Editorial

 

Babab 26

Hipótesis sobre un futuro inmediato

por Zalín de Luis



Los representantes de las empresas discográficas llevan tiempo debatiendo sobre el futuro de su negocio. Sucede lo mismo con las empresas editoras de libros. Los entidades que gestionan los derechos de autor no terminan de adoptar medidas sólidas y definitivas que puedan asegurar el éxito de su gestión. Los fabricantes de material de sonido dudan ante perspectivas inciertas. Mientras todo esto pasa, el futuro se ha convertido en presente. La informática evoluciona a una velocidad asombrosa, tanto, que no da tiempo a reaccionar.

Internet ha cambiado el mercado cultural. Son infinitas las dudas que plantea su aplicación. Sin embargo, no trato de abordar esta cuestión desde su perspectiva económica o social, sino que tan sólo pretendo plantear una hipótesis sobre una nueva forma de entender la creación y la aceptación del arte. Para ello, sólo me circunscribiré al quehacer de los escritores, los literatos, por tomar un solo ejemplo, en aras de la concisión.

A lo largo de la historia, el acceso a la cultura, el saber leer y escribir, ha sido un privilegio en manos de unos pocos. Así, hasta el siglo XX. Los variaciones que antes se sucedían a lo largo de siglos, desde la revolución industrial se suceden a lo largo de lustros, incluso en escasos años. En dos o tres generaciones cambió el espectro cultural. Actualmente, la práctica totalidad de la población del llamado primer mundo está alfabetizada. También lo está la mayor parte de la población de países de menor nivel de desarrollo. Un escritor tenía menos lectores potenciales en la Europa del siglo XVI de los que tendría ahora, es cierto, pero también es verdad que ahora existen muchos más escritores por lector. Respecto a algunos géneros, como, por ejemplo, la poesía, se llega al extremo de que existen más escritores que lectores, dado el índice de libros publicados de distintos autores respecto al índice de libros de poesía vendidos. Con el libro, el encuentro entre el lector y el escritor resulta cada vez más difícil. El libro tiene que ser sustituido en parte de sus funciones, aunque no suprimido, por supuesto. En definitiva, se necesita otro medio.

Traigo a colación un simil geográfico. Hasta la aparición y comercialización de las computadoras y de internet, el libro ha sido el soporte propicio para la divulgación. Con el libro, la cultura se concibe como un gran continente atendido por la gran mayoría de los lectores, un continente rodeado de pequeñas islas que sólo son atendidas por un reducido grupo de lectores. Los autores clásicos, las tendencias mayoritarias, los temas universales, los géneros de mayor aceptación, en definitiva, la ortodoxia, ha dado forma a ese continente, variable a lo largo de los años, pero más o menos sólido. Las islas, sin embargo, han sido pobladas por los géneros, tendencias y autores peor tratados por el público. En las islas se ha cobijado la heterodoxia. Las causas económicas y sociales son múltiples, pero no viene al caso entrar en ellas. Reitero, la cultura, con el libro, es un continente rodeado de pocas y discretas islas, y la escala de valores, el canon, se establece desde dicho continente.

La posibilidad de que todo lector pueda ser escritor ha variado la situación. El libro se muestra insuficiente como soporte. Internet es un medio más apropiado para divulgar masivamente la información y la cultura. Es un medio universal, democrático y horizontal. Su utilización implica quemar menos bosques y, a la par, satisfacer más necesidades. El mundo del libro y de la creacción se muda, sin dilación, a la pantalla del ordenador. Hay quien opina que las circunstacias del mundo del libro se van a reproducir, con ciertas variantes, en internet, pero yo no estoy del todo seguro. En un futuro próximo, no existirá el continente ortodoxo y mayoritario rodeado de islas. El panorama cultural será un gran archipielago de islas heterodoxas, unas más grandes que otras, pero todas autosuficientes e igual de orgullosas. Las islas grandes serán el equivalente a los mercados mayoritarios, a las tendencias globales, pero no podrán imponer una escala de valores, un canon. Las islas pequeñas, mucho mayores en número, cobijarán, cada una, a distintas tendencias y vivirán, en muchos casos, unas a espaldas de otras. Se dará la circunstancia de que una isla pequeña reúna un número de lectores superior a los que reúnen islas grandes mejor consideradas, situación imposible en el mundo del libro. Será difícil llamar a un conciudano inculto por no saber nada sobre determinada isla, dado que el archipielago será inabarcable, incluso para las mentes más privilegiadas.

El autor escribe lo que el lector le demanda; el lector aprende con lo que le oferta el escritor, y, conforme gira este circulo vicioso, se mueve el mundo de la creación literaria. Sin embargo, existen muchos autores y lectores que no rotan conforme lo hace este círculo. El mercado del libro los elimina con bastante rapidez. Les permite nacer, pero no continuar. El autor deja de escribir frente al escaso éxito. El lector no ve satisfecha su demanda peregrina y excéntrica. Tratemos a estos dos seres.

El lector que encuentra la felicidad en autores escondidos suele sentir una cierta frustración cuando observa que su tendencia nunca es atendida por el mercado. Todo lo que le atrae, termina por desaparecer. Piensa que quizás es un gafe. Quiere agua y tiene que cabar un pozo profundo e incierto. Internet ha venido a aliviarle. Puede ofrecerle un arroyo de escasa corriente pero que fluye en la superficie.

Hay escritores con un talento especial. Suelen ser calificados de virtuosos. Muchos, además, tienen ingenio y crean obras de calidad. A veces, todo queda en eso, en un autor y su obra, que, al carecer de lectores, deja de ser considerado como artista. El responsable no tiene la más mínima cualidad o condición para ofrecer su producto, y, por una u otra razón, se convierte en un autor desconocido y frustrado. Poca tregua le otorga el mundo del libro, y, tarde o temprano, eso afectará a su condición de artista. A veces, incluso, el autor carece de vanidad, cosa que, tratándose de escritores, no suele ser habitual, pero podría suceder. Internet, sin embargo, permite a un tipo de persona concreta, que suele ser tímido, poco vanidoso, sencillo y con cierto desprecio para las cuestiones públicas, a servirse de un medio que no obliga a adoptar ningún actitud pública disonante con uno mismo. El artista, entonces, podrá crear tranquilo, podrá crear su propia isla, incluso sin necesidad de tratar con otros artistas, actitud, por otra parte, muy recomendable.

Hay quien, de esta situación, simplemente concluye que internet permite la variedad, que ofrece la riqueza de lo múltiple. No sin ser cierto, me permito resaltar un matiz y un pronóstico final. Internet va a ofrecer una oportunidad a todo el arte que antes, con el libro, moría al nacer, pero será sólo una oportunidad, no un aval indefinido. Todo autor tendrá su lector si por escribir no deja de leer.






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Texto, Copyright © 2004 Zalín de Luis Todos los derechos reservados.



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Última actualización: noviembre de 2004

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