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"Soñar despiertos": Un acercamiento a los
fundamentos técnicos, estéticos y filosóficos de la cinematografía por
Aurelio del Portillo
Capítulo 6
La industria del cine: un mercado de emociones
"El origen del miedo es el pensamiento. El pensamiento engendra
miedo y cultiva también el placer. El miedo es la otra cara de la moneda que llamamos
placer".
Jiddu Krishnamurti.
El cine comenzó como un
experimento tecnológico para convertirse enseguida en una atracción de feria. Muy por
encima de las primeras especulaciones avanzó de forma muy rápida en un terreno que, a
simple vista, no le habría correspondido: espectáculo para masas. Y escribo con cierta
crudeza esta expresión mientras me pregunto sobre qué habrá en el interior de este
proceso sociológico, y por lo tanto psicológico, que nos ha llevado a invertir, como
empresarios, profesionales o consumidores, en una industria construida sobre la
intangibilidad, sobre lo efímero y fantasmagórico, sobre la desnudez e ingenuidad de
nuestro niño pequeño interior que sigue buscando en la oscuridad alguna fantasía que le
permita sentirse vivo.
¿Por qué las emociones fuertes, también el horror, nos atraen y
atemorizan al mismo tiempo? ¿Qué sentido de identidad tiene para nuestro monstruo
escondido la representación del sufrimiento? ¿Qué transformación busca Jekyll en una
sala de cine, o ante un televisor, para que emerja y se libere su Hyde inseparable? Esta
preguntas no son, desgraciadamente, meras conjeturas o espejos de nuestra propia
observación. Son las claves de un mercado que necesita alimentar de forma creciente una
mórbida necesidad "de las masas", es decir, de cada uno de nosotros asimilados
como conjunto, mucho más fácil de manejar, en sus claves inconscientes de
vulnerabilidad. ¿Qué carnaza necesita el tiburón? Se la damos, que se enganche, que
necesite más y que pague por ello.
He trabajado durante 18 años en los Servicios Informativos de TVE.
Aparentemente estaríamos hablando de géneros casi opuestos: la información y la
ficción. Pues bien, creo que no me equivoco al afirmar que se sostienen actualmente por
el mismo tipo de criterio y finalidad. Se trata de provocar en el espectador esa suerte de
conmoción contradictoria que le horrorice y atraiga al mismo tiempo para que los niveles
de audiencia o de taquilla nos sigan dando de comer a banqueros, empresarios, políticos y
profesionales en un sistema de corrupción generalizada que va muchísimo más allá, y
más acá, de las negras praderas del poder. Recuerdo, como en una pesadilla, el espantoso
rostro de una jefa de redacción gritando por los pasillos sin ningún pudor: "¡que
bese a la viuda, que bese a la viuda!". Se dirigía a los redactores del telediario
que iban a elaborar la información sobre un atentado de ETA que el día anterior le
había costado la vida a un concejal. Acababan de llegar imágenes del presidente del
gobierno visitando la capilla ardiente. Ella, energúmena de la política y del periodismo
corrompido, corría babeando detrás de la emoción que tiraría de las audiencias en
alguna dirección pretendida, determinada. No es un caso aislado. "Que llore la
madre" o "que se vean los muertos" son frases cotidianas en boca de los
profesionales de la información audiovisual. El dolor es el cebo. ¿Cabe una mayor
paradoja?
Hemos escrito durante meses sobre una visión de los oníricos
mecanismos mentales y técnicos de los que está hecho el cine. El sueño y la realidad no
tienen fronteras. Sólo nuestras intenciones e interpretaciones los separan. Decía
Ernesto Sabato que "es imposible demostrar que la realidad de los sueños es una
ilusión, inferior a la realidad de la vigilia". El ser humano construye en la
fantasía, en la mente, hermosas creaciones y terribles pesadillas. Lo hace dormido y
también cuando dice que está despierto, sin que nada ni nadie haya demostrado jamás un
diferencia sustancial que otorgue más realidad objetiva a la vigilia. Todo lo contrario,
si algo está medido es el aumento de actividad cerebral en algunas fases del sueño.
No podemos eludir ni disimular el claro paralelismo existente entre la
necesidad o apetencia que buscamos satisfacer al hacer cola para pagar unos cientos de
pesetas (se pondrá más o menos el sacrificio entre cinco y seis euros) por ver el
sangriento desembarco en busca del soldado Ryan, y los atascos que se organizan en las
carreteras junto a los accidentes de tráfico, y no precisamente porque los coches
siniestrados obstaculicen el paso, sino porque los que pasan se detienen y estiran
escudriñando restos, buscando el espectáculo de la sangre, del sufrimiento, de la
muerte. Las cornadas a un torero son repetidas hasta la saciedad en los telediarios, mucho
más que las faenas brillantes. Los espectadores comprimen el gesto intensificando al
máximo su percepción, como en un extraño orgasmo que fundiese el horror y la
satisfacción en una mueca infrahumana. A partir de ahí todo es disimulo.
¿Por qué hemos dirigido masivamente nuestras ansias apasionadas de
intensidad al mundo de las emociones fáciles y directas, al terror, al sexo sin caricia,
a la herida abierta, a los callejones sin salida? No tengo respuesta. Pero el cine y la
televisión, que son un negocio, una industria que vive de nuestras necesidades reales o
inventadas, han captado muy bien ese estado colectivo de cruel banalidad y lo alimentan
sin tapujos. Y cuando quieren ser amables recurren a la estupidez, que es una forma
despiadada de violencia. En este contexto, películas como "Estación Central de
Brasil", "Solas", "Un lugar en el mundo" o "Deseando
amar" son heroicas excepciones.
Necesitamos cultivar nuestras dimensiones oníricas, nuestra
imaginación. Necesitamos soñar, dormidos y despiertos. Sin esto, quizás, no se puede
concebir el mundo. De nuevo lo decimos con palabras de Sabato: "Creo que sería la
desesperación y la locura. Sin sueños no se podría vivir. Tampoco sin ficciones".
La cuestión es valorar hacia dónde nos conduce eliminar de la ficción lo sencillo, la
poesía cotidiana, el amor, como el pan, de cada día. Estamos tentados de culpar de todo
ello a despiadados mercaderes, a los productores, a los ministerios de incultura, al
distribuidor y exhibidor que sólo programa lo seguro aunque sea mediocre, como es el caso
de Málaga. Lo pongo como ejemplo porque padezco actualmente la miseria de su
programación cinematográfica (vivo y trabajo cerca). Es una ciudad con muchas salas, con
muchas sesiones, con mucho público, pero con muy poco "Cine" de verdad.
Agradezco la intención aislada de los Multicines Alameda que, modestamente, algo hacen
por salvarnos de tanta penuria a los que queremos ver un poco más que a Tom Cruise. Pero
sé que esta limitación, extensible a cientos de pueblos y ciudades, no es un simple
problema empresarial. En un país donde pueden romper records de recaudación en taquilla
las bazofias que realiza ese engendro de aspirante a cineasta que es Santiago Segura hay
mucho que reflexionar.
"La visión limitada conduce al pensamiento extremista" (Dalai
Lama). A partir de la simplificación forzada que pretendemos, o nos pretende, se encauza
la terrible idea de la globalización. Pero nadie parece mirar, en el terreno que nos
ocupa, cuáles son realmente los puntos en común de la humanidad, salvo en lo que a
diversos grados de animalidad se refiere. Opongámosle una mirada amplia y profunda sobre
todos los aspectos y matices del mundo, real o imaginario (ya hemos dicho que no cabe
quizás tal distinción), que justifique la existencia del arte y, por supuesto, del cine.
Una mirada inteligente y sensible, una expresión lúcida, un deseo de escuchar y
comprender luminoso, como los ojos de un niño (ver "La corrupción de la mirada" en Babab nº 0). En esa dirección podemos encontrar las claves
del oficio de arquitectura de luces y sonidos al que dedicamos estas reflexiones.
Los que trabajamos en ello, los que ponen el dinero (para recuperarlo o
no, según los casos), los creadores, productores y técnicos (que vienen a ser órganos y
extremidades de un mismo cuerpo), los que vamos al cine (incluso los que ven
inteligentemente la televisión, aunque creo que son muy pocos), los que escribimos y
hablamos de cine (también en los bares con los amigos), los que estudiamos en facultades
y escuelas el asunto del audiovisual, los que, con toda honestidad, pasamos la vida
soñando despiertos, tendríamos que buscar cada día, dentro y fuera de nuestras
limitaciones, la posible verdad de nuestro trabajo que, aunque no esté de moda, tiene, o
debería tener, un importantísimo ingrediente de compromiso social. Nadie le puede pedir
a la tecnocracia prepotente de los gobernantes que se apiade de nosotros ni a las
tormentas del cielo que envíen un rayo justiciero que parta en dos a la loca peligrosa
del telediario que aparece unas líneas atrás en nuestro escrito. Pero sí podemos
pararnos un instante. Quizás el progreso hacia "la sociedad del bienestar" no
sea cosa nuestra.
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