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Una de polímeros

por César López Cuadras

Los dos contemplamos, cada cual desde su ventana, un callejón desolado. Aquí nos atrapó la vida, en un frío departamento, con sus brazos de soledad y de vacío. Somos hombres maduros, educados en nuestra infancia y juventud por una madre esmerada y un padre responsable; somos creyentes que cumplen con la iglesia y, en tanto ciudadanos comunes, estamos al corriente en el cumplimiento de nuestras obligaciones fiscales. Nuestra integridad moral, por tanto, debe quedar libre de toda sospecha. La incomprensión, que tiene por madre la conciencia fácil de la vida ajena, ha sido para nosotros fuente perenne de escarnio. Circulan por el barrio todo tipo de especulaciones sobre nuestra vida recogida. Cierto que Dios no quiso darnos, ni a él ni a mí una compañera, que aparte de cumplir con sus obligaciones de ama de casa, nos librara de la maledicencia pública; nos reservó, en cambio, una vida de entrega a las obras piadosas. Hijos de Adán, sin embargo, somos atormentados por las debilidades de la carne, y en esto, cada quien ha tenido que arreglárselas por cuenta propia, sin recurrir a terceros, por supuesto, y no como dicen los rumores que pululan por la calle. Mantener la castidad, es nuestra pequeña epopeya, y el Señor deberá aquilatarla oportunamente. Este esfuerzo ha generado no pocas dificultades entre nosotros. Tal es el caso que actualmente nos mantienen separados, cada quien en su recámara, sin dirigirnos la palabra. Debo confesar la causa pues, desde cierto punto de vista, puedo yo parecer el culpable.

En el mes de enero pasado, aprovechando un remanente del aguinaldo que logré salvar de la vorágine decembrina, fui al mercado de San Juan de Dios con la intensión de comprar un reloj despertador. El Maligno, que en esos enredados vericuetos siempre trasiega, me puso en el camino de la tentación, y en lugar del cronómetro, me traje a casa un utensilio plástico, inflable, de formas semejantes a la anatomía femenina y de postizos cabellos rubios. Durante tres meses, con la tersura que su piel lograba a quince libras de presión, me proveyó de un sucedáneo del amor, sin ninguno de los inconvenientes de la carne y de la vida marital. Por primera vez en mi existencia tuve, por fin, algo que agradecer al progreso concupiscente.

Dormía conmigo. Por las mañanas, dejaba que la válvula liberará los pecados que yo untaba en su piel durante la noche, y arropándola bajo mi bata, la introducía en el baño para darle abluciones purificadoras; ya seca, la guardaba celosamente en mi closet. Como el esfuerzo de inflarla a fuerza de pulmón me restara energía para el momento supremo, retorné al paraíso de la fayuca a proveerme de una pequeña bomba de pedal. Le compré después ropa interior a su medida y un vestido, que caía por las noches a sus pies bajo la pálida luz de la lámpara de mi buró. Le maquillaba el rostro y ungía su cuello con las fragancias de moda. Todo era perfecto.

Un día, al regresar de mis actividades cotidianas, advertí que alguien había hurgado dentro de mi closet, dejando las cosas en desorden. El corazón me dio un vuelco, me volví suspicaz. Comencé a regresar a casa a horas imprevistas, casi siempre sin encontrar novedad alguna, pero de cuando en cuando una huella de evidente ultraje laceraba mi pecho. Fui desde entonces sistemático en mis pesquisas hasta que éstas arrojaron resultados funestos: durante mis ausencias, él se refocilaba con ella. Todo se vino abajo.

Una mañana salí de casa, di vuelta a la manzana y esperé en la tienda de la esquina. Al poco tiempo lo vi entrar de regreso al edificio, siendo que a esa hora debería estar en su oficina. Con el alma agitada, dejé correr unos minutos; subí después al departamento; abrí la puerta lentamente, sin ruido; fui a la cocina y tomé un cuchillo; intenté abrir la puerta de su recámara, imposible: estaba cerrada con seguro. En un arranque de furia, derribé la puerta con violenta patada. ¡Y ahí estaban: desnudos sobre la cama! Cegado por los celos me abalancé sobre los adúlteros, busqué el pecho de la infiel y le asesté sin piedad certera puñalada; quise rematarla, pero ya escapaba por los aires en un zigzag impredecible, y salió huyendo por la ventana.

Y aquí estamos los dos, cada cual en el silencio de su cuarto. Yo he perdido todo, y él ha recogido los despojos de la infamia: ayer vi a través de la ventana que regresaba con ella de la vulcanizadora, trayéndola bajo el brazo. Entre sus senos ahulados, la ingrata mostraba un enorme parche negro, huella indeleble de su perjurio.

 

 

Texto, Copyright © 2000 César López Cuadras. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: domingo, 30 de abril de 2000

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