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La mínima experiencia por
Alberto Vázquez
Este crítico suele sentir la
tentación de decir, sobre todo ante un auditorio no demasiado exigente, que el
minimalismo y el conceptualismo son corrientes conclusivas dentro de la historia del arte
moderno. Y, claro, cuando la sede bilbaína del Museo Guggenheim presenta su fantástica
muestra Percepciones en transformación: la Colección Panza del Museo Guggenheim,
pues uno no pierde la ocasión de repetir la cantinela a cuantos ingenuos estén
dispuestos a escucharla.
¿Y por qué lo de conclusivo? Pues, y hablando más de oído que de
otra cosa, por dos razones básicas. La primera de ellas es que tanto el minimalismo como
el conceptualismo tienen ese carácter que los vuelve resumen de todo lo anterior. Si
estudian con detenimiento ambos movimientos, encontrarán que lo que les da razón de ser
es suponer el punto final de una larga trayectoria. Dicho de otro modo: cuando ya se ha
dicho casi todo y de casi todas las formas posibles lo que le queda al artista inteligente
es ofrecerle al espectador inteligente una serie de propuestas mínimas, conclusivas y
finales del largo camino recorrido. La segunda razón ya es una consecuencia de la
primera: puesto que casi todo está expresado de casi todas las maneras imaginables, poco
más queda por decir. Sea o no sea acertada esta aseveración, lo cierto es que de un
tiempo a esta parte, nada seductor hemos visto bajo el sol de la creación plástica. Por
algo será.


[Fotos 1 y 2: Vistas generales de
la exposición (Fotografías: Erika Ede)]

Así que hemos de estar muy agradecidos a Giuseppe Panza di Biumo por
decidirse a comprar y coleccionar sistemáticamente obra de estas corrientes estéticas.
La historia del arte, y nosotros con ella, hemos de reconocérselo con júbilo.
El doctor Panza, junto a su esposa, comenzó a adquirir obras de arte en
1956, pero tuvo que llegar el año 1966 para que se decidieran a comprar arte minimalista
y conceptual de manera sistemática. Así, hasta 1975, compraron obras de los que hoy son
los más reconocidos en su género: Carl Andre, Larry Bell, Hanne Darboven, Jan Dibbets,
Dan Flavin, Hamish Fulton, Jene Highstein, Robert Irwin, Donald Judd, Joseph Kosuth, Sol
LeWitt, Richard Long, Brice Marden, Robert Mangold, Robert Morris, Bruce Nauman, Richard
Nonas, Robert Ryman, Richard Serra, Joel Shapiro, James Turrell, Lawrence Weiner y Doug
Wheeler. El resultado es una magnífica colección de la que el Solomon R. Guggenheim
Museum, a través de compras y donaciones, consiguió hacerse con una buena parte.


[Foto 3: Obras de Donald Judd. Foto
4: Cinturones (1966-67) de Richard Serra (Fotografías: Erika Ede)]

El museo bilbaíno, porque todo hay que decirlo, ha puesto en marcha un
montaje de la exposición excelente. Si algo perjudica al arte conceptual y minimal, es un
mal montaje. Si las cosas no se saben hacer como se deben, se puede ir al traste algo que
podía haber sido grande. De hecho, pasa día a día. Instalar inadecuadamente obras de
este tipo, las desprovee de su significado. Porque, y bien claro está en el propio
título de la exposición, de lo que aquí se trata es de percibir lo que las obras están
exhalando. Pero si se las condena a espacios obtusos por diseñadores que hacen de la
torpeza su desarrollo principal, las obras enmudecen. Así de simple. Así de triste.
Pero en la muestra del Museo Guggenheim la tarea está resulta con
sobresaliente. Las obras respiran y, porque respiran, transmiten. Ese es el eje central a
través del cual gira el éxito de la exposición: las obras están haciendo bien su
trabajo. Prueba de ello es que el gran público que visita el museo, poco acostumbrado a
los lenguajes complejos que muchos de los aquí representados frecuentan, se siente, al
menos en un primer momento, absolutamente desconcertado. ¿Qué demonios es esto?, dicen
algunos. ¿Esto es arte?, se preguntan los más reflexivos. ¿Cuántos está costando esta
exposición al contribuyente?, arguyen los más avezados. Estamos en el buen camino. El
minimalismo no deja indiferente a nadie. Y éste es el primer paso hacia la comprensión.
Lo cual, se torna harto complicado en Bilbao ya que el minimalismo, y la
colección Panza en particular, siempre gozaron de mala reputación en la ciudad desde que
hace casi una década, cuando el proyecto Guggenheim no era más que el sueño loco de
algunos, se decía que la sede vasca no iba a ser otra cosa distinta de un montón de
obras de segunda fila, desechos de otras colecciones y escombros variopintos, o sea,
minimalismo y conceptualismo a sacos llenos. Aquí todo el mundo se hacía cruces y al
pobre minimal le cayó el sambenito de ser la mismísima personalización del mal. Panza y
su fastuosa colección fueron presa fácil de demagogos y provincianos iletrados que
entendían a éste como un arte de tercera o cuarta fila.


[Foto 5: Cuadrado de cobre
Altstadt 10 x10 (1967) de Carl Andre. Foto 6: Circle in and out
of a polygon 2 de Robert Mangold (Fotografías: Erika Ede)]

Superados los malos tragos y visto que el negocio estaba bien enfocado,
ahora, en estos tiempos más tranquilos, el minimalismo y conceptualismo vuelven a Bilbao
y lo hacen por la puerta grande. Las tornas han dado la vuelta y ya nadie comparte las
absurdas argumentaciones de antaño. Y, aunque corramos el peligro de creer que todo el
campo es orégano, un recorrido por la instalación de la colección Panza en el museo
bilbaíno, le llena a uno de ganas de vivir. El montaje se ha estructurado, casi sin
excepciones, por salas. Cada espacio se dedica a un autor concreto. Se trata de no
despistar al ya, por lo general, demasiado confundido espectador. El montaje ahonda en la
idea de ofrecer una visión lo más completa posible de cada uno de los alfabetos
estéticos que ofrecen los artistas representados. Se trata de ayudar al espectador a
comprender. El esfuerzo de reunir piezas de un mismo autor no debe de ser vano. Las salas
se ofrecen, una tras otra, como verdaderas lecciones de sensibilidad y percepción. Si un
solo enfoque se queda corto, bien está poder abordar varios de ellos.
Pero, al mismo tiempo, la coherencia formal flota sobre la colección.
Ésta es una muestra dotada de una unidad indiscutible. Los artistas parecen compartir
presupuestos y reflexiones y, a pesar de las múltiples particularidades de cada uno,
todos ellos buscan lo mismo: hallar esa expresión simple y ordenada que, sin falsos
artificios ni vacuas elucubraciones, comunique sensaciones puras, concisas y profundas.
Porque el minimalismo, tiene mucho de religiosidad -entendiendo como tal
el acceso a nuevos niveles de percepción-. Quien haya tenido la ocasión de penetrar en
el interior de una escultura de Richard Serra, puede haber disfrutado de esa sensación de
comunión íntima -y aquí sitúe cada cual el objeto de su vínculo- que sólo es
perceptible si se mantienen los sentidos abiertos y la racionalidad disponible. Cuando el
arte reside en algo tan frágil como es una simple idea o una sutil reflexión, cualquier
hecho, por muy liviano que éste sea, puede hacer que la percepción correcta se quiebre.
Por ello, si no se dan esos mínimos técnicos -un montaje a la altura de las
circunstancias- y humanos -despojar la sensibilidad de prejuicios- se puede pasar de
puntillas por la exposición y salir como se había entrado: sin haber comprendido nada en
absoluto. Suplidos con eficiencia los primeros, centrémonos en los segundos para
conseguir algún tipo de resultado satisfactorio. Como no existe arma mejor contra el
prejuicio que el conocimiento, tratemos de ofrecer unas pocas claves que ayuden a
comprender.
Y hagámoslo yendo directamente al grano. ¿Qué hace que un grupo de
piedras ordenadas sobre el suelo de un museo sean una obra de arte mientras que las mismas
piedras desperdigadas en un camino no lo sean? ¿Cuál es la razón por la que una plancha
de acero que cubre una zanja en plena calle y evita que los peatones caigan dentro no sea
una obra de arte y la misma plancha de acero pero sin zanja debajo sí lo sea? Más
difícil aún: ¿Qué consigue que una lámpara fluorescente situada en el techo de una
habitación no sea arte y una lámpara fluorescente situada en el techo de una habitación
sí lo sea?


[Foto 7: Shadow in the Sperone
Gallery de Jan Dibbets. Foto 8: Pink and yellow light corridor
(variable lights) (1972) de Bruce Nauman (Fotografías: Erika Ede)]

Estos señalados arriba no son sino ejemplos de algunas de la obras que
alberga la colección Panza: un grupo de piedras de Richard Long, una escultura de Richard
Serra construida con una plancha de acero y una obra de Bruce Nauman a base de lámparas
fluorescentes. Y cito estos por ser de sobra conocidos por todos los amantes del arte y en
cualquier ciudad con un museo de arte moderno mínimamente decente se han tenido que
exhibir. Bien, explayémonos.
Primer ejemplo: Richard Long es un artista que se dedica, más que a
otra cosa, a darse fenomenales paseos por el mundo. Se ha debido recorrer el planeta
entero a estas alturas y, allí donde va, reflexiona sobre lo que ve. Lo cual, es de
agradecer. Long piensa el entorno que visita y lo rehace en un espacio privado.
Empezó trabajando directamente en el propio entorno reordenando lo que la naturaleza, por
sí misma, era incapaz de hacer. Después, dio el salto a la galería y ahora nos ofrece
sus magníficas geografías pétreas. Con unas cuantas piedras que el artista elige, se
procede, bajo sus indicaciones, a crear un elemento geométrico. A Long ni siquiera le
preocupa demasiado la perfección en la ejecución y suele dejar libertad a los que
construyen físicamente la obra.
Segundo ejemplo: Richard Serra trabaja en un ámbito cercano a la
arquitectura. Su intención es obligar al espectador a ser partícipe de su obra. Serra
invade los espacios personales de cada cual y juega con ellos. Sin un solo punto de
soldadura, sus enormes esculturas de hierro entablan una lucha entre la percepción humana
y las leyes de la física. Ante una escultura de Serra -digamos, incluso, dentro de una
escultura de Serra-, el espectador siente el temor de que ésta se le venga encima. Y,
dicho sea de paso, si a alguien se le cae encima una obra del escultor norteamericano,
pasa, de modo inmediato, a mejor vida. Pero no, las leyes de la físicas son sabias y
siempre prevalecen. Y lo que está pensado para que no caiga, no cae. Eso sí, la
obligación de modificar nuestra percepción del espacio permanece pues las esculturas de
Serra reordenan el lugar en el que se encuentran.
Tercer ejemplo: Bruce Nauman logra sorprender a los poco iniciados por
la cotidianeidad de sus materiales. A muchos nos les entra en la cabeza que lo realizado
con algo tan trivial como un tubo de luz fluorescente, sea arte y valga su buen dinero.
Pero Nauman descontextualiza el objeto y le obliga a invitarnos a percibirlo de otra
manera distinta a la habitual. La luz es su materia prima e, incluso, el rumor que los
tubos emiten al funcionar, nos recuerda que nada es lo que parece. Todo ello, unido a un
factor esencial: el espacio elegido. La obra de Nauman alberga su verdadero potencial
dentro de la sala de exposición. Ahí es donde él ha decidido golpear sobre nuestra
capacidad de percepción. Ahí es donde nos hará sentir esa mezcla de perplejidad e
inquietud que sus obras emanan.
Dicho lo cual, extraigamos alguna conclusión para comenzar a
comprender. Lo que todos estos artistas hacen, es modificar la percepción que de los
objetos -cotidianos o no- tenemos. A través de sutiles señales, consiguen que
modifiquemos nuestro punto de vista. Para, en todos los casos, necesitan la complicidad de
nuestros sentidos y, en no muy pocos, la de nuestra inteligencia. Long ayuda a la
naturaleza dar un paso más adelante y ofrecer arte. Porque lo que ella nos aporta día a
día y desde que el mundo es mundo, se trata de un espectáculo grandioso, pero nunca es
arte. Porque el arte es elucubración humana y sólo eso. No es posible hablar de arte sin
la intervención del ser humano. Por otro lado, Serra se empeña en modificar nuestros
hábitos, nuestras percepciones y nuestras reacciones. Consigue inquietar, consigue que
nos hagamos preguntas y, en un ámbito más físico, consigue que modifiquemos la
percepción del espacio que nos rodea. Y Nauman golpea directamente sobre nuestra
concepción tradicional del arte. Ni siquiera se molesta en usar materiales
convencionales. Le basta un tubo de luz fluorescente para crear su mensaje. Con una
levedad pasmosa, invita a nuestra capacidad de percepción a abrirse a una nueva
sensación. Esa sensación que diferencia al electricista del artista: la percepción de
lo bello.
Hay una frase de Frank Stella dicha en 1966 que el Museo Guggenheim se
ha encargado de rescatar en el catálogo de la exposición y que dice: "Lo que se ve
es lo que se ve". Con ello, Stella alude a los múltiples estadios perceptivos que
tienen los objetos. Una cosa es lo que creemos que es y, además, varias de las que
soñamos que sea. Basta con que alguien nos lo señale y lo haga coherentemente para que
el objeto adquiera nuevas vidas. El acceso a los nuevos estadios de percepción estética
es la tarea del arte. Al menos, lo fue hace ya tres décadas.
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Texto, Copyright © 2001 Alberto Vázquez.
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Fotografías, Copyright © 2001 Erika Ede
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