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Jonathan Englander, para el alivio de insoportables
impulsos por Albert García Elena
Hacer una crítica del primer
libro de un escritor joven supone, ante todo, discernir entre sus ejercicios de estilo y
la búsqueda de una voz propia, para acabar decidiendo si aquello que queda en medio de
esta diatriba es material de buena calidad. Jonathan Englander (Nueva York, 1970) se salta
eso a las primeras de cambio y nos demuestra que detrás de éstas, sus primeras páginas,
hay mucho trabajo previo y, por encima de todo, mucho talento. No debe extrañarnos por
ello que la revista The New Yorker le escogiera como uno de los veinte escritores
para el siglo XXI.
De nuevo, como habíamos comentado en un artículo sobre Hal Sirowitz, el peso de la tradición judía es la
base sobre la que se sustenta el universo mítico-literario de Englander. Los diez cuentos
que componen el libro nos dan una visión amplia de los elementos religiosos aplicados a
la vida cotidiana; en uno de los mejores relatos nos encontramos con un protagonista que
se da cuenta dentro de un taxi, de repente, de su condición de judío. De este modo, el
relato pasa a ser una exploración de las consecuencias que tal epifanía tendrá en su
día a día. En otros relatos nos enfrentamos a los problemas conyugales que un matrimonio
judío sufre debido a su inconsciente ortodoxia, a un grupo de judíos rusos dialogando
inteligentemente sobre literatura antes de ser fusilados, o a una mujer que desarrolla un
interesante psiquismo en relación con la importancia de las pelucas en su entorno social.
En algunas ocasiones Englander parece ser demasiado autoconsciente de
toda la simbología judía que envuelve sus relatos. El humor, el absurdo, las
convenciones increíblemente estúpidas que conforman la lógica de los grupos sociales
que se autodefinen por exclusión es el mar de fondo de muchos de sus escenarios. Casi
llega a parecer un recurso fácil, pues se juega con la ventaja de toda la carga previa
que el lector vierte en el texto para acabar de encajar su significado. Englander utiliza
con cierta técnica la ironía y ese humor negro judío tan típico de Allen, Bellow o
Singer con el que estamos tan familiarizados. Por eso en muchas ocasiones nos resulta
difícil decidir si Englander está criticando algunas actitudes o si sencillamente las
expone (aunque la diferencia entre estas dos posturas sea, al final, espuria). Algunos de
sus relatos son una larga exposición al costumbrismo judío, y en ellos encontramos, tal
vez, lo menos interesante de su narrativa. Nos enfrentamos a una prosa tan correcta e
insípida como la de J.D. Salinger. Pero que nadie se rasgue las vestiduras: no hablamos
del Salinger de El guardián entre el centeno, sino el de Nueve Cuentos, un
libro que solamente los más acérrimos defensores de Salinger han sido capaces de acabar.
La narrativa de Englander es paciente. Tiene un ritmo lento y puede
encontrar su punto más brillante en cualquier momento. A sabiendas de esto, Englander nos
planta el mejor relato al final del libro: He aquí nuestra sabiduría. Un relato
magnífico que tiene como tema la fortaleza psicológica de aquellos que tienen que
convivir con la posibilidad cotidiana de un atentado terrorista en una ciudad de Israel.
Aquí se aprecia que Englander sube muchos enteros cuando inyecta cierto lirismo en su
prosa. El relato es densamente profundo y sobrecogedor: "Eso no tiene importancia.
Lo que cuenta no es cómo lo ves sino la distancia. El simple hecho de estar expuesto a la
muerte. Rige el mismo principio que para la radiación o la quimioterapia. La exposición
a esa muerte masiva es lo que te mantiene vivo."
Tal vez sea por eso por lo que un judío de treinta años educado en
Long Island vive en la actualidad en Jerusalén. Para escapar del mundanal ruido, sin
duda.
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Texto, Copyright © 2000 Albert García
Elena. Todos los derechos reservados. |
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