| Entender la muerte por
Óscar Jara Albán
Hablar de la muerte se considera
tabú o de mal gusto. Al muerto se le encajona, se le acristala, se le tapa, se le camufla
con flores y olores. Sin embargo un hecho tan cercano y propio del ser humano necesita ser
entendido para saber vivir mejor.
Un grupo de educadores de la Universidad Autónoma de Madrid defiende la
inclusión en las escuelas el tema de la muerte, como ya sucedió con la educación
sexual, porque aprender a entender la muerte es lo más propio y universal que nos sucede
a los seres humanos.
Muertos o moridos
La sinceridad infantil es la primera fuente de aprendizaje que los
mayores despreciamos con necedad. Si se pregunta a un niño ¿qué es la muerte?, ¿Qué
le ha pasado a la mamá de Bambi?, la respuesta es un claro: no sé. En cambio si
un niño pregunta a un adulto, ¿por qué se ha muerto mi abuelita? Las respuestas suelen
ser variopintas. Oscilan desde la evasión de la respuesta hasta la hipótesis del
cielo-limbo-purgatorio-infierno.


[La muerte está condicionada en los adultos por la
presión cultural. Grabado: Washington Mosquera]

La ausencia de seguridades en la educación de un niño que descubre la
muerte se convertirá en una carga de angustia de muerte, cuando se haga adulto,
fruto de unas explicaciones pseudológicas y patéticas, tan poco esclarecedoras y
aparentemente inofensivas.
El niño es sincero y responde desde su conocimiento un claro no sé
o "no sabo". El adulto da respuestas estándar más vinculada a la creencia
que se sabe. Son interpretaciones compartidas con otros adultos que surgen de las mismas
premisas, diferentes al solo y honesto "conocer". Si se propone educar acerca de
la muerte, se trata de evitar la explicación desde la angustia.
La educación actual no prepara para la muerte
Daniel, de seis años de edad, está enfadado con su hermano Javier (de
cuatro años) porque no viene a jugar con él. Sus padres le han dicho, que su hermano ha
muerto y ha ido al cielo, pero Daniel no acepta su ausencia, siente miedo y sentimiento de
culpa, y cree que Javi no viene porque ha sido malo. También deduce que no viene su
hermano porque no le quiere ya, porque si le quisiera de verdad, vendría.


[Los miedos de Daniel: Los miedos de Daniel.
Daniel, 6 años de edad]

Esta desesperanza y la negación a aceptar que una ausencia pueda ser
definitiva es común en los niños, rasgos que permanece en los mayores que cubren la
falta de la persona querida, con ritos o guardando objetos evocadores.
¿Pero es oportuno introducir todo lo relacionado con la muerte en las
etapas más tempranas de la educación?
Agustín de la Herrán Gascón, profesor de la Universidad Autónoma,
cree en la necesidad de incluir la muerte como contenido educativo, en la etapa infantil:
"Ante una experiencia trágica vivida por un niño, se puede hacer bastante más que
consolarle o dejar pasar el tiempo, para que el problema se vaya solucionando más o menos
solo, con jarabe de tiempo... Se deben enseñar los rudimentos de todos los saberes
adultos desde los primeros años. La educación infantil es la más rica y creativa en
cuanto a realizaciones y se debería comenzar a afrontar en esta etapa todos los temas de
nuestra naturaleza. ¿O acaso no hay relaciones evidentes entre muerte, ciclos
biológicos, educación ambiental, sexual...? Creemos que si desde las aulas no se incluye
el tema de la muerte desde un contenido global y ordinario, no se estará enseñando a
vivir completamente".
Los niños juegan y hablan de la muerte
Los niños tienen miedos y temores, uno de ellos es el miedo a la propia
muerte. Depende de la edad. Los niños menores de cinco años no son capaces de formarse
un concepto de la muerte, su percepción del tiempo y del espacio es muy limitado, en
ellos prima el miedo de separación a la madre.
Los comprendidos entre seis y diez años muestran un mayor miedo a la
mutilación y por último, son los mayores de diez años los que presentan un miedo
elevado a la muerte. Pero estos miedos son reforzados por el entorno cultural. Son miedos
socializados.
Los niños hasta los seis años de edad juegan a representar la muerte.
Es el fruto de la observación. Se "duermen" como hace el rey Mufasa en la
película el Rey León. El estado de sueño es la primera identificación con la muerte.
Primera diferencia vida/muerte igual a dinámico/estático.
También el concepto de ciclo vital, de edad que avanza, que se envejece
comienza a calar en los niños.
En los juegos y primeras interpretaciones de la muerte hay grados. No es
lo mismo que se muera una planta que un animal. No es lo mismo morirse de manera
permanente que revivir una vez terminado el juego. No es lo mismo que se muera alguien
próximo que alguien que se percibe lejano al propio mundo de las vivencias. Es decir no
será igual que se muera un indio que un vaquero, un tío que la mamá.
Según Agustín de la Herran, este criterio de raíz natural , debe
tener algunas correcciones mediante la educación "para evitar la vivencia egótica
nacionalista o racista que nos puede hacer valorar de una manera distinta la muerte de
unos ciudadanos españoles que otros africanos, asiáticos o gitanos, que son las mil y
unas caras de los infantilismos adultos, cuyo origen(el ego humano) parece invisibles para
la educación y la cultura convencionales".
El niño comienza a asumir la realidad de la muerte y se defiende de
ella a través de su creencia de que es capaz de influir sobre esa realidad. Los niños
pequeños descubren la muerte en su medio físico y social. La buscan por sus causas y la
superan con rituales llenos de magia y fantasía. Son juegos de salvamento y resucitación
mediante los cuales las heridas y los muertos se curan. Mediante estas simbolizaciones se
superan egocentrismos, la culpabilidad se transforma en solidaridad y se comienza a
elaborar el desarrollo de capacidades, como las de ayuda, compasión, ponerse en el lugar
de otro...
El contrato de vida
Tarde o temprano la realidad se impone, tanto para el niño como para el
adulto, y se comienza a asumir la realidad de la muerte. En el niño hay estadios de
adaptación de esta realidad que escapa a su control. Estas fases de aceptación son
parecidas en los niños y en los enfermos terminales antes de asumir maduramente el hecho
irreversible de la muerte.
Cuando la realidad se impone, una forma de afrontarla con éxito
total es asegurándose mediante un contrato de vida. Una niña, Julia de 3 años,
excepcionalmente consciente de la idea de que todas las personas tienen que morir,
también su madre, entra en depresión y falta casi dos semanas al colegio: no come,
llora, se queda en la cama, hasta que la madre que conoce la situación, le promete no
morirse nunca. La respuesta es inmediata: la niña se levanta y come lo que no había
comido en tres días.
El establecimiento de las causas de la muerte también posee mucho
interés para el niño. Al familiarizarse con los efectos y causas de la muerte, el niño
pretende vestirla de realidad cubriendo así la ansiedad y el miedo que sus fantasías y
fantasmas le llenaban. Esto ocurre porque el conocimiento le da seguridad y aumenta su
capacidad de razonamiento lógico.
Además de las causas de miedo ligadas al desarrollo del niño, hay que
contar que en la sociedad de bienestar y consumo, los medios son fuentes de
miedos. Pensamos en aquellos programas de impacto que deben su éxito a la cantidad y
variedad de accidentes que presentan.
En una época en que reina la imagen, y por ello el movimiento de la
razón hacia lo superficial, lo efímero, la idea de muerte como concepto básico, como
realidad, se va trasvistiendo de representaciones que nunca llegan a atrapar su verdadero
significado.
Una causa más para educar en un plano de razón distinto al visual.
Pautas de actuación para una eventualidad trágica
En su libro ¿Todos los caracoles se mueren siempre? se dan
pautas específicas en caso de actuación para que los padres y maestros puedan explicar
la muerte de alguien cercano a un niño.
Lo primero es la coordinación y coherencia para no entrar en
contradicciones y pactar una versión. La sinceridad y evitar el engaño es decisivo. Dar
una versión falsa carece de utilidad y sentido( se ha ido de viaje, etc..). Permitir la
expresión natural de sus emociones, sin estimularlas (tú lo que tienen que hacer es
llorar) o reprimirlas (no llores más) ayudando a interpretarlas y a expresarlas.
Lo más adecuado es afrontar la realidad de forma tranquila, para
favorecer desde la serenidad, el transcurso de las posibles fases de elaboración y
aceptación de la experiencia de vacío y pérdida por parte del niño.
En situaciones extremas como es la percepción directa del cadáver (que
en edades tempranas no conviene llevarlas a cabo) pero que circunstancialmente puede darse
de duelo directo, se recomienda como lo más natural y educativo hacer el esfuerzo de
continuar integrando hasta el último momento al fallecido en la familia, contando con la
participación del niño, y siguiendo las siguientes pautas:
- Si el niño expresara su deseo de verle, el proceso debería revestirse
de naturalidad, desde la libertad de los padres y el niño .Dejarle elegir, y respetar no
sólo su palabra sino sus gestos dándole mucha importancia. Puede llegar a ser una
experiencia intensa, y aunque inevitablemente triste, una tristeza disfrutada.
- Deben acompañar al niño en este trance personas cercanas entrañables.
Los padres si están en las mejores condiciones de serenidad o tranquilidad.
- La oportunidad es buscar un momento de tranquilidad, si es posible de
soledad ante el cadáver. Puede pedirse que nos dejen a solas con el niño y que no se
interrumpa durante unos minutos para evitar interrupciones o interferencias o
contaminaciones, con escenas de lloros o situaciones parecidas.
- Reconocer que el fallecido está tan dormido como la Bella Durmiente,
como Blancanieves, tan dormido que ya no nos puede mirar, no nos puede hablar, no respira,
porque está como en el más profundo de los sueños.
- Despedida, ya que si el abuelito, tío, vecina... ya no nos oye, podemos
decirle adiós nosotros, expresar lo que quiera, quejarse, llorar, hablar bajito.
Si el niño llegara a despedirse se habría conseguido la primera fase
de aceptación de realidad de la muerte.
Tratamiento saludable de la muerte
Introducir en los campos educativos un tema como este es sin duda
controvertido. Para Agustín de la Herrán la muerte como la vida entera ha de entrar en
las escuelas y trabajarse en ellas desde la naturalidad y el rigor derivados de una buena
formación. ¿O es quizá demasiado tarde para algunos? ¿Podría ser demasiado tarde para
nuestra educación?
El inicio de un nuevo milenio puede ser el umbral de enterrar tabúes.
Antes ya se hizo algo parecido con la educación sexual, cuya polémica
era -y sorprendentemente sigue siendo- objeto de escándalos en escuelas y colegios, y de
artículos y debates en medios de comunicación.
La diferencia básica con la educación para entender la muerte
es que la sexualidad es sonora porque versa que es tratada constantemente por la
imaginación y la falta de imaginación del ser humano, y el placer es popular.
En cambio la muerte, asociada al dolor, es tan poco deseado como tema y
oscurecido por creencias y ritos. La medicina, religión, psicología paliativa,
filosofía y literatura se han apoderado de ella. Ya va siendo que se le de una
oportunidad a la educación.
Si usted lector ha llegado hasta aquí, es que ha superado esa primera
impresión ancestral y es una esperanza para afrontar de otra manera la muerte, ya que
como decía Fenelón: "La muerte sólo será triste para los que no hayan pensado en
ella".
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