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Redu, el pueblo de los libros

por Reynon Muñoz

No sé qué me llevó a Redu. Quizás fuera otro nuevo intento de encontrar un paraíso, un lugar donde detenerse y sentirse seguro, y de alguna manera (lo que queremos es morir), enterrarse para vivir lo que con el movimiento se escapa. Tal vez fue el deseo de volver a una forma de tiempo que desaparece a causa de la aceleración de la vida moderna y la virtualización de la realidad. Empezó como uno de los cuentos que hacen soñar a los niños, cuando todavía todo es posible y los reyes son magos o llevan espada: "Existe un un pueblo perdido donde cada casa es una librería y cada vecino un librero", me dijo un amigo sin sospechar la curiosidad que sus palabras despertarían en mí. Pronto quise descubrir aquel lugar donde los libros vivían y la gente tenía alma.



La historia de Redu como "pueblo de los libros" comenzó en 1984, cuando Noel Anselot, Richard Booth, Gerard Valet, y Leon Magin, crearon en un pequeño pueblo de las Ardenas belgas, el primer pueblo del libro de la Europa continental. La idea no era nueva. Con anterioridad, el empresario Richard Booth había promovido en 1961 la transformación de la villa galesa de Haye-on-Wye, en una comunidad dedicada al universo del libro. El concepto consistía en comprar casas abandonadas de un pueblo en declive para transformarlas en librerías. Así, Haye se transformó en el primer "el pueblo libro".

Concebida inicialmente para favorecer la instalación de libreros especializados, proveedores de un puñado de lectores insobornables, el éxito de la experiencia de Haye, con un millón de visitantes en 1995, ejemplo de desarrollo rural y rehabilitación de áreas abandonadas, sedujo a otras localidades como Redu, en Bélgica o Becherel y Montolieu en Francia, que junto con Bredevoort, en Holanda y Fjaerland, en Noruega, conforman la red europea de pueblos libro.

Al igual que en Haye, el éxito de Redu fue inmediato. En 1984 sólo había una tienda en Redu. Actualmente, hay más de 50, incluyendo 24 librerías, 5 galerías y 11 restaurantes, que reciben alrededor de 300.000 visitas al año. Asimismo, se programan diversas actividades culturales que sirven de atractivo complementario a la ciudad del libro, enriqueciendo su carácter cultural. Uno de los principales eventos anuales es la "Noche del libro", en el mes de agosto, en la que todas las librerías permanecen abiertas, desarrollándose todo un programa de entretenimiento que incluye conciertos de jazz, rock y música clásica, montajes teatrales y espectáculos circenses.

Al margen de este fulgurante éxito turístico y económico, uno se pregunta si Redu posee un alma, algo que lo haga especial fuera de campañas de promoción y de intereses extraños a la lectura, función originaria del libro, cuya vigencia seguirá presente mientras la gente siga leyendo, y no se desnaturalice su esencia en el empleo del libro como valor de cambio o antigüedad. Pero más allá de posibles usos legítimos e ilegítimos del libro, está la cuestión de su supervivencia como entidad, sea cual sea su función, y cuando digo supervivencia, no me refiero a cualquiera de sus usos, incluyendo lo que María Ángeles Vázquez llama "el libro como objeto estético de deseo" sino sobre el uso cotidiano, popular del libro.

Se trata de descubrir si son los sitios como Redu los últimos reductos del libro, especies de museos vivientes, atracciones de turistas que no leen aunque sigan conservando un cierto apego hacia un objeto con el que han convivido y que cada vez se encuentra menos presente en sus vidas. ¿Es el destino del libro verse relegado a Disneylandias literarias o museos de la edición impresa? ¿O se trata del honroso retiro del amigo fatigado que empieza a perder el ritmo de los tiempos? ¿Es Redu un cascarón vacío? ¿Un espejismo?

Rodeado de campos, prados y bosques. Perdido en un brumoso valle de las Ardenas, para llegar al pueblo hay que adentrarse por carreteras comarcales que zigzaguean hasta dar con la hondonada en la que se sitúa una pequeña aglomeración de casas de muros de piedra y tejados de pizarra, aglutinadas en torno a una iglesia románica. Nada más llegar uno encuentra la oficina de turismo en la que se informa al visitante sobre las posibilidades recreativas de la comarca y se le proporciona un plano con la situación de las librerías con el que comienzo mi recorrido.

Sin embargo, la primera impresión no puede ser más negativa. Me acerco a la librería Casque d'or, y la encuentro cerrada. Parece un almacén polvoriento por el que hace tiempo que no ha pasado la vida. Un cartel sobre la puerta anuncia la venta del local con sus 10.000 libros incluidos. Un pudridero de papel.

Alicaído por el lastre de la decadencia, me dirijo a mi siguiente escala: un caserón sobre cuyos muros está escrito a grandes letras en francés "Libro Pasión. Librería General". En el interior, una señora de cabellos grises me recibe tras un pequeño mostrador, invitándome a visitar las salas dispuestas a derecha e izquierda de la entrada. Enormes estanterías de madera sin barnizar atiborradas de libros delimitan las estancias. En general, el lugar me parece carente de interés. Libros de zoología, (me llama la atención uno titulado "la vida sexual de los monos" que no me decido a comprar ante un precio (unas 6.000 pesetas) que juzgo excesivo. Libros de minas, de ferrocarriles, de jardinería y una pléyade de escritores belgas y franceses como Proumen, Henri Davignon. Gerard Cottou, o J. Le Condrier (La felicidad imposible, 1927), desconocidos para mí. Le pregunto entonces por sus libros más preciados, situados tras una vitrina. Se trata de un diccionario de la Biblia, en edición de 1926, cuyos 10 volúmenes puedo adquirir al precio de 140.000 pesetas, ofrecimiento que declino todo lo amablemente que puedo. La señora me comenta que su marido y ella tienen su establecimiento principal en Marches y que sólo vienen fines de semana y feriados. Parece evidente que principalmente viven para el turismo, aunque publican catálogos que envían por correo a clientes de Luxemburgo, Bruselas, la cuenca del Ruhr y Holanda. Pienso que después de todo no encontraré en Redu la comunidad de irreductibles con la que había soñado. Sin la promoción turística, sin la imagen de pueblo libro seguramente no sobrevivirían. ¿Qué es lo que hace a la gente ir? En realidad leen o, como yo, compran libros que saben que no leerán, por pura lujuria tipográfica, por gula de letras. Antes de despedirme, le pregunto cómo puedo llegar a la casa Noel Ancelot, el principal promotor de la transformación de Redu en pueblo libro.

De camino, me encuentro con la librería "La Forge" (La Fragua), regentada por René Fuks, antiguo presidente de la asociación de libreros, especializada en cuento y libro antiguo para niño. Esta vez se trata de un establecimiento principal. Me intereso por una edición J. Hetzel de Un capitán de quince años, edición de 1880, que sale por unos 10.000 francos belgas, alrededor de 40.000 pesetas. Enfundado en un cómodo jersey de lana sobre el que de derrama su canosa barba, el señor Fuks me cuenta que sus clientes son turistas que van a pasar un día en las Ardenas. La mayoría entran en su establecimiento por curiosidad, siendo los menos los clientes especializados y bibliófilos. Ninguno de los libreros es originario del pueblo. Vienen de Bruselas, de Charleroi, de Flandes u Holanda. No disponen de subvenciones de ningún tipo. En cuanto a sus motivaciones para instalarse en Redu, me comenta que él era profesor y su mujer bibliotecaria de la Biblioteca Real y autora de cuentos para niños. Están allí desde el principio. No tenían tradición de libreros y cuando en 1984, Noel Ancelot (con quien finalmente no puedo hablar por hallarse ausente), organizó una feria del libro y del espacio (el otro gran atractivo del pueblo es una estación de seguimiento de satélites dependiente de la Agencia Espacial Europea), no lo pensaron dos veces y se instalaron en el lugar.

Son estos representantes característicos del paisaje humano de Redu, amantes ellos mismos de los libros y sobre todo de la forma de vida que lo rodea. Existe en Redu un tiempo detenido, el tiempo del libro, que supone un acercamiento personal especial y que parece salir de las páginas y teñir las brumas que bañan al pueblo. O quizás sea el encantamiento del lector el que transmite esa sensación de detenimiento que invade al visitante, pues no somos más que el reflejo de los otros, y los otros en Redu, son libro.

Siguiendo con mi recorrido, entro en la Librería Yves Deprins, especializada en historia, donde encuentro un ejemplo de librero "puro", resistente, montaraz, guerrillero. La entrada es una cuadra medio en ruinas que da acceso a un enorme granero, literalmente apuntalado de libros hasta las traviesas. Instalada desde el principio y abierta todo el año, la librería Deprins edita sus propios catálogos que envía por correo a sus clientes habituales y que reserva en primer lugar a ellos. Antiguo librero de la capital, Deprins se desplaza a Redu ante la imposibilidad de competir con los precios de las grandes superficies y la escasez de demanda. Su relación con los clientes supera el ámbito de lo estrictamente comercial. Conoce el gusto de cada uno de ellos, lo que buscan, e incluso les llama cuando encuentra algo que podría ser de su interés. "Están contentos cuando saben que no se les olvida", me comenta. Los libros están impecables, muy bien embalados (y a mí que me encanta rayarlos, abrirlos, anotarlos...) No le gustan los subrayados ni las glosas y si hay alguna, lo señala claramente para que el comprador lo sepa. Nos cuenta que el origen de su amor por los libros hay que buscarlo en su infancia, cuando su padre, oficial de marina, le relataba sus viajes por los siete mares, despertando una imaginación y hambre de lectura que desde entonces nunca le ha abandonado.

Pero no todo en Redu tiene el sabor de lo exclusivo. Así, la librería Fahrenheit 451 es una cooperativa de tres amantes de la literatura popular, en especial de ciencia ficción y fantástica. En ella proliferan las ediciones de bolsillo y desde luego no es el lugar en el que uno se pone a buscar libros raros ni joyas literarias. Preguntamos a Maurice Kirilof, uno de los propietarios con chupa de roquero y pinta de haber trasnochado sobre el porqué del nombre de su establecimiento.

"Está basado en la novela de Ray Bradbury. Fahrenheit 451 es la temperatura a la que un libro se inflama y se consume. El título nos evocaba un sentido de resistencia del libro, a la vez que la promoción del género policiaco y de ciencia ficción. No vendemos nada que no sea económicamente accesible. En nuestro establecimiento se produce una rotación popular del libro. Compramos y vendemos. Pretendemos desacralizar el libro, liberarlo de su consideración de objeto de culto. Nuestro mercado es un público no especializado que ve en el libro un simple entretenimiento. Y nos va bien. Paradójicamente las cosas van bien para el libro de ocasión cuando va mal para todo lo demás".

Muy distinto contenido tiene la librería Artículo 31, especializada en derechos humanos. Se trata de una librería bilingüe franco-neerlandesa regentada por una pareja mixta. Preguntando al propietario sobre el nombre de su establecimiento, nos cuenta:

"La declaración universal de los Derechos del Hombre, se compone de 30 artículos que enumeran los derechos y libertades que todo individuo puede invocar. Ninguno de estos artículos habla del derecho y el deber de cada persona a alzarse, por medios conformes al espíritu de la declaración, contra aquellos que no respetan sus términos. Este podría ser el objeto de un artículo 31".

Entre las estanterías encuentro libros de pensamiento político y de divulgación científica. Se trata de otro ejemplo de librero atrincherado más que combativo. Su rostro cansado, casi indiferente, posee las marcas que dejan una manera de vivir, aferrándose a un tiempo y una forma de ver el mundo que quizás no vuelva pero que es la suya. Creo que, en cierto sentido hay en ellos una resistencia al cambio, como si hubieran encontrado algo que conservar, un sentimiento, perdiendo la curiosidad o las fuerzas de adaptarse. Cada persona tiene su vida y su tiempo y tiene que vivir en él. Quizás sean los libros una manera de vivir lo invivible y trascender el propio tiempo y la propia circunstancia sin vivirlo realmente, pues: ¿cómo podríamos fluir y seguir siendo nosotros?

Tras salir de Artículo 31, deambulo por las calles cavilando sobre el futuro del libro. ¿Sobrevivirá el papel encuadernado a la era digital, a Internet, a la trasmisión, archivo y reproducción prácticamente ilimitadas? A pesar de las resistencias, lo práctico acaba por imponerse. Y no es cierto que en la actualidad no se lea. La gente lee más que nunca, revistas, periódicos, pantallas; al igual que habla más que nunca, viaja más que nunca y vive más que nunca. Pero, supongo que lo que de verdad me interesa no es tanto el libro como la literatura, la fabulación, la realidad no vivida; y la literatura se adapta mal a la multiplicidad, a la velocidad, exige detenimiento, reflexión, es un placer sensual, de vista, olor y tacto. Nada me parece tan erótico como una mujer bella leyendo en una biblioteca pública.

Disfrutando de mi paseo, diviso al final de un callejón un establecimiento particular. No tiene libros sino pergaminos dispuestos con sumo orden sobre los anaqueles. Se trata del Taller Colpin, artesano del papel. Instalado en Redu desde el comienzo, allí se realiza desde la fabricación del papel, hasta la encuadernación. El señor Colpin nos explica que el papel que produce tiene vocación artística, y es utilizado por acuarelistas y pintores. El taller, en el que el aspecto más material del libro, cuya dimensión sensorial de tacto y materia se nos muestra diseccionada, posee un sensualidad casi insoportable, primigenia. En otra estancia se sitúan las prensas, los dorados caracteres tipográficos y las tintas de potente y acre fragancia. En la sala principal, se exponen pergaminos con proverbios y máximas de sabiduría, que se venden a los visitantes por un precio de entre 500 a 2000 pesetas dependiendo de la calidad del papel.

Preguntado por el motivo que le llevo a instalarse en Redu hace ya 17 años, el señor Colpin nos dice que vino con su mujer para escapar del ajetreo de la ciudad. De nuevo la misma historia: El pequeño librero no puede competir con las grandes superficies. "Aquí, estamos tan especializados que no hay competencia. Ese ha sido el éxito del lugar. En Redu existían tres grandes propietarios agrícolas que se casaban entre ellos para no vender la tierra y acabaron matando el pueblo. El detonante fue el proyecto de construcción de la presa del Lesse. Se produjo una movilización popular, de la que el proyecto de pueblo del libro fue sólo una parte. La mayoría de los que estamos aquí sólo abrimos los fines de semana y días festivos. El resto del tiempo lo pasamos discutiendo por la noche en las tabernas, rehaciendo el mundo. Cada librero propone actividades sobre su especialización. Paseos por el bosque. Exposiciones. Concursos de fabricación artesanal de aparatos de observación. El año pasado hicimos una exposición de ex libris, que tienen un mercado propio, con coleccionistas muy apasionados y especializados".

Colpin es otro exponente de estos apasionados del libro, de su universo, huidos del mundo, refugiados políticos en cierto sentido. Quizás pueda él decirme cual será el futuro del libro. Su respuesta me reconforta:

"No hay peligro. Si muere el libro impreso, o si se arqueologiza, muere una forma de hombre, una manera de ser, una mirada del mundo y una explicación del mismo. Un sentido del tiempo, de la vida, y del amor. No es ni mejor ni peor. Aunque la historia del libro ha ido desde la manualidad, prácticamente individual, artesanal, del amanuense o del grabador, a la impresión cada vez más masiva, serial, mecanizada, automatizada, con la apoteosis del libro digital y la informática, el libro es una entidad ontológica, un objeto indivisible. Tiene una integridad inviolable. Su mutilación implica su destrucción total. Las posibilidades del soporte digital son infinitas en cuanto a reproducción y modificación del contenido, por eso se parece a la nada. La exhuberancia lleva a la pérdida de lo sublime".

Tras charlar durante un rato, me doy cuenta de que ya es noche cerrada y me despido, con la promesa de volver algún día, no sin antes comprar una de las máximas expuestas en el taller y que contemplo en este preciso momento:

Me gusta la gente distraída
Eso me indica que tienen ideas
Los brutos mantienen siempre
Su presencia de espíritu.

(Anónimo)

 

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Última actualización: jueves, 10 de mayo de 2001

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