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Expediente X: Cuando las cosas no son lo que parecen (segunda parte)

por Rosario González Galicia

[Viene de la primera parte]

Digámoslo sin ambages: ni la x- de xilófono o xilografía, ni la -x de tórax o de Félix, ni la -x- de texto, ni mucho menos la de Extremadura representan ni han representado nunca el grupo consonántico /ks/, sino que en la pronunciación todas ellas son una simple [s]. En principio de palabra el español no conoce más grupos consonánticos que los compuestos de una oclusiva o fricativa (/p/, /t/, /f/, etc.) más una líquida (/l/ o /r/); que escribamos cosas como pterodáctilo o Ptolomeo, xenofobia, psiquiatría o pseudónimo no significa que pronunciemos [pt], [ks] o [ps] respectivamente, sino tan sólo [t] en el primer caso y [s] en los otros dos. A este respecto, recuerdo que hace unos años el ínclito Ramoncín (cantante, escritor, opinador, conductor de programas –como se dice ahora), presentador en Televisión Española de un concurso, en uno de los programas (1) tuvo a bien darnos una de sus lecciones –que nos dio muchas y muy jugosas-, porque, para más inri, por aquel tiempo andaba haciéndose filólogo, o sea que ya estaba en trance de poseer autoridad; el caso es que, no conforme con entretener al personal y hacerle perder un rato el tiempo, se permitía el lujo de ejercer de bondadoso y simpático a la vez que serio maestro televisivo con sus pobres alumnos del otro lado de la pantalla, y aquella tarde nos explicó cómo deberíamos pronunciar psicología, con [ps], claro está, y añadió literalmente que tenemos los españoles carencia fonética porque no pronunciamos [p] delante de [s]; para completar su tesis, siguió explicando que, cuando decimos [síke] estamos diciendo higo, por lo que –concluyó- un [sikólogo] es un "especialista en higo" –lo que no dijo ya fue en qué clase de higo, aunque las risillas del público del estudio eran ciertamente sospechosas. Para quien no lo sepa, diré que en griego clásico psyché corresponde a la transcripción de su palabra alma y syké a la de higuera o higo. El tío se quedó tan ancho: además de demostrarnos sus profundos conocimientos en lengua tan compleja y sabia como es el griego y en la nuestra propia, nos llamó tarados a los españoles. Claro –se me puede reprochar- que eso me pasa por ver programas de la TV; pues sí, es verdad; pero, a cambio del pequeño o gran suplicio al que yo misma me someto, he recibido unas lecciones de gramática y otras disciplinas que para sí quisieran muchos; ahora que no tengo televisor ni tampoco me ocupo de ponerme delante del ajeno más que para ver algún que otro partido de fútbol, ando más despistada en lo tocante a cómo debemos hablar.

Eso respecto a x y grupos consonánticos en principio de sílaba. En lo tocante a los que cierran sílaba, sólo pronunciamos los compuestos de l o r más s, los de vals, solsticio, perspicacia, superstición, intersticio y algunas otras palabras más. Los de instituto, abstracto, adscrito, y también extraordinario o excelso, se reducen en la pronunciación a [s]. Las únicas x que se pronuncian [ks] (o, más bien, [gs]) son las de palabras como sexo o examen, x que –como se ve- van entre vocales y, por tanto, ya no representan grupo consonántico en cierre de sílaba, al quedar [k] cerrando sílaba y [s] abriendo la siguiente. El mantenimiento de x y grupos consonánticos como ns, ds, etc. es puramente gráfico y manifiesta la reverencia y sometimiento a los cultismos latinos (o griegos, llegados a través del latín) que, en diferentes etapas, hicieron su entrada en nuestra lengua. Sobre ello trataré más adelante poniendo como ejemplo a la x. Ahora deseo aquí aclarar dos concepciones que andan por ahí muy revueltas y enmarañadas y que arrancan de la muy honda y muy arraigada en nuestros días confusión entre Lengua y Cultura y que, a poco que surjan en una conversación y susciten la discusión, se vuelven creencias: y, ya puestos y subidos a la parra, unos creen que se escribe como se habla y otros, mucho más arrogantes, atrevidos y seguros, dan fe de que se habla como se escribe.

Que no escribimos como hablamos ni hablamos como escribimos son dos hechos incuestionables pero que, alegremente, se ponen a menudo en tela de juicio, como si de la opinión, gusto, manía o capricho de alguien se tratase. Con todo, es mucho mayor desatino afirmar lo contrario de lo segundo.

Estrictamente hablando, sería imposible escribir tal como se pronuncia por la sencilla razón de que nadie pronuncia exactamente igual a otro, y, en ese caso, las escrituras serían tantas como el número de hablantes de una lengua dada. Porque lo que procura, lo que intenta primordialmente la escritura es otra cosa: el trascendental paso que es la aparición de la escritura alfabética, que requiere de un profundo grado de abstracción, supone el intento de correspondencia entre letras (en latín elementa, que también significa "rudimentos") y fonemas, y, en su forma ideal, la correspondencia de una sola letra para cada fonema; que –no lo olvidemos- es gracias a los fonemas (mediante el proceso no consciente de abstracción que los hablantes realizamos, consistente en eliminar los rasgos superfluos e irrelevantes de que va cargada la pronunciación y en quedarnos únicamente con los pertinentes, que, en conjunto indisoluble, forman cada fonema y sirven para la distinción de significados), como conseguimos entendernos en una lengua, razón por la que las variantes individuales o colectivas de la misma no nos dificultan la comprensión, sino, en todo caso, nos mantienen alerta y agradecidos a la variedad. Lo que ocurre es que esa perfectamente posible correspondencia "una letra---un fonema", por muy diversas razones, se da, en los usos habituales de las variedades escritas de las lenguas, de forma imperfecta de varios modos: casos de más de una letra para un mismo fonema (como en español b/v, en francés j/g+e,i, etc.); casos de una misma letra para dos fonemas (característico es el ejemplo del latín con la representación de las vocales: sólo cinco letras para diez fonemas vocálicos, cinco de cantidad breve y cinco de cantidad larga; los variados intentos de reforma ortográfica, como representar la i larga con un trazo vertical más largo o poner un apex, especie de acento, sobre la vocal cuando ésta era de la clase de las largas, nunca llegaron a cuajar); casos en que dos letras seguidas no representan más que un fonema (ch y ll en nuestra lengua; ny o nh en catalán y portugués respectivamente); y hasta casos de una letra para fonema cero (como h en el español de hoy). Conviene, no obstante, señalar que, sin llegar a ser perfectas, hay escrituras que reflejan mejor que otras la correspondencia "una letra---un fonema", hay escrituras más fonológicas que otras: así, el abecedario latino, en lo referente a la representación de las consonantes (que no de las vocales, como he señalado más arriba), es más fonológico que el nuestro; y el del español lo es del todo en la representación de las vocales (cinco fonemas con sendas letras), frente a, por ejemplo, los casos caóticos a este respecto del francés o, más todavía, del inglés; en tanto que el italiano es, entre nuestras lenguas cercanas, una de las que presenta una escritura más fiel a su conjunto de fonemas. Eso es lo que intenta la escritura alfabética. Las variedades ortográficas unas veces aciertan más, son más fieles a la lengua (por ejemplo, la que se usaba en la época de Alfonso X el Sabio); otras mantienen por arraigo de la costumbre dos letras, que en un determinado momento sirvieron para representar sendos fonemas, para uno solo (caso de nuestras actuales b/v); y otras –señal inequívoca de pedantería-, confundiendo fonema con sonido y lengua con habla, ordenan determinadas reglas que atentan precisamente contra los principios mismos por los que surgió la escritura alfabética: un ejemplo de esto, en nuestra ortografía, es la regla de escribir m ante p y b (en lugar de n, que vendría a ser más correcto como representante del archifonema que se produce por la neutralización de nasales en final de sílaba), mientras que no se manda poner ñ ante ch, sino n (como en ancho), con lo que, en este como en otros muchos casos, no se aplica el mismo criterio que para campo o rombo, afortunadamente, porque nos veríamos abocados a tener que representar con un signo especial la n de anzuelo, la de antes, la de ángel, etc. etc., cosa que es la que, por cierto, se hace en lo que se conoce como transcripción fonética, cuya finalidad es precisamente transcribir la pronunciación, operación que, en su forma habitual y generalizada, consiste en transcribir una pronunciación estandarizada y normativa, sin características regionales ni sociales ni individuales, o, dicho de otra manera, lo que hace es transcribir las características internas que en el discurrir de la cadena hablada los sonidos van adquiriendo precisamente por no estar aislados.

A esta errónea concepción que identifica escritura con habla se le une otra, mucho más peligrosa y preocupante (que esto nos preocupe a un puñado de raros no quiere decir que no lo sea, no tanto por el hecho en sí mismo cuanto por lo que encierra y revela), esa idea, por lo que percibo extendida entre gentes cultivadas, de que hablamos como escribimos, de que lo primero es la escritura y luego, obediente y sumisa, la lengua. ¡Apañados estamos! Sobre la lengua no manda nadie: no mandan ni los hablantes, que son los que la saben, como para mandar academias o escrituras. Que la lengua no es un hecho cultural, como sí lo es, en cambio, la escritura; que la lengua es independiente de la cultura, pero no al revés, pues quien habla de la cultura es la lengua. Y, en fin, que la lengua es de todos, también de los incultos y de los analfabetos –sí, también de éstos, por muy extraño que a algunos pueda parecerles. Cuando alguien, campanudamente y cargándose de razones culturales, suelta que tal cosa se pronuncia como él dice porque para eso se escribe de tal manera, viene a decir, manifestando a un tiempo sus complejos y su prepotencia, que primero es escribir y luego hablar; si llevásemos este argumento al extremo, que es donde se ve su absurdo, viene a decir que la gente no habló hasta que escribió. No sé cómo harán tales personas para explicarse la presencia en nuestra ortografía de la h; supongo que harán la vista gorda, que es lo que hacemos todos al pronunciar palabras como hombre; las contradicciones en las que caen son naderías al lado del pedigrí cultural que manifiesta y de lo fino que queda pronunciar "con todas las letras" excremento, abstinencia o adscripción.

Sobre esta confusión de escritura y lengua, puede servir de buen ejemplo la historia de x desde su entrada en nuestra lengua, a partir del latín, hasta nuestros días. Los grupos consonánticos latinos, especialmente los de fin de sílaba, en el paso a nuestra lengua, o bien se redujeron o bien evolucionaron hasta el punto de que de algunos de ellos nacieron fonemas consonánticos que el latín desconocía. Durante la Edad Media castellana, la –x- de origen latino de fin de sílaba desapareció de la pronunciación y, salvo en contadas excepciones (que representan el mantenimiento del cultismo), también de la escritura. La letra x del castellano medieval, que en algunos casos procedía de la –x- latina intervocálica (laxus > lexos), se pronunciaba –como por extenso expliqué en mi artículo anterior- como ch en francés (chaise) o sh en inglés (shop). En el período que abarca el último cuarto del siglo XV y el primero del XVI entra desde el latín un buen número de cultismos, cuya fonética se adapta a los hábitos de la pronunciación castellana, de manera que tanto se eliminan algunas consonantes simples en final de sílaba como se reducen los grupos consonánticos: dina, seta, letor en lugar de digna, secta, lector; esento o eceder, procedentes de exemptus o excedere. Mientras que las palabras patrimoniales se habían deshecho de los grupos de consonantes como /ks/, al entrar nuevas durante los Siglos de Oro, se produce una lucha entre el respeto a los cultismos latinos y la tendencia a amoldarlos a los usos de la pronunciación del castellano. En las reformas ortográficas del XVIII la Academia impone la forma del latín: secta y no seta, concepto y no conceto, excelente y no ecelente; pero, debido a lo arraigado del uso, concedió muchas excepciones (fruto, de fructus; sino, de signus; luto, de luctus). La fluctuación en la escritura continúa hoy día, donde todavía podemos encontrarnos horrores como substancia u obscuro. O sea que, por mandato académico, se ha impuesto la restitución de los grupos consonánticos; precisamente lo que la lengua romance castellana, distinguiéndose por eso y otras cosas del latín, había rechazado, manda la Academia que vuelva a escribirse. Pero, ¡cuidado!, eso no quiere decir que pasemos de ahí, de la escritura, si es que queremos seguir las reglas ortográficas; en lo que respecta a la lengua, no se puede mandar, y nuestra lengua se ha configurado sin apenas grupos consonánticos en cierre de sílaba: ¿qué absurdos complejos llevan a autoridades e incluso a particulares a querer implantarle prótesis con elementos extraños y ajenos a su cuerpo?

Se puede objetar que, si no pronunciamos "bien" la x, pueden confundirse cosas como extático y estático, expiar y espiar, expirar y espirar, etc. Y quienes objetan tal cosa, seguros y convencidos de esgrimir un argumento inapelable, ¿cómo se las arreglan con los homófonos errar/herrar, atajo/hatajo, ora/hora o acerbo/acervo, bello/vello, etc.?: ¿pronunciando, como si estuviésemos en el siglo XIV, h aspirada (y eso la que se pronunciase: sólo la procedente de f-, pues las demás ya para entonces eran puros adornos) y v –como algunos pedantes televisivos o radiofónicos se siguen encargando hoy de hacer- distinta de b? Bueno: puede ser una solución empezar a decir "un [hatáxo] de ladrones [viéne] por el [atáxo]" (2) o cosas por el estilo. Pero, entonces, ¿cómo se las apañan con homógrafos como haya o vino (además de canto, este, aro, etc. etc.). Ahí ya la cosa no tiene visos de solución. ¡Qué lengua tan imperfecta la nuestra!: no sólo tenemos carencia fonética, también la tenemos gráfica. Por otro lado, resulta incomprensible que personas que admiten con toda naturalidad que en las palabras francesas aimer, aimes, aiment no se pronuncien las consonantes finales, o que en las inglesas answer, boring no se pronuncie la última consonante y en divorced o night ni –e- ni –gh- respectivamente traten de enmendar la plana a su propia lengua.

Como curiosidad, he recogido algunos testimonios –nada sospechosos de vulgares ni de incultos- que tratan de este asunto de la x en cierre de sílaba. Por empezar por el momento actual, el Diccionario de dudas de Manuel Seco dice al respecto: ... en posición inicial de palabra, o en final de sílaba (es decir, precediendo a otro fonema consonante), la pronunciación normal es /s/ (3): ‘xilografía’, /silografía/; ‘extra’, /éstra/; ‘exponer’, /esponér/. En estos casos, la pronunciación /ks/, /ksilografía, eksponér/, es afectada. (Por cierto que indica que sí ha de pronunciarse [ks] en final de palabra, como en dúplex o relax, lo que entra en contradicción con lo anteriormente expuesto). Otro testimonio es el de Cuervo (4), quien a su vez cita a gramáticos españoles como Nebrija, Valdés y otros; sus palabras son bien claras: A todas estas, ¿dónde estaba la ‘x’ latina equivalente a ‘cs’ o ‘gs’? Tengo para mí que por aquellos tiempos debía de ser el pronunciarla pedantería propia, poco más o menos como hoy, de dómines y malos latinos. En Nebrija no se halla jamás la partícula ‘ex’ escrita con ‘x’: ‘escusar’, ‘esecutar’, ‘esequias’, ‘esento’..., ‘espender’, ‘esperimentar’, ‘estender’; y ni en la "Gramática" ni en la "Ortografía" menciona semejante pronunciación en castellano. Cita también un texto de Valdés que dice: Pero de los nombres latinos cabeçados en ‘ex’, como ‘excelencia’, ‘experiencia’, etc., no querréis que quitemos la ‘x’.- Yo siempre la quito, porque no la pronuncio, y pongo en su lugar ‘s’, que es muy anexa a la lengua castellana. Esto hago con perdón de la lengua latina, porque, cuando me pongo a escribir en castellano, no es mi intento conformarme con el latín sino esplicar el conceto de mi ánimo de tal manera que si fuere posible cualquier persona que entienda el castellano, alcance bien lo que quiero decir. Añade además Cuervo que en los Siglos de Oro el uso del latín y en los suyos la influencia del francés fueron introduciendo la pronunciación de la x, que, sin embargo, apenas caló en el lenguaje ordinario. Sobre lo cual escribe: "Prosodistas modernos han trocado los frenos, y suponiendo que la pronunciación etimológica es la castiza y propia del castellano, nos dicen que al pronunciar con ‘s’ tales vocablos se empobrece de sonidos la lengua (Sicilia), que éste es un abuso modernamente introducido (Bello), y la Academia condena ahora "este abuso, con el cual, sin necesidad ni utilidad, se infringe la ley etimológica, se priva a la lengua de armonioso y grato sonido, desvirtuándola y afeminándola...". Para mí es patente que en todo esto hay un esfuerzo notorio para acomodar la lengua a un tipo prosódico extraño, latino en los siglos XVI y XVII, francés del XVIII en adelante.

Si Cuervo levantase la cabeza, se quedaría espantado al ver la situación actual. Pues, si en su época podía ser una moda francesa el pronunciar esas x, ahora no nos hace falta ninguna influencia extranjera: nuestras propias autoridades, medios de comunicación y creyentes en la cosa nos tienen aturdidos los oídos y embotadas las entendederas con su ekscelente, ekscelsa y eksquisita pronunciación. Por un proceso de inversión (y perversión) –del que, a este paso, sólo se van a librar los que no saben leer y escribir-, que consiste en, partiendo de la escritura, transformar la lengua, estamos consiguiendo configurar una nueva sílaba (nada menos que una nueva sílaba) para el español. Pero, ojo, que nadie se llame a engaño: no es éste un proceso de transformación: es un proceso de regresión, eso sí, envuelto y adornado en ropaje culto y con el referente en lengua tan antigua y de tanto prestigio como es el latín. Ya que el latín en España ha dejado prácticamente de estudiarse en los estudios medios (no estoy exagerando nada: no hay ni un solo curso en que obligatoriamente se imparta en la enseñanza media, y, aunque luego a todo el mundo se le llena la boca con lo fundamental que es y con cosas como la pluralidad lingüística española y la importancia de las lenguas romances y la del español en el mundo..., el caso es que el latín ha quedado relegado a asignatura optativa que, como máximo, sólo puede estudiarse dos cursos), hagámoslo revivir en la pronunciación de una de sus hijas, la lengua española.

Es penoso observar los ímprobos esfuerzos de algunas personas por pronunciar [ekstrémo] o de otras por recordar que inexcusable sí tiene x pero inescrutable no. Si la gente no confundiese lengua con cultura, si sencillamente pronunciase las cosas según los usos propios de su lengua, si –por así decir- se dejase llevar por lo que es común y de todos y no se acomplejase ante los próceres de la cultura, no se vería en esos bretes ni se le descompondría el gesto tratando de pronunciar tres o cuatro consonantes seguidas. Porque no es que los españoles (o los hispanohablantes) no seamos capaces de pronunciar dos consonantes en fin de sílaba, no es que tengamos alguna tara fisiológica –como descaradamente decía Ramoncín con su inspirada expresión de carencia fonética- que no nos consienta articular grupos consonánticos en esa posición: se trata sencillamente de que tal cosa no entra en nuestros hábitos lingüísticos, de que no es estructuralmente de nuestra lengua, como tampoco lo es que las palabras comiencen por s+consonante, cosa tan común en tantas otras. Nada nos impide, sin embargo, que, cuando aprendemos otras lenguas, seamos capaces de pronunciar vocales y consonantes que no forman parte de nuestro sistema o que pronunciemos varias consonantes en fin de sílaba, como en el inglés sixth, aunque para ello tengamos que ensayarnos y ensayarnos, tratar lo más posible de abandonar nuestros hábitos y amoldarnos a los nuevos.

En un artículo jocosamente titulado Esplicando trasgresiones de ostáculos subcoscientes, publicado en "El País" el 16 de diciembre de 1991, el maestro en tantos magisterios Agustín García Calvo, harto y desesperado de tanta pedantería, escribía: Se acabó: ya me he cansado de oír a locutores y locutrices de radio (o de TV, al pasar por algún bar o casa de mala nota) y hasta a algunos actores especialmente serviles a la Cultura penando por pronunciar palabras de ésas del título tal como en su papel las ven escritas, convencidos, los desdichaos de ellos, de que eso es lo bueno y lo correcto, hablar como se escribe; ni se dan cuenta de que a ellos mismos, en casa o de chateo con los amigos, no se les ocurre hacer esas gracias, eKSterminio, iNStinto, oPStetricia y, ya puestos, eKStremeño, eKStraño y oPScuridad, que sólo delante del micrófono practican, por ley de algún imperio pedagógico que los mueve y que les paga. / Bueno, pues se acabó: a partir de este artículo y momento, ¡lo juro!: no vuelvo a escribir ninguno de esos palabros con la ortografía académica que pueda engañar a los locutores, escarbarles en la conciencia y obligarles a intentar pronunciarlos como los escriben. Y, efectivamente, se acabó: a partir de ahí, en los libros que ha ido publicando y en los artículos suyos que han ido apareciendo en los periódicos en estos años, no ha vuelto a escribir ni uno de esos grupos consonánticos. Pero más espantado y harto debe de andar aún hoy, al comprobar que ya no son los locutores o los actores los que se empeñan en hacerse portavoces de la x correcta, que ahora, en la oficina y en el tajo y hasta en el bar, cualquiera te mira mal si te oye decir [esplikár] y, en cuanto puede, te suelta un [kontéksto] o un "he estado haciendo turismo rural por [ekstremadúra]" que es que te deja tiritando. En otra parte de su artículo García Calvo, sabedor de la escasa importancia que se le concede a asuntos como éste (pues, por cierto –añado yo-, en general se piensa que tratar sobre asuntos de lengua no es sólo tedioso sino además irrelevante, cuando hay cosas mucho más importantes como la Ciencia, la Historia, la Política..., sin percatarse, o sin querer percatarse, de que con la lengua también se trata de esas cosas y de que gracias a la lengua se pueden atisbar al menos, y hasta descubrir a veces, sus engaños), añade: Y habrá tal vez algunos entre los amigos que me reprochen el que dedique tanta atención a un asunto tan aparentemente frívolo, habiendo tantos campos de política de abajo y lucha contra el Poder a los que sería más urgente y trascendente que me dedicara. Pero se equivocarán en el reproche: porque en nimiedades como éstas se está jugando también todos los días la interminable guerra de la gente contra su dominación. Y concluye tajantemente: Y así es que en estas escaramuzas en que la escritura trata de invadir la lengua y la lengua se rebela contra la escritura, se está a cada paso poniendo en juego, combate a combate, trinchera a trinchera, la suerte de esa guerra interminable, y sin paz posible ni compromiso, entre dominados y dominadores, la gente viva indefinida y el Poder costituído de la muerte.

Por mi parte, aunque a veces ganas no me faltan (sobre todo entre los colegas de profesión, que tanto gustan de mostrar y demostrar su cultura), no ando por ahí corrigiendo la pronunciación a la gente. Pero ruego que nos dejen en paz a los incultos, que no nos miren con cara de reprobación, que no nos den a entender con su gesto de sorpresa que nos han pillao (que se les ve en la mirada que están pensando: "anda, mira ésta, con su título universitario y todo, y no sabe que extraordinario se escribe con x). Sin seguir la iniciativa a la que anima García Calvo, yo escribo como Dios manda, pero pronuncio como la gente, el pueblo al que pertenezco, ha pronunciado siempre.

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(1) Me refiero al concurso denominado El Lingo y, concretamente, al programa del 31 de octubre de 1996.

(2) Aquí, como en otros casos, reproduzco de forma imperfecta la transcripción fonética, con la pura intención de que se entienda lo mejor posible para cualquiera no avezado en estas lides; los que sí lo estén sabrán disculparme. En la transcripción fonética, el signo [h] representa h aspirada (como la del inglés house); [v], el sonido que se da en el francés vin o el portugués vinho; y [x], nuestro actual sonido de j o g (jefe, geranio).

(3) Seco utiliza, para indicar que está transcribiendo la pronunciación, los signos /.../; sin embargo, es más corriente usar [...] y reservar los primeros para indicar transcripción de fonemas, que es precisamente lo que yo hago.

(4) Estos datos los he entresacado del Diccionario gramatical de Emilio M. Martínez Amador. Las citas que en esa obra se hacen de Cuervo proceden de su obra Disquisiciones sobre antigua ortografía y pronunciación castellanas. Rufino José Cuervo fue un erudito filólogo colombiano del siglo XIX, autor, entre otras obras, del Diccionario de construcción y régimen y de una refundición de la Gramática de Andrés Bello. Elio Antonio de Nebrija, que vivió entre los siglos XV y XVI, fue un gran estudioso de las lenguas clásicas, profesor universitario y filólogo, y es especialmente célebre por haber publicado su Gramática castellana, en 1492, la primera de nuestra lengua. Juan de Valdés (siglo XVI), entre otras actividades, se dedicó al estudio de la lengua castellana y publicó un importante tratado conocido como Diálogo de la lengua.

 

 

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Última actualización: domingo, 31 de diciembre de 2000

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