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El impasse

por César Cuadra

Hasta hace unas décadas los chilenos nos desangrábamos en agotadoras luchas debido a esa simple, extraña y archiconocida fórmula político-religiosa de los tres tercios: la derecha momia, la centrista DeCé (Democracia Cristiana y más tarde bautizada como DC o Divina Comedia) y la sufrida izquierda, portadora del nunca bien ponderado Espíritu Popular... estos verdaderos bloques, sacudían sin tregua, año tras año, el alma nacional. Fue en ese contexto que entró a la escena política un apóstol liberador que decidió poner fin a esta trinidad instaurando una fórmula política menos alambicada, y por cierto, muchísimo más efectiva. En lo fundamental, la propuesta consistía en conocer las "verdaderas aspiraciones del pueblo". Esto traducido a la lengua romance equivalía más o menos a decir que Chile necesitaba un orden de verdad. Qué mejor entonces que una fórmula macisa, vertical, inquiebrantable: aquí estaba contenida la quintaesencia de la magia del reino militar. Y así fue como los chilenos sin saber leer ni escribir otra vez demostrábamos ser los verdaderos artífices del porvenir, los auténticos creadores de nuestro destino. Otra vez llegábamos a la vanguardia de la historia por la puerta grande, otra vez lográbamos la sagrada fusión que nos viene heredada desde el origen de los tiempos: la fusión del artista y el soldado. De hecho, si hasta entonces el nombre de Chile decía algo, éste se asociaba a los vuelos de la imaginación de nuestros poetas, no a las desprestigiadas revueltas bananeras ¡tan propias de las latitudes latinoamericanas y tan extrañas al talante cívico chileno! De aquí quizá la primera sorpresa del nuevo aporte chileno a la historia del arte , pues sin decir agua va, recién empezada la década del setenta pasamos artísticamente de un irrealismo socialista a un nada despreciable hiperrealismo militar.

Fue en ese tiempo cuando se registró un episodio que se hizo famoso entre los subalternos del general, de Su Excelencia, el General. Se cuenta que apenas habían pasado unos pocos años de la instauración del nuevo imperio y Su Excelencia, decidió asistir a una fiesta pública. Bueno, no tan pública, porque era una fiesta que se ofrecía en la Escuela Militar, en honor a los nuevos cadetes, dentro de los que se contaban muchos hijos de sus amigos y hasta su propia hija estaba invitada. La verdad sea dicha, fue ella la que lo convenció para que la acompañara aquella noche.

A eso de las ocho treinta ya habían llegado casi todos los invitados. Y aunque todavía no era verano la noche estaba transparente y calurosa afuera, pero en los salones reinaba un frío que hacía que el nerviosismo se sintiera en cada mirada, en cada gesto. Sobre todo en el anfitrión, el Director de la Escuela Militar, coronel Rodrigo Rojas Rubio, conocido extraoficialmente por sus cadetes como el Tres Erre, tenía un parecido físico realmente asombroso con el general, sólo que la ponchera y los gestos bonachones del coronel lo hacían parecer militarmente imperfecto. Quizá por eso sucedió lo que sucedió esa noche del lamentable episodio que todavía hoy se cuenta generación tras generación de cadetes.

Movido quizás por la nostalgia de sus años de cadete lo cierto es que el general decidió recorrer junto con al coronel y una agotadora lista de oficiales de menor rango, las interminables dependencias del casino, el mismo que años atrás le regalara tan buenos recuerdos y que ahora había sido habilitado para la fiesta de estos retoños. Fue en ese paseo cuando ocurrió lo inimaginable. Mientras el general y su comitiva descendían por las escalas que lo conducirían al salón central se encontraron de frente con un joven cadete recluta que subía con su acompañante hasta la guardarropía. Nadie sospechó jamás que aquella escena quedaría escondida en la memoria de tantos hombres. De hecho, el bochorno se produjo cuando el joven, asustado o nervioso quizás con tanta autoridad, se interpuso enérgicamente al paso del general a quien con el definido fin de saludarlo le hizo sonar con todas sus fuerzas sus lustrados botines. Más allá del despropósito de ese feroz impacto y el correspondiente susto de su acompañante, el cadete no sabía que estaba a punto de entrar en la historia: con los tacos bien apretados y el cuerpo completamente rígido el cadete continuó con el rigor del saludo y levantó enérgicamente su mano derecha hasta la visera donde sin mediar otra razón que el instinto, lanzó ese grito implacable que quedaría para siempre retumbando en la memoria del general "¡Buenas noches, mi coronel!" asestó impertérrito.

Los segundos que siguieron fueron silenciosos y delirantemente largos. Largos y tensos. Nadie sabía qué hacer, qué decir. El general no lo podía creer. Nadie lo podía creer. ¿Cómo alguien podía confundirlo a él? ¡A Él! Cinco o seis escalones más arriba que el cadete, sin embargo, estaba él, contemplando el espectáculo sin poder discernir si aquello había sido un desafortunado error o una funesta jugarreta del destino... quizás por eso parecía que aquel saludo fallido seguía sonando una y otra vez en su cabeza. El cadete mismo quedó petrificado con su mano en la gorra sin saber qué hacer. Los oficiales de mayor rango guardaron un tenso silencio. Los otros, derechamente bajaron la cara y quedaron como si esperaran instrucciones. Tuvo que ser el mismísimo monarca el que finalmente debió salir de esa descabellada escena. Tratando de superar el desconcierto sintió que había que respirar aire puro y salir de allí. Restándole importancia al impasse bajó rápidamente las escalas perdiéndose muy pronto entre los asistentes que lo esperaban ansiosos... El cadete, que de puro aterrorizado apenas se sostenía en pie, no daba crédito a lo que estaba sucediendo, y permaneció casi inconsciente y totalmente rígido en la mitad de la escala mientras recibía como una sentencia de muerte las puñaladas que al paso le lanzaba la comitiva que seguía al general "el lunes hablamos, cadete, el lunes hablamos". Y él sabía perfectamente lo que podría llegar a significar aquello. Mientras tanto los segundos se le hacían horas y las horas un inmenso mar de espanto... sólo después de algún rato se dio cuenta de que lentamente, habían ido desapareciendo todos. Y ahí estaba él, en medio de esa deshabitada montaña de mármoles, a solas con su amiga, donde no atinó más que a murmurar algo que nadie entendió. Abajo, mientras tanto, corría entre mesa y mesa, como un rayo, una voz subrepticia que se repetía hasta el infinito "¡han degradado al general! ¡han degradado al general!".

 

 

Texto, Copyright © 2000 César Cuadra. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: martes, 29 de febrero de 2000

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