| Los poetas mueren jóvenes por
Óscar Jara Albán
Los poetas son precoces. Junto a
la intensa emoción de su palabra, algunos hacen de su vida una metáfora fugaz e
irrepetible. Después queda la obra y el mito. Tres ejemplos conocidos lo testifican: Sylvia
Plath, Dylan Thomas y Alejandra Pizarnik.
Sylvia Plath (1932-1963)
La
mañana fría del 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath levantó sus 30 años de existencia.
Era temprano. Lleva al cuarto de sus hijos, Frieda de 3 años y Nicholas de 13 meses, dos
jarritas de leche, pan y mantequilla. Se encierra en la cocina donde deja dos cartas
dirigidas a su médico y al notario, abre la llave del gas y mete la cabeza en el horno a
cocer su cadáver.
La poeta de cabellos recogidos, con una mirada triste, que ahora sabemos
apuntaba a la fama póstuma, apoya su cabeza en las sombras de una pared, sombras que
amortajan esa semisonrisa de Gioconda trágica.
Con tan sólo 9 años, Sylvia envía al director del periódico Boston
Sunday Herald un pequeño poema. En 1952 aparece editada en la revista Mademoiselle
su primera narración que había ganado un concurso y coincide con su primer intento de
suicidio. Deja una nota a su madre diciendo que se va de excursión. Se esconde en el
sótano e ingiere una gran cantidad de píldoras para dormir. La encuentran al tercer
día: le ha salvado la vida el exceso de píldoras que le han forzado a vomitar.
Un duro tratamiento psiquiátrico le devuelve a la vida y a la
literatura. Conoce en 1956 en Londres al ya reconocido poeta Ted Hughes y se casan el 16 de junio haciendo
coincidir la boda con el Bloomsday, el día que Joyce hace transcurrir la acción
del Ulises.
Su marido, su "semidiós" como lo llamó pronto pasa a ser
"un desaliñado que se hurga la nariz". Pero no puede vivir si él y su
salvación está en la poesía.
En 1960 publica el Colossus y nace su primera hija Frieda. Un
año más tarde se estrena en la BBC con un programa de poemas dramáticos, y conoce la
relación amorosa de su marido con una editora de libros.
Escribe y escribe. En 10 días se agolpan gran cantidad de poemas que se
publicarán en Ariel (1965). El nacimiento de su segundo hijo no salva su matrimonio.
Cuando finalmente se separa de su marido escribe compulsivamente sus
mejores poemas y publica su novela La Campana de Cristal.
En su diario se agolpa las referencias: "Morir es un arte... Lo
hago excepcionalmente bien". A un personaje le describe como "...era
tan meticulosa para suicidarse como para la limpieza de su casa".
El último poema que escribe, la víspera del suicidio, es una despedida
irrevocable.
FILO
La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo
muerto muestra la sonrisa de realización;
la apariencia de una necesidad griega
fluye por los pergaminos de su toga;
sus pies
desnudos parecen decir:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada pequeña
jarra de leche ahora vacía.
Ella los ha plegado
de nuevo hacia su cuerpo; así los pétalos
de una rosa cerrada, cuando el jardín
se envara y los olores sangran
de las dulces gargantas profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crepitan y se arrastran.
(De Ariel, 1965)
Dylan Thomas(1914-1953)
Se
le consideró el poeta lírico más grande del S. XX en lengua inglesa. Alguien no visto
desde los tiempos de Byron. Murió en el Hospital Clínico de Nueva York a causa de un
shock producido por la bebida. Era un bebedor compulsivo. Llegaba a Estados Unidos y se
transformaba. El tranquilo poeta que vivía en Gales, devoto con su padre y su madre, y
cuidadoso y tierno con sus hijos se transformaba en América.
Hizo cuatro viajes a América, todos triunfales. En las universidades
daba conferencias y recitales de sus poesías. Sus aptitudes de actor, en mezcla con sus
singlares habilidades de bardo, hacían de él un personaje público atractivo, que no le
importaba retratarse en los tentáculos de la bebida, como lo hacía en la encrucijada de
su poesía.
Su bellísima esposa irlandesa Caitlin Macnamara, de la que tuvo tres
hijos, soportaba las tempestuosas relaciones y traiciones. Pero Dylan Thomas, poeta, actor
y guionista, escribía también su vida a su manera. Estimaba a los hombres que son
capaces de amar generosamente, y para ellos escribía aunque algunos no pudieran entender
su obra y acaso ni leerla. En cambio, profesaba desenvuelto desprecio por los pedantes y
odiaba ferozmente a los ingratos.
También es un poeta precoz. A los 20 años sorprendió a la crítica
con Eigthteen Poems. Cuando en 1952 , un año antes de su trágica muerte, se
publicó el volumen de Collected Poems: 1934-1952 se le reconocía como un poeta
que "...había conseguido la admiración de todos los poetas contemporáneos"
cosa por demás difícil en un mundo de celos.
Una de sus obras más conocidas A Portrait of the Artist as a Young
Dog (Retrato de un cachorro de artista) colección de cuentos en prosa poética
que retrata la vida en Gales, como lo hiciera Joyce de Dublín.
En el otoño de 1953, su alcoholismo crónico le llevó a que los
médicos le proporcionaran fármacos, con instrucciones precisas de su consumo, que nunca
llegó a cumplirlas. La última noche de su vida bebió en proporciones incontrolables
luego de un recital. Le llevaron a un centro de salud en estado de coma. Tenía 39 años.
Mientras expiraba, sus amigos seguían bebiendo a su salud en el hall del Hospital de
Nueva York.
VISIÓN Y ORACIÓN
Yo
tengo que yacer
quieto como una piedra
junto al tabique de hueso
de jilguero escuchando el
lamento de la madre oculta
y la oscurecida faz del dolor
que arroja el mañana como una espina
hasta que las matronas del milagro canten
y el turbulento recién nacido
me encienda su nombre y su llama
y rasgue el halado tabique
con su tórrida corona
y la oscuridad arroje
de su costado y
la transforme
en luz.
(De Collected Poems, 1952)
Alejandra Pizarnik (1936-1972)
Lo
tenía todo: genio poético, padres compresivos, amigos y amantes que besaban el suelo que
pisaba, y reconocimiento en vida, que fue incomparable al de cualquier otro poeta
argentino. Sin embargo, una sobredosis de somníferos puso fin a su vida a los 36 años.
Era su tercer intento, se había vuelto casi una rutina, con la que buscaba paliar una
inexplicable dificultad de vivir que le asediaba desde la primera juventud.
Su imagen con un cigarrillo desafiante en sus labios, en esa cara de
juvenil desamparo era la consumación del personaje que fabricó: "el
alejandrino" mezcla de poeta maldito, chica mala, huerfanita y sonámbula en las
cornisas de la locura.
Hasta los 24 años fue "estudiante" en Buenos Aires:
Filosofía, Literatura, Periodismo, Arte. Nunca fue capaz de dar un examen en ninguna de
las carreras que emprendió, pero publicó tres libros de poemas y con ellos se ganó un
espacio en las letras argentinas. Con ese equipaje se fue al París de la posguerra.
Cuatro años de espléndida creación intelectual, con sus mejores libros de poemas: El
Árbol de Diana y Los Trabajos y las Noches.
Regresó en 1964 convertida en lo que más o menos es hoy, una figura
legendaria, la poeta, un modelo. Su casa elegante estaba abierta y una corte extensa de
admiradores pasaba por ella de día y de noche. Su obra no crece como antes y vuelve a
París en 1969, pero la Ciudad Luz no brilla por la fatiga del "tiempo de los
turistas". Regresa inesperadamente a Buenos Aires y pronto viene la primera
intoxicación. Desde muy joven había consumido una asombrosa cantidad de pastillas,
anfetaminas, analgésicos, antidepresivos y sobre todo somníferos, pues el insomnio fue
su mal favorito, entre otros ficticios y reales, incluyendo la angustia que los abarcaba a
todos.
La juventud era el rasgo que caracterizaba al personaje que inventó, el
escudo con que se protegía del mito que le perseguía. Cuando este elixir se agotó
tenía que cambiar de registro, pero necesitaba un cinismo y una estabilidad mental de los
que no disponía. Con la muerte de Alejandra, el personaje siguió triunfando y al igual
que su poesía se ha hecho indestructible.
ARTES INVISIBLES
Tú que cantas todas mis muertes.
Tú que cantas lo que no confías
al sueño del tiempo,
descríbeme la casa del vacío,
háblame de esas palabras vestidas de féretros
que habitan en mi inocencia.
Con todas mis muertes
yo me entrego a mi muerte,
con puñados de infancia,
con deseos ebrios
que no anduvieron bajo el sol,
y no hay una palabra madrugadora
que le dé la razón a la muerte,
y no hay un dios donde morir sin muecas.
(De Las Aventuras Perdidas, 1958)
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