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Lisboa postal por Hari
Camino
Saudade según el
diccionario significa: nostalgia, añoranza. Dos adjetivos relacionados con el paso del
tiempo que constituyen la imagen tópica que nos termina alcanzando y cautivando de
Lisboa. Nostalgia que se intenta atrapar en 45 cm de tarjeta postal pero que circula y se
desliza libre más allá de los rieles del tranvía y descarrila también fuera del
celuloide en filmes como los de Tanner o Wenders. Añoranza que únicamente queda en la
memoria, como el más valioso souvenir, y que permite volver a Lisboa y "deletrearla
como un cuerpo sin prisas" como decía José Cardoso.
POSTALES PARA INVENTAR
De haber existido la fotografía en tiempos homéricos, en Lisboa se
venderían las postales de su legendaria fundación por Ulises. Si giramos este carrusel
imposible encontramos entre más tarjetas, una fechada en el siglo XI d.c. que muestra un
comerciante judío regateando con cinco árabes unas telas doradas al fondo de un
callejón encalado: la escena se desarrolla en la Lisabona islámica. Con un corte más
sensacionalista encontramos otras postales famosas, con fecha manuscrita de 1755, año en
que El Terremoto transformó la ciudad para siempre y redujo la capital renacentista a
escombros, caos y cenizas. No quedan casi restos de aquella ciudad, uno de sus últimos
testigos (y bonita postal) es el Convento del Carmo, cuyos arcos góticos permanecen en
pie a cielo abierto, semejando una osamenta de ballena que ha quedado varada en lo alto
del barrio del Chiado. Tres años después de aquella catástrofe se reinventa la parte Baixa
(baja) de la urbe, siendo ésta actualmente la zona más comercial, con edificios
simétricos y plazas rectangulares. Vista en el mapa la Baixa parece un parche de
tela cuadriculada cosido en medio de un tapiz arrugado y caprichoso. Otro de sus mitos
fundacionales cuenta que la metrópoli portuguesa nació sobre siete colinas, aunque ésta
es una simplificación didáctica (tipo postal) que el cansado peatón comprueba como
falsa. Lisboa está empinada por todos lados, sube y baja a base de largos, escadinhas
y travessas que se multiplican y fragmentan en becos (callejones) y praças:
oasis ocasionales al interior de un amable laberinto que regala aquí y allá sus
miradores (Campo de Sta Ana o Sta Luzia en Alfama). Andamos unos pasos y estos paisaje de
campanarios blancos desaparecen detrás de los tejados revueltos y unos metros más allá
el asombro ya no es la vista, sino la cascada de flores púrpuras que se derrama sobre un
muro coloreado por el abandono. En este vaivén de calles cruzadas, el río Tajo aparece
como la referencia horizontal que le da dimensión al lugar. Lisboa es el primer puerto de
la nación y el Tejo la arteria central de la península Ibérica, que al
desembocar aquí forma un estuario conocido como mar de la Paja, punto del que zarparon
las expediciones de Magallanes y Vasco da Gama. Hasta la década de los años sesenta no
había forma de cruzar este río desde el centro urbano, sin embargo al final de la
dictadura salazarista se tendió un puente monumental que termina en la orilla sur al pie
de la estatua del Bom Jesus, el primero recuerda el Golden Gate y la segunda al
Corcobado brasileño, con su inconfudible silueta de brazos abiertos y redención: una
doble imagen que une latitudes imposibles.
ADOQUINES Y AZULEJOS
La poesía que nos evoca Lisboa está armada pacientemente con detalles
ofrecidos por artistas anónimos, legados a lo largo de siglos y a lo ancho de las aceras
decoradas con adoquines que hacen alusión a fechas simbólicas o van escribiendo en
blanco y negro el nombre de peluquerías tradicionales y cafés famosos, dibujos que con
el andar se añejan y pulen hasta deslumbrar. Si la saudade es mucha y se va
caminando con la mirada perdida en el suelo, estas calles nos avisan que hemos llegado a
la farmacia, o que también, vamos por el número 77. Lisboa nos ubica y nos habla en su
empedrado mientras los balcones, los chaflanes y las fuentes nos guardan otra sorpresa:
los azulejos. No se trata de una invención portuguesa, pero constituyen su postal por
excelencia, el sello nacional, la portada de las guías turísticas, el souvenir más
buscado. Iconos adheridos a las paredes y preservados con fervor, a veces en los laterales
de iglesias, en nichos o sobre los marcos de las puertas, otras veces en un parque
mostrando escenas bélicas o los paisajes idealizados del mundo rural. El gusto popular
por el azulejo sigue creando nuevas obras en fachadas de bancos y dependencias públicas,
en clave más contemporánea pero igualmente artesanales.
POSTALES DEL DESASOSIEGO
En una terraza de la Pza Camoens se sienta todas las tardes Fernando
Pessoa esculpido como el eterno parroquiano del café A Brasileira. A su cita ya sólo
acuden los visitantes que le han desgastado una mano y el sombrero mientras se
fotografían en su mesa repleta de libros de bronce. Al salir la luna, frente al poeta
pasa en tropel la vida noctámbula de Lisboa: unos bajan hacia las Docas, antiguas bodegas
portuarias que se acondicionaron como restaurantes de moda, mientras otros suben hacia el Bairro
Alto: el ambiente cosmopolita ha llevado a la transformación de casonas en lounges
donde se beben tés psicotrópicos y se baila con sandalias de plataforma a 20
centímetros del suelo. El reclamo del Alto también atrae al turista conservador a
sus espectáculos del paquete cena-fiesta-y-fado que llegan a abarrotarse con fanáticos
que asegura sentirse transportados a los años de gloria de Amalia Rodrigues. Los más
incondicionales de Amalia saben que ella descansa a perpetuidad en un nicho muy visitado
del Cementerio de Praceres donde nunca faltan flores de admiración por la leyenda
del cante portugués. El campo santo además esconde auténticas maravillas del arte
funerario del siglo pasado, con sus excesos de mármol en recuerdo de la alta sociedad
lisboeta. Personajes que comparten varias colinas de cipreses que van ondulando sus
mausoleos en decadencia.
Una vez en este extremo de la ciudad vale la pena recorrer la zona de
Alcántara, un barrio residencial, secretamente hermoso y de animación familiar, de ropa
secándose hacia las calles donde bota un balón y los bastones se tambalean. No hay
demasiado turismo por aquí ya que la mayoría va rumbo a la otra atracción de la
capital: Belem (otra postal imprescindible) con sus monumentos en estilo manuelino. Nombre
dado al gótico tardío durante el reinado del Manuel I, éstilo del imponente monasterio
de los Jerónimos y de una torrecilla fluvial, testimonios en piedra de las riquezas y la
exuberancia que se encontró en América a principios del 1500. A un lado del monasterio y
compitiendo en dimensiones con él, hace una década se inauguró el Centro Cultural de
Belem, el cuál alberga exposiciones contemporáneas, teatro, cines y talleres.
La última e imprescindible postal romántica para la colección es
aquella de Sintra, lugar de retiro para la nobleza. A media hora de la ciudad esta villa
está preservada detrás de una serranía que acunan la bruma de la mañana, rodeada por
un bosque tupido en el que se siente un arrebato por la naturaleza, similar al que
embrujó a Lord Byron hace más de un siglo. Un ambiente bucólico que también inspiró a
Hans Christian Andersen. Dominando la zona se yergue el Palacio de Pena (Peña), el
capricho de un rey excéntrico que mandó construir una fortaleza fantástica, trenzada
como castillo, convento y mansión que supera todas las perversiones de la arquitectura
ecléctica. El terreno incluye una serie de estanques, puentes de piedra, bancos
escondidos y caminos en donde "deletrear despacio" lo que nos fue regalando
Lisboa. Postales en las que escribir una fecha de regreso.
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