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Que inventen ellos por
Alberto Vázquez
"Buscar lo que han dicho
otros y contarlo. No vas a inventar. Lo hacemos todos". Con estas reveladoras
palabras, el escritor y director de la Biblioteca Nacional de España, Luis Racionero,
respondía a las acusaciones de plagio sobre una obra escrita por un tal Gilbert Murray,
profesor de la Universidad de Oxford, hace más de ochenta años.
A estas alturas, la cosa se ha puesto grave. España, país de harta
tradición artística y literaria, ya es, por fin, el hazmerreír del mundo. En algunos
departamentos de español de universidades americanas están riéndose a carcajadas y con
tal ímpetu, que por aquí escuchamos los murmullos de fondo.
La cosa empezó tontamente hace unos meses. A una presentadora de
televisión llamada Ana Rosa Quintana, esto de escribir novelas le debió de parecer algo
muy cool, así que, ni corta ni perezosa, decidió que el inmundo terreno
periodístico en el que ella se mueve dominado por amoríos, fiestas y chismorreo barato,
ya no era suficiente para alguien de su talla. Lo tenía todo: fama, dinero y audiencia.
Sólo le faltaba prestigio. La escritura de novelas no amasa, lo que se dice, grandes
fortunas. Sólo unos pocos consiguen vivir holgadamente de ello, mientras que el resto se
limita a ir tirando mientras construye un discurso intelectual a lo largo de toda una
vida. Pero a Quintana eso de escribirse sus doscientas páginas a mano, le parecía
hortera y se buscó un negro. Y hete aquí que las amistades son, a veces,
peligrosas y el negro le salió por la culata. Plagió como un poseso y a autoras
más que conocidas -Danielle Steel y Ángeles Mastretta-, para, después, limitarse a
esperar que la mierda flotase. La pobre Quintana, lejos del prestigio y el respeto que
ella esperaba cultivar con su novela, se convirtió en el centro de todas las
bromas del país. Un escritor de verdad, en sus circunstancias, hubiese puesto fin,
bonitamente, a sus días, dejando, así, un fresco cadáver para la gloria. Pero ni por
esas, la Quintana se creció y ahí sigue, con sus basurillas de media tarde para
descerebrados y ociosos.
Algo después, sin habernos repuesto aún del cachondeo anterior, una
señora particular de su casa, nos estremeció el corazón acusando de plagio, ni más ni
menos, al premio Nobel Camilo José Cela. La señora, que se llama María del Carmen
Formoso y a la que un servidor -que viaja en líneas aéreas españolas y que, por lo
tanto, tiene mucho tiempo que perder en aeropuertos y salas de espera-, ha tenido el, por
decir algo, gusto de leer con atención, se ha hecho con sus buenos minutitos de gloria
con la abyecta acusación. Formoso es, si no la peor escritora del mundo, sí la tercera o
cuarta por la cola. Pretender que Cela, que con las manos atadas a los tobillos y un
bolígrafo en la boca es capaz de escribir textos infinitamente superiores al de ella, le
ha plagiado su novelucha ridículamente titulada Carmen, Carmela, Carmiña
(Fluorescencia), es poco menos que pretender lo imposible. Por una simple cuestión de
economía temporal, a Cela le sale más a cuenta escribirlo de su puño y letra que andar
plagiando a ancianas con hijos abogados.
Claro que, si el asunto de los plagiarios quedase ahí, pues no pasaría
de ser una anécdota que animase nuestro no siempre demasiado alegre panorama cultural.
Pero no queda ahí. Uno se queda anonadado de lo mucho y bien que está extendido en
nuestro país el noble oficio de tomar lo que es de otros y firmarlo como propio.
El ya mentado caso de Luis Racionero, que además de escritor es
funcionario y cobra su buen sueldo del fondo común, obliga a ponerse serio y dejar de
pensar en esto como en un lance pasajero. Si uno de los grandes y más sólidos escritores
de España se olvida de poner comillas en lo que cita y, encima, no sólo no lo reconoce
sino que prefiere denominarlo intertextualidad, qué no estará pasando con el
pelotón. Por no hablar del secretario de Estado de Cultura Luis Alberto de Cuenca, al
cual también se le pilló en artes similares, o la mismísima ministra de Educación,
Pilar del Castillo, a la que le escriben los artículos que luego ella va firmando
alegremente.
Ya se rumorea, incluso, que circulan por despachos selectos
secretísimos informes que narran, con pelos y señales, los desmanes literarios de más
de uno. Vaya usted a saber. Eso sí, la experiencia nos ha demostrado algo importante: en
este país de patanes, cualquier desgraciado puede hacerse un hueco en el mundo de la
literatura sin emprender el largo calvario que, hacia la publicación y el reconocimiento
público, emprenden la mayoría de los autores honrados. Y vista la rentabilidad que
ofrece plagiar, ser plagiado o, simplemente, acusar de plagio, algunos ya se lo estarán
pensando. El circo ha llegado a la ciudad y, visto del éxito, no parece que esté
pensando en plegar la carpa.
La verdad es que esto de ser escritor viste mucho. No da, ya he dicho,
para construirse chalets en primera línea de playa, pero el aura que a uno le crece en
torno a sí, no tiene precio. Y claro, los mediocres, los cretinos, los pusilánimes y
todos aquellos que no están contentos con lo que tienen, ven con buenos ojos eso de ser
escritores. Pero claro, eso lleva su tiempo y su dedicación. Y tampoco es cuestión de
andar malgastándolo frente a ordenadores infames en los cuales uno no hace sino dejarse
la vista y la espalda. Nada, lo mejor es que inventen ellos. Buscar lo que han dicho otros
y contarlo. Perdón, "buscar lo que han dicho otros y contarlo". Con un par de
comillas.
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Texto, Copyright © 2001 Alberto Vázquez.
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