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La llave de Camarón o una polémica flamenca por
Juan Ramón Rueda
Cualquier tipo de progreso o
cualquier suerte de modernidad siempre tienen como referencia inmediata una actitud
superada, ya sea en formas, ya sea en fondos, ya sea en comportamientos. Y siempre
conllevan alguna paradoja, especialmente evidente cuando las posiciones que se resisten a
cambios o evoluciones enarbolan las banderas de la tradición. Aparece entonces la figura
de los puristas, autoinvestidos de guardianes de la autenticidad,
sentenciando con la mayor de las firmezas que todo cambio que amenace la tradición formal
no produce nada puro, y sus efectos son nocivos, degradantes de la pureza
tradicional. Se suele acusar, de paso, a los autores, promotores y defensores de los
cambios, de desconocedores de lo puro, de advenedizos ventajistas que, sacando
partido de valores auténticos, llegan a manchar el edificio de la tradición y el
patio de los dogmas absolutos con la introducción de valores menores que devalúan los
instalados y bendecidos. Y así son las cosas. Y ahí, precisamente, está la insalvable
paradoja. Porque esa misma actitud de rechazo es, de hecho, una parte directa de la propia
tradición.
Lo nuevo, en el terreno de las artes, no siempre debe suponer una
creación surgida de la nada; de ahí el valor de la innovación artística. A veces una
evolución o una distorsión no responden a una perfección de lo establecido, sino a una
simple adecuación a otro contexto, un movimiento en el tiempo de unas formas de
expresión que, casi siempre, están alimentadas y provocadas, a su vez, por cambios en
las formas de percepción, en las condiciones de la comunicación entre el arte y el
espectador. Y esta peculiaridad es la responsable directa de que la expresión artística
tenga un carácter vital, de que sea algo vivo en su más pleno sentido. Este es, sin
duda, uno de los mayores valores del arte, el que le otorga una condición profundamente
humana. Y el que hace, también, que no se pueda sujetar, que no se pueda estancar.
El mundo del flamenco, que es parte del mundo del arte, ha vivido
recientemente un episodio que ilustra perfectamente todo lo que se ha descrito hace unos
pocos párrafos. El flamenco está vivo y colea como nunca, y eso coincide con el pesar de
algunos sectores de aficionados cabales y ortodoxos, dicho sin retintín peyorativo, que
ven en el horizonte la muerte del flamenco de verdad, amenazado por la descomunal
ofensiva de artistas que producen y venden bajo el manto de lo que se ha dado en llamar
Nuevo Flamenco. En este saco caben desde los Jóvenes Flamencos hasta algunos Viejos
Flamencos, que ahora venden discos sin pudor manejando palos fáciles de escuchar,
elaborados especialmente para llegar a oídos supuestamente poco exigentes y adulterando
la esencia, quiebran la ortodoxia del cante antiguo. Y por supuesto se incluyen los casi
satanizados e inagotables ríos de la llamada Fusión (con el Rock, con el Blues, con el
Jazz, con la Salsa, con las Orquestas Filarmónicas, con las Voces Búlgaras, con los
Andalusíes de Tánger o Tetouan, con las Koras africanas, las tablas hindúes, los
silbatos brasileños,...) En fin, que el Nuevo Flamenco es motivo de queja y alarma.
Parece obligado, para y desde estos sectores de aficionados y críticos, definir con
precisión algunos conceptos básicos y separar de alguna manera la paja del grano. Hay
que revisar el presente y señalar claramente lo que sí y lo que no es Flamenco. El
asunto de lo jondo, por ejemplo, sirve como argumento. Lo jondo debe
acotarse estrictamente, y son los puristas, los ortodoxos, los más cualificados
para detectar ese síntoma inequívoco del flamenco puro. El caso es que cuando se
echa la vista atrás buscando el punto de inflexión que disparó al flamenco hasta el
lugar que hoy luce, desde las atalayas del purismo son muchos los observadores que ven en
Camarón de la Isla la responsabilidad de haber abierto tanto las puertas del flamenco que
provocó y alimentó el intrusismo contaminante de las masas. Quizá por eso, la
concesión por parte de la Junta de Andalucía de la Llave de Oro del Cante a José Monje
"Camarón" ha levantado ampollas en algunos círculos autorizados del mundo
flamenco.
Como aficionado al flamenco, he prestado atención a las manifestaciones
que ha ido provocando la noticia, entre otras cosas porque las polémicas en el flamenco
tienen la agradable virtud de exponer mejor que cualquier disertación sesuda la compleja
(y completa) subjetividad que reina en este territorio, de pretendidos valores absolutos.
Y en este caso particular, merece la pena componer un debate utilizando un puñado
seleccionado de manifestaciones, en contra y a favor, de esa decisión tan controvertida.
Quiero confesar, como pista innecesaria, que no me desagrada que Camarón figure como
poseedor de la Llave de Oro. Estoy convencido de que la merece. Como también lo estoy de
que José Monje es uno de los más directos y valiosos elementos que consiguieron, allá
por los revueltos e intensos años medios y finales de la década de los setenta, por
derecho y con calidad indiscutible, que el flamenco se hiciera un hueco en los oídos de
gran parte de una generación que hoy aprecia y disfruta ese arte gracias a aquél primer
acercamiento.
Y con esta premisa, que me alinea en el Camaronismo positivo, sugiero
introducirnos en una tertulia imaginada, pero completamente ajustada a declaraciones y
comentarios reales, realizados por autores también reales, que son o han sido de dominio
público. Me arrogo además, como perpetrador del experimento, el poder de ordenar las
declaraciones en busca de un hilo conductor que permita sentar todas las opiniones en la
misma mesa y en el mismo momento. Los contertulios hablarán con su nombre de pila, y al
final del encuentro (o desencuentro, según se quiera) conoceremos los apellidos. La
unión correcta de cada nombre propio con el apellido correspondiente será el aspecto
lúdico y participativo de esta propuesta. Así ha discutido el mundo flamenco sobre una
Llave de Oro y un cantaor: La voz de Camarón poseía la antigua jondura; como artista
bebió de las remotas fuentes de la sabiduría fragüera. Con sus lacerantes quejíos y
sus estremecedores melismas, con su genio creador, abrió como nunca nadie había hecho
antes nuevos caminos al flamenco. Su voz encandiló al mismo tiempo a aficionados cabales
y a públicos hasta entonces ajenos al flamenco. La grandeza de Camarón ha trascendido lo
artístico y su legado es ya patrimonio común que se recordará como una leyenda sin
tiempo.
Esta semblanza de la figura de Camarón de la Isla está extraída de un
texto firmado por un colectivo: el Movimiento Asociativo Gitano. Damos por hecho que en
esa casa están como unas castañuelas, y nunca mejor dicho, con la reciente concesión de
la Llave de Oro del Cante. Pero seguro que hay otras opiniones... ¿o no?
José Manuel: "No creo que ninguno de los que estamos aquí
discuta la categoría de Camarón, lo que pasa es que el asunto de la Llave es peliagudo,
y más cuando se mete la política en danza. Si miramos la historia de la Llave, vemos que
las dos primeras son absolutamente anecdóticas y la tercera fue un montaje con la mejor
intención del mundo: avalar el mairenismo, una tendencia cantaora en un momento en que el
flamenco estaba un poquito... y Mairena, que era un cantaor grandísimo, le dio contenido
al premio."
Alfonso afina más su disconformidad: "No es un cantaor vivo, y
eso rompe la única norma concreta que hasta ahora había en la anárquica historia de la
Llave de Oro del Cante."
Como impelido por pura adhesión al argumento, José lo entiende, lo
apoya y lo extiende: "Nunca han dado el Premio Nobel a una persona muerta. La
Llave del Cante a Antonio Mairena fue un concurso vivo. Eso está hecho y punto, pero
repito, a ningún literato muerto, a título póstumo, la han dado el Premio Nobel, ni a
ningún científico, ni nada de nada."
Ricardo, sospechoso de parcialidad por su calidad de empresario
(directamente beneficiado con esa Llave a Camarón), define su postura y, de paso, alude
al tema del concurso vivo que, dice José, ganó Mairena: "Soy partidario de la
concesión, porque interpreto que la trayectoria de la Llave ha sido muy singular. Tanto
la del Nitri como la de Vallejo o Mairena obedecieron a un clamor más o menos intenso y
popular. Nunca hubo reglas ni tiene porqué haberlas. Porque es mentira que a Mairena se
la dieran en un concurso. Yo estuve allí y estaba arreglado, fue un paripé."
Pero Pedro, apuntando a la empresa patrocinadora, arremete contra la
decisión y apela a la autoridad indiscutible de los que deciden sobre el flamenco desde
dentro del flamenco: "Los políticos pueden crear lo que les de la gana, pero no
son autoridad ninguna para decidir por su cuenta y dar una cosa que ya tiene su historia
dentro del flamenco."
Juan aporta más razones para rechazar la concesión de Llave a
Camarón: "Es una torpeza, porque no se dan cuenta de que la Llave estaba ya
olvidada en el flamenco, que siempre había creado polémica y problemas. Estábamos tan a
gusto y tranquilos..."
Alfonso, confundiendo un poco la unidad con el cuarteto, interviene para
centrar el tema por los cuatro costados que lo cuadran y defiende la funcionalidad de la
Llave: "La pregunta es: ¿La necesita Camarón? ¿Quién necesita la Llave? ¿Los
aficionados? ¿El flamenco? Porque te puedo decir que la Llave fue muy importante para
Antonio Mairena. Fue muy útil."
Jose Manuel demuestra de nuevo su sintonía de pensamiento con Alfonso: "Mairena
la llenó de contenido en un momento en el que el flamenco no estaba valorado. El cante
gitano, el cante grande estaba olvidado entonces."
Alfonso se lo agradece y ofrece más detalles sobre el efecto de la
Llave sobre un ser vivo, recurriendo, ya puestos, al caso Mairena: "Mairena
cambió de actitud vital, se convirtió en sumo sacerdote del flamenco y dignificó gran
parte del cante. La Llave debe utilizarse."
Joaquín, que no había intervenido, toma partido: "Sinceramente,
creo que no se puede dar a nadie lo que ya posee. Creo que la Llave del Cante, con
mayúsculas, la tiene, la tenía y la tendrá Camarón. Lo diga o no cualquier Senedrín
terrenal que pueda alzar la voz en este sentido."
José alza la voz para apuntarse al Senedrín: "Está hecho y no
voy a arreglar nada. Pero con todos los respetos a Camarón, vaya por delante, con todos
los respetos a Camarón, Camarón por soleá no sonaba, por seguiriya no sonaba, y había
una serie de cantes que no manejaba. Los cantes básicos no los manejó. Seamos sinceros y
esa es la sinceridad."
Antonio, desde su perspectiva de compositor y productor, decide hablar,
y habla por Camarón y por la Llave: "Para mí, Camarón es el cantaor más
completo que ha dado la historia. Es posible que no sea el mejor momento para dársela, ha
venido un poco tarde. Pero me parece bien que se la den ahora. No veo ningún
problema."
Ricardo aprovecha para insistir y defender la concesión del galardón: "Creo
que el sentir popular está ahora con Camarón y me parece muy bien que la Junta de
Andalucía, propietaria ahora del galardón, se la entregue a él. La vigencia de Camarón
ahora mismo está más que demostrada, esté vivo o esté muerto. No creo que exista
ninguna razón de peso para negarle esta distinción."
José aprovecha para aclarar cuales son sus terrenos y reivindicar
filosofías taurinas, muy cercanas, por cierto, a la tradición y al universo flamenco: "Como
decía Rafael el Gallo, cada uno es cada uno y seis media docena. Yo sería capaz de
cantar hasta por rumbas, que no es tan difícil, pero mi trayectoria no ha sido esa. Ha
sido, digamos, la ortodoxia pura y dura, como se suele decir, y entonces no me he salido
de mis cánones."
José Manuel tiene más que decir y se arranca por la didáctica básica
de puertas, llaves y actitudes artísticas: "El concepto de la Llave se aleja por
completo de la actitud artística de Camarón de la Isla. La Llave sirve para cerrar, no
para abrir. No te inventas una llave si antes no te has inventado una puerta. La actitud
de Camarón ha sido siempre libre, como la de Caracol."
A propósito de actitudes, Pedro denuncia un cambio, no ya de Camarón,
sino del entorno que lo acogió: "Cuando estuvo vivo lo ningunearon desde las
instituciones y desde la flamencología, y ahora da la casualidad de que se acuerdan de
una cosa que se llama Llave de Oro, como si son los Alicates de Cobre de un fontanero o lo
que sea."
Y Juan recuerda que lo de ahora no es precisamente un ninguneo: "Ya
le han dado todas las llaves de Andalucía. Pues ahora, la Llave..."
Pero a Pedro no le importa tanto lo que le den como la propia memoria de
Camarón, y vaticina que lo de la Llave puede acarrear el guarreo de la memoria de
Camarón: "Que le den lo que quieran, como si quieren darle un Cadillac a su
viuda. Lo fundamental sería guardar respeto a la memoria de ese hombre, que no ocurra lo
mismo que con Elvis Presley. Como en las Vegas, que hay curas vestidos de Elvis, pues lo
mismo en San Fernando, que habrá curas vestidos de Camarón."
Juan sigue arremetiendo y exige más Llaves. Ya puestos, Llaves para
todos: "Y ahora se la tienen que empezar a dar a la Niña de los Peines, a
Chacón, a Caracol, a Manuel Torre, a Fosforito, a todos."
Y Pedro le recuerda que todo se podría resumir recurriendo a una aguda
reflexión de un gran cantaor payo, respetado en las dos orillas: "Ya lo repite
Morente hasta la saciedad. España es el único país en el que se inventa un problema
para cada solución. La solución estaba: se había olvidado la Llave y ahora se han
vuelto a inventar el problema."
Viendo que la charla se acaba, José Manuel vota curándose en salud: "Yo
solo quiero dejar constancia de que no pertenezco a un grupo cerril y que no estoy de
acuerdo."
Bueno está, señores, bueno está (éste soy yo, servidor de ustedes,
en el papel de moderador). Por lo que se ha dicho hasta ahora, parece que uno de los
argumentos más recurrentes para clamar al cielo por la concesión de esa dichosa Llave de
Oro es que Camarón no está vivo, y eso no se puede negar: Camarón está ahora muerto.
Sin embargo, no es menos innegable que su figura sigue viva. Y digo yo que los
reconocimientos y los premios, cuando se conceden en el campo de las artes o del
espectáculo, deben otorgarse a la obra del artista, y si la obra y el bagaje de un
artista están plenamente vigentes, aún con el susodicho finado, no puede considerarse
una aberración ni un dislate intolerable la concesión de un premio. Aparte del M.A.G.
(Movimiento Asociativo Gitano), solo Pachón, Albaicín y Humanes ven correcto y merecido
el hecho de conceder a Camarón esa Llave de Oro. Por contra, Menese, Gamboa, Pérez
Orozco, Verdú y Calvo señalan al cretinismo político y al oportunismo discográfico
como culpables de una tropelía que nunca se debió cometer. Mairenistas militantes,
convencidos y tendentes al proselitismo, nos presentan a Mairena no solo como un gran
cantaor que hizo época y revitalizó el flamenco, sino como víctima indirecta de una
errónea decisión. Se ve que eso de los daños colaterales no es un efecto exclusivo de
los bombardeos justos y necesarios o de los fármacos contundentes, sino que también
pueden provocarse cuando se conceden honores desproporcionados. La sensibilidad de gran
parte del mairenismo parece haber sido dañada por culpa de una clase política lerda que
no sabe apreciar los sutiles matices de una historia anárquica pero ortodoxa, una
historia muy flamenca. Una Llave olvidada y siempre polémica, que sirve para cerrar una
puerta inventada, se recupera ahora y se le pretende dar la función contraria: la de
abrir esa puerta ficticia que quiso una vez cerrarse para siempre (según parece) dejando
a Antonio Mairena como maestro de Llaves. ¿Qué hacen ahora con Mairena? ¿Y con la
puerta? Estaban tan tranquilos y tan a gustito... y parió la Junta. Y lo peor es que, con
lo de moda que está el flamenco en el mundo mundial entero, lo mismo esto es contagioso y
acaban dándole el Nóbel de Literatura a José María Pemán o el de Medicina a Miguel
Servet. Y cualquiera se ve con derecho a opinar sobre el cante flamenco. El peligro de
extinción se cierne sobre los cantes básicos; la ortodoxia y la pureza van camino del
carajo, y las rumbas y las bulerías ramplonas, los bajos eléctricos y las flautillas
irlandesas comenzarán a invadir y asolar los sacrosantos terrenos del flamenco cabal. Ya
lo decían en su momento algunas de las vacas sagradas de la flamencología más añeja y
profunda: si el flamenco empieza a grabarse en discos, si cualquier hijo de vecino tiene
acceso al conocimiento del complejo y selecto universo del Cante Grande, los primeros que
lo notarán serán los entendidos, los selectos y exclusivos miembros de esa casta
especial y solidamente instruida, capaz de determinar sin dudas ni confusión los límites
y los valores del flamenco auténtico. Y, ¡ay!, ahí vuelve a aparecer el espectro de
Camarón. Grababa y vendía. Uno de los primeros en grabar flamenco en discos de plástico
y venderlos luego en amenazantes cantidades. Tangos y bulerías que tomaban las calles,
los bares y las querencias musicales tanto de gente de la de andar por casa como de la de
los conciertos rockeros. Jovenzuelos casi imberbes que volando iban, volando venían. La
masa cada vez más cerca de los rudimentos básicos, del compás, del duende y del quejío
gitano. Algo espeluznantemente cercano al caos, en opinión de algunos circunspectos
conocedores de un mundo hasta entonces hermético. Las calidades por los suelos, y las
ventas y el reconocimiento social y popular por las nubes. Y aquella puerta, que se abrió
a empellones y sin pedir permiso, es ahora un arco triunfal con una Llave de Oro cuya
posesión ha caído en las manos muertas y la voz viva de un cantaor cuestionado por
hereje, por ostentar una actitud libre, por proyectar una garganta que arrasa las almas no
iniciadas y que consigue que la palabra melisma tenga algo más que un significado
técnico descrito en el diccionario.
El caso es que Camarón, desde un punto de vista emocional y artístico,
es merecedor de esa Llave de Oro, del mismo modo y con la misma seguridad con la que quien
suscribe esta opinión considera necesaria, lógica y enriquecedora la polémica surgida
en torno a esta Llave, que aunque simbólica y poco operativa, se ha convertido en
gasolina extra para el motor que mantiene el flamenco en movimiento.
Un invitado de última hora, llegado cuando la mesa del debate ya está
vacía, aportará un comentario final que servirá para que mi posición de ventaja, como
manejador subjetivo de este debate inventado pero cierto, quede contrarrestada y la
última voz del artículo sea la de alguien contrario a la concesión pero, al mismo
tiempo, un aficionado cualificado que apreciaba el sentir y el hacer de Camarón de la
Isla. Se trata de Paco Ibáñez, quien muy recientemente se pronunciaba sobre este asunto
dentro de una entrevista publicada por uno de los principales diarios escritos de tirada
nacional: "El flamenco es parte de mi vida. El cante jondo es un gran misterio, al
que se escapa siempre. Los grandes para mí son Antonio Chacón, El Talega, Mairena y
Morente, el gran innovador. Camarón me gusta, pero lo que hace no es cante jondo. En
París lo escuché en el Círculo de Invierno. Se puso a cantar por lo bajo unos tarantos
y de repente empezó a desaparecer el lugar, la gente, yo mismo. Fue algo extraordinario.
Hasta él desapareció. Aún así, lo que hace no es cante jondo y yo no le hubiera dado
la Llave de Oro del Cante. Lo digo con todo el cariño. Otra llave sí, individual, pero
la de oro no."
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