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"Los Monólogos de la Vagina", de Eve
Ensler. Y para nosotros qué por Reynon Muñoz
"Coño, chocho, vulva,
chichi, chumino, conejo, concha, almeja, raja, potorro, seta, parrús, breva, higo,
vagina. Sí, sí. Está en el diccionario".
Este es el chocante recibimiento que nos da Ensler a modo de
declaración de principios en sus "The Vagina Monologues", título traducido con
no demasiada fortuna al español como "Los Monólogos Vaginales", actualmente de
gira en España bajo la dirección de la actriz Maite Merino.
Mientras que el título original en inglés, "Los Monólogos de la
Vagina", convoca a una vagina parlante encarnada en la piel de la actriz que nos
habla de sus preocupaciones, placeres y desventuras ("qué diría su vagina si
pudiera hablar", es la gran pregunta con la que Ensler interpela al público
-femenino, se entiende), la traducción española desplaza en cierta medida el
protagonismo de la vagina como sujeto de la obra, para transformarlo en objeto, en tema, y
no en tema y agente, en una gran vagina parlante que por fin habla tras siglos de silencio
impuesto.
"Los Monólogos de la Vagina" es un texto construido a partir
de más de doscientas entrevistas con mujeres: jóvenes, mayores, amas de casa,
dactilógrafas, desempleadas, prostitutas, negras, hispanas, asiáticas, bosnias, indias,
judías, blancas... Estas mujeres han confiado a Eve Ensler sus sensaciones, sus traumas,
sus aspiraciones, sus angustias, sus alegrías, a veces las más íntimas: del aprendizaje
de la sexualidad a la maternidad, del machismo reinante a la nueva libertad amorosa
En cada una de estas historias, encontramos esta capacidad de decir lo indecible: decir,
por una parte, la violencia infligida al cuerpo femenino, ya tome la forma de violación,
de violencias sexuales contra las niñas, la persecución de lesbianas, del acoso sexual,
de mutilaciones sexuales, y siempre y todavía de la violación...
"Al principio, estas mujeres eran un poco tímidas. Hablaban
difícultosamente. Pero una vez que empezaban, no había quien las parara...",
comenta Eve Ensler.
La idea original de "Los Monólogos de la Vagina" le vino a
Ensler tras un viaje a Bosnia en el que fue testigo de la violencia sexual ejercida sobre
las mujeres como parte estrategia de guerra de las fuerzas serbias.
"Cuando volví de mi primer viaje a Bosnia, traté de alertar a la
gente para que hicieran algo. De veinte a setenta mil mujeres fueron violadas
sistemáticamente como parte de una estrategia de guerra sin que nadie moviera un dedo
para impedirlo. Todo ello en 1993, en el centro de Europa. Me sentía ultrajada. Y
entonces, una de mis amigas me preguntó por qué me sorprendía tanto de que nadie
actuase. Quinientas mil mujeres son violadas cada año en nuestro propio país, me dijo, y
no estamos en guerra, bueno, teóricamente".
Treinta años después de la Revolución Sexual (llegó a España
identificada erróneamente con "acostarte con quien quieras"), la palabra
"vagina" sigue siendo un tabú, avergonzante, o cuando menos incómoda. En su
espectáculo, Eve Ensler, la cita 128 veces y no por casualidad.
"VAGINA. Ya está, lo he dicho. Otra vez: VAGINA. Hace tres años
que lo digo y lo vuelvo a decir. Lo digo en los teatros, en las universidades, en los
salones, en los cafés. Lo digo en la televisión cuando me dejan hablar. Lo digo ciento
veintiocho veces cada noche en mi espectáculo. Lo digo porque creo que lo que no se dice
se convierte en un secreto, y en los secretos, a menudo, arraiga la vergüenza, el miedo y
los mitos. Lo digo porque quiero poder decirlo un día sin sentirme incómoda, sin
vergüenza y sin culpabilidad. VAGINA".
La autora se ha propuesto retirar desde un principio todos los velos de
ignorancia y opresión que han sometido a las mujeres mediante la anulación de su
sexualidad. Con sinceridad y determinación, Ensler se embarca en la cruzada de devolver a
las mujeres lo que les ha sido arrebatado: el amor de su cuerpo y de ellas mismas, y el
derecho a disfrutar de él, contando por otra parte la alegría de ser mujer, el placer,
el gozo de ser amante, el orgullo de ser madre. Atreverse al florecimiento tanto físico
como intelectual. Atreverse a conocerse, reconocerse como cuerpo, como ser sensual,
sensible, sensitivo... sin tabú y sin malestar.
"¿Estáis preocupadas, eh?" Yo también lo estoy. Por eso
decidí escribir esta obra. Me preocupaban las vaginas. Me preocupaba lo que se piensa de
ellas y, aun más lo que no se piensa... Necesitaba encontrar una especie de contexto, de
comunidad, de cultura de la vagina. Existe tanto misterio y tantas sombras que el tema se
asemeja a un Triángulo de las Bermudas del que nadie regresa para contarlo".
El carácter feminista de la obra resulta evidente. El título no
engaña a nadie. Se va a hablar de mujeres y es por ello una obra feminista,
reivindicativa, política. Pero no se utiliza el recurso de volver a la guerra de los
sexos. Los hombres, simplemente, no están, se han ido, "por fin nos han dejado
solas", parece querer decir Ensler. Se exponen los testimonios de las mujeres
entrevistadas y rara vez hay reproches hacia los hombres, si bien su presencia constante
se hace densa y oprimente por omisión. Una gran desgracia planea por el teatro durante el
tiempo que dura la representación. No se nombra, pero está ahí. Paul es la única
referencia masculina positiva en la obra:
"Paul me miró durante una hora como si estuviese estudiando un
mapa, como si observara la luna, como si me mirara a los ojos, salvo que lo que
contemplaba era mi vagina. Comencé a verme como él me veía. Comencé a sentirme bella y
deleitosa, como una obra de arte, o un salto de agua... Comencé a sentirme importante, a
sentirme orgullosa. Comencé a amar mi vagina... Y Paul estaba allí, perdido en su
contemplación y yo estaba allí, con él, en mi vagina, y estábamos lejos, muy lejos los
dos".
Por lo demás, los hombres han sido olvidados y uno tiene la impresión
de haberse colado en una fiesta a la que no ha sido invitado, de observar con la ansiedad
con la que se mira a través de un pequeño orificio perforado en el muro del vestuario
femenino. Es esta polarización uno de los principales reproches que pueden hacerse a
esta, por otra parte, emocionante y necesaria obra.
Creada en 1996 en Nueva York y luego en 1999 en Londres a beneficio de
una asociación bautizada V-Day (V = Vagina = Victoria) cuyo objetivo es poner fin a la
violencia contra las mujeres, "Los Monólogos de la Vagina" inician actualmente
su gira mundial. Desde 1998, con motivo del Día de San Valentín, la obra se representa
en Nueva York en una gala a beneficio de V-Day. La obra ha sido interpretada por una
pléyade de actrices de renombre entre las que se cuentan: Glenn Close, Cate Blanchett,
Winona Ryder, Susan Sarandon, Whoopi Goldberg, Marisa Tomei, Rosie Pérez, Kate Winslett,
y Melanie Griffith.
La violencia conyugal supone el corolario de otras formas de violencia
contra las mujeres en todos los ámbitos al situarse en el terreno de las relaciones de
poder, de dominación y de comportamientos de control, herederos directos de una
estructura social basada en la desigualdad de sexos. El objetivo de la violencia es
ejercer y hacer a la víctima cosas que ella no quiere, e impedirle hacer cosas que quiera
hacer o mantenerla en un clima de tensión, de miedo o de dominación. La violencia
conyugal es una construcción de la sociedad que puede consistir igualmente en denigrar,
humillar, degradar a la mujer en su valor como individuo o manifestarse por medio de
ataques verbales, episodios de celos, amenazas, control de sus actividades, tentativas de
aislarla de sus amistades o familiares que pueden llegar hasta el secuestro. También
puede suceder que la mujer haya sufrido relaciones sexuales sin su consentimiento y/o bajo
la amenaza, eventualmente acompañada de brutalidad física, insultos, escenarios
pornográficos humillantes, violaciones colectivas.
Acantonada en la esfera privada, la violencia sobre las mujeres se han
mantenido invisible durante mucho tiempo, secuelas de un paternalismo que distingue entre
dominantes y dominados, y que construye la estructura social sobre un trato desigual de
los individuos que constituyen la familia. El moderno feminismo surge como respuesta a la
postración secular de la mujer. Tres ejemplos representativos del cambio en la identidad
y estatus social femeninos son la adquisición del derecho a voto, el ejercicio de
trabajos tradicionalmente reservados a los hombres durante las dos guerras mundiales y la
aceptación y puesta en práctica de la idea de que ambos sexos deben recibir educación.
El siguiente paso fue la lucha por la liberación sexual, con la popularización de los
anticonceptivos y la legalización del aborto como principales éxitos.
En este contexto se sitúa el feminismo beligerante y radical del
"Manifiesto de las 343 guarras" ("Manifeste des 343 salopes"), título
que se les atribuyó por haber reconocido haber abortado, firmado el 5 de abril de 1971
por numerosas mujeres famosas, entre las que se encontraba Simone de Beauvoir. Tras la
revolución conservadora de la era Reagan se produjo una atenuación de este radicalismo
feminista, por medio de la exaltación de los valores tradicionales y la vuelta a la
familia, puesta nuevamente en tela de juicio por el nuevo feminismo no igualitario, sino
de supremacía, de autoras como Catherine Breillat o Virginie Despentes en Francia, o
Lucía Echevarría en España.
La razones de esta violencia ejercida sobre las mujeres, del instinto de
dominación masculino, parecen encontrarse en el miedo supremo del hombre a perder su
potencia sexual, gravemente comprometida por un deseo femenino desinhibido. Para la
escritora feminista, Camille Paglia, "la identificación mitológica de la mujer con
la naturaleza es correcta. La contribución masculina a la procreación es momentánea y
transitoria. Una vez la mujer embarazada, se convierte en una entidad ontológica,
diabólicamente completa, que no necesita a nada ni a nadie". Según Paglia, la
reacción masculina contra la explícita animalidad de la menstruación o del parto ha
producido el desplazamiento del estatus primigenio de la mujer hacia el de un objeto
sexual cuyos cánones de belleza son constantemente revisados. Así, la belleza de la
mujer sería un compromiso con su peligrosa atracción arquetípica, provocando la
reconfortante ilusión de un control intelectual sobre la naturaleza. Si el hombre desea a
la mujer, es por culpa de ella, tentadora y demoníaca.
La religión de la diosa, allí donde ha sido practicada a lo largo de
la historia, ha sido siempre favorable al sexo. El más famoso de los rituales antiguos es
el Hieros Gamos, o matrimonio sagrado ritual, cuyos antecedentes se remontan a los
sumerios, hace 5.500 años. En este ritual, la diosa, encarnada en el cuerpo de la suma
sacerdotisa, practicaba el acto sexual con el gobernante del país para mostrar su
aceptación por parte de la diosa como protector de su pueblo.
Cabe preguntarse si el camino emprendido por la revolución feminista no
conduce ineluctablemente a un neopaganismo que ha de imponerse sobre un cristianismo
marchito y negador de su sexualidad (San Jerónimo, San Ambrosio y San Agustín afirman
que María fue virgen no sólo antes del nacimiento de Cristo, sino igualmente durante y
después). La cuestión sería entonces, no el rol de la mujer, regresada a su ya luminoso
continente de deseo, sino el del hombre, cargado durante siglos con el peso de ser el
protector, el agente de la violencia al que se niega la mínima dimensión emocional.
Resumiendo, la gran pregunta que queda en el aire y que deberán contestar las próximas
generaciones sería, parafraseando al famoso anuncio de lencería femenina: ¿Y para
nosotros, qué?
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