán wein. Actualmente la pronunciación de ese único fonema /b/ tiene dos variantes según la posición que ocupe en la cadena hablada (3), variantes que, en la pronunciación más común y extendida, no se corresponden con el sonido [v], que es la realización del fonema /v/ de esas otras lenguas.

Pero lo que sí es un hecho es que hay hablantes, sobre todo en la mitad sur de España y en el continente americano, que pronuncian [v] en aquellas palabras que llevan la letra v. A este respecto, el filólogo Rafael Lapesa (4) menciona la conservación del fonema /v/ en el pueblo de Serradilla (de la Sierra de Santa Catalina, en la provincia española de Cáceres) y en otros de la misma comarca. Y, volviendo a nuestros ejemplos musicales, cabe preguntarse: ¿Es sólo una cuestión de moda, un fenómeno del mundo de la canción en general, manifiesto especialmente en la melódica, que cantantes americanos como Víctor Jara, Chabuca Granda o Mercedes Sosa, o, en el lado español, intérpretes de flamenco -sea éste del más puro o del más mezclado- pronuncien uves más o menos marcadas? ¿O será más bien que éstos, como otros hablantes, dicen uves en sus canciones porque también las dicen cuando hablan? La explicación de este particularismo en su pronunciación es complicada (y seguramente no obedece a una sola causa), pero no puede decirse que sea sólo cuestión de moda o pedantería. No, al menos, entre los hablantes anónimos. Lo que con mayor probabilidad ocurre es que conservan, como arcaísmo, una vieja pronunciación. Hay, por tanto, que volver sobre la situación del castellano medieval. Que hubo un fonema distinto de /b/, con las mismas características que el ya mencionado fonema /v/ de inglés, francés, portugués, etc., y creación de las lenguas romances -pues no lo había en latín- a partir de la antigua semiconsonante latina de VIVERE, de -b- intervocálica (como la de AMABAM, que en castellano medieval dio amava) y de -f- intervocálica (del latino PROFECTVM el castellano obtuvo provecho) no puede negarse. En lo que no se ponen de acuerdo los lingüistas es en su extensión dentro del castellano. Algunos, como R. Lapesa, sostienen que, con mucha probabilidad, tal fonema nunca se dio en el núcleo septentrional del castellano (la zona que aproximadamente hoy ocupa el País Vasco, parte de Cantabria, parte de Burgos, o, incluso, más al sur), debido quizá a un sustrato muy antiguo que afecta a más zonas de la Romania. Otros estudiosos consideran, en cambio, que lo hubo en todo el territorio del castellano. En todo caso, todos están de acuerdo en que la innovación, la eliminación de ese fonema /v/, fuera cual fuera su extensión, en beneficio de /b/, vino del norte al sur y tardó en calar entre las gentes de la meseta sur, parte de las cuales seguramente nunca dejó de pronunciar [v]. Estas mismas gentes, que, desde fines del siglo XV, emigraron en grandes cantidades al continente americano (como se sabe, el grueso de la marinería y de la mano de obra en los navíos españoles de la época procedía de la mitad sur de España, especialmente de Andalucía), a buen seguro contagiaron esta pronunciación (entre otras) a los indígenas en su aprendizaje del castellano.

Hasta hace 3 ó 4 décadas era relativamente corriente entre los maestros de escuela españoles leer uves cuando, en los dictados que hacían a los niños, aparecían palabras como vender o evitar. Trataban, evidentemente, en su obsesión por la ortografía, de que los niños no cometieran la falta de escribir b donde no correspondía. Es una práctica tan bienintencionada como inútil. A uno de esos maestros que dictaban uves se le quitaron para siempre las ganas de seguir haciéndolo el día en que un niño le dijo: "Don Joaquín, ¿y por qué no dicta usted distintas gemelo y jefe?

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Notas:

  • (1) Para mejor comprensión del lector no avezado en las disciplinas de la Fonología y de la Fonética, diré que, normalmente, los fonemas se representan entre barras oblicuas (por ejemplo /p/) y los sonidos entre corchetes (es decir, [p]); y que llamo aquí y en otras partes uve al fonema consonántico, oral, fricativo, labiodental, sonoro, transcrito como /v/, que podemos oír con tanta frecuencia reproducido en el sonido [v] en lenguas como el alemán, el inglés, el francés, el portugués o el italiano. Correspondientemente, con be aludo al fonema consonántico, oral, oclusivo, bilabial, sonoro, que se transcribe como /b/.
  • (2) Pertenece este extracto al apunte XXXIX (apartado o subdivisión 8) del Juan de Mariena, libro tan extraordinario como poco (bien) conocido en España.
  • (3) El fonema /b/, escrito en el español de hoy con b o con v (fonema consonántico, oral, oclusivo, bilabial, sonoro), tiene dos variantes fundamentales, idénticas en todo excepto en que una se articula como oclusiva y la otra como fricativa, y que dependen de su posición en la cadena hablada: la primera se da únicamente en posición inicial absoluta y detrás de /n/, la segunda en el resto de las posiciones. Lenguas como el francés, el portugués, etc. tienen un fonema /b/ y otro /v/. Este último -como ya se ha indicado en la nota (1)- se define como consonántico, oral, fricativo, labiodental, sonoro (y forma pareja con /f/, que es su correlato sordo); la realización o variante habitual de /v/ es el sonido [v].
  • (4) Rafael Lapesa escribió una ingente obra, en la que es fundamental su Historia de la Lengua Española, que es de donde procede el dato que reseño y otros que aparecen en este artículo.

 

 

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Última actualización: jueves, 06 de septiembre de 2001

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