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¿Incultura o intolerancia?

por Manuel Barón

Desde hace ya bastantes años se ha considerado la música clásica como música culta y, por ello, como elitista. Resulta evidente que, al menos en el mundo occidental (el llamado primer mundo, pero eso es otra historia...), el acceso a la cultura ha evolucionado notablemente, pero parece no influir en lo que a este tipo de manifestaciones se refiere. Muchos son los factores que han influido en este hecho, y que se reflejan en el escaso público que asiste a estos eventos, como hemos podido comprobar en la reciente encuesta de la SGAE sobre los usos culturales de los españoles. Menos de un 8% declara haber ido alguna vez a un concierto de éste género. Es evidente que los hábitos culturales de los españoles no son los más adecuados y, aún siendo así, "los de la música" estamos a la cola con diferencia.

Si, es cierto, los españoles no somos tan cultos como se debiera desear, pero esto, pensamos, no es la única causa. Debemos sentirnos responsables de ello también quienes de alguna manera tenemos algo que ver con este tipo de eventos, ya sea como músicos, público u organizadores. Entre todos los hemos convertido en acontecimientos estancos y tremendamente elitistas.

Recuerdo que cuando estudiaba (quiero decir, cuando era estudiante), en mi ciudad no había orquesta, ni una sala adecuada. En los pocos lugares donde se programaban conciertos siempre veía las mismas caras en el público. Bastantes años después, tanto el número de orquestas como el de salas de conciertos se ha multiplicado considerablemente, pero se siguen viendo las mismas caras. Este hecho lo he podido constatar con compañeros de profesión que, cómo yo, advertían como semana tras semana veían a las mismas personas en el patio de butacas (es hasta curioso observar como envejecen, y hasta como se emparejan entre ellos...). Por cierto, que en muchos casos no saben transmitir a sus descendientes este ¿amor? por la música.

Este público, al que tanto tenemos que agradecer, pasa en muchos casos de ser distinguido a preclaro, e incluso arrogante. Es una imagen relativamente común encontrarse con alguien que frunce el ceño cuando algún "no habitual" pregunta: "¿Sabe usted por donde van?", "¿Mire usted el programa?", increpan a veces con aire de suficiencia. El hecho de no discernir entre un "Allegro" y un "Moderato" (cosa que les ocurre a algunos músicos...) no es óbice para poder disfrutar de ellos. Otro caso es el de los "chisteos" recriminatorios cuando alguien aplaude entre dos movimientos de una obra. Al respecto de esto oí un comentario que me pareció muy acertado:"Me gusta oír aplausos entre movimientos, eso quiere decir que hay alguien que no ha venido antes". Este tipo de "invitaciones" creo que debieran repetirse con más frecuencia.

Hace unos años asistí, en el Teatro Monumental, a un concierto de Elvis Costelo con el Cuarteto Brodsky, donde si vi otras caras en el público. Gente que normalmente no se ve en el Auditorio Nacional o en el Teatro Real. Y les aseguro que hubo menos desperfectos que en el último (y fallido) homenaje a Alfredo Kraus.

De alguna manera, somos también los mismos músicos los que hacemos estancos todos estos círculos. Somos elitistas en nuestras apreciaciones, en nuestras críticas e, incluso, en nuestra forma de hacer música y en nuestra relación con ella.

Desde el momento en el que comienza nuestra formación, la educación (en los Conservatorios) es puramente clásica, y cualquier contacto con otro tipo de música puede parecer incluso "pecaminosa". He podido comprobar, como enseñante, cómo muchos alumnos circunscriben su cultura musical a la puramente clásica, con una escasa relación con otro tipo de músicas (pop, jazz, folk, etc.) Y, en el caso de tenerla, la mantienen al margen de su educación, sin establecer ningún nexo entre ellas. Hay grandes ejemplos de intérpretes clásicos que han unido su quehacer con otros "no clásicos", sin que esto haya influido (al menos negativamente) en su formación.

Algunos de estos músicos llegan a responsabilidades con respecto a las programaciones y utilización de las salas, y no tienen ningún interés en llegar a otro público que no sea el que ya conocen, y con el que van a tener una relativa seguridad de éxito, al margen de otros intereses no siempre demasiado claros.

Todos tenemos responsabilidad en que haya un 92% de gente que no nos conozca y que no disfrute con algo que, pienso, no nos pertenece, al menos como monopolio. Es seguro que hay muchas maneras de llegar otro público, y también me consta que no soy el único que cree en ello.

 

 

Texto, Copyright © 2000 Manuel Barón. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: martes, 29 de febrero de 2000

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