


  |
Indios Verdes contra Moctezuma por
Hari Camino
Existen recorridos como el Camino
de Santiago, el Tren Transiberiano o la Ruta de la Seda que se tornaron leyendas. Ya
iniciado el siglo XXI no quedan casi destinos inalcanzables, aunque hay un viaje que
todavía mantiene el riesgo de lo incierto, la fascinación por lo exótico y que cuesta
sólo un dólar: se trata del trayecto en la pesera (microbús) número 38 que
atraviesa la Ciudad de México de norte a sur por la Avenida de los Insurgentes. El
recorrido pone a prueba la paciencia (se puede tardar hasta cuatro horas) y la fe (para el
año 2005 todos sus habitantes habrán sufrido por lo menos un asalto) del más templado
de los viajeros. En el transcurso se nos abren las puertas a un universo en donde las
tradiciones ancestrales topan, en cada esquina, con la implacable modernidad para
destrozarse y ser complemento. Esta capital, el D.F. como también se conoce, es una obra
sin fin en dos actos que no debería nunca de haberse escrito, pero que arranca todas las
mañanas con sus 20 millones de actores incapaces ya de recordar si eran protagonistas de
una comedia o de una tragedia.



Tramo Ecatepec-Indios Verdes
La caseta de peaje de la autopista norte puede ser uno de los límites
de la urbe, en caso de que exista alguno. Aquí arrancan las peseras (que cuestan
varios pesos) del la Ruta 38 y como no hay paradas establecidas para abordarla el
armatoste se detendrá toda vez que se le haga la señal (incluso si es obscena). En este
caso lo conduce un joven menudo que ameniza con ritmo de cumbia la travesía. Los
pasajeros que no aprovechan para darse una cabezadita matutina siguen mentalmente las
melodías, siempre con el mismo sonsonete, no importa el autor o el año, fábulas
esquemáticas de desamor o resignación: "...los caminos de la vida, no son lo que
yo pensaba, no son como yo creía..."
Sopla un viento frío con olor a cañería que no logra despejar la
contaminación tras la que se oculta el Valle de Ecatepec: una planicie seca que hace
cinco siglos fue parte del lago en el que se reflejaban las crestas nevadas de dos
volcanes míticos. Toda la ciudad flotante de los aztecas convivía tan armónicamente con
la naturaleza que los españoles la bautizaron como "Venecia del Nuevo Mundo".
Hoy esta zona es una aglomeración humana, con un censo incalculable proveniente en su
mayoría de los éxodos rurales y asentado a lo largo de miles de calles rectas con
perspectivas inestables, a veces difuminadas por las nubes de tierra que se levantan en
marzo y abril. Un cielo gris es atrapado por la red de cables eléctricos que se
descuelgan ilegalmente desde los postes hacia las viviendas, sin numeración alguna, que
con fachadas rosas y verdes van animando el imperio del cemento. Tampoco faltan las
balaustradas pintadas de cobre guardando un nicho de San Judas en algún chaflán con
guirnaldas. Ecatepec es una de las tantas ciudades que han crecido involuntariamente
dentro del D.F., sin modelo ni pasado, sólo con ese ímpetu con el que se sobrevive día
a día. La capital es como una mujer barbuda -según Villoro por su encanto y repulsión-
que ha padecido de gigantismo desde que el Continente Americano fue poblado.
Los viajeros suben y siguen subiendo, forman una masa compacta de
cuerpos que no se bambolea ni un centímetro cada vez que el conductor pisa el freno. Nos
rodean otros 3 millones de vehículos que se lanzan sin temor a comprobar la ley del caos.
La villa
Luchando por un hueco hacia la salida, baja una anciana ayudada por dos
lazarillos que podrían ser sus nietos y una vez en tierra se funden entre la multitud que
avanza con paso de procesión hacia un edificio en forma de sombrero vietnamita (o ¿será
de charro?), repitiendo a coro: "La Guadalupana, la Guadalupana... bajó al
Tepeyac".
Este sombrero de concreto resulta ser una basílica y recibe más
peregrinos que ningún otro lugar del mundo católico, exceptuando Roma. En este sitio
vivía Tonantzin, diosa madre de los aztecas, y tras la conquista sólo cambió de nombre
pero no de piel: La Virgen de Guadalupe, virgen morena, es sin duda el estandarte
protector de todo mexicano, amuleto para policías y ladrones, gobernantes y taxistas. En
1531 hizo su milagrosa aparición y dejó impresa en la manta de un indígena una imagen
venerada para la posteridad en escapularios, hebillas de cinturón y los penachos enormes
con los que danzan el 12 de diciembre, en su honor, los aferrados guardianes del pasado
prehispánico. El atrio alberga un gran mercadillo con gorriones amaestrados que predicen
el futuro o curanderos que se dejan morder por una serpiente desdentada y consiguen con
esta infalible técnica de marketing vender sus libro de recetas y otros ungüentos
aromáticos. Sincretismo es un adjetivo que se queda pequeño en una ciudad que se
reencuentra a sí misma incluso en el detalle más cotidiano: colgando va, del espejo de
nuestra pesera 38 una Guadalupe de lucecitas intermitentes y un panda de peluche
que a su vez sostiene un llavero pop de Madonna...
Reforma-Chilpancingo
El recorrido continua entre el humo y los cláxones, empiezan a bajar
hombres con trajes de burócrata en medio de una plaza circular, el nudo provocado por los
coches que giran, siguen y cambian de carril se enmaraña definitivamente gracias a las
órdenes ambiguas de un policía gordo. Este atasco permite admirar la avenida arbolada y
ancha que estamos cruzando, el Paseo de la Reforma. A un lado está la estatua de
Cristóbal Colón apuntando con su dedo de bronce hacia el oeste, hacia
"América". En el otro lado de la calle está el único ejemplar ángel con
senos de mujer, dorados, inicialmente colocado para conmemorar la independencia del país
y que ahora reúne a las hordas de fanáticos por el fútbol. A lo lejos se atisba un
castillo encaramado en una peña (o a caso flota en la densa polución?) en el que reinó
fugazmente un emperador importado desde Austria 150 años antes de la
globalización- para regocijo de los conservadores mexicanos.
La siguiente parada es el Metro Insurgentes, uno de los respiraderos por
donde resopla el espíritu de Quetzalcoatl, la serpiente emplumada contemporánea, con sus
característicos vagones naranjas que diariamente escupen a la superficie 4.5 millones de
viajeros. Un poco más allá la calle parece estrecharse con la proliferación de
tenderetes rosas en los que se pueden comer sabrosos tacos, cambiar videos XXX, comprar un
abrigo de segunda mano, un falso Channel 5 o un teléfono satelital. Al turista que
visita el Museo de Antropología le llama la atención una maqueta de lo que fue el gran
mercado de México Tenochtitlán, seis siglos después la ciudad mantiene su vocación de
mercado abastecido con productos de todos lados, el país entero gravita, para bien y para
mal, alrededor del centro.
Entre tanto puesto callejero sobreviven como mendigos, sucios y
maltrechos, algunos de los palacetes construidos por la burguesía de principios de siglo,
sus chimeneas de pizarra a la inglesa o sus almenas medievales no dibujan ya ningún
perfil, engullidos por sucursales bancarias de cristal, aparcamientos o discotecas. Aquí
nada permanece mucho tiempo, nuevos continentes surgen de las cenizas o la basura. Unos
metros más allá se ubica un conocido barrio residencial: la Hipódromo Condesa, reducto
notable de arquitectura Art Decó que a últimas fechas alberga los cafés,
despachos de diseño y librerías de moda, a mitad de camino entre la bohemia y la pose.
Por sus parques y terrazas se dejan ver esbeltas modelos como si fuera la prolongación de
la pasarela, y es que esta otra ciudad pulsa con su latir propio en pleno corazón urbano
y ha impuesto su selecta denominación de origen: lo condesa, puede describir una
serie de televisión, un tinte de pelo o a un confiable proveedor de marihuana a
domicilio.
Insurgentes Sur-San Ángel
Los siguientes kilómetros discurren bajo una bóveda de árboles de
jacarandá que ocultan la sobrecarga de anuncios espectaculares y alfombran con su manto
de flores violetas el asfalto agrietado, pista acrobática para un ejercito de niños
limosneros, maquillados de sonrisas para pedir comida, un juguete, una moneda, la
voluntad. Algunos de los 25,000 niños de la calle, nutridos de pegamento y coca-cola,
venden chicles o limpian los parabrisas de los Mercedes Benz que circulan por este
tramo de Insurgentes. En sus carrocerías pulidas se reflejan los edificios con helipuerto
donde aterrizan empresarios demasiado ocupados para ir en coche, y también los rostros
indígenas de las "Marías", mujeres que en muchos casos ni siquiera hablan
español y pasan sus días ataviadas con vestimentas étnicas a la espera de recibir las
monedas que sus hijos mendigan entre los autos, trágico folklore que persiste en este
remiendo de contrastes, un puzzle inacabado, piezas que no encajan y sin embargo
son inconfundibles. "...Los caminos de la vida, no son como yo pensaba, no son
como yo creía..."
Unos metros más allá, los centros comerciales ceden sus espejos a la
sencillez de los pétalos de girasol y al aroma de los nardos en el Mercado de Flores, un
remanente prehispánico que hace pared con el museo de arte contemporáneo Carillo Gil y
un convento carmelita cuyas cúpulas decoradas con azulejo dominan el señorial barrio de
San Ángel. La última estación de la pesera está en el mismo lugar donde alguna
vez pararon nuestros abuelos, llegados en tranvía para pasar su luna de miel y respirar
los aires frescos de este pueblo al pie de la montaña, cruzado por arroyos y huertas. A
partir de sus plazoletas fue trazándose el empedrado y los altos muros de las mansiones
con patio central, jardín, caballerizas y capilla a la usanza colonial. Pocas zonas se
conservan tan dignamente como San Ángel, aunque de sus fuentes ya no brote el agua, ni se
escuchen los carruajes de caballos el silencio de sus rincones es un tesoro aún mayor
para quien vive aturdido por el zumbido carnavalesco de la ciudad. Aquí tuvieron su
residencia los inolvidables Diego Rivera y Frida Khalo, vecinos de la plaza de San
Jacinto, que todos los sábados se transforma en una muestra al aire libre de pintura
decorativa y artesanía.
La ruta aun no termina, pero es necesario transbordar y para ello lo
mejor es seguir a la gente sin pedir indicaciones. El mexicano se caracteriza por una
amabilidad directamente proporcional a su desubicación espacial, la gente prefiere
inventar una dirección a reconocer que no sabe. Esto se aplica también a la puntualidad,
aun con la pesera en marcha suben resoplando ocho estudiantes que ya van tarde a
clase. Próxima parada: Ciudad Universitaria uno de los mayores campus del mundo,
construido durante los años cincuenta encima de un vasto pedregal volcánico que guarda
una pirámide circular, reservas ecológicas, campos de esculturas, cines y teatros. La
Universidad Nacional ha sido semillero de grandes intelectuales y uno que otro líder
social con imprescindible camiseta del Ché, saco de pana y propaganda para un
manifestación enrollada bajo el brazo.
Tras las primeras curvas de Insurgentes en muchos kilómetros, el camino
se va elevando suavemente y a través de las ventanas se distingue un horizonte
inquietante. El hermoso contorno del valle sigue intacto, pero en su cavidad crecen las
semillas de un epitafio. La ciudad no tiene retorno y cuando llegamos al final del
trayecto seguimos en el principio, aún no estamos fuera ni a salvo. La pesera se
detiene, nos han robado discretamente la cartera, se escucha una fiesta a lo lejos, "...los
caminos de la vida no son como yo pensaba..."
| Opina sobre este
artículo |
|
|
 |
Texto y fotografía, Copyright © 2001 Hari
Camino. Todos los derechos reservados. |
|