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¡Por favor, horaden mi montaña! por
Alberto Vázquez
Si ustedes siguen la actualidad
artística europea seguro que ya saben de qué les estoy hablando. Y si no la siguen pero
les pica la curiosidad, les cuento.
Resulta que desde hace muchos años, el internacionalmente reconocido
escultor Eduardo Chillida soñaba con la idea de realizar una gran obra que significase la
culminación de su trayectoria artística. Chillida es ya un hombre mayor y, aunque se
encuentra aún en plena forma y activo como el que más, sabe que no le quedan muchos
años de trabajo. Para un escultor como él, que se mueve como nadie en el difícil y
complejo formato monumental, el reto debía estar a la altura de las circunstancias. Por
estas cosas que tiene la vida, a Chillida le salió una oportunidad de poner en práctica
su deseo y no la desperdició.
El proyecto es simple. Se trata de coger una montaña de verdad y
practicar en ella un hueco de forma cúbica con unos cincuenta metros de lado. El espacio
resultante sería plenamente accesible para las personas y, según lo concibe el autor,
sería algo así como un monumento a la tolerancia. O sea, el plan es hacer un agujero en
la montaña por el que quien quiera pueda pasearse tranquilamente.
¿Quién estaba dispuesto a poner una montaña y un presupuesto de su
bolsillo para llevar a cabo tan magna obra? Las montañas son fáciles de conseguir. En
Europa las tenemos a cientos, así que no debería de haber problemas. ¿Y el dinero?
¿Hay alguien dispuesto a soltar los más de cincuenta millones de euros (algo más de
cuarenta y cinco millones de dólares estadounidenses) que cuesta la broma? Pues,
curiosidades de la vida, lo difícil en este asunto parece ser el de agarrar una buena
montaña.
Por fin, le surgieron pretendientes a la novia. En las Islas Canarias
les gustó la idea, y los avezados políticos de turno se pusieron a ello. Eligieron la
montaña Tindaya en la isla de Fuerteventura y, con el gobierno regional a la cabeza, en
1997 se lanzaron a intentar desarrollar el llamado "Proyecto Monumental Montaña de
Tindaya".
El asunto fue y es un auténtico desastre. Los líos provienen de varias
partes. Por un lado, a los políticos se les acusa de corruptelas, trapicheos y argucias
propias de su condición. No seré yo quien se ponga de su parte. Ellos sabrán cuál es
el verdadero interés que les mueve y que su conciencia les ampare. A fecha de hoy, andan,
gobierno y empresas, sumidos en un laberinto de denuncias y recursos que los jueces tienen
que decidir.
Por otro lado, la mojigatería local, de la mano de los movimientos
ecologistas, decidieron que este proyecto era una aberración. Y es en este punto en el
que quiero detenerme con mayor interés. No en vano, es éste un medio en el que nos
ocupamos exclusivamente de la cosa artística y dejamos otros temas para otros sitios.
El proceso seguido con el asunto Chillida lo he contemplado en muchas
ocasiones. Cada vez que surge la posibilidad de erigir un proyecto ligado a la modernidad,
el bienpensantismo local se hace cruces y enquista sus posiciones. Nada de cosas raras,
por favor. Las esculturas se han de hacer como se han hecho toda la vida. Y, si es
posible, con caballo y armadura. Para ello, no albergan pudor en, incluso, hacer el más
soberano de los ridículos.
El primer argumento que se suele esgrimir en estos casos es el del
faraonismo: esto cuesta un dineral y aquí hay muchas necesidades que atender. Pues no.
Para empezar, no. El Proyecto Tindaya no es faraónico. Las cifras pueden parecer
elevadas, pero eso no son más que unos pocos kilómetros de autopista. Alegan, quienes se
oponen, que Chillida, en su proyecto, no consiente que se trate de rentabilizar
económicamente el monumento. Pues tampoco. Chillida, que es perro viejo, a lo que se
opone es a que le llenen el monumento de chiringuitos, terrazitas y paelleras. Faltaría
más. Esto va contra el espíritu mismo de la obra. No se puede tolerar que lo llenen de
camareros.
Pero la rentabilidad de estos proyectos no hay que medirla por las
cañitas servidas. Un proyecto de esta magnitud es emblemático y, por él mismo, es capaz
de dinamizar la vida económica de una comunidad. En esto, la particular geografía de las
Islas Canarias juega a su favor: están muy lejos de casi todo el mundo y son islas, o
sea, que una vez allí, el fulano de turno no dispone de demasiados sitios a los que
escapar. Esto supone que los turistas, los millones de turistas que aterrizan cada año en
las islas a la búsqueda de sol y playas paradisiacas, se van a dar una vuelta, sin
ningún tipo de duda, para darle un vistazo al Tindaya con su flamante agujero de
Chillida. Entre que van y vienen y por el camino se entretienen, los lugareños van
haciendo caja, que es lo suyo. No visitar el monumento sería como ir a Nueva York y no
echarle una ojeada, cuanto menos de lejos, a la Estatua de la Libertad. Situar un proyecto
monumental de Chillida en un lugar pequeñito y repleto de centroeuropeos es como poner un
caramelo en el patio de un colegio. Porque, conviene decirlo, los alemanes, que son los
que abarrotan las islas hasta el punto de no saber uno si se encuentra allí o en una
calle de Düsseldorf, son devotitos irreductibles de la obra y el espíritu de Eduardo
Chillida. Y no es que los alemanes sean maniáticos, no. Es que saben apreciar lo que, de
verdad, vale. No en vano, Chillida es uno de los cinco escultores vivos más importantes
del mundo con una trayectoria artística y reputación impecables y altamente valorado en
los circuitos artísticos mundiales.
Hacerse con un Chillida es más seguro que tener un lingote de oro en
una caja fuerte del banco. Y no bromeo. Pero esto, claro, necesita de una gestión bien
hecha y con perspectiva. No basta con venderles tortillas de patata a los turistas ni
mecheros con el logotipo del lugar. Hay que gestionar un entorno de manera integral y
disponer de una visión global. La obra se amortiza en menos de cinco años. No lo duden.
Parece ser, vaya por Dios, que Tindaya es una montaña sagrada para los
aborígenes majoreros de la isla. Eso es lo que, al menos, esgrimen, por si el asunto de
los dineros no funcionase, como argumento los detractores del proyecto. Sería una buena
idea que encontrasen un majorero para preguntarle. Porque aborígenes, lo que se dice
aborígenes, nadie ha visto uno hace ni se sabe el tiempo. Y aquí es por donde los
ecologistas han entrado en escena. El carácter presuntamente sagrado de una montaña de
la que nadie recordaba su existencia hasta que Chillida puso su talento sobre ella, unido
a un interés paisajístico importante y a la necesidad de conservar unos cuantos arbustos
que hay por allí, se han convertido en el caballo de batalla.
Yo, he de reconocerlo, siento un gran respeto por los movimientos
ecologistas y me alegro que hayan estado presentes ante no pocas barbaridades y agresiones
cometidas contra la naturaleza y el entorno. Pero en este caso, creo que hierran por
completo. Aquí no hay gran cosa que proteger y, si de verdad lo hay y yo me equivoco, el
proyecto de Chillida ayudará a preservarlas para siempre. De eso, no quepa duda. Si la
obra no se lleva a cabo, es muy probable que la industria minera que se ha dedicado con
ahínco a extraer traquita de la montaña, regrese a lo suyo. En eso están y para ver si
lo consiguen han llegado hasta los tribunales. A ver si los ecologistas ponen en mismo
ímpetu en denunciar su actividad que, por lo general, le suele hacer una buena faena al
medio ambiente.
Particularmente, confieso, por si no se había notado hasta ahora, que
amo la obra de Chillida. Su capacidad para crear poesía con moles de hormigón o acero,
me conmueve. Chillida es sutil, mágico, maravilloso, sólido, potente, delicado, amable.
No me cabe la menor duda de que su proyecto será excelente y que contribuirá a hacer de
las Islas Canarias algo más que un lugar al que ir para tomar el sol. Se convertirá en
un emblema y su imagen será mundialmente conocida. Contribuirá de manera importante y
decidida a la riqueza y la prosperidad de los que allí viven. Desde luego, si ellos no la
quieren, que horaden, por favor, la montaña de al lado de mi casa.
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