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Arturo Ripstein: "Me interesa el lado oscuro de los hombres"

por Sanjuana Martínez

Después de recibir la Concha de Oro a la mejor película, concedida a Arturo Ripstein por La perdición de los hombres, y al mejor guión, escrito por su mujer Paz Alicia Garcíadiego, el dúo de mexicanos cerró una etapa vinculada al Festival de Cine de San Sebastián.

Ripstein ya había sido premiado anteriormente en este certamen por El lugar sin límites (1978); El imperio de la fortuna (1986) y Principio y fin (1993). En esta ocasión se mostró especialmente halagado: "estoy muy emocionado. Es formidable que mi película sobre lo absurdo de la vida logre esta recompensa". La perdición de los hombres es una comedia con tres escenarios: el de un crimen, el de un velatorio y el de un partido de béisbol. En este largometraje, dos hombres esperan en el camino a otro para darle una paliza hasta matarlo y dos mujeres se pelean por la propiedad del muerto.

El cine de Ripstein siempre ha sido valorado en Europa, donde se ha catalogado como fresco y a la vez sórdido, dotado de una influencia buñueliana, con el surrealismo como contenido. Sin embargo, el reconocimiento y el éxito le han llegado tarde y fuera de su país, por eso Arturo Ripstein no duda ni un momento en expresar su decepción.

En esta entrevista, realizada al presentar Profundo Carmesí, el cineasta repasa su filmografía detalladamente: "Me da mucho coraje que en México no se conozca mi cine. Siento ira. En España, Francia, Alemania e Italia han sido enormemente generosos conmigo, todo lo que no han sido en México."

Este es el único halo de tristeza del director de cine mexicano. Lo demás es hilaridad, exultación, gozo y por supuesto satisfacción. Pasea por los pasillos del mítico Hotel María Cristina donde se hospedan los actores, directores, productores y guionistas que participan en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. La gente lo detiene para saludarlo, felicitarlo y expresarle su admiración. Un cúmulo de premios llena su vida profesional, por ejemplo, su película, Profundo Carmesí, ha conseguido en el Festival Internacional de Cine de Venecia lo que ninguna otra en la historia, tres premios: ambientación, música y guión.

La mujer del puerto (1994), La reina de la noche, y otros largometrajes suyos han pasado por la cartelera en España cosechando una crítica favorable y el éxito de taquilla. Aunque La perdición de los hombres recibió algunas críticas negativas durante su exhibición en el festival donostiarra.

Hijo de un productor de cine, Ripstein creció entre cables, sillas de lona y reflectores. El cine formó parte de su vida y desde niño sabía cuál sería su "destino manifiesto". A los 15 años vio Nazarín y le dio el "ataque Buñuel". Fue cuando supo que quería ser director. La "devoción descomunal" que sentía por el director aragonés le llevó a aprender las claves éticas de la profesión para no traicionarse a sí mismo y hacer un cine sin concesiones.

Para Arturo Ripstein todo gira en torno al séptimo arte: "No se puede hacer sexo sin cine. Me gusta mucho el sexo como expresión y origen de la soledad".

Sonríe de manera siniestra, está sentado en el bar, y bebe una cerveza. Se quita los lentes para colocarlos en la mesa y se despeina el cabello con las dos manos. Es difícil saber qué pasa por su atormentado cerebro, y con una mirada fija e inflexible continúa: "Me importa el lado oscuro del corazón de los hombres y la conciencia negra. Hago cine para mí, para mis amigos, para el espectador que ve con simpatía mis películas. No hago cine para mis enemigos."

En sus películas con tintes de melodramas esperpénticos, sus personajes muestran sin ambages la descomposición física y moral de la sociedad. No hay nada sagrado, ni la familia, ni la infancia, ni la paternidad. Para Ripstein, el mundo es "un guiñol tenebroso".

"Me gusta la oscuridad, la vida secreta, lo subterráneo y lo oculto. Me gusta lo mencionado a medias, lo inconfesable. Soy lo suficientemente optimista para hacer lo que hago."

Quiere ser un "encantador de serpientes", pero no hacer cine "para las masas", está convencido de que el público no es una "entidad imbécil" y en sus buenas películas le proporciona un "íntimo agobio", frente a las malas que le dan un "pudor infinito". Su cine, calificado por él mismo como "oscuro y difícil", es la sordidez convertida en obra de arte, con ausencia de pudor y absoluta devoción por el melodrama.

Algunas de sus películas han salido de los casos más dramáticos de destrucción humana, narrados en la página roja de los periódicos. Son "patéticas flores del mal" que según él provienen de la belleza de Baudelaire. "Me gustan los personajes al borde de la cuerda, me gustan los humillados y los oprimidos. Me gustan los derrotados, los desesperados, los ansiosos, los feraces. Filmo porque las cosas me dan miedo y filmo como una revancha contra la realidad."

Este autodidacta, hijo del cine club, de las butacas en los cines, tiene 30 años de carrera, más de 20 largometrajes, un mediometraje, telenovelas y teatro. Se ha enfrentado a la censura, la mafia de la distribución, la falta de presupuesto, los críticos y el Estado. Ahora puede reírse de sus enemigos: "ellos ya no están y yo sigo creando". Por sus películas muchos se han enemistado con él, pero otros lo han ensalzado: "a veces no sé a quién creer".

En sus últimas películas ha trabajado al lado de su mujer, Paz Alicia Garcíadiego, guionista de Profundo carmesí, el gran éxito de Venecia: "Cuando se entra a un festival por supuesto el objetivo es ganar. En el caso de Venecia era muy importante estar dentro porque de alguna manera era más difícil entrar a la competencia que ganar un premio, porque es un festival que tuvo nombres muy importantes. Estar compitiendo contra Jordan, Oliveira, Loach y otros nombres muy grandotes... fue un privilegio estar allí".

SANJUANA MARTÍNEZ - ¿Es la primera vez en la historia que una película obtiene tres premios de esas características?

ARTURO RIPSTEIN - Efectivamente, nunca una película había obtenido esos tres premios. Es el festival más viejo del mundo y es la primera vez que pasa.

SM - ¿A qué atribuye este éxito?

AR - Hay una serie de elementos muy misteriosos. Uno es la buena suerte, un jurado que le gusta la película, en fin, son cosas muy complejas. Creo que no existe una fórmula. El argumento de Profundo carmesí gira en torno de una historia de amor entre dos almas apasionadas y perdidas. Con humor negro, la historia cuenta cómo después de asociarse sentimentalmente, empiezan a matar mujeres: "es una comedia que se vuelve tragedia".

SM - Hablando concretamente de la película, es una estética muy cuestionada. ¿Desmitifica usted todos los valores, llega a lo grotesco?

AR - No es desmitificar, es pretender la tabulación hasta sus puntos de absurdo total. Cuando hago una película de alguna manera quiero ser el encantador de serpientes, el fascinador, seducir al auditorio para transportarlo. Esto es justo lo opuesto de la desmitificación que nos tuvo tan preocupados cuando yo empezaba a hacer mis películas. Era echar abajo toda nuestra tradición de un cine que sostenía una serie de valores que a mí me parecían muy cuestionables y se buscaba la desmitificación. Aquí lo que yo pretendo es la mistificación a partir del absurdo, lo grotesco o hiperbólico.

SM - Asfixiar un bebé en la bañera, hacer un aborto a una mujer y después matarla a puñaladas delante de su pequeña hija... parece que ni la infancia se salva de su vocación melodramática.

AR - Es que ésta es una historia verdadera. Profundo carmesí está basada en hechos reales y la relación es minuciosa; tal y como está en la película fueron aproximadamente los hechos. A la mujer que matan en realidad le dieron un martillazo y a nosotros nos parecían mejores otros elementos, porque dramática y narrativamente son más eficaces. La sucesión de acontecimientos es tal cual, incluyendo a la niña.

SM - ¿La realidad supera la ficción?

AR - A partir de la realidad hacemos la ficción. La ficción es simplemente compactar los hechos reales, hacerlos concisos y darle un sentido estructural. La realidad no tiene estructura y el arte tiende a la estructura.

SM - ¿Es usted un transgresor?

AR - Sí, siempre, desde niño.

A los 21 años, en 1965, Ripstein dirigió su primer largometraje: Tiempo de morir, calificada como un western sofocliano. El guión cinematográfico fue escrito por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez: "Fue un inicio afortunado. Conocí a García Márquez antes de que fuera García Márquez y como hijo de productor insistí muchísimo en empezar a dirigir, a partir de haber visto las películas de Buñuel, que fueron para mí fundamentales. Después de insistir penosamente con mi padre que hiciera una película conmigo, accedió sin demasiado entusiasmo. Dijo que escribiera la película con algunos miembros del equipo que tenía en su compañía y yo le llevé a García Márquez y le dije que era un gran escritor y que haría una buena película. También con alguna reticencia lo aceptó."

SM - ¿A García Márquez también le rechazaban sus guiones?

AR - No, en realidad él acababa de llegar a México y trabajaba en publicidad. Había terminado un poco tiempo antes de que trabajara conmigo un guión basado en un cuento de Juan Rulfo escrito especialmente para cine, también hecho con Carlos Fuentes, que era El Gallo de Oro que muchos años después yo volví a filmar. Haber conocido a García Márquez en ese momento y desde entonces tenerle la admiración que todavía siento por él, fue un elemento importante porque convencí con base en eso a mi padre.

SM - ¿Usted se crió básicamente en los estudios cinematográficos?

AR - Nunca salí de allí. No he tenido otra vida. Para mí la realidad consistía en un foro con cables en el piso, reflectores y sillas de lona. Era la única opción posible. Nunca hablé de nada más, con mis amigos las discusiones siempre eran sobre cine, lo único que a mí me importaba y quería era hacer películas.

SM - Entonces, ¿definitivamente usted no podía haber sido otra cosa que director de cine?

AR - No es una especie de destino manifiesto. Era el único niño en la clase que sabía qué quería ser de mayor. Todos querían ser doctores, ahora son abogados, pero yo sabía perfectamente bien lo que quería.

SM - ¿Su cine es difícil de leer?

AR - Puede serlo o no. Lo es de acuerdo con la relación que hay con algunas otras películas, quizá con el "cine light" que se hace normalmente. El mío es un cine oscuro y más difícil, pero ciertamente no sostengo la idea de que el público es una entidad imbécil. Ciertas películas encuentran a su público y cuando lo encuentran es un público avezado, interesado y puntilloso.

SM - Al ver sus películas, parece que para usted el mundo es como un guiñol tenebroso, sin pudor.

AR - ¿Hay otro mundo?

SM - Usted dice que su cine es una revancha contra la realidad, ¿por qué quiere vengarse?

AR - Porque la realidad es muy dura y horrible. Lo que yo quiero hacer es otra cosa. Una cosa más dura, más siniestra... No, al contrario, es demostrar una serie de cosas veraces para que de alguna manera se conmueva el posible espectador y se dé cuenta que la realidad es amplia y múltiple, que la vida es plural.

SM - ¿Para quién hace cine?

AR - Empezando, para mí. Hago el cine que debo hacer, no sólo el que quiero ver. Para unos cuantos amigos a los que sé que les dará mucho gusto. Por supuesto, para el espectador que mirará mi película por simpatía. No hago cine para mis enemigos.

SM - ¿Tiene muchos enemigos?

AR - Sí, desafortunadamente.

SM - ¿Algunas personas no llevarían a sus madres a ver sus películas?

Ripstein medita la respuesta y contesta:

AR - Que le hablen a mi madre por teléfono y verán.

Buñuel

La relación de Ripstein con Buñuel es conmovedora. El director aragonés le permitió entrar en su vida, después de mucho insistir. Primero le cargaba el maletín, luego se sentó a su lado "calladito" para ver cómo filmaba El ángel exterminador; fue allí cuando empezó su devoción:

SM - ¿Cómo inició su relación con Luis Buñuel?

AR - Gracias a las armas. Buñuel era un gran aficionado a las armas y al tiro y era amigo de mi papá porque tenía la misma afición. Lo conocí desde muy jovencito, tendría catorce años cuando los veía juntos en un grupo de amigos cineastas que iban a disparar al campo de tiro. Yo sabía que Buñuel era un señor simpático y amable, y de pronto, cuando tenía quince, vi Nazarín y me dio un "ataque Buñuel", y fue cuando decidí que lo que quería realmente era ser director. Sabía que mi destino era de cineasta, pero no sabía en qué categoría hasta que conocí a Buñuel. Yo toqué la puerta de Buñuel y él tuvo a bien dejarme entrar y dejarme escucharlo. No era un hombre fácil, era un hombre muy privado, muy cerrado con su círculo de amigos cercanos y tuve la gran fortuna de formar parte, no de sus amigos cercanos, pero si de acompañarlo a su casa y escucharlo. Más adelante le pedí permiso de permitirme estar cerca de él en la filmación de la película El ángel exterminador, a lo cual accedió con reticencia, pero lo conseguí gracias a mi entusiasmo.

SM - ¿Fue su asistente?

AR - No, para nada, simplemente tenía acceso al lugar donde estaba haciendo la película y me sentaba a su lado calladito. De pronto, lo llevaba de su casa al estudio y lo volvía a llevar y le cargaba el maletín. Estaba muy cerca de él, calladito, pero alguna de las veces le preguntaba cosas.

SM - Carlos Saura recuerda que él admiraba a Luis Buñuel, pero dice que usted no sólo admiraba a Buñuel, sino que sentía por él una absoluta devoción.

AR - Es verdad, yo le tenía una admiración descomunal. Todavía se la tengo. Ver películas de Buñuel, las malas, las buenas, en fin, yo siempre encuentro elementos de maravilla y de genio.

SM - Entonces los referentes de él en su cine son indiscutibles.

AR - Es él y todos los otros.

SM - ¿Quiénes?

AR - Buñuel, John Ford, Renoir, el cine norteamericano de esa época, Wells, la nueva ola francesa, los cineastas italianos que se veían en aquel momento como los más importantes. Son todos, soy hijo del cine club, de las butacas en los cines, yo no salía del cine. Soy autodidacta de la dirección, nunca estudié la carrera en la escuela, la estudié haciendo las películas y, por supuesto, viendo las películas.

SM - ¿Desde el principio hizo usted cine como una forma de crear, sin concesiones?

AR - Sí, de alguna manera lo que yo aprendí con Buñuel, que no fueron secretos cinematográficos, era una mirada ética respecto al trabajo y la creación. Era ser fiel a uno mismo, ser fiel a lo que uno tiene en las tripas, encontrar su voz y hacerla lo más clara posible. Nunca pretendí hacer un cine que me permitiera volverme rico. Cuando yo empecé, el cine era todavía una carrera, se podía plantear el trabajo como un continuo. Esto dejó de existir por los problemas económicos que tenemos, ahora el cine es obra. Se hace una película y después, cuando se puede, se hace la siguiente. Como los novelistas. Siempre he tratado de ser lo más fiel a mí mismo, lo más cercano a la voz que creo que manejo, sin traicionarme, eso no incluye la opción del éxito comercial.

Los críticos

SM - ¿Sufre usted muchas depresiones? Porque a veces su cine es muy depresivo...

AR - No, en absoluto, soy lo suficientemente optimista para poder hacer esto.

SM - A veces es una extraña belleza la que vemos en sus películas, el mundo de los burdeles, de los baños públicos, de los antros...

AR - Es que me gusta la oscuridad. Me gusta la vida secreta, lo subterráneo y lo oculto. Me gusta lo mencionado a medias. Me gusta lo inconfesable.

SM - Tal vez por eso en México muchos quisieran huir de su cine, esconderlo.

AR - No creo que sea por eso.

SM - Entonces ¿por qué?

AR - A saber, no soy realmente un director con éxitos populares muy importantes. Los directores que no somos el "dream nacional", tenemos salidas limitadas y laterales.

SM - Pero ya ve, Los olvidados de Buñuel estuvieron cuatro días en cartelera en México...

AR - Espero algún día durar esos cuatro días, con esa misma película. México es un país difícil. México es un país que no tolera demasiado que alguien destaque. En algún momento, Vasconcelos dijo que en México te perdonan todo menos el talento, y a lo mejor tenía razón.

Ripstein ha tenido difícil relación con los críticos mexicanos. En 1991 interpuso una demanda judicial por difamación contra el crítico Jorge Ayala Blanco por una reseña negativa sobre su película Mentiras piadosas. El director mexicano exigía el pago de 60 millones de pesos.

SM - ¿Algunos críticos se han ensañado con usted?

AR - En realidad no son tantos mis críticos como mis enemigos. Puedo hacer lo que sea, puedo hacer la peor película, o la mejor película de la historia, pero será siempre un ataque frontal de un sector que se enemista severamente conmigo. Hay otros que han ensalzado mi trabajo. A veces no sé a quién creerle. Las críticas me importan, pero trato de leer las menos posibles porque son muy dolorosas normalmente. Uno no deja de estar metido en el medio.

SM - ¿Ya no ha demandado a otro crítico?

AR - Ni lo haré jamás. Fue un grave error en mi vida.

SM - ¿Por qué? Usted tenía derecho.

AR - Pero en México esos derechos no se cumplen.

SM - ¿Usted fue el que quedó mal demandando a un crítico?

AR - Por supuesto, el escándalo no condujo más que a acumular enemigos.

Fuera instituciones

SM - ¿Usted comparte con Paz Alicia el odio a la familia y a la madre como instituciones?

AR - No con tanta severidad. Sí creo que las familias tienen un peso específico y duro. Las familias son difíciles. La familia tan ponderada por el cine mexicano, yo la trato exactamente igual pero del otro lado, yo veo el otro lado de la moneda, el lado difícil de las relaciones entre las familias.

SM - Tampoco se salva el padre. Principio y fin empieza con la muerte del padre, en La mujer del puerto es asesinado y en La reina de la noche ni siquiera existe.

AR - El padre en México tradicionalmente es una figura ausente, entonces la imagen del padre es en Principio y fin lo que es el proveedor que deja de existir y acontece el drama trágico. En La mujer del puerto exactamente lo asesinan por equivocación. No sé, yo a mi papá lo quiero mucho a pesar de que él dice que se irá a la tumba sabiendo que nunca lo quise, pero tengo que decirlo públicamente. Es dramáticamente apto para la narración, no es un problema personal.

SM - Usted es padre, ¿es un cuestionamiento que usted tiene?

AR - La paternidad no es algo sublime, es algo terreno, terrible y lleno de temores, es donde más errores se cometen.

SM - La mujer del puerto (1994) se basa en un clásico, ¿por qué?

AR - Se basa en un cuento al cual Tolstoi le tenía tal admiración que lo escribió también. Lo que yo hago es darle un poco vuelta a la misma historia y comenzar la mía donde Boitler termina la suya. En el momento en que los extraños se dan cuenta que son hermanos y ella se suicida, yo comienzo la mía.

SM - Sí, pero ¿se suicida para que la salven?

AR - Es muy difícil tirarse al mar a suicidarse en un puerto lleno de marineros. Es no tener muchas ganas de que la cosa pase. Los suicidas, como los terroristas, avisan.

SM - Trata usted un tema escabroso, la atracción entre hermanos, lo más penado por todos...

AR - En la película son hermanos inocentes, no son hermanos culpables. Es una linda historia de amor, de una pasión que va más allá de la sangre de los lineamientos de la sociedad. El amor es una emoción que transgrede absolutamente toda regla, lo único que reconoce es el objeto del amor. Lo demás se borra o se disuelve. Eso no va para los núcleos, la familia, las instituciones que determinan cómo debe ser la realidad. La sociedad trata desesperadamente y logra domesticar siempre esta pasión.

SM - En La reina de la noche usted desmitifica a una heroína nacional, Lucha Reyes, aunque cuenta una historia de otro personaje.

AR - No desmitifico, sino mitifico más la figura de una cantante no demasiado conocida en México, recordada. En realidad, la historia que se cuenta en esa película es la de la mamá de Lucha Reyes. Hasta que nos encargaron esta película, que es otra de las de encargo, nos pusimos a ver quién era. Lo que nos pareció más interesante es la mamá de Lucha Reyes, este amor tan desconsolado que hace que la madre le pida a la hija que, para el sosiego de ambas, una muera. El acto supremo del amor, llegar al recuerdo.

México por siempre

SM - Cualquiera en su lugar hubiera dejado México, no se conoce su cine, lo adoran en España, lo alaban en otros países de Europa, ¿qué pasa?

AR - Para nada, yo sigo en México, mis ojos están allá. A mí me gusta mucho México. Además México no es sólo su tema, es instrumento, un país con dosis de surrealismo. Con el absurdo total, eso también me fascina. México es mi única posibilidad. No rechazaría yo, por supuesto, alguna otra oferta en otro lado, creo que puedo hacer una buena película. Estar en México es lo que más me importa.

SM - Ha hecho usted también telenovelas, ¿le ha dado usted opio al pueblo?

AR - Sí, pero he tenido que ganarme el pan y mi mantequilla, he tenido que comer. Los cineastas también comemos.

SM - ¿Usted volvería a hacer eso?

AR - En este momento no, porque no necesito hacerlo. Si tuviera que volverlo a hacer, pues, por supuesto.

SM - ¿Forma usted parte de la tradición del cine mexicano, tiene referencias de la tradición?

AR - Por supuesto, mis películas son todas hijas de lo que yo aprendí. Son de otro modo, otra mirada, otra cara de las cosas, pero me gustaría que las viera la mayor cantidad de gente posible.

SM - ¿No le importaría convertirse en un director comercial?

AR - Sí me importaría, porque tendría yo que cambiar la manera de hacer las cosas. En este momento me he podido defender, haciendo lo que yo hago. Y no quiero hacer otras cosas.

 

 

Texto, Copyright © 2000 Sanjuana Martínez. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: miércoles, 01 de noviembre de 2000

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