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El arte produce dolor de cabeza por
Alberto Vázquez
O, más bien, al revés. Cuanto
menos, es lo que sostiene, sin encomendarse a santo conocido, un neurólogo holandés
llamado Michel Ferrari. El médico de tan celérico nombre, no se lo debió pensar dos
veces antes de abrir la boca y, como quien pide un bocadillo de tortilla en un bar, soltó
la idiotez del año y se convirtió, de la noche a la mañana, en el hazmerreír de la
toda la comunidad artística internacional. Resulta, oíganme, que el cubismo, más
concretamente el cubismo de Pablo Picasso, no tuvo lugar como consecuencia de un proceso
estético singular y extraordinario apoyado en las teorías estéticas de Cézanne y
algunos otros, por no hablar del arte africano, no señor, sino que la cosa surgió porque
al malagueño le dolía la cabeza.
El argumento del facultativo, que trabaja en el Centro Médico de la
Universidad de Leiden, no puede ser más simplón: algunos pacientes de migraña ven
alterada su capacidad de visión y pueden llegar a visualizar alucinaciones o distorsiones
fracturadas de la realidad. Casualmente, como las imágenes que nos ofrece el cubismo.
Así que, deducción inmediata, ambas son la misma cosa. Por si esto no fuera poco, el
buen doctor va y lo dice en mitad del congreso mundial del dolor de cabeza Headache
World 2000 celebrado en Londres hace un par de meses. Ahí es nada.
Por suerte o, más bien, por desgracia, el arte siempre ha sido campo
abonado para que los patanes más excelsos hagan sus pinitos sin miedo al ridículo. Es
bien sabido que a cualquiera de nosotros, que no tenemos ni idea de medicina y que del
dolor de cabeza conocemos lo que la propia experiencia nos depara, jamás nos hubiese sido
permitido anunciar cualquier teoría, por remota que ésta fuese, en relación a la
disciplina en cuestión. Desde luego, si llegásemos a enunciarla, el eco conseguido
sería cercano a cero. Pero no, cuando es el proceso es inverso, la cosa cambia
ostensiblemente. No sólo se permite que alguien, cuyos conocimientos acerca de la
estética son nulos, elucubre y teorice sobre lo que no tiene ni la más remota idea, sino
que el asunto tiene resonancia en los medios de comunicación y, por lo tanto, aura de
veracidad. Increíble, pero cierto.
En las facultades de Arte de las universidades de medio mundo aún
resuenan las carcajadas. Eso, en el mejor de los casos. Porque no me digan que la cosa no
tiene su importancia. El doctor Ferrari, en menos que canta un gallo, tira por tierra los
estudios que, acerca del maestro malagueño, se han realizado a lo largo de todo el siglo
XX. Estudios que, por cierto, vienen avalados por la excelencia y sabiduría de quienes
dedican tiempo, esfuerzo y reflexión a ello. Y por decenas de universidades y centros de
estudio. Y museos, y bibliotecas especializadas, y...
Pero el doctor Ferrari es un hombre de vericuetos y de ideas iluminadas.
Parece ser que la cosa se le ocurrió un día mientras visitaba el Museo Picasso de la
ciudad de Barcelona. Se dijo: "vaya, si esto mismito es lo que hacen mis pacientes de
migraña". Luego, Picasso tenía migraña. Y con el fenomenal descubrimiento en la
mente, se fue a comer. Por supuesto, el doctor Ferrari es un tipo serio que, en su
disciplina, no permite atajos a la ciencia. Desconfía de todo lo que no esté avalado por
un estudio científico y, desde luego, abomina de las pseudomedicinas que, con tanta
insistencia, no asolan. Al doctor Ferrari, el curanderismo le provoca hilaridad, se muere
de risa cuando le hablan de brujería curativa y da un severo golpe en la mesa cuando
intentan razonarle la homeopatía.
Eso sí, sobre Arte, todos podemos tener una opinión y defenderla sin
cuartel. No es, en modo alguno, necesario disponer de conocimientos previos de estética o
de filosofía. No hace falta conocer la historia del arte y poder, así, contextualizar
sus movimientos en el seno de los momentos históricos a los que pertenecen. Ni siquiera
es necesario tener algunas ideas, aunque breves, de qué es el cubismo, de dónde proviene
y cuál es la importante aportación que éste realiza a la cultura occidental moderna de
la que el propio Ferrari mama y de la que es deudor.
La banalización que Michel Ferrari arroja sobre la figura esencial de
Picasso es muy grave y como tal debe ser tratada. Uno no puede farfullar semejante
patraña y quedarse tan ancho. Sobre todo y teniendo en cuenta que Picasso jamás tuvo
más migrañas que el común de los mortales. Por suerte, el artista andaluz, además de
un fantástico legado cultural, dejó tras de sí un complejo entramado familiar que, si
bien tiende a estar en desacuerdo permanente sobre todo lo opinable, en este caso no
aporta fisuras a la tesis: papá no tenía dolores de cabeza.
Ferrari, arrojado como pocos, explica que esto carece de importancia.
Existe, al parecer, un tipo de dolor de cabeza que no duele, de manera que quien lo padece
y los que le rodean no se percatan del asunto.
Por si esto no fuera poco, Ferrari aporta la prueba irrefutable.
Picasso, un buen día, tratando de explicar su proceso estético, dijo: "pinto las
formas como las pienso, no como las veo", lo cual quiere decir que Picasso plasmaba
sobre sus lienzos no la realidad más o menos objetiva que tenía ante sí, sino una
representación de su interioridad personal e intelectual. Esto, que cualquier estudiante
de primer curso de cualquier disciplina artística sabe y que constituye, sin más, el
abecé de todo el arte del siglo XX, Ferrari lo interpreta erróneamente y cree que
Picasso, lo que en verdad estaba afirmando, es que él, sin duda alguna, veía
literalmente lo que pintaba. Tesis respaldada por todos los niños de cinco años que
visitan un museo de arte moderno.
En fin, un suceso triste y patético de lo que puede conseguirse
analizando una disciplina desde disciplinas ajenas y, sobre todo, sin conocimientos más o
menos fundados sobre lo que se habla. En la próxima misión del transbordador espacial,
que pidan asistencia a un astrólogo. Seguro que consiguen llegar a conclusiones
asombrosas.
Ya saben. Si el arte moderno existe es porque a su principal impulsor le
influyó sobremanera un persistente dolor de cabeza. Su inteligencia, su sensibilidad
extraordinaria, su lucidez interpretativa y la maestría con la que, a lo largo de toda su
extensa carrera nos asombró, carecen de importancia. Lo interesante es que tenía
migrañas. O que era bajito. O que fumaba mucho. O que hablaba el francés con un horrible
acento español. Quién sabe.
Por cierto. ¿Y Braque? ¿También Braque tenía migrañas?
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Texto, Copyright © 2000 Alberto Vázquez.
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