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Un paraíso en el norte de Europa: expedición
científica a la península de Kola por Rafael Araujo
Un grupo de científicos
europeos dirigidos por el Dr. Valerij Ziuganov recorren los cursos de los ríos Pana y
Varzuga en la península de Kola, la región más noroccidental de Rusia. Es un paraiso
natural en el que reinan los salmones y la margaritífera, una almeja que puede alcanzar
los 15 centímetros de largo y vive más allá de los cien años.
Cuando se trata de narrar un viaje a la Península de Kola, tal vez
convenga precisar su localización. Kola es una lengua de tierra de 100.000 kilómetros
cuadrados situada al este de Finlandia y que en su discurrir encierra al sur un pequeño
mar, el Mar Blanco. Al norte, el Mar de Barents comunica aquel con el Ártico. Se trata de
la región más noroccidental de Rusia y una tercera parte de su superficie se sitúa al
norte del Círculo Polar.
Gracias a la amable invitación de una expedición sueco-rusa, hemos
podido conocer parte de aquella lejana región, cruzando su taiga a lo largo de 140
kilómetros. Durante 12 días, 10 personas procedentes de Suecia, Rusia y España
descendimos los ríos Pana y Varzuga en embarcaciones neumáticas. Nos dirigía el Dr.
Valerij Ziuganov, investigador de la Academia de Ciencias de Moscú y gran conocedor de la
fauna y flora de su país.


Foto 1: El "Lago Azul", en el camino entre la ciudad de
Umba y el campamento de pesca, es conocido en Kola por la gran calidad de sus aguas.
Foto 2: Horizonte sobre el límpido cielo de la taiga.

El objetivo de esta expedición a uno de los últimos refugios de una
naturaleza todavía virgen era conocer más sobre la riqueza en salmones de sus ríos y la
de un singular animal asociado a aquéllos, la náyade Margaritifera margaritifera,
una almeja de agua dulce de hasta 15 centímetros de largo que en los ríos de Kola
alcanza concentraciones enormes.
Del salmón poco podemos decir que no se conozca. Su abundancia indica
una excelente pureza de las aguas así como un régimen natural de los cursos donde
habita. Desde hace años sabemos también que es una especie necesaria para la
supervivencia de aquéllos otros habitantes de los ríos, y no menos importantes, las
margaritíferas. Estos moluscos han sido perseguidos por el hombre al menos desde la
época romana, de forma que algunos autores relacionan la invasión de Britania por Julio
César con la existencia de grandes bancos de margaritíferas. No sólo en Escocia, Gales
e Inglaterra, también en Alemania y América del Norte se han perseguido las
margaritíferas por sus perlas, aunque para encontrar una deben abrirse casi 3.000
náyades. Sobre la enorme riqueza y posterior disminución de las poblaciones de esta
especie puede hablarnos la siguiente cifra: entre 1814 y 1857, se recogieron 158.800
perlas tan solo en la región de Baviera.
El tipo de reproducción de estos animales es muy particular. Los
ejemplares adultos liberan al agua millones de minúsculas larvas, denominadas gloquidios,
que pasan varias semanas enquistadas en las agallas del salmón, transformándose allí en
juveniles que luego se desprenderán para vivir libremente en el fondo del río. Los peces
así infestados no sufren ningún perjuicio, pero colaboran pasivamente a distribuir las
poblaciones de náyades, cuya actividad biológica sobre aguas y sustrato potencia a su
vez la presencia de salmones. Conocida esta dependencia, queríamos comprobar la realidad
de la proverbial longevidad de estos moluscos. Un estudio detallado de la estructura
microscópica de las conchas nos dirá cómo crecen y, sobre todo, cuantos años llegan a
vivir. Tan sólo una docena de especies en todo el reino animal, incluyendo el hombre, el
elefante y algunas tortugas, viven más allá de los 100 años; probablemente Margaritifera
margaritifera pueda vivir asimismo más de un siglo en estas latitudes. Siendo así,
como parece demostrado, el estudio de su metabolismo sería de gran interés en la
investigación médica. Conocer la base genética de su resistencia a enfermedades e
infecciones puede ser fundamental a la hora de entender el problema del envejecimiento.


Foto 3: Navegando por el río Varzuga.
Foto 4: Mina de amatistas abandonada frente al Mar Blanco. Los efectos negativos de su
explotación sobre la población de salmones han provocado su cierre.

La actual degradación de los hábitats en Europa septentrional, la
alteración de sus aguas por la lluvia ácida y otras consecuencias de la civilización,
están acabando con lugares que, como la Península de Kola, mostraban un paisaje que nos
había llegado en su forma más primigenia. Hace no muchos años, quizá sólo unas
decenas, el mismo ecosistema se extendía sobre gran parte del norte de Europa. Nos
consideramos afortunados por haberlo conocido, y mostrarlo, en nuestra incapacidad de
cronista, es una obligación y un placer si ello sirve para valorarlo y conservarlo.
La ciudad de Murmansk, al norte de la Península de Kola, se sitúa a
mitad de camino entre Moscú y el Polo Norte, 200 kilómetros por encima del Círculo
Polar. Aunque probablemente sea bastante desconocida, algun lector tal vez haya oído
hablar de los cementerios de submarinos rusos y de la flota de naves nucleares que jalonan
el río Tuloma, en cuya bahía se construyó la ciudad en 1916 como centro estratégico
hacia el paso del Norte. El iniciado puede también saber que la contaminación nuclear
tiene un nombre: Monchegorsk, quizá la ciudad más contaminada del planeta. En las
escasas guías existentes sobre Kola se habla de Monchegorsk como de una urbe
ecológicamente devastada. Además, su especial ubicación hace que los humos de sus
fábricas deriven hacia la vecina Finlandia, repartiendo el mal regalo de unas lluvias
ácidas que asuelan los bosques del norte. Por si ésto fuera poco, la Península de Kola
alberga la mayor concentración de fuerzas navales y militares del planeta y recientemente
ha sido escenario de al menos dos grandes detonaciones nucleares, la primera de un
kilotón y la segunda de cuatro.
Llegamos al aeropuerto de Murmansk tras un largo viaje vía Paris y
Leningrado, y tardamos varias horas en cruzar en coche la península en dirección sur,
hacia la ciudad de Umba, lugar de inicio de la expedición. Umba está en plena taiga, ese
bosque de abetos, pinos y abedules que se extiende por todo el Hemisferio Norte y que
representa la mayor masa arbolada de la Tierra. La desembocadura del Río Umba en el Mar
Blanco es un estuario de gran belleza en el que, a falta de montañas, las masas de
coníferas limitan el horizonte. Umba, ciudad atrasada desde el punto de vista europeo de
hoy, podría recordarnos el tipo de vida de hace unas décadas en los pueblos más
aislados.
Dos días preparando el material en un austero piso de un edificio
típicamente soviético sirvieron para llenar un viejo camión del ejército; éste nos
llevaría a nuestra primera estación, un campamento de pesca en las orillas del Río
Pana. Ningún automóvil convencional podría viajar por las malas carreteras y cruzar los
ríos que separan Umba de este maravilloso lugar, habitado solamente por adinerados
extranjeros que pueden venir aquí a cazar y pescar, disfrutar de la soledad y de unos
paisajes de ensueño. Dos jóvenes atienden amablemente el campamento: varias cabañas con
ducha y calefacción alimentadas por un grupo electrógeno. Su continuo sonido nos indica
que las comodidades de la civilización están disponibles en tan alejado rincón del
planeta.
El sonido más presente, sin embargo, es el del río, ese oscuro río
Pana en el que los continuos saltos de los salmones agitan su negra superficie. En las
orillas, la taiga se cierra en hileras arboladas sobre un suelo rico de turba donde crecen
infinidad de arbustos de coloreadas bayas y enormes setas. Serán parte de nuestra dieta
diaria, acompañando los platos de salmón y la carne de renos y patos que cazamos durante
la expedición. La escopeta de Valerij, cuya canoa iba en cabeza a lo largo del viaje por
el río, fue de gran utilidad para alternar el monótono salmón, aunque de calidad
superior, con los patos salvajes. La sabiduría de Viktor, su asistente, las recetas de
Katia, mujer de Valerij y el buen hacer de los expedicionarios suecos hicieron del salmón
y de su caviar una delicia que se añora a los pocos días de no disfrutarla.
Teníamos previsto montar cinco campamentos durante el descenso de los
ríos Pana y Varzuga hasta su desembocadura en el Mar Blanco. Los 25 primeros kilómetros
se hicieron largos y duros, pero bellísimos. La soledad que se experimenta en una
pequeña canoa por el río virgen es un sentimiento maravilloso. Los calambres y dolores
musculares provocados por la falta de práctica se disipaban con los comentarios de los
compañeros, los saltos de los salmones o el paisaje. La corriente nos hacía bajar sin
mucho esfuerzo, pero el tiempo no permitía abandonarse a su ritmo. El golpe de remo
debía ser constante y acompasado. Aunque algunos rápidos nos dejaban avanzar con una
velocidad inusual, las rocas que asomaban amenazadoras obligaban a poner todos los
músculos en tensión para dirigir la frágil canoa. En ocasiones una zona de bajíos no
posibilitaba navegar pero, empujando las embarcaciones a pie conseguíamos salir y volver
a deslizarnos por el río.


Foto 5: La cocinera de la expedición, Katia, en el campamento nº
2, al anochecer.
Foto 6: Los campamentos se establecían en virtud de la densidad en las poblaciones de
salmones y margaritíferas. En la foto el autor del reportaje.

El primer campamento se inauguró con un brindis de vodka. La cena a
base de caviar, salmones a la parrilla, pan, el café, hecho con agua limpia del río y la
conversación en la hoguera, llenaron aquella acogedora noche polar.
Amaneció un día gris. Queríamos inspeccionar el fondo del río para
buscar las poblaciones de margaritíferas. Para ello, bien con gafas de bucear, metiendo
la cabeza en las frías aguas, bien sumergiéndonos en el río con un traje seco,
prospectábamos el fondo para sacar los ejemplares. Mientras tanto, el equipo sueco
obtenía los primeros resultados sobre las poblaciones de salmones. Con un ingenioso e
incruento método de pesca eléctrica contaban el número de juveniles y así estimaban el
total de la población. El último año entraron sólo el el Río Varzuga más de 60.000
salmones, cifra impresionante si la comparamos con los escasos 2.000 que se pescan
anualmente en todos los ríos españoles.
La zona era ya conocida por Valerij, que había estimado el número de
ejemplares de margaritífera en más de 100 millones a lo largo de unos 200 km de río. La
enorme densidad de margaritíferas adultas, que emergían del fondo de grava como oscuras
banderas enfrentadas a la corriente, y su labor filtradora, así como la oxigenación que
producen en el lecho del río con sus lentos movimientos, hacen de estos ríos el lugar
ideal para la puesta del salmón. Las hembras de dicho pez son muy selectivas a la hora de
soltar su preciada carga, posteriormente regada con el esperma de los machos en un
terrible y agotador baile que se desarrolla en los fondos del río a partir del mes de
agosto. La puesta así fertilizada pasará varios meses bajo la espesa capa de hielo con
que el río se cubre en otoño. En el interior de cada huevo se producirá el milagro que
en primavera, dará lugar a un alevín. La abundancia de "parrs", como se conoce
a los salmones jóvenes, será uno de los indicadores principales del estado de la
población. Los salmones pasan en el Varzuga de tres a cinco años hasta que salen al mar
a partir de junio, y viven aproximadamente 8 años.


Foto 7: El espectáculo de los catamaranes y canoas descendiendo el
río Varzuga era de gran belleza.
Foto 8: Orilla del río Varzuga, en la taiga, donde crecen abetos pinos y abedules.

Encontramos ejemplares juveniles de margaritífera, y llevamos unos
pocos para realizar estudios genéticos que nos darán interesantes pistas sobre el origen
de las poblaciones de Kola y su relación con otras más meridionales, como las de los
ríos del noroeste español, Irlanda, Alemania y Escocia. Solamente en Finlandia, y quizá
en algún río de Suecia, se pueden localizar poblaciones de margaritífera tan ingentes
cono las de Kola.
Las observaciones continúan a lo largo de nuestro viaje y siempre
hallamos una interesante relación entre las "camas" de margaritíferas y las
poblaciones de salmones.
El descenso del río prosigue y nos hace descubrir nuevos parajes y
cambios en la geología del paisaje. Grandes islas y cañones se alternan con las
monótonas extensiones de taiga. A veces paramos de remar para tomar una frugal comida en
solitarias cabañas de cazadores. La venta de la carne de alces y renos permite a sus
esporádicos ocupantes ganar unos rublos y sanear una economía que, en Rusia y
particularmente en esta fria región, tiene niveles bajísimos.
Conocemos también las "marshes", grandes claros en la taiga
donde descansan los renos. No conseguimos encontrar ninguna gran manada, aunque las
huellas en un arenal del río nos indicaban que no hacía muchas horas habían estado
allí bebiendo. También encontramos señales del rey de estos bosques, el oso. Unos
ensangrentados restos de piel de reno hablan de la terrible escena que, a decir de
Valerij, había tenido lugar la noche anterior a pocos metros de nuestras tiendas.
El último campamento lo montamos en la isla de Punzostrovo, donde tras
doce días de no ver a otros seres humanos que los miembros de la expedición, nos
sorprendió encontrar a dos pescadores. Rodeamos la isla y tomamos las últimas muestras.
El último día de descenso fue el más duro por la escasa corriente, aliviándonos ver
dibujada en el horizonte la aguja de una iglesia. Estábamos en Varzuga, ciudad atravesada
por el majestuoso río de igual nombre y curiosamente privada de puente, lo que obliga a
sus habitantes a utilizar barcas como vehículos más habituales. Los ocupantes de unas
barcas varadas en la ribera nos hacen señas de parar. Un inspector local de pesca y caza
nos pedía los permisos para realizar el viaje. Los lugareños son aquí amables y
risueños, aunque es imposible entenderse con ellos sin intérprete, por lo que Valerij
fue una vez más nuestra voz. La llegada al pueblo fue tan aparatosa como la partida. El
camión nos esperaba para volver a cargar con nuestros equipajes y las embarcaciones
desmontadas. Esta vez el camino era más corto, lo que nos permitió hacer una escala en
la orilla del Mar Blanco, junto a una antigua mina de amatista. Las alteraciones
provocadas por los barrenos y el movimiento de tierras obligaron a cerrar la mina, abierta
frente a unas aguas de enorme riqueza en salmones. La proteción de una especie animal ha
provocado esta vez el cierre de una industria humana. No fue un milagro, sino advertir el
hecho de que otra industria más rentable podría desarrollarse. La pesca deportiva y el
desarrollo que para las poblaciones de Kola traigan las pesquerías de salmón, pueden
permitir el sueño: mantener un hábitat tal y como nos ha sido entregado, incluso
potenciar sus valores naturales.


Foto 9: Bosque en la taiga a orillas del río Murma. El
caracteristico suelo de la taiga esta formado por turba gracias a la profusión de
vegetación.
Foto 10: Aspecto del río Arenga.

Queda ahora mucho trabajo por realizar. Se redactarán informes,
estudios científicos que aumentarán nuestro conocimiento sobre dos especies de agua
dulce, interdependientes y emblemáticas, de los ríos más puros del norte de Eurasia; el
conocido salmón y la menos famosa margaritífera.
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