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Pie a tierra (Relato)

por José Antonio Cosío

José Antonio Cosío nació en un hospital y le preocupa la idea de morir en Macondo, habiendo observado buena conducta y no concediéndose un oficio. Se declara vinculado a la Generación del 73, "cuando las guerras del petróleo nos dejaron sin abrigo tres inviernos". Cree que un buen lema para la transición del Dos Mil será: "puesto que vivimos en el misterio, que inventen ellos".

 

El ardor de la atmósfera nocturna disuadía de cobijarse en el hogar. Disuadía del cobijo e invitaba a la exposición a todo trance. Tomaría una cerveza. La tomaría resignadamente, al azar del aburrimiento de cualquier bar. Entré en uno nuevo, contiguo a la librería. Advertí, casi sin tiempo de reacción, la consagración del local al estilo. La iluminación, estudiada, consistía en esconder la luz revistiendo rincones y despropocionados espacios al arbitrio de la penumbra. Y aún no arrimado a la barra, supe ver que, en todo, allí, el criterio sería la sorpresa. Cupieron, entre los hallazgos, cada otoño del diseñador, la plástica del calor entera y todos los colorines del sentimiento que hacen al ocre la tonalidad más en boga. Los desconchones, aquí y allá, eran espontáneos y perfectos; agujeros practicados en muros anchísimos de ladrillo permitían el feliz acoplamiento de mesa y sillas inverosímilmente estilizadas. El mobiliario resultaba exclusivo o desvencijado, ecléctico, sin kistch.

Pero mi humor es siempre cansino. Pedí mi cerveza, que es cualquiera que no sea de grifo y, aunque parezcan desmentirlo las palabras que anteceden, sólo ahora iban a dar comienzo las dificultades. Así que pedí mi cerveza, una simple cerveza, y vi ademán de servirla de grifo. Negué con alarma, pedí botella al anodino camarero, más concernido por los detalles del lujo que por ningún género de utilidad o de clientela, y dio en plantarme una de esas botellitas que se esfuman ellas solas. Incomodado pero con indulgencia, pensé que no era descortesía ni el viejo afán de contrariar que me persigue por todas partes, y sería sólo que el bar era nuevo y bisoño, y no había más que olisquear aquellos ocres estampados por las paredes. Precisamente, trajeron aceitunas. No quise aceitunas porque estaba demasiado muerto de hambre como para necesitar más estímulos. Poco a poco iba consiguiendo una modesta relajación en aquella barra, buscando algo dentro de mi propia cabeza que me liberara de mirar y mirar objetos, ambientes, formas y volúmenes, cuando recibí, ahora, la presencia de una camarera recién aparecida que fue a situarse ante mí y bajo un chorro de luz vertical. Era joven y negra y quizá otro toque de efectismo marca de la casa. No queriendo observarla en demasía, pues me rijo por la discreción y el pudor, volví a frecuentar las paredes y los techos, fumando hondamente, otra vez inquieto y notando que me faltaba cenicero. Es seguro que ella tampoco se reservaba ninguna razón para observarme, pero lo hacía, y allí nadie era capaz de encontrar sosiego. Al fin, aquellos titubeos silenciosos cobraron forma en la palabra y me preguntó, ante las aceitunas intactas, si no preferiría unos pistachos. Dije que no tan desde dentro que interpretó que sí y no tardó en traerlos. Como seguía en la obstinación, ahora, de no comer pistachos, quise reparar mi actitud destructiva con la más constructiva de pedirle otra cerveza, lo cual la alegró mucho por sacarla de aquellos aburrimientos. A mí también me alegró su alegría, y me reproché mi falta de provisión y de pecunia. Entra una mujer, yo estoy repasando unas notas. Entra una mujer y yo estoy absorto. Pero, absorto y todo, me alcanza esa llegada desequilibrante, moderadamente ruidosa, una especie de alboroto de hojas o bolsas de plástico. Aleja el taburete, anejo al mío, aparatosamente, arrastrándolo. Se trepa a él en voz alta, repitiendo quejas, intercalando saludos, soplidos, y exclamaciones de qué alto, qué pesado, qué bonito. Yo la miro. La camarera la mira y el camarero, el inicial, el anodino, el reconcentrado, el de la primera cerveza y las aceitunas, la mira. Pide una caña, eso es todo, lo único que pasa, pero todos parecimos acusar su llegada y agradecer su falta de solemnidad. La mujer que vino sola sorbe su cerveza y declara públicamente que hoy es su gran día y que los taburetes son fínísimos pero altos y pesados e inatacables. En efecto, revisé la precariedad con que se había instalado en el taburete y un pie le colgaba un poco y el otro decididamente sin control. En vano reacomodó el fondillo en busca de estabilidad. Se había sentado torcida. Y se lo dije, es que los taburetes son altos y pesados y estás mal sentada. Pensé que lo mejor sería que se bajara y lo volviera a intentar de nuevo. Incluso, pensé que lo mejor sería que saliera y volviera a entrar, pues no hay nada de malo en entrenarse hasta estar a la altura del más exigente taburete. Pareció no oír aquello de que se había sentado torcida. Pero me miró. Y no me miró bien. Cuando yo ya cambiaba la vista dijo, y no me lo dijo a mí, que no estaba mal sentada. Me sumí en mi libro azul. Leí una frase al azar, un párrafo donde el protagonista discute con su amigo en una terraza de París, "¡Que sí! ¡Claro que existe! ¡Y bien noble que es!", insistía el amigo. A lo que el protagonista replicaba "¡No es verdad! La raza, lo que tú llamas raza, no es sino ese atajo de pobres diablos como yo, legañosos, piojosos, ateridos, que vinieron a parar aquí perseguidos por el hambre, la peste, los tumores y el frío, que llegaron vencidos de los cuatro confines del mundo. No podían ir más lejos a causa del mar". Eso resultaría de España y los españoles. Sentí un estremecimiento y empecé a sumirme en una sombra negra hasta que la mujer que estaba bien sentada se dirigió a la camarera de color, que contemplaba, y bien de cerca, toda la escena, para decirle que era monísima. Se lo dijo con tal extravagancia que yo mismo me apresuré a comprobarlo con mis propios ojos, ahora sí. Era dueña de una tonalidad admirable, homogénea, maravillosamente repartida, armoniosa, pero mona no era. Por un lado, mujer normal, a la que uno se habitúa; por otro, si se quiere, exótica. Plácida. Mona no me parecía. Bueno, pues de qué manera se lo dijo. Las miré alternativamente. La camarera agradecía el cumplido gentilmente, sin haber valorado el énfasis de la devoción. Hablaba sin particularismos y neutra, sin dar una sola pista. No parecía afroamericana, de esas que traen y llevan los gobiernos por docenas. Su procedencia, sin duda ya borrada, podría ser Cabo Verde o Níger o algún Congo. Fue entonces cuando miré a la mujer de fuera de la barra notando sus ojos, su boca, su palidez fascinada, sus vestidos, su milagrosa inclinación o la de su taburete. ¿Cómo os llamáis?, fue la pregunta general con que me excluyó mientras se estiraba vacilante para alcanzar un cigarro de la remota barra tan a desmano. Yo Araceli y él Luis. ¡Ah, pues yo me llamo Silvia! ¡Somos vecinos! Sí, desde hoy, estoy de mudanza. ¡Hoy es un gran día! Voy a vivir aquí encima, en el cuarto piso, y esta noche no tengo luz, ni gas, ni nada de nada. Le devolvieron una respuesta cortés pero indolente. La mujer comentó que el bar no parecía ruidoso y que a ella, en todo caso, la música le encantaba. A esto respondió Araceli, haciendo empresa, que el local estaba bien insonorizado. Silvia ignoró el dato y dijo sentirse a salvo del alboroto a la respetable altura de su cuarto piso. Justo entonces noté la trepidación de aquella canción de siempre, el "no me dejes" de Jacques Brel, interpretado a su máxima sensibilidad y a ritmo de merengue, si es que eso puede ser. Pero, ¿era o no era yo parte en la escena y en la conversación o sólo parte en la escena? Dudando, partí hacia el baño hasta descubrir que el bar era enorme, un bar de fondo, y que aún había otra barra que rivalizaba en estilo con la de la fachada donde andábamos afanados en acabar el día, la noche y el tiempo de una vez por todas. Mi regreso del baño fue bastante penoso por todo lo que acababa de contemplar, aquel inodoro, ese secamanos. Era una lástima que aquellos tesoros permanecieran secretos: el bar se mantenía semivacío. Volví a tiempo a nuestro coloquio, porque Araceli, alzando una botella, dijo que bueno, que ya que yo estaba de vuelta me invitaba a mí también a una copa. En lo que la coctelera se empleó en recordar la combinación, seleccionar los ingredientes, picar hielo, medir unas cuantas gotas, sugerir paraísos y agitar su trance, Silvia me dirigió una pregunta, oye, ¿qué?, le dije, ¿qué estás leyendo?, me dijo, ah, este libro, y se lo mostré para que intentara leer el lomo casi borrado. Estábamos muy lejos el uno del otro, así que dije, espera, me voy a acercar un poco... No me oyó. Me acerqué con doble motivo, para que viera y oyera, y le extendí el libro azul. Lo miró sin comprender y me lo devolvió. Vi que se le hizo poco mi libro e inquirió si yo leía mucho. Como su perspicacia era evidente le dije que leía poco, que antes más, y ya de paso, que la música no me interesaba mucho. Tensó los músculos de la cara reconcentrando la boca como para hacer una intervención importante pero en ese momento Araceli llegó encarrerada con tres largos vasos que quedaron tambaleándose. Contenían un líquido oscilante y lento con aspecto dulzón y de color caramelo. Explicó orgullosamente que era Havanna Club de siete años porque no tenía de cinco, Cacique, Malibú y su néctar de amor especial. Soberbio. Brindamos por nosotros, expectantes pero sin entusiasmo. Así que apuramos el trago. Me supo a ron, a cocos y a bongó. Al tal Luis no se le veía el pelo. Antipático, atareado y escurridizo, se ocupaba de la música, nos dejaba estar. A la sazón, pinchó Women are Natural Leaders, you're following one now, que todos repasamos al compás. En esto, Silvia me chista de nuevo, ¡oye!, ¿qué?, le dije, dame fuego. Con esto, ahora sí trabamos conversación, ¿no has leído La isla del tesoro? Creo que no, tuve que confesar. Sí, Doctor Jeckill y Mr. Hyde..., de Robert Louis Stevenson..., no, no, lo siento, volví a admitir. Se puso un punto histérica, que entonces que había leído yo. Dije que ya había dicho que leía poco. Protestaba. Dije que, en todo caso, era difícil responder a una pregunta como esa y que ella tampoco conocía mi libro azul. Habló mucho, del extranjero, creo que de Inglaterra, donde había sido feliz por muchos años y había adquirido esa soltura. Le repliqué con mis años de transtierra pero ni me escuchó. Mis años eran menos años y menos sufridos y menos auténticos. Se había puesto perentoria. Me dolió el ninguneo. Y nació el resentimiento. De pronto, dijo que yo tenía razón, que me había enfadado, que cada cual es cada cual, pero me lo dijo como desde la isla del tesoro, soñadora y ausente. Pude verla en la lejanía, e imaginé su libro, si trataría más de la isla o del tesoro, de piratas o robinsones, y si habría amazonas también, y me propuse leer más. Ya de ahí en adelante, el tema Stevenson fue recurrente toda la noche, ¡cómo se podía vivir sin volver y volver a Stevenson! Cuando más insoportable se me hacía la admonición, sonó lo que nosotros en España llamamos "un porrazo". Un porrazo es un gran golpe, un golpetazo, un estruendo doloroso, algo que se desploma y se estrella sin aviso. A nuestras espaldas había dos mesas que daban a la calle. Una, vacía; en la otra, tres clientes, una mujer y dos hombres, sólo que uno se había caído no de la silla sino con toda la silla, una silla notable, de hierro, pesada y grave, y adherido a ella, sucumbía un caballero de buen tamaño que no hizo un solo movimiento. Salté en su ayuda, con uno de sus acompañantes. La mujer que estaba sentada a la mesa miraba perdidamente. Adusta. El ángel caído estaba borracho e histriónico y se defendía de nuestra ayuda con no sé qué derechos a caerse de las sillas. Aún aulló un poco más hasta bajar el tono, en la misma posición, y confiarse a las palabras de su acompañante. Pude tornar al taburete, constatando con horror que Silvia no había oído el estruendo ni el clamor del caballero, y ni siquiera había notado mi prolongada ausencia. Restablecida la normalidad, que incluía la estrafalaria opción de los de atrás, pedimos más cerveza y Silvia me dijo, ¡oye!, y yo, ¿qué?, ¿cómo te llamas?, Fernando, ¿qué?, Toni, ¡ah!, dijo, yo Silvia. Brindamos. El hombe caído continuaba caído y conversaba ahora con la mujer de la mirada perdida. No sé cómo, uno nunca se acostumbra, pero a medida que Silvia me iba metiendo sus cosas, todo lo demás perdía importancia, y ya no volví a tener conciencia por mí mismo ni de Luis ni de Araceli ni de los de las sillas. Me fui sintiendo borracho y triste, y disipado. Torné a Silvia, que sin miramientos me preguntaba por la edad. Buscaba que le adivinara su juventud. Y el signo del zodiaco. En este punto de intimidad decidió que nos íbamos, y no ella a su mudanza del cuarto piso y yo a otra cosa, sino que nos íbamos juntos. A beber más, a hacernos noche. Pagamos caro y nada más salir los pusimos tibios, sobre todo a Luis, a quien acusamos, además, de ser el propietario. Asfixiaba la noche y me sucedieron varios mareos mientras caminaba, y hablé solo y con ella. Avanzamos perdidamente y bajo un cierto embarazo. Necesité dinero. Es engorroso arrastrar a una mujer de cajero en cajero por causa de un malentendido contable o una información no disponible. Silvia hizo chanza de mi desesperación. Fingió sospechar insolvencia, y de inmediato me absolvió: si no tienes dinero, pago yo. En el último intento todo se resolvió satisfactoriamente. Hice tronar los billetes. Peor fue encontrar dónde volver a beber. Lo apropiado resultaría de un lugar que no estuviera alejado, ni abarrotado, ni anticuado, ni acalorado y que no fuese hortera ni pijo. Descartó todo lo que propuse y probamos en uno al que se llegaba por una retorcida escalera descendente. Lo llamó antro y salió enojadísima. Terminamos en un café nada sofisticado, y que no superaba la exigencia que ella misma había fijado. Era así. Me recordaba, no sé por qué, a dos amigas a la vez. Era el portento de reunir lo que menos me ha gustado de cada una. Un antiportento. Pero me fui al baño por no saber más. Me lavé la cara, me di aire, respiré o intenté respirar. Me demoré en el lavabo, me recompuse las cejas, me encarecí calma, me reí ante el espejo. Volví a su lado, a su vieja afición de escalar taburetes, cuando ya se había enfrascado en una modélica conversación con un apacible señor entrado en años. Hablaban animadamente, hilando recuerdos y parentescos inverosímiles. Me sentí excluido por segunda vez aquella noche al derivar la plática hacia dos temas que se me indigestan automáticamente, la adornada invención de una idealizada ascendencia vasca y la reivindicación discutible de venir precedido por dos generaciones de asiento en Madrid-Madrid. Gentes de hábito corto. Gentes. A pesar de todo, aquellos minutos de exclusión tonificaron mi sistema nervioso. Pero lo bueno dura poco y Silvia dio un giro inesperado a todo aquello y se volvió hacia mí. Me llamó perfecto desconocido y testarudo anónimo. Que no sabía nada de mí era la queja. Conciliadoramente, le dije que era lo normal, las pocas horas de esa noche alcanzaban para poco más, ya vendrían los días y las semanas y los meses y lo posible y lo imposible. Y, en fin, ya se sabe, uno no es uno, es su familia, su trabajo, su rutina. No oyó. Volvió a insistir, no te conozco, no sé nada de ti, no hablas, no hablas, hablas y no dices nada, qué lees, qué haces, estás casado. ¡Estás casado! Soy divorciado, repliqué a todo eso sin convicción. Afiló los ojos y la voz para recriminarme, no me cuentes esas historias, todos los tíos igual, con sus traumas y sus exmujeres, paso, paso, paso, paso... Bajó el tono, decididamente estridente hasta desembocar en un silencio crítico. Volví mi ojo hacia ella. Había dicho que tenía cuarenta años y que había nacido en el cincuenta y nueve. Habíamos echado tiempo en hacer números sin llegar a nada. Silvia, en efecto, no tenía edad. De aquel silencio brotó un nuevo hastío y un nuevo brindis por nosotros. Decidí que no me era posible soportarla un minuto más. Nos sonreímos por primera vez con ternura. Cuando se ponía guapa torcía la boca. O cuando torcía la boca se ponía guapa. Es un misterio, el mismo que el de las modelos bizcas que están de moda. Me repetía que era una mujer excepcional, lo era, moviendo repetidamente la cabeza. En esto, se fijó en los bolígrafos que traía yo en el bolsillo de la camisa. Le gustó uno, dijo que tenía algo especial, y que si se lo daba. Un caso de fetichismo, pensé. O quizá sólo buscaba una prueba para mañana, al despertar, saber que todo esto no habría sido otra broma de la memoria. O, en último caso, era posible que sólo quisiera hacer gasto. Se fijó en los bolígrafos y me pidió el especial. Yo le dije, éste o éste, éste, prefirió. No, éste no puede ser. Pero te voy a dar éste, que es el que menos me gusta. Se indignó. Se privó. Le costaba decirlo, no, a ella no, a ella no se le podía hacer eso. Me llamó gilipollas y estrelló el bolígrafo en la barra. El público del bar asistía a los hechos en expectante silencio. Clavó una moneda mojada de quinientas sobre el libro azul y se aventó del taburete con furia. La soberbia con que cerró la puerta nos dejó fascinados. El hombre apacible se mostraba favorablemente impresionado con aquellas ráfagas de violencia, recreado en las palabras que nos cruzamos, en los gestos raciales, en las quinientas pesetas indelebles sobre el libro. Reflejé tristeza y alivio. Sorbí mi cerveza. Miré su taburete. Me enrollé los latiguillos del bigote. Encendí un cigarro que fumé con hondura y perplejidad. Intenté no pensar. Me encontraba absorto cuando vi que por la puerta entraba una mujer. Ella. Volvía lozana, repuesta, sin arrepentimiento, torcidamente hermosa. Sonriente. Le dije cuánto me alegraba volver a verla. Pedimos más cerveza e hicimos abstracción de lo que concierne a la vida, al hombre y a las mujeres. Pero todo llega y nos alzamos. Agradeció al camarero y al señor apacible la bendición de toda la noche. Se sentía en deuda. En la calle volvió el bochorno. Nos detuvimos indecisos y cansados. Al fin, me pidió que la acompañara a casa. Quise saber dónde vivía. La calle era empinada. Nos detuvimos, había cambiado de opinión. Ya no íbamos a su casa. Se atropello al explicarme que no estaba preparada. Lo fiamos a una próxima vez. Mágica. Cierta. Me volví.

 

 

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Última actualización: viernes, 31 de diciembre de 1999

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