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Hijos de nuestra lógica salvaje

por Andreu Navarra

Soy un hombre enfermo... Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático. Creo que padezco del hígado.

Fiodor Dostoyevski.

Conocí a un hombre danés, civilizado y encantador, que tras haber leído El juguete rabioso, primera novela de Roberto Arlt, me miró seriamente y me preguntó:

-Dime por qué Silvio Astier traiciona a Rengo. No entiendo por qué Silvio Astier traiciona a Rengo.

No lo pensé dos veces antes de proferir:

-Pues porque sí. Por misticismo. Por parecerse a Baudelaire.

Esta es la única explicación que hallé. Esto es lo que nos ofrecen, al final de la novela, las palabras del propio Silvio Astier ante el ingeniero Arsenio Vitri:

-Y saber que la vida es linda me alegra, parece que todo se llena de flores... dan ganas de arrodillarse y darle gracias a Dios, por habernos hecho nacer.

-¿Y usted cree en Dios?

-Yo creo que Dios es la alegría de vivir. ¡Si usted supiera! A veces me parece que tengo un alma tan grande como la iglesia de Flores... [...] Lo que hay, es que esas cosas uno no las puede decir a la gente. Lo tomarían por loco. Y yo me digo: ¿qué hago de esta vida que hay en mí? Y me gustaría darla... regalarla... acercarme a las personas y decirles: ¡Ustedes tienen que ser alegres! (1)

¿Por qué Baudelaire? Porque podemos afirmar que es el primer poeta moderno. ¿Y por qué es el padre de la poesía moderna? ¿Por qué lo elogió Nietzsche junto a Stendhal y Dostoyevski? ¿Qué tienen estos tres autores en común? Son los primeros que dejaron de sentir y construir su realidad a través del filtro metafísico que en Occidente fue y es el cristianismo. El hombre moderno, tal como lo entiende Kant, se autodefine por su mayoría de edad, por su capacidad de reflexión autónoma. Se desenvuelve sometido a un sistema de leyes y formas estrictamente racional, pero en cambio vive rodeado de una total inercia del subconsciente. Es, a la fuerza, como Erdosain, protagonista de Los siete locos, hijo de la lógica salvaje sobre la que se asienta la sociedad contemporánea, que no vacila en coaccionar cualquier impulso irracional y al mismo tiempo se fundamenta en una forma específica de violencia: la silenciosa, la que regula la expresión y el desarrollo libre de la persona.

El estado burgués no está formado únicamente de explotadores y explotados. El explotador vive alienado por su afán de beneficio, y el explotado, por sus necesidades inmediatas. Esta alienación es lo que delimita sus conductas. Es el desclasado, el ocioso o el que desempeña tareas cada vez más absurdas e innecesarias, el oficinista, quien no recibe de la sociedad una determinada pauta de actuación. Erdosain, el señor K de Franz Kafka, el Meursault de Albert Camus, el Raskolnikov de Crimen y castigo, son hombres desclasados, y por lo tanto desorientados, que se dedican a flanear sin rumbo y que encuentran nuevas formas de proyección personal, por ejemplo, en un burdel, en el juego o bajo el tutelaje de un régimen totalitario. Porque, en cierto modo, Los siete locos no es más que la historia de una conspiración revolucionaria de tipo nazi-fascista, con la genialidad de que se avanza al pleno desarrollo de este tipo de pensamiento. Es, como El juguete rabioso, una novela de por qué. ¿Por qué Silvio Astier traiciona a Rengo? ¿Por qué Erdosain siente la necesidad de robar dinero e involucrarse después en las actividades de un colectivo ultraviolento?

El espíritu que inspira la ideología del Astrólogo es el mismo que, en la vida real, impulsó el auge de las actitudes totalitarias de la primera mitad del siglo veinte. La novela se convierte, desde este punto de vista, en un lúcido retrato del tipo humano que está en la base de los violentos movimientos de vanguardia social, como el futurismo de Marinetti o el anarquismo del primer Mussolini. Alguien como Erdosain podría haberse decidido a otorgar su voto a Hitler, o podría haber apoyado el falangismo y el nacionalcatolicismo franquista. Todos estos movimientos tienen en común lo que el Astrólogo considera las bases ideológicas de su proyecto social. Estas son las características que, con escalofriante exactitud, se desprenden de sus discursos:

1. La masa es feliz si ignora. Este argumento, que arranca de Heráclito y del Antiguo Testamento, fue reactivado por los filósofos decimonónicos de la Voluntad (Schopenhauer y Nietzsche).

2. El conocimiento racional trae dolor al ser humano. Esta concepción es consecuencia directa de la anterior. Los movimientos de vanguardia reaccionaria buscarán un aglutinante social con la intención de unir a todos los desclasados. Por desclasado no entenderemos desplazado, miserable o marginado, sino componente de una clase media baja cuyo ambiente racional ha imposibilitado el consuelo metafísico.

Para que triunfe una nueva clase dominante, se necesitará restablecer las directrices de naturaleza superior, ya sea restaurando autoritariamente las anteriores, ya sea sustituyéndolas por otras de reciente invención (la Raza, la Patria, la Pureza,...) La desintegración social, el malestar provocado por la lucha de clases, sirve de excusa para la imposición de un elemento básico integrador, y aún mejor, fanatizador, que es escogido para devolver el entusiasmo a las clases medias mediocrizadas. Hitler explica, negro sobre blanco, en su "fundamentación" teórica que inventó (no tiene reparos en admitir que inventó) la excusa de la raza aria para unir al pueblo alemán. El sistema del Astrólogo se basaría en una aristocracia natural, cuyo poder emanaría de superiores capacidades de decisión, coacción, violencia, engaño y tutelaje.

3. La libertad trae dolor al ser humano; lo que dará "derecho" a la aristocracia natural de los dominadores a ejercer la fuerza y la autoridad sobre la masa impersonal y desanimada. El despotismo, ilustrado o no, tiene como razón de ser considerar a las personas incapaces de decidirse sus propios destinos, de autodeterminarse. No existiría la autonomía sino para la clase dominante. Se trata, en definitiva, de desmantelar lo que antaño propugnó Kant.

Todo confluye en el intento de restauración de una metafísica determinada, no importa demasiado cuál (generalmente se escogerá la que mejor reinterprete o adapte los prejuicios tradicionales de los sectores acaudalados de la sociedad), para imponer un patrón de conducta a la población. Este perfil sistemático, financiado por una red nacional de prostíbulos, es el que ensayan los personajes de la novela.

La sociedad capitalista es el ambiente que propicia la literatura existencialista. La marginación de los cojines de orden supranatural, la aparición de un nuevo tipo de violencia, la violencia blanca, que no es más que silencio, complicidad, represión velada, egoísmo, individualismo y, en definitiva, violencia por exclusión pasiva, no tardará en producir la reacción que conocemos como Romanticismo. Sören Kierkegaard, que defendía el derecho a no pensar racionalmente, a poder sentir la religión cristiana en libertad, es uno de los principales precursores de este primer pensamiento, que dividiremos en dos grandes bloques: el pre-existencialista (anterior a la teorización de Albert Camus) y el existencialista en sí (posterior a la formalización teórica de Albert Camus).

Los siete locos cabría incluirla en el primer bloque, por ser uno de los últimos grandes coletazos del pre-existencialismo anterior a la adquisición de formulación teórica explícita. La diferencia que media entre los personajes de Dostoyevski, Unamuno o Roberto Arlt y los de Albert Camus es que los del primer bloque aún se preocupan por restablecer algún tipo de metafísica que dé un sentido a sus existencias y motive sus acciones. Raskolnikov, en las últimas páginas de Crimen y Castigo, encuentra una vía expiatoria en el amor que siente hacia la prostituta Sonia y el confinamiento carcelario. Unamuno intentará basar su conducta en un idealismo subjetivista que mezclará las enseñanzas de Jesucristo con las de Don Quijote. Silvio Astier traicionará a Rengo. Y Erdosain aceptará los presupuestos teóricos del Astrólogo.

En cambio, el Meursault de El extranjero se nos muestra ya acostumbrado a no sentir inclinación espiritual alguna. Por eso es ya un extranjero. No sufre angustia, siente sólo tedio, calor, e indiferencia. Su normalidad es ya un vivir impasible; ha aceptado lo físico como única realidad; ya no se inquieta por vivir sin pasiones. Meursault se mueve sólo, como en su relación con María, por deseos estrictamente momentáneos y orgánicos. Y ello no le preocupa en absoluto. Únicamente en la frase final de la novela podemos intuir cierto deseo de trascendencia, cierta demanda de respuesta exterior: ya reo de muerte, pide ser odiado por muchos para no sentirse tan solo.

Curiosamente, tanto el personaje central de Apuntes del subsuelo como Meursault y Erdosain han sido o son oficinistas, funcionarios o víctimas de la burocracia. Todos responden al perfil humano antes esbozado: al de la medianía desclasada.

Curiosamente, tanto en Crimen y castigo como en El extranjero, así como en El juguete rabioso y Los siete locos, aparece casi al final la religión como una alternativa de vida. La redención de Raskolnikov, la pelea de Meursault con el capellán (único personaje que logra exasperarlo y robarle la tranquilidad) y su conversación con el juez, las divagaciones de Silvio Astier y la esperpéntica aparición de Jesucristo al personaje Ergueta, son las diversas vías por las que la religión entra en escena. Sólo el existencialista propiamente dicho rechaza de forma explícita la religión. Para Unamuno y Dostoyevski aún es posible la salvación. En Roberto Arlt ya percibimos una ironía volteriana. Como en la novela social marxista, el orden superior en que se amparan los personajes es ya de tipo cívico. Tanto el fascismo como el comunismo son metafísicas laicas, causas por las que el individuo debe sacrificarse, solo que de orden opuesto y en relación de competencia.

Desde la historia más remota del hombre, como demostraría el Cantar de los cantares bíblico, la sexualidad ha funcionado estrechamente vinculada al misticismo, que podríamos definir como la conciencia que toma un humano de que se ha unido con otro ser de naturaleza superior. Porque dios es deseado y deseante, como los participantes de una relación sexual saludable.

La sexualidad es una singular combinación de rendición e invasión, de voluntad y entrega; y solo puede llegar a su plenitud cuando dos individuos se ofrecen mutuamente su más honda intimidad. Se trata de alcanzar la saciedad, la mayor de las realizaciones, provocando el goce máximo al otro mientras el otro procura lo mismo. De ahí el paralelismo con la mística. La unión con el elemento superior también es recíproca. No hay consecución del goce ni realización personal en cuanto una de las dos partes integrantes deja de realizar alguna de sus dos funciones, sea la pasiva o la activa. La frustración sexual es uno de los principales motivos por los que Erdosain vive sumido en la desesperación. Su represión, la falta absoluta de comprensión por parte de su esposa, que le deja y se va con otro hombre aún sabiendo que tampoco será feliz, son paralelas a su desarraigo existencial. ¿Qué significa que en su noche de bodas se acostara con los pantalones puestos? Este hecho nos muestra la incapacidad de este personaje por expresarse mediante un canal no enrarecido. La negativa a entregarse no es más que un síntoma de anormalidad comunicativa, ante la cual su esposa será despiadada y cruel, no sólo verbalmente, sino también por exclusión. Nos aparece de nuevo la violencia blanca, la que es silencio y ausencia, la que corroe lentamente a la víctima y la tortura mediante el lento desarrollo del resentimiento. Su mujer se negará a mantener relaciones sexuales, o simplemente accederá sin interés, sin poner nada de su parte, con la cabeza en otro lugar.

Erdosain optará por la masturbación, práctica que acabará sumiéndole aún más en la desesperación. El solipsismo, el autoabastecimiento comunicativo, como muy bien entendió Antonio Machado, no es la vía para el conocimiento del mundo, y mucho menos la que conducirá al intercambio y la hermandad entre las personas (forma más básica de trascendencia). El ser humano es respecto a los demás. Solo relacionándose con lo otro de forma fluida y saludable puede el humano realizarse como persona. Es la inmanente alteridad del ser, sólo alcanzable mediante el diálogo, la comunicación no verbal o el misticismo, que son las formas de exteriorización de la conciencia y la inconsciencia.

El amor y la sexualidad son los procesos de exteriorización más importantes en nuestro desarrollo personal. Son los que más enrarecidos están en la figura de Erdosain. A todo esto hay que añadir sus penosas experiencias dentro y alrededor de los prostíbulos, que constituyen un verdadero leitmotiv dentro de la acción narrativa.

Es Dostoyevski, quizás, el principal autor de los que subyacen bajo Los siete locos. Y quizás sea a Crimen y castigo, de entre los textos del novelista ruso, al que le deba más. Esta influencia deja, fundamentalmente, tres huellas. Una es la propia cadencia verbal de las palabras. Como rasgo fundamental, Los siete locos se asienta sobre el discurrir mental de los distintos personajes, en especial el de Erdosain. La reflexión interna es lo que más abunda en el texto, interrumpida por acción narrativa o diálogo en estilo directo. En este último caso, como en Dostoyevski, el narrador base omnisciente se encarga de irnos puntualizando qué es exactamente lo que piensa el personaje en el momento en el que está hablando. Porque no suele coincidir lo uno con lo otro.

Esta doble articulación de los personajes, que pensarán lo que no dicen, se produce de una forma especialmente evidente en un episodio que constituye la segunda gran huella que Crimen y castigo imprime en la novela de Roberto Arlt. Nos referimos al episodio titulado Dos almas, ubicado en el tercer capítulo de la obra (2). En el fragmento, nuestro protagonista acude a Hipólita, llamada la Coja, mujer de su amigo el jugador Ergueta , en busca de consuelo. Se trata de una intertextualidad. En el capítulo IV de la quinta parte de la novela de Dostoyevski, Raskolnikov se presenta ante la prostituta que le ama con la intención firme de confesar su crimen. Es uno de los fragmentos que mayor tensión dramática contiene de toda la obra. Sonia, que realmente ama a su visitante, se ve obligada a aceptar que Raskolnikov ha cometido un acto infame. Esto la sume en la desesperación. Él, que también es aún capaz de amar, siente vergüenza de haberla hecho llorar, y en lugar de aliviar sus sufrimientos, no consigue otra cosa que sentirse peor. Al final del capítulo, promete a Sonia que confesará su crimen a la policía, aceptará la cruz, símbolo del arrepentimiento, que ella le ofrece y determinará iniciar actividades de expiación.

La versión que elabora Roberto Arlt es esperpéntica. Porque el esperpento nace de donde es imposible la tragedia (la cursiva es mía):

"Erdosain dejó su sillón, guardó el calentador, la yerba y el mate en el cajón del ropero, y entonces Hipólita le dijo:

-Venga aquí... a mis pies.

Una enorme dulzura estaba en él.

Sentóse en la alfombra de forma que su costado se apoyaba entre las piernas de ella, abandonó la cabeza en sus rodillas, e Hipólita cerró los ojos.

Estaba bien así. Reposaba en el regazo de la mujer y el calor de sus miembros traspasaba la tela, entibiándole la mejilla. Aquella situación además le parecía muy natural; la vida adquiría ese aspecto cinematográfico que siempre había perseguido, y no se le ocurrió pensar que Hipólita, tiesa en el sofá, pensaba que él era un débil y un sentimental... [...] E Hipólita se dijo:

-Toda la vida no hará más que quejarse y sufrir. ¿Para qué me sirve un muchacho así? Tendría que mantenerlo. [...]

Así era. A los hombres sólo los movían el hambre, la lujuria y el dinero. Así era."

Todo lo que confería grandeza en Crimen y castigo (la sinceridad de las emociones, el altruismo de Sonia, la verdadera culpa de Raskolnikov, la naturaleza real de sus miserias, la necesidad de redención, toda la pasión que contienen los personajes, su valentía y su capacidad de resistencia, y, sobre todo, su capacidad de amar por encima del mal) se ha convertido en mediocridad. Erdosain ni siquiera ha alcanzado la categoría de culpable, ni siquiera es capaz de amar a Hipólita, ni necesita redención alguna, ya que ni siquiera ha logrado asesinar. Además, logra llenarse de dulzura, permitiendo que le consuelen. Lo calma el mero bienestar físico de apoyar su mejilla en el regazo de una mujer, aunque esta piense que es un sentimental. Cree que ha conseguido, como una película de cine, conmover a su interlocutora. Eso es lo único que pretendía.

El asesinato de Barsut, paralelo al de la anciana prestamista, es el tercer punto en común entre las dos novelas, más por las reflexiones que suscita que por el hecho en sí de que lo secuestren y maten.

El personaje central de Apuntes del subsuelo no deja de servirnos para una perfecta caracterización del desclasado contemporáneo, como Erdosain o uno de los mutilados de Samuel Beckett. En muchas ocasiones, el personaje es incapaz de asimilar la maldad. La sensibilidad evita que Erdosain perpetre verdaderas fechorías. Es impotente incluso para conseguir el Mal. Actúa, roba, se mueve, porque está triste y angustiado, no porque sea malévolo por naturaleza, lo que le hubiera permitido solucionar su existencia mediante una línea de actuación. Su actitud es la de un niño: desea llamar la atención para disipar su propio y árido solipsismo. Ni siquiera consigue alcanzar la dimensión de criminal. Se queda en la de pobre desgraciado.

Sabía que era un ladrón. Pero la categoría en que se colocaba no le interesaba. Quizá la palabra ladrón no estuviera en consonancia con su estado interior. Existía otro sentimiento y ése era el silencio circular entrado como un cilindro de acero en la masa de su cráneo, de tal modo que lo dejaba sordo para todo aquello que no se relacionara con su desdicha. [...]

Pensaba telegráficamente, suprimiendo preposiciones, lo cual es enervante. Conoció horas muertas en las que hubiera podido cometer un delito de cualquier naturaleza, sin que por ello tuviera la menor noción de responsabilidad. Lógicamente, un juez no hubiera entendido tal fenómeno.(3) Pero él ya estaba vacío, era una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre.[...]

Esta atmósfera de sueño y de inquietud que lo hacía circular a través de los días como un sonámbulo, la denominaba Erdosain "la zona de la angustia".(4)

Esta incapacidad para el mal real, y esta sensación de extrañeza ante la calificación de criminal, la encontramos en otros textos citados. El personaje no siente que la denominación se adecue a su verdadera naturaleza interior, por lo que existe un desajuste entre la terminología de que se valen los individuos y la sociedad para calificarse los unos a los otros y el conjunto de realidades mentales e íntimas que permanecerán necesariamente ocultas a los demás.

Mentí hace un momento cuando dije que había sido un mal funcionario público. Mentí por despecho. Sólo quería divertirme a costa de los solicitantes y de ese militar; en realidad, nunca he podido ser malévolo del todo.(5)

Murmuró [el juez]: "Nunca he visto un alma tan endurecida como la tuya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor". Iba a responder que eso sucedía justamente porque se trataba e criminales. Pero pensé que yo también era criminal. Era una idea a la que no podía acostumbrarme.(6)

Traicionar como Silvio Astier, cometer un execrable crimen como el de Raskolnikov, o adherirse a un movimiento nazi, en definitiva, hacer el mal y contemplarlo, se ha convertido en una forma de misticismo, en una búsqueda desesperada de trascendencia personal. Infligir daño al otro, al otro ser que piensa y siente, es la última forma posible de influir en él, de ver alterado su comportamiento gracias a una acción nacida de la propia voluntad. Este tema de la salvación por acumulación de pecado (presente en sectas de los primeros siglos de nuestra era, como la de los adanitas, y en la pintura de El Bosco), es retomada por Borges en cuentos como Deutsches Requiem, La secta de los Treinta o, sobre todo, Tres versiones de Judas, donde un teólogo es fulminado por Dios al descubrir que fue Judas, y no Jesús, el elegido para redimir a la humanidad. Se trata de ser, ser a través de un crimen. Éste es el último recurso de nuestros solitarios.

 

__________

(1) ARLT, Roberto, El juguete rabioso, Barcelona: Bruguera, 1979, págs. 221-222.

(2) ARLT, Roberto, Los siete locos, Madrid: Cátedra, 1998, págs. 274-289.

(3) Esta es exactamente la situación durante los interrogatorios y el juicio a que Meursault es sometido. Las autoridades no logran comprender sus respuestas, y acabarán rechazándolo más por su falta de sentimientos, que juzgarán inhumana, que por su asesinato.

(4) ARLT, Roberto, Los siete locos, op. cit., pág. 85.

(5) DOSTOYEVSKI, F.M., Apuntes del subsuelo, Madrid: Alianza, 2000, pág. 18.

(6) CAMUS, Albert, El extranjero, Barcelona: Planeta, 1999, pág. 78.

 

 

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Última actualización: jueves, 10 de mayo de 2001

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