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Los locos de Chile

por Luis Miguel Madrid

El avión bajó como si le hubiera picado un bicho. Los Andes se acabaron tan de repente como si hubieran sido Los Montes de Toledo y tras el repente, a mano izquierda, apareció Santiago y un recuerdo tan inexistente que servía para volver a pisar sus calles nuevamente.

Al poner los pies recordé la foto de Salvador Allende en metralleta con fondo de balcón presidencial, aunque la rabia se marchó mientras miraba el diciembre en pie de soles a pesar de los pesares. Después de un rato, la ciudad se convirtió en un poblado de maderas coloquiales que llamaban Lo Macul y que parecía un barrio de por fuera. Por allá se comía pollo y se bebía cerveza como en el Paseo de la Florida, pero el rumor húmedo de las aceras hablaba chileno y se reía y se callaba en puro chileno junto al amigo que no miraba desde hacía años y que en esos días rejuveneció un quinquenio.



Las tardes así pasaron lentas como si semanas fueran, quizás para que los recuerdos se agarraran fuerte en el baúl de los tantos años que van pasando.

En el tiempo que anduve por allá había más milicos que por acá; también había más volcanes y más luces y más pájaros y peces de todas clases. Y el agua era más clara y había montones de islas y las personas hablaban de cosas más importantes y aunque bailaban más lento, se miraban más.

Decidimos recorrer, pero no a lo ancho, por lo que fueran a decir.



Tropezamos con Guanaqueros, Isla Negra o Zapallar. Todo era grande, sabroso y nuevo como la ropa heredada del abuelo. La vida se convirtió en una ensalada de erizos que aliñábamos a diario poco antes de la hora de comer. Tras el café uno comenzaba a instalarse en el lugar donde las conclusiones sirven al menos para hablar: Los ojos de los araucanos son los lagos que la lava desenterró y que cambian de color al escuchar el quechua. También conversábamos de Valparaíso, el lugar donde uno va si quiere cambiar de año.

Desde los barcos enchufan los fuegos de artificio que parpadeando te señalan y tras la madrugada uno se ve con barba de tres días y en la piel el rastro de los años transcurridos, para adelante o para atrás, según la conveniencia del solicitante.



Cuando me da por recordar cosas que no existen se me vienen a la cabeza los famosos picorocos y después, las playas de Tongoy, el puerto y los piures recién aserruchados. Me pongo sentimental y se me aparecen por las laderas de la memoria las bandejas que jamás terminé de mariscal, las acompañan dos botellas de vino blanco, unas jaivas y el retrato de un escaparate en el que siempre anunciarán el chupín de congrio.

Aquellos rastros del sueño lindan al norte con el Valle de Elqui, el lugar en el que el pisco es un brote de conversa y al sur con Puerto Montt, famoso porque las tazas de té se rellenan con los doce o los trece grados de una jarra de vinillo que sacan de la nevera y las bandejas de ostras nunca tienen menos de tres pisos. Al sur del sur está Chiloé, donde los niños atrapan merluzas de un metro con imperdible y cuerda de envolver y los pescadores cuentan las historias más realistas del mundo. Allí y entonces escuché aquella en la que un año tuvieron que recolectar los mejillones de los árboles. La explicación costó una botella de pisco, aunque fuera tan simple como que había subido tanto y durante tanto la marea que a los mejillones no les quedó más remedio que procrear sobre las ramas de los árboles anegados y cuando al fin, bajaron las aguas, los suela de zapato inundaban las ramas de los árboles más próximos al mar.



Es difícil bañarse en el Pacífico, más que por el frío, por encontrar un hueco en el que no haya nada mejor que hacer que refrescarse la tripa, pero el paseo del atardecer entre las picuillas y los trozos del sol caído a cachos, deja en el reborde de las pestañas un qué sé yo que no se olvida.

Cuando oscurece, las aves desaparecen envueltas en carcajadas pero los trozos del sol se quedan sobre la arena. Y aunque a esas caracolas llaman locos, la verdadera locura sobreviene cuando recuerdo aquel sabor inexistente y no lo puedo concretar.

 

 

Texto y fotografías, Copyright © 2000 Luis Miguel Madrid. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: domingo, 30 de abril de 2000

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