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La tarea

por Esperanza López Parada
(Introducción de Jorge Luis Morales)

LA PUERTA ENTORNADA

De la lejana frase hímnica alojada en pliego de cordel y, por ello, que meritaba la altivez del excedente, quedó enseguida, adelgazados ya los ribetes de su salmo, como una tela nuevamente plegada se hace más exigente tras su revocado espacio, lo firme y rotundo, la escasez del enigma que ansía abundar en sus pliegues como espora contraria, la gota en la breve lente que se muestra y colora, que hace remitir su transparencia y, sin embargo, es el vidrio tras ella y en ella.

Los tres días, poseía, tras esa poda y su hermosa geografía de troncos recortados, un inmenso temblor de lo inmediato, expresada la rareza ante su juntura; la inquietud que surte ante un mosaico: la consciencia de que lo reunido es, a un mismo tiempo, lo lejano, la fragmentación entre lo que son y vemos, entre lo que somos y el ser en otros; el filamento en suma de una ausencia que se divisa de súbito como el solo título de un relato de sustituciones. La imposibilidad de nombrar y la palabra, que ello no obstante, signa.

Como en los trileros, negociadores del espacio y de su mímica de enigmas, donde apenas se asoma la bola y creemos ver, tras la leve ciencia de unos dedos, esa tangencia de realidades es ya lo sido, lo que vimos y no vimos, lo entredicho y, finalmente, lo interdicto, así en los poemas de ELP, tras la cerámica tersa de las repeticiones y del polisíndeton, el resplandor de la paradoja y su barroca traslación sintáctica al anillo del verso, enroque verbal como un rey que gira para proteger su sustancia, por entre el sofocado duelo se nos figura el deseo, la razón de una realidad contingente que sólo se manifiesta oblicuamente, el hecho de que vivir es una incesante labor contra nosotros, un desgaste. Sólo el instante es la dicha, y no es sino el molde exento, la ausencia, lo que luego se retiene y nos prende.

Hay en esta tarea una resurrección de las cosas y su misterio -su silencio latiendo-, que es lo salvable, lo que se atina a decir en el acto de decir, pese al artefacto que pesa -por desconocido- en lo dicho. Es la rareza de su fonación, que hace de su sonido un alejamiento entre el yo que manifiesta y su explosión retardada de sentido. Las aljamiadas formas, en suma, de una desazón, que ya no acude a la impersonalización del plural, ni muestra asombro: vecindad frente al mundo, más frontal y más aislada.

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LA TAREA

Habría que pedir silencio, habría
que pedir que cesara el laboreo del mundo,
lo doméstico de las mujeres con su charla
cuando en el patio se ponen a tender la ropa.
El sol atraviesa las sábanas húmedas
y deja su espacio de zonas secas,
un paisaje que es otra forma de ocaso.
Me he prendido de este crepúsculo
igual que un rey loco de una reina,
me he enamorado de mi noche,
soy un mudo que desatendiese su carga,
la presión de la voz gritando por salirse
en palabras extendidas que parecen el desierto.
Hablo y me equivoco. Hablo y lo hago
torpemente, desde mi propia vigilancia
como el que aprendiera las llaves y las fórmulas
pero olvidara el dibujo en el hueco de la cerradura,
olvidara todo el vacío del cierre, el lugar
en penumbra donde el nombre encaja.

 

 

Como un golpe blanco en una víscera
Así es mi apellido diciéndome
Entre el ruido de esta hora.
Algún modo habrá de bautizarme.
En el río aun de niños nos llamábamos.
Nos gritábamos de improviso.
Luego no tuve otro modo de hablar
sino aquel que se llevó la corriente.
La gramática del balbuceo, las sílabas
De la cuna y del pecho.
La voz casi tendida de la leche.

 

 

El estrecho sitio entre la pena
y la expresión de la pena
lo ocupa un voraz verbo.
La travesía que va de nombre
a nombre un nombre la cubre.
De hierro se vuelve el aire
Que al lado del barrote circula.
El idioma devora idioma, es
sonido lo que el sonido habla.
Come, pido así, y reúne tus fuerzas,
y el lenguaje es el que se pone
a pan y agua, la lengua la que ayuna.

Mi boca es la que dice que tiembla.

 

 

A todo lo que le falta un adjetivo
lo hemos considerado muerto,
aunque esto es verdad en parte.
La muerte chupa como termita
la savia de las sílabas, se sorbe
la sustancia blanda de las frases,
las deja en médula o en tono redondo,
Arturo, Antonio, Julio, digo
como quien hace muecas contra un muro,
pronuncio, Lucio, Adela, Jesús.
Nunca se parecieron más a sus verbos,
ni fueron nunca tanto su nombre,
cáscara desnudada, puro hueso metido,
nunca se hicieron ellos de tal modo.

 

 

Hay secretos que no se cuentan.
La palabra no es ojo y menos es mano
ni cuello ni nave alta que transporte
hombres. La palabra no cosecha,
no cruza ríos ni desembarca en ellos.
La palabra es como un mantel de flores
en desvaído tergal de otra época,
un mantel viejo y sin apenas apresto
que a diario se saque y luego se pliegue,
que se use al almuerzo y cuyo trabajo
resulta mejor si en nada destaca,
si no se nota que está sobre la mesa,
todo extendido y cubierto de dones,
fruta, pan, carne. Una frágil membrana
entre el mundo y el mundo.

 

 

Existía una costumbre en la mesa,
los menores no hablaban en tanto
no preguntasen los mayores.
Como de espinas de pescado
uno se guardaba de los dientes,
el paladar se volvía una caja
y una llave. Por eso, la harina
quedaba en medio silenciosa, el agua
estaba por eso líquida, la sal salada,
las horas eran horas y era fruta la fresa,
el limón por eso volaba.

 

 

No había luna. Parecía a punto de llover.
En el patio ondearon las sábanas tendidas,
eran una envoltura destinada a nosotros.
Un fantasma de lo que ha de venir.
Alguien pidió que lo acompañásemos.
Por un lado reclamaba la voz y, por otro,
sin unirse del todo, sonaba lo pedido.
Salimos vadeando la tormenta y pensé
en aquella frase tan desdoblada y floja
si no la dicen hombres con nueva gramática.
Oímos muchas cosas en el mensaje del ángel.
La oración en el cielo funda un malentendido.
La lluvia cae siamesa sobre ropa mojada.

 

 

Carne, pan, vino, uva verde,
esto reclamas que te sea acercado.
Del extremo de la tabla opuesta
se te hace llegar hasta la boca.
De nuevo te alimentas con lo que pides.
Antes también había sed al querer leche
y el festín de trigo no tenía otro objeto
que quedar saciado. De nuevo lo dicho
se aproxima al acto de nombrarlo.
Nuevamente no hay más distancia.
No hay más ruego que éste que tiene
Los términos justos y cada uno invoca.
Cada uno bautiza aquello que llama.
Otra cosa sería argumentar la obediencia,
Dar vueltas siempre al discurso del mudo.
Ahora sólo confías en la comida clara.
Crees en nombres conciliados.

 

 

_____________
Esperanza López Parada (Madrid, 1962), Doctora en Literatura Hispanoamericana; profesora titular de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid; crítico literario y de arte; colaboradora en diversas revistas literarias (v.g. El Crítico o El signo del gorrión) y de suplementos culturales (actualmente en el ABC Cultural); traductora. Ha sido incluida, entre otras, en las antologías Fin de siglo (1992) y La prueba del nueve (1994). Ha publicado los poemarios Como fruto de fronteras. Madrid, Arnao, 1984. Género de medallas [con Ramón Cote]. Madrid, El Crotalón, 1985. La cinta roja, Málaga, Librería Anticuaria El Guadalhorce, 1987. Los tres días. Valencia, Pre-textos, 1994. La tarea, inédito, es la tercera parte de un libro en preparación, El encargo.

 

 

Texto, Copyright © 2000 Esperanza López Parada. Todos los derechos reservados.
Texto introductorio, Copyright © 2000 Jorge Luis Morales. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: miércoles, 30 de agosto de 2000

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