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Maribelcha, un cuento de amor

por Alberto Vázquez

Cuando Pío Baroja escribió Mari Belcha (1), no era más que un aprendiz de escritor de tan sólo veintitrés años que ejercía como médico en la localidad guipuzcoana de Cestona. Mari Belcha es un cuento muy corto -apenas dos páginas y media- que, aunque formalmente se trata de un texto en prosa, su lectura deja en el lector el poso de la buena poesía. Un médico maduro observa a una mujer joven y su observación evoca en él sentimientos afectuosos, de grato recuerdo.

El entorno geográfico descrito en el cuento es el propio de una población rural: el caserío, las vacas pastando hierba en el prado familiar, las ferias periódicas celebradas en el núcleo urbano a la que los habitantes de los caseríos acuden a mercadear... Nada hace pensar que no pueda ser la propia Cestona el escenario del relato. La producción posterior de Pío Baroja nos ha enseñado algo: el escritor sólo escribe lo que ve. No hubiera escrito La ciudad de la niebla de no haber visitado Londres; Pío Caro Baroja señala a quien lo quiera escuchar, cómo su tío tenía desperdigadas por una de las estancias de Itzea, en Vera de Bidasoa, numerosas estampas que le servían de referencia para la creación de sus personajes, algunas de ellas traídas incluso de París.

Mari Belcha es una mujer muy joven, una adolescente de no más de doce o trece años (tu pecho no tiene relieve), que no responde al estereotipo de mujer bella imperante en el final del siglo XIX ya que tiene la tez morena por el sol (2), además de la mentada ausencia de curvas notorias. Las descripciones realizadas por Baroja de ella, no son demasiado afortunadas en su forma, a pesar de que el autor ha pretendido ser poético o, quizá, por ello: eres blanca como los corderillos cuando salen del lavadero, y rubia como las mieses doradas del estío... o tus ojos tienen la serenidad de las auroras tranquilas de otoño y tus labios el color de las amapolas de los amarillos trigales. ¿Por qué Baroja es aquí tan deliberadamente afectado, cuando en su obra posterior rara vez comete el mismo error? La situación personal del autor en el momento de escribir el relato nos da la clave a esta cuestión.

El texto es decididamente autobiográfico. El tono poético del relato, evocativo y rememorador, invita a la confesión. El narrador es el propio Baroja que, siendo él el médico del pueblo, no realiza demasiados esfuerzos para enmascarar su identidad: le basta asumir una edad que no le corresponde y convertirse en un hombre maduro, el medicuzarra o médico viejo, personaje real que convivió con Baroja en Cestona y que, al parecer le incomodó suficientemente como para ser una más entre las razones que le llevaron a abandonar el ejercicio de la medicina.

Baroja se siente afectivamente unido a Mari Belcha. La hace nacer el día de Reyes, un día con especial significación en el calendario católico. Él mismo había nacido el día de los Santos Inocentes. La dibuja cercana a su figura. Él es el médico que asiste a su madre en el alumbramiento y renuncia al cobro de sus honorarios por simpatía hacia la recién nacida: los Reyes, advertidos de tu llegada, pusieron una moneda, un duro, en la gorrita que había de cubrir tu cabeza. Quizá era el mismo que me habían dado en tu casa por asistir a tu madre... Este pasaje, de un tono poético superior a las descripciones relativas a la fisonomía de la protagonista, enmienda el de aquellas.

Varias imágenes más abundan en la atmósfera lírica del relato. En el momento de nacer Mari Belcha, Baroja observa por la ventana el monte lleno de nieve y las bandadas de tordos que cruzaban el aire, en la casa todos aguardan el momento al lado de la lumbre mientras la abuela, con las lágrimas en los ojos, calentaba las ropas que habías de vestir y miraba el fuego pensativa.

Inmerso el relato en un tono marcadamente melancólico, incluye Baroja, con suma brevedad, un cuestión de carácter filosófico que termina de construir el ambiente poético. ¿Por qué lloran los hombres cuando nacen? ¿Será que la nada, de donde llegan, es más dulce que la vida que se les presenta? Nadie explicita la respuesta porque nadie la espera. Pero no por ello no puede deducirse de la propia pregunta una visión negativa de la vida o, cuanto menos, del momento vital de Baroja en el instante de construir el relato. La nada, la no existencia, es posible que sea preferible a la vida tal como la vive el autor, alejada del amor y de la compañía. Nada es el lugar de donde se viene y nada -para un agnóstico como Baroja- es el lugar de destino. Y el camino de tránsito entre una nada y otra se le aparece amargo y pesaroso.

En el relato sólo tienen nombre propio tres personajes: las dos vacas (la Gorriya y la Beltza) (3) y la propia protagonista (se citan otros nombres pero son personajes que no intervienen en la acción). Es significativo que en un cuento de poco más de dos páginas, con sólo tres personajes denominados, dos de ellos se llamen igual. Esto puede tener dos interpretaciones. Una de ellas, que sea una simple coincidencia y que, por lo tanto, carezca de interés, y otra, que Baroja, deliberadamente, dé el mismo nombre a los dos personajes. El escritor donostiarra podría ser primerizo en las lides de la escritura, pero un detalle así no se le habría escapado. Los nombres tienen su importancia en la historia familiar del los Baroja. Todos se llaman igual: Pío, Ricardo, Carmen, son nombres que se van repitiendo en sucesivas generaciones. El interés de la familia Baroja por las denominaciones es, de manera especial, cuidado. Pío no había de ser ajeno a ello. Consciente o inconscientemente, otorga valor a los nombres. Un valor simbólico que sugiere asociaciones no explicitadas en otro lugar del texto.

A cada una de las vacas se les adjudica un carácter en el relato. La Gorriya es tonta: ¿por qué cierras los ojos, esos ojos tan grandes y tontos?... No muevas la cola. En cambio, la Beltza tiene el carácter opuesto: qué negra..., qué mala... A ésta no la queremos. Mala, de algún modo, piensa Baroja que es también Mari Belcha. Mala porque no responde a sus sentimientos, porque no los corresponde y se oculta cuando aparece el escritor. Así, el negro adquiere un valor negativo continuo. Ya al principio del texto, se nos dice que la protagonista vive en un negro caserío. Hemos de entender que se trata, en realidad, de un sucio caserío o, en todo caso, de un ruinoso caserío, ya que si lo entendemos en el sentido literal, Baroja falsea la realidad: es prácticamente imposible encontrar un caserío negro en toda la geografía vasca. Este último supuesto no parece probable. No es propio de Baroja inventar una descripción cuando la puede tomar de la realidad. Y ninguna realidad más cercana al Baroja de Cestona que los blancos caseríos que jalonan el ámbito rural vasco.

En definitiva, María la Negra vive en un caserío negro y tiene una vaca mala de nombre Negra. Un halo de negatividad envuelve el relato. Un ambiente negativo que tiene origen en el verdadero tema del texto: la imposibilidad para Baroja de establecer una relación con Mari Belcha, a pesar de ser ese su deseo íntimo. En un momento del relato, para explicar su azoramiento al verla, se confiesa: ¿y sabes por qué?... si te lo dijera, te reirías... Yo, el medicuzarra, que podría ser tu abuelo; sí, es verdad. Si te lo dijera te reirías. Pero Baroja no es el médico viejo de la historia. Él es joven, suficientemente joven para Mari Belcha. No obstante, su confesión parece sincera. Es el sentimiento verdadero de Baroja. Azorado y vergonzoso, no se atreve a revelar sus sentimientos a la que es objeto de su deseo.

La relación de la joven con el hermano pequeño, un niño que ya habla y que Mari Belcha sujeta siempre en brazos mientras pasea por el prado cercano, también es evocada con entrañabilidad por Baroja. Pero este sentimiento es dirigido sólo hacia la mujer. Baroja no simpatiza con el niño. Lo dibuja dueño de un mal humor que la joven ha de distraer mostrándole las vacas cercanas. Después de calmarse con la conversación amable de Mari Belcha y con las caricias que ésta dedica a la vaca Gorriya, Baroja lo devuelve a su mal humor (luego se acordó de que tenía mal humor y empezó a llorar). El escritor, celoso por ser el hermano el depositario de los afectos de Mari Belcha, se resiste a ofrecernos un retrato amable de su persona. Desea ser él y no el niño, el destino de la bondad y del cariño de la joven. El regreso al mal humor del chico y su llanto inmediato, provoca en Baroja el mismo efecto: yo también empecé a llorar no sé por qué. A partir de aquí, comienza el final del cuento, punto crucial en el que Baroja plantea su pesar. Ante la actitud pensativa y lejana de Mari Belcha, el viejo médico, tras el que se oculta el escritor, se duele ante la íntima certeza de que la joven no tiene lugar, en sus pensamientos, para él.

¿Qué tipo de atracción ejerce en el joven Baroja, Mari Belcha? Por un lado, es indudable que se sentiría atraído por el encanto de su persona. Él la considera muy hermosa y le adjudica calificativos que, siendo inexistente su relación personal (se esconden el uno del otro cuando se ven), no podía sino imaginar: eres buena y cariñosa. En realidad, Baroja desea que el objeto de su deseo sea bueno y cariñoso. Pero es eso, un deseo, no una constatación.

Por otro lado, tengamos un hecho muy presente: Baroja es un hombre muy joven, tiene veintitrés años, quizá veintidós. Su sexualidad ha de hallarse en toda plenitud y el escritor, debido a su soltería, tiene escasas posibilidades de desarrollarla. No sería arriesgado aventurar que Baroja se siente sexualmente atraído por Mari Belcha. La teoría más plausible es la de que desea a Mari Belcha sin menoscabo de ninguna de las posibilidades que el deseo entre dos seres humanos ofrece.

Pero, no lo olvidemos, ambos protagonistas se rehuyen el uno al otro: Y ahora te escondes cuando paso, cuando paso con mi viejo caballo. ¡Ah! Pero yo también te miro ocultándome entre los árboles. ¿Por qué Pío Baroja y Mari Belcha no llegan nunca a unirse? Pueden esbozarse varias posibilidades: Baroja no logra reunir nunca los arrestos suficientes para, haciendo frente a sus sentimientos, comunicárselos a la interesada. O bien, la muchacha es demasiado joven, y Baroja, lejos de la decisión de su compañero de generación, Antonio Machado, para establecer una relación formal y pública con una adolescente, no se atreve a dar ningún paso en dicho sentido. O, lisa y llanamente, la muchacha no muestra por el escritor el menor interés.

Baroja sufre en silencio. Incluso llora en momentos en que la ternura demostrada por la muchacha hacia su hermano pequeño, afecta a su sensibilidad. Sufre por su amor no correspondido pero alberga hasta el final una esperanza ínfima, aunque desesperada e inútil. Así lo señala cuando escribe que lo que los ojos de Mari Belcha ven es en el interior del alma, en esas regiones misteriosas donde brotan los amores y los sueños... Amores y sueños no destinados a Baroja. Conocedor, como hombre cabal que era, de la imposibilidad de su relación, dibuja Baroja su presencia en el relato como la de un hombre viejo que podría ser el abuelo de Mari Belcha, no el hombre joven que en realidad es. Plasma así la certeza que, a lo largo de toda la narración, alberga. El hombre anciano que es, nunca atraerá el interés de Mari Belcha, no desde luego hacia los terrenos amorosos que Baroja desea. Por eso, llora y sufre en silencio, oculto entre los árboles.

Cualquiera que sea la razón verdadera por la que los destinos de los dos jóvenes no confluyeron jamás, nos queda este bello relato de un hombre enamorado, deseoso del amor y de la compañía de una mujer, que se duele de su triste destino. Un hombre que, a pesar de saber su amor imposible de ser correspondido, inicia y termina este poema de amor -o, mejor, de desamor- con la misma pregunta: ¿en qué piensas, Mari Belcha, al mirar los montes lejanos y el cielo pálido? ¿Quizá en el pobre Pío?

______________

(1) Utilizamos la versión aparecida en BAROJA, Pío. Mari Belcha y otros relatos. Aguilar, Madrid, 1995.

(2) Baroja, sin duda debido a su inexperiencia como escritor de ficción, cae en una contradicción al señalar que, en la protagonista, la cara está morena por el sol, cuando un poco antes ha señalado que es blanca como los corderillos.

(3) la Roja y la Negra, en vasco. Es significativo observar que el nombre propio Beltza aplicado a la vaca, Baroja lo escribe respetando la grafía vasca. Por el contrario, cuando se trata de una persona lo hace castellanizando el nombre, Belcha. Respecto a este tema, merecería la pena profundizar más e indagar en el porqué de esta distinción que realiza un Baroja seguro conocedor de la lengua vasca, como el escritor y traductor Felipe Juaristi se ha encargado de señalar ("El Diario Vasco", San Sebastián, 23/08/1996).

 

 

Texto, Copyright © 2000 Alberto Vázquez. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: domingo, 30 de abril de 2000

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