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Cómo mirar un cuadro y contarlo para vivir por
Alberto Vázquez
Lo reconozco. Cuando hace unos
años se dijo que en Bilbao iban a construir un museo de la saga Guggenheim, yo fui de los
que se pusieron hechos unos basiliscos. La cosa no era para menos. En un territorio (el
vasco) con unas estructuras culturales más que defectuosas, con notables carencias en
infraestructuras y equipamientos y una efervescencia creativa que bullía por todos lados,
la operación Guggenheim nos venía, cuanto menos, grande. Los 15.000 millones de pesetas
(85 millones de dólares norteamericanos) que el contribuyente iba a aportar en la jugada
eran un dinerito. Todo esto unido al hecho de que en este país siempre se ha visto a los
americanos como nuevos colonizadores y portadores de una cultura netamente inferior a
nuestra excelsa europeidad, hizo que la cosa estuviese hecha. Hubo momentos, recuerdo, en
los que estar de acuerdo con la construcción del Museo Guggenheim Bilbao era considerado
poco menos que una traición capital.
Ahora, años después del inicio de la creación del museo y tan sólo
dos y medio tras su inauguración, he de decir que me trago mis palabras pasadas, una a
una. La operación Guggenheim ha tenido un éxito que ni ellos mismos se esperaban. El
museo se ha convertido en un chorro de dinero incesante que llega a nuestras arcas sin
parar, la ciudad ha resurgido de sus cenizas tras una reconversión industrial brutal (una
manera suave de decir que aquí ya no construimos casi nada) y se ha transformado en la
ciudad de moda. Si a esto le añadimos la proximidad de San Sebastián, el lugar en el que
mejor se come del mundo, la cosa está hecha. Véngase usted al País Vasco, que le vamos
a alimentar el alma y el estómago como nadie lo ha hecho jamás. Y es verdad, lo hacemos.
Eso sí, la cosa no le va a salir gratis.
Porque de eso se trata el asunto. El plan era sacarle a usted todo su
dinero en el menor tiempo posible y se está cumpliendo a rajatabla. Esta es una de las
mayores jugadas del comercio de los últimos quinientos años.
A ver, situémonos. Disponemos de un producto invendible que
necesitaría de un verdadero milagro para concretarse en beneficios. Eso es un hecho. Todo
el Museo Guggenheim es fabuloso. Desde el edificio hasta la colección. Desde la
cafetería hasta la chaqueta de las azafatas. Genialidad comprimida hasta aturdir. Buen
gusto y saber hacer. Pero el Guggenheim es invendible. Uno, que se precia de haberse
movido en ambientes de arte moderno y contemporáneo desde niño, sabe de lo que habla.
Vivimos en un país de analfabetos visuales y eso no hay quien lo mueva. He visto día a
día, mes a mes, año tras año, cómo excelentes muestras de arte contemporáneo pasaban
sin pena ni gloria por nuestras ciudades. Salas desiertas, programadores desesperados,
dinero tirado a la basura. Eso ha sido el panorama de nuestro arte en las últimas
décadas. Y la razón no ha sido otra que la de que el arte moderno siempre le ha
importado un carajo a nuestros conciudadanos. Hechos.
Pero, al grano, en octubre de 1997 la cosa cambia de una manera radical.
En Bilbao se cuelga una de las colecciones más fabulosas y, al mismo tiempo, complejas,
que hay sobre la faz de la tierra. Al producto se le da una envoltura absolutamente pasada
de rosca de la mano del gran arquitecto Frank O. Gehry, se contratan las taquilleras y los
camareros, y a verlas venir. Es aquí, en este preciso instante, cuando se produce el
milagro. El cielo gris de Bilbao se abre en dos y una luz cegadora resplandece en las
placas de titanio que, cual escamas mastodónticas, recubren el edificio en su casi total
superficie. Los ángeles comienzan a cantar y su tintineo resuena en nuestras arcas hasta
el fin de los tiempos. Al menos, de momento, no ha cesado. Y que siga, alabado sea el
Señor. Lo dicho, un milagro en toda regla.
La madre de todos los chollos. Tiene que haber por ahí una docena de
ciudades cuyos ediles se dan cabezazos contra la pared del despacho un día sí y otro
también por no haber tenido ellos la idea (o la valentía, o la inconsciencia, o un poco
de ambas) de negociar con la Solomon R. Guggenheim Foundation un edificio para su ciudad.
Estamos hablando de que dentro de unos meses el museo estará amortizado en su totalidad.
El dinero que pusimos para montar el asunto ha sido recuperado en un tiempo récord.
Fenomenal, ¿no? Bien, ¿y de dónde creen ustedes que sale este dineral? Sí, sí, no
sean retorcidos. La más sencilla de las respuestas no es la respuesta equivocada. El
dinero sale del millón de visitantes anuales que abren la puerta del museo con la
billetera en la mano dispuestos a gastarse hasta el último billete. Porque eso sí, el
visitante del Guggenheim no viene con el bocadillo debajo del brazo, no. Tiene suficiente
poder económico como para comer en cualquiera de los restaurantes cercanos. Y compra
libros y toma taxis y coge aviones y reposta gasolina y bebe copas y... Impuestos,
impuestos, impuestos. Recaudación, recaudación, recaudación.
Pues sí, así están las cosas. Yo mismo, en varias ocasiones he ido al
museo y me he dado la vuelta por no esperar la cola enorme de la entrada. La primera vez
que vi la fila humana esperando entrar al edificio como quien espera para montar en una
montaña rusa, me quedé estupefacto. Yo nunca jamás había tenido que aguardar turno
para entrar en un museo de arte moderno. Increíble pero cierto. Ahí estaban cientos de
personas aguardando para pagar religiosamente y ver obras de Franz Marc, Egon Schiele,
Jean Arp, László Moholy-Nagy, Piet Mondrian, Willem de Kooning, Robert Motherwell,
Clyfford Still, Julian Schnabel y unos cuantos más de su calaña. Me juego dos docenas de
percebes con quien quiera a que la mayoría de los allí concentrados no tenía ni la más
remota idea de por dónde respira ninguno de los citados o por citar. Y gano seguro.
¿No han montando ustedes nunca en una montaña rusa? Yo sí, en varias
de ellas, algunas de ellas demenciales. ¿Disfrutó usted? Yo no. Sentí miedo, pánico en
ocasiones, y una sensación de estar poniendo en peligro mi vida de manera innecesaria.
Pero cuando uno va en grupo a un parque de atracciones, a ver quién es el guapo que aduce
miedo para quedarse en tierra. Y lo de que el perrito caliente me ha sentado mal es una
excusa que sólo se puede utilizar en un par de ocasiones. Así que valor y al toro. Eso
sí, la experiencia de contar lo bien que nos los pasamos es inigualable. Te da
presencia, empaque, te coloca en el mundo de los vivos, ¿no? ¿Usted no se ha montado
nunca en el Dragon Khan, maldito provinciano? ¿Pero en qué mundo vive, hombre de Dios?
Claro que, bien pensado, un parque de atracciones es un parque de
atracciones. Tampoco hace falta estar doctorado por una universidad extranjera para
comprender su esencia. Vas, pagas y adentro. Más o menos como en el Guggenheim. Aguardas
pacientemente la cola para entrar, esperas a que la amable señorita de la entrada te
corte el ticket y a salir corriendo para coger sitio frente a los mejores cuadros. No hay
cosa más decepcionante en la vida que no encontrar un buen sitio para mirar durante diez
segundos un Rothko aunténtico. Siempre hay una señora gorda de Cincinnati
entorpeciéndole a uno la serena contemplación. En esos casos, siempre es mejor decidirse
por las esculturas que, al poderse rodear, les saca uno más partido. Y si son grandes,
miel sobre hojuelas. Buena idea la de exponer a Richard Serra. Planchas de acero bien
cortadas y en su sitio. El tamaño justo para que todos podamos aprovechar al máximo el
precio de la entrada. O la mascota de Koons. A lo grande y con flores en primavera. Eso
sí, en cuanto a los Kandinsky, yo sería partidario de quitarlos. Son demasiado pequeños
y no se ven nada bien. Además no se entienden demasiado con tanta línea y tanto
círculo. Sí, sin duda lo mejor de todo es Warhol, a éste si que se le entiende. Incluso
la señora gorda de Cincinnati ha asentido levemente al observar un retrato doble de
Elvis.
Como todo lo bueno, nuestra feliz estancia en el Museo Guggenheim Bilbao
se acaba pronto. Hemos de conducir aún durante diez horas para llegar a casa. Pero ha
merecido la pena. Mañana en la oficina lo contaremos todo con pelos y señales.
¿Fútbol? ¿A quién le interesa eso? Nosotros estuvimos montados durante unas horas
deliciosas en una montaña rusa de piedra y titanio. Y en la máquina del café sacaremos
nuestro flamante catálogo que abriremos con sumo cuidado y actitud casi ceremonial para
que los palurdos del trabajo conozcan de una vez para siempre qué es lo que uno debe
saber para moverse por este mundo. Mira, esto tan raro es un Braque y eso tan gracioso un
Klee. Y, espera, espera, que ahora viene lo bueno. Sé que os va a parecer mentira, pero
la foto de este pedazo de hembra desnuda estaba colgada de una de las paredes del museo.
La hizo un tal Robert Mapplethorpe que creo que ahora ya se ha muerto, aunque no estoy
seguro.
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