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Babab 25: El viaje hacia todas partes
por Aurelio del Portillo
"A los Lestrígones y a los Cíclopes,
al iracundo Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si elevado permanece tu pensamiento..."
[Fragmento de Ítaca, de Constantino Cavafis]
Sabía Ulises de las posibles traiciones del Mediterráneo, pero no se detuvo ni bajó la mirada para esquivar el vértigo del horizonte. El viaje, siempre más lejos, le da a la vida potencias y energías ignotas además de dotarla de sentido. Porque viajar no es del espacio ni del tiempo sino más bien de la mente. Hay que atreverse a partir y hay que saber llegar para partir de nuevo, porque la meta está siempre más allá del horizonte, más allá de lo que vemos, y lo importante no es alcanzarla sino ir hacia ella. También es preciso tener cuidado, eso sí, para no quebrar la lanza entre las aspas del molino, que por supuesto es, y todos lo sabemos, un avieso gigante en lontananza.
En algunos niveles y caminos del aprendizaje "el primer paso es el último", como
afirmaba Jiddu Krishnamurti. Es un
descubrimiento que desvela con sorpresa una dimensión hasta entonces desconocida y que se
basta a sí misma para producir un cambio revolucionario, definitivo. Otras veces, sin embargo,
es preciso hacer camino al andar, como nos enseñó Antonio Machado. En todo caso, salir de la ignorancia que nos define como humanos es el deseo que nos motiva y empuja a dar uno o mil pasos, aunque no nos demos a veces mucha cuenta. Y es precisamente ese desconocer milenario el viento que sopla fuerte en un rescoldo rebelde que nos inflama por dentro y nos ayuda a desplegar las velas y tomar decisiones arriesgadas. Aunque en realidad son ellas, las decisiones, las que se toman a sí mismas, o bien las que, como ángeles, hadas, brujas o maestras, nos toman a nosotros y nos echan al agua de la vida para que demostremos el movimiento andando.
La acción significa dar ese paso, esos pasos, desde el impulso puro que brota de las ganas de saber, de ser, y no resulta nunca beneficioso perderse en cálculos sobre el riesgo. La intuición nos dice que sí y entonces debemos andar. Puede que no soplen los vientos adecuados en los mares que ahora navegamos porque el mundo está enfermo y vomita febril algunos venenos miserables. Puede que, salvo los caciques de la guerra y algún que otro imbécil allegado, la humanidad se sienta impotente para regenerarse y regenerar aunque siga creyendo eternamente que otro mundo es posible. Puede que nunca lleguemos a ser lo que realmente somos, pero la vida sigue y debemos seguir trabajando para que el cantor no calle. Cuando estamos realmente activos y despiertos a todos nos anima el anhelo de que todo vaya mejor ante el horizonte de lo divino, de lo perfecto. Buscamos la Verdad, la Belleza, la Libertad, la Justicia, la Bondad, la Alegría, el Amor,... Nombres y aspectos diversos para lo que en el fondo es la misma cosa. La humanidad es el eterno germinar de esa semilla, de esa energía, a pesar de los pesares. Ese motor nos hace emprender, caminar, construir, hacer cosas. Solos, entre todos, entre amigos,...
Si un amigo te propone algo lo hace para mejorar. Así, en sentido amplio. La amistad
podría ser ni más ni menos que eso, lo que te ayuda a ser mejor y actuar mejor sin hacerte
renunciar a ser tú mismo. Se puede expresar en muchas acciones, en muchos espacios,
en muchos momentos, en muchos caminos, en muchos viajes. Los compañeros de clase con
los que te atrevías a lo nuevo, los que se cruzan en la vida y se dan cuenta de que
juntos son "mucho más que dos", como en el poema
de Mario
Benedetti,... Las maneras cambian, pero en el fondo está ese pensar o hacer que se
comparte. A través de una mirada, de una conversación, de una carta escrita a mano, un
mensaje de texto SMS o un Weblog. Compartimos, cooperamos, y además, si puede ser, nos
divertimos. ¿O era al revés? El caso es que salimos de nuestras murallas para caminar, vivir y aprender compartiendo. Y encontramos en esos pasos mucha fuerza.
En los últimos meses de 1999, cuando se avecinaba aquel cambio de números tan espectacular
en la fecha, Babab se gestaba en los anhelos y en los ordenadores de quienes con
cierta asiduidad recalábamos en la champanería-librería
María Pandora, frente a los
jardines de Las Vistillas de Madrid. Surgió de unos pocos para llegar rápidamente a muchos.
Era un trabajo creativo, pero sobre todo era un ejercicio de "creetividad". Más importante
que crear es creer en aquello que uno hace, amarlo, saberlo tuyo en el buen sentido posesivo
de la palabra. Algunas reuniones, algunas copas, muchas charlas y sonrisas, discusiones,
amistades y deshoras iban articulando el invento. Y con las uvas de la suerte del 2000
emprendimos juntos un viaje sin rumbo fijo ni meta ni puerto. Los que ya estábamos y
los que estaban por llegar, aunque aún no lo sabían, viajábamos juntos en este barco
mágico que surca todas las aguas y vientos del mundo sin espacio ni tiempo y al que
llamamos Babab. El Principito y Peter Pan discutían en cubierta sobre la conveniencia
o no de dirigirse inmediatamente al País de Nunca Jamás, pero no llegaron a
ninguna conclusión, así que brindaron por ello y también se dejaron llevar.
Se trataba de hacer una Revista de Cultura en Internet en la que sobre todo quedara patente
nuestro enorme respeto por lo que bulle en el corazón de esa palabra tantas veces tergiversada,
manoseada, pisoteada. Actuábamos para mejorar y eso significa en la mayoría de los casos
clarificar. 'Cultura' tiene una gran proximidad de significado con 'cultivo'. Lo culto se
refiere simplemente a las cualidades que adquiere algo que ha sido cultivado. Para limpiar
la pureza original de estas palabras deberíamos bucear en sus orígenes, y ya sabemos que
"el que descubre con placer una etimología" está contribuyendo a salvarnos, como afirmaba
Jorge Luis Borges en su poema "Los Justos". Pero no se trata ahora de esto, sino de distinguir
entre lo que es realmente de todos y la pretensión de secuestrarlo de algunos. Nada me
hace pensar que la cultura se dé exclusivamente o con prioridad en las bibliotecas,
universidades, academias, ministerios o tribunales. Más bien creo que todo lo que existe
cultiva y es cultivado en una variedad de posibilidades infinita. Quizás la intención inicial de
Babab, que queremos sin duda mantener, era reencontrar ese punto de contacto entre lo
sublime
y lo popular que
según pienso nunca deberíamos perder ni haber perdido. Que la calidad de un texto, de una imagen o de una idea no fuera algo reservado o difícil de alcanzar, sino que, más bien al contrario, se expandiese y explicase de la mejor forma posible para llegar a todas partes. Del planeta, de las mentes, de la mente. Riqueza, diversidad, multiplicidad, mestizaje,... Nada indica que deban reñir con el cuidado respeto a lo que cultivamos entre todos sino, de nuevo, todo lo contrario.
Internet es un mar multidimensional navegable en todas direcciones. Como todos los
mares nunca es igual pero siempre es el mismo (¡qué hermosa metáfora de casi todo lo importante!).
La superficie se expone a todos los vientos y refleja todas las luces al tiempo que esconde los
tesoros y abismos que guarda en lo profundo. Profundizar no es una obligación, pero sí debe ser
una posibilidad abierta, casi un derecho. Si nuestro pensamiento se mantiene elevado, es decir
atento, despierto, no debemos temer a Lestrígones y Cíclopes, ni al irascible Poseidón.
Respetaremos siempre la fuerza, pero nunca el poder, como escribió Arundhati Roy. La basura,
la frivolidad, la violencia, el desprecio, todas nuestras mezquindades están aquí, con nosotros.
Y algunos se regodean en ello. Pero entre todos los que ya nos hemos dado cuenta podemos dar
pequeños o grandes pasos para ir haciendo, como decíamos, un mundo mejor siempre posible. Ernesto
Sabato, reflexionando "contra la globalización, la clonación, la masificación", finalizaba su
carta "La Resistencia"
con una frase militante, positiva: "El mundo nada puede contra un hombre
que canta en la miseria". Aunque no todos escribamos en Internet, por ahora, vemos con esperanza
cómo algunas puertas se van abriendo.
Para mayor facilidad de integración creativa y "creetiva",
el hipertexto hace de la
lectura algo mucho más activo, una forma de participación en la autoría, permitiendo que
nuestra forma de mirar articule el contenido. Por lo tanto en este teatro todos somos actores.
Internet ha sido, es y seguirá siendo un espacio mental colectivo de inmensas posibilidades.
Además es una buena imagen o metáfora de la mente personal porque ambas funcionan de modo
semejante. Jugando a Rayuela leemos el cosmos enlazando percepciones, juicios, opiniones y
significados. Y llamamos realidad a lo que nuestros miedos y deseos permiten nombrar y poseer
de esa manera. Así también nos sabemos a nosotros mismos, conectando enlaces, tejiendo y
las redes de la memoria. La mecánica del cerebro es una danza de links y el resultado nos
mantiene absolutamente hipnotizados. Como medio de comunicación las nuevas posibilidades
de construcción de los textos generan también nuevos peligros, aunque a nivel individual ya
deberíamos estar hartos de ellos, más que acostumbrados: la dispersión, la fragmentación,
la pérdida de sentido, la ruptura de la unidad, la permanencia e incremento del despiste.
La responsabilidad para armonizar, para integrar rítmicamente las partes en la coherencia del todo es en esto, como en todo lo demás, de cada persona. De nada sirve eludirla refugiándose en colectivos, estados o democracias. Mucho menos en la abundancia o el exceso. Cada quién tiene algo que decir o que hacer conscientemente sin que nadie se lo mande. Ahí está la belleza y riqueza del universo, de la vida, de cada instante. Se trata sin duda de limpiarnos las legañas y de aclarar nuestra laringe, de aprender a mirar y a decir, aceptando con humildad nuestra insignificancia, pero haciendo al mismo tiempo que nuestra voz se oiga.
Así Babab cumple con éste 25 "números" de vida. Con la mirada y el pensamiento elevándose
sobre un horizonte de innumerables números más. Porque los números son en este caso como el
tiempo: un discurrir con el que se explican, se despliegan, las cosas. Y tienen su propio pulso.
No nos anima el dinero, ni siquiera el éxito, sino más bien ese deseo sincero de que confluyan
en nuestro viaje las más diversas voces y miradas. Sin precio ni meta. Aceptamos aquel consejo
que nos dio Manuel Vicent en un precioso texto publicado por El País en los años ochenta y que
se titulaba "La derrota": "Pide sólo que los dioses te quieran, vístete de dril y, apartado de
la fama, contempla el mar hasta que tus ojos se vuelvan azules".
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