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El simbolismo poético en el cine

por José Tirado

La comunión entre las diferentes disciplinas artísticas parece un hecho tan evidente, en algunos casos, como imposible en otros. De manera que, por ejemplo, hallar la conexión entre filosofía y literatura resultaría viable, en tanto que ésta se establece a nivel de contenido. ¿Pero cómo podríamos determinar que pintura, poesía (u otras artes) trascienden hasta afectar al arte cinematográfico? ¿Bastaría con proponer que han sido muchos los films que han recreado imágenes pictóricas, siendo genios como Murnau o Renoir sus principales estandartes..? Creo que no. Considero que la relación se forja en torno a una concepción más profunda y no a un simple guiño escenográfico, tal y como Santos Zunzunegui ha sabido interpretar magistralmente en La mirada cercana.

En este caso en cambio, quisiera reflexionar sobre la influencia que la poesía ejerce sobre el cine, precisando entre la conexión establecida a nivel narrativo y su inmediata aplicación formal. El grado de implicación que relacionará ambas entidades estribará según la frecuencia del componente simbólico.

La aplicación del concepto simbólico al texto poético importa un matiz diferenciador respecto a su significación más extensa. Mientras que la definición de símbolo corresponde a la figura con que se representa un concepto moral o intelectual, por alguna correspondencia que el entendimiento percibe entre ése y la imagen que lo representa, la homóloga función poética variará por su necesidad de ceñirse al laconismo de la narración. Así pues, la incursión del símbolo, en poesía, no debería limitarse a la transferencia figurativa sino a su capacidad de síntesis (procurándose analizar el concepto hasta alcanzar su extracto expresivo y realizar entonces la transacción representativa). De manera que si el texto debe acotarse a la brevedad, sólo mediante la expresión simbólica puede representarse una idea, frase o historia con un único término que contenga la totalidad del significante (al mismo tiempo que se elimina el factor previsible de la lectura). Y es que el símbolo, como interpretación conceptual debe responder a la misma idea de función que caracteriza a la noción que representa, de manera que la unión entre ésta y su símbolo se realiza en base a su carga semántica, aportando el mismo (o similar) significado al texto.

Por tanto, la poesía se sirve del uso del símbolo para sintetizar ideas y plantearlas, bajo una analogía racional, de manera que su lectura suscite la implicación emocional con el texto. Así se consigue condensar un acopio de sensaciones inexplícitas que satisfacen en mayor grado al lector, debido a su carácter evocador, y organizan al mismo tiempo su estructura.

Como consecuencia, dicha continua búsqueda de analogías narrativas afectará directamente a la organización formal del texto poético. La constante inserción de símbolos (entendidos como síntesis exigua de una idea) permite confeccionar un discurso basado en el lenguaje deponente de todo rigorismo lógico y gramatical en favor de la palabra, primando al mismo tiempo el espacio poético sobre la noción de temporalidad para exaltar su especial fluidez y rítmica musical. Así, se consigue hacer de la poesía una de las disciplinas artísticas con mayor capacidad de sugestión.

Sin lugar a dudas la otra es el cine, que al adaptar la concepción poética del símbolo consigue crear el mismo efecto mediante imágenes. Podríamos decir incluso, que su capacidad de sugestión es más hipnótico si cabe que el de la poesía, pues al tratarse de un soporte audiovisual goza de mayores posibilidades (narrativas y formales) que ésta, pudiendo congregar en una misma escena la estimulación que ofrece la pintura, la literatura, la fotografía, la música, la interpretación...

La variabilidad para vehicular dichas representaciones conceptuales han concedido al cine su popular carácter de unión de todas las artes, siendo uno de los principales influyentes el ignorado texto poético. Ignorado no sólo por la opinión crítica, sino por los propios cineastas que no han sabido explotar las ventajas que patrocina dicha analogía conceptual. Sólo algunos obstinados experimentadores del lenguaje han progresado en la investigación del carácter poético del cine, entre los que destacan Dziga Vertov y Jean Luc Godard.

La interpretación de la imagen en Vertov y Godard

El soviético Dziga Vertov ha sido uno de los mayores iconoclastas de la cinematografía universal. En cada una de sus obras, y siempre bajo un pretexto de innovación, se dispuso a acabar con la estructura típica del cine (clara heredera de la organización literaria), acercándose así a la misma concepción poética de las obras de Rimbaud, Mallarmé o Verlaine, e incluso a las teorías que Marinetti propuso aplicar al arte en su Manifiesto técnico de la literatura futurista (1912). Así, dicho cineasta se encargaría de destruir la sintaxis huyendo del tradicional discurso teatral, de exaltar la idea pura, el momento clave que habla por sí solo sin necesidad de una custodia discursiva. Y para conseguirlo dotaría al texto del máximo desorden, acabando entonces con el Yo literario.



[ Vertov ]

Sin duda, dichas características apuntan hacia un claro conocimiento de la estructura poética, y hacia un evidente interés por el uso de la licencia simbólica a la hora de explicar historias, de hacer cine. Se hace presente, con la obra de Vertov, la incipiente motivación del concepto de síntesis (aplicado a la cinematografía), de resumir la narrativa del texto a una sola idea... las ideas-fuerzas a las que apela con su simplicidad ornamental, pues es tan extrema su capacidad de atracción que no necesitan ser ataviadas con mayores recursos escénicos.

Esta presunta austeridad de la escena, vacua de soportes visuales que vulneren la pureza de la imagen, contrasta con el exaltación que Godard nos regala en cada plano.

Jean Luc Godard ha sido probablemente el director que más ha experimentado con el lenguaje cinematográfico, explorando sistemáticamente la combinación de estilos y materiales con los que estructurar sus películas. Así, la representación de la simbología se erige en torno a un amplio abanico de posibilidades que acaban ahogando la escena en infinidad de colores, formas, luces, sonidos... en definitiva, de las mismas sensaciones sugestivas con que está dotado un poema.



[ Godard ]

A esto se refiere Noël Burch, en Praxis del cine, cuando habla del collage godardiano. El director francés organiza sus películas en torno a la ornamentación, pues lo que le interesa es la cantidad de elementos visuales que arropan al pequeño argumento, documentando así la vida contemporánea a través de los ítems que la definen: publicidad, televisión, cómic...

Y si antes apuntaba que la imagen en Vertov aparece sintetizada y exenta de cualquier tipo de ornamentación, no significa que ésta sea simple, pues la propia escena contiene en sí misma una atracción impresionante que consigue culminar las expectativas del espectador. Cada uno de sus planos deviene un símbolo propio, pues metaforiza e interpreta la revolución industrial, y extrapolando su concepción de autonomía de la máquina en una imagen, consigue personificarla. Así la transacción simbólica de la vitalidad de las máquinas queda representada con cada una de las secuencias en que genera un ballet mecánico, una coreografía entre la máquina y su entorno que, organizadas mediante un dinámico montaje en base a la variación del tempo y la multiplicidad de plano, se consigue dotar a la cinta del ritmo y la musicalidad poética. Evidentemente el cineasta bolchevique consigue aproximarse a la poesía visual con tal caleidoscopio de figuras danzantes (Véase La sexta parte del mundo o El hombre de la cámara).

Dicha recreación en las implicaciones estéticas de la representación de la realidad enfrentaron a Vertov con algunos de sus colegas soviéticos, pues éste no se limitaría a registrar las imágenes de la Revolución, sino que mediante sorprendentes aportaciones plásticas armonizaría la estética con la función social del film de propaganda. Sin lugar a dudas, este carácter diferenciador entre Dziga Vertov y el resto de realizadores coetáneos se debe a las grandes ventajas que encontró en la aplicación del montaje según coordenadas estéticas, consiguiendo conferir a la cinta el mismo ritmo que define a la poesía. Así pues, con dicho realizador se inaugura la concepción de documentalista esteta que, gracias al montaje y a sus innumerables posibilidades de raccords, consigue reestructurar la acción según su voluntad, aplicando un importante grado de modificación visual a la, a priori, austeridad del entorno. De esta forma Vertov deviene el ancestral referente de cineastas como Godard, Rouch o Kaurismaki, al operar la representación del azar en base a connotaciones formales, deviniendo un demiurgo de la realidad y no su subordinado.

Y es que Godard, en su interés por reflejar la vida cotidiana combinará escenas dotadas de una deducible sensación de improvisación con otras calculadas al milímetro. Así, en La Femme mariée se incluyen esporádicas muestras del más vertoviano cine-verdad, en un contexto de ficción que alcanza a veces tal grado de abstracción que constituye un nuevo material. El resultado es un vasto puzzle en el que los carteles publicitarios adoptan un carácter distribuidor. No obstante la técnica del collage vive su cenit con Pierrot le fou, paradigma del interés del director por alejarse de la disposición narrativa de la literatura, instaurando por tanto su estructura dispersiva: basada en la heterogeneidad del lenguaje, el tono y los materiales (tal como pasa con la discontinuidad de la poesía baudelaireana o de la pintura de Braque, Picasso o Juan Gris).

No obstante, la estructura dispersiva de sus cinematografías, contraria a la constructividad literaria, no se fragua únicamente mediante soluciones estéticas, sino que también la fragmentación de su textualidad contribuirá a ello. Por su parte, Vertov integraría los intertítulos en la demiurgia del montaje, relegándole su clásica función meramente explicativa y consiguiendo así concederles un lirismo similar al de los poemas de Maiakovski. Mientras que Godard, para alejarse de la distribución literaria, y acercarse más aún a la libertad organizativa que ofrece la poesía, dislocaría el monólogo combinando su propia ideología con el diálogo de los actores, y sólo así consigue recrear la misma participación de voces que en cualquier oda o canto poético.

 

 

Texto, Copyright © 2001 José Tirado. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: jueves, 06 de septiembre de 2001

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