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Autogiro

Ted Hughes (y Sylvia Plath): cartas de cumpleaños

por Niall Binns

Las instituciones, aun en sus gestos más bondadosos hacia la cultura o en sus ofertas de mecenazgo o patrocinio más desinteresadas, inspiran un recelo bien arraigado en muchos artistas. ¿Qué buscan o exigen en cambio? ¿No doblegan, consciente o inconscientemente, la ‘independencia’ del artista, del escritor? ¿Hasta qué punto éste o ésta se prostituye en su arte, vendido al mecenas institucional?

Si este riesgo de la prostitución estética acecha a los escritores más humildes, premiados por las instituciones más inofensivas y mejor intencionadas, ¿qué se podría esperar de un poeta "laureado" por la institución más rancia, más esclerótica de Europa -la monarquía británica- y obligado a producir, como si fuese un fabricante de salchichas, poemas para celebrar los sesenta años de Her Royal Highness Elizabeth II, los noventa años de H.R.H. the Queen Mother, el matrimonio de H.R.H. Prince Andrew con una tal Miss Ferguson, el nacimiento de H.R.H. Princes William y Harry, y toda la larga etcétera de compromisos reales correspondientes al puesto?

John Masefield (poet laureate entre 1930 y 1968), Cecil Day Lewis (1968 a 1972) y Sir John Betjeman, portavoz poético de las clases medias más tory (1973 a 1984) son los ingloriosos antecesores de Ted Hughes, el laureado de hoy y una figura clave -quizás la figura clave- de la poesía británica de los últimos cuarenta años. En su introducción a The New Poetry (1962), una antología inmensamente influyente, Al Alvarez vio en Hughes al escritor que llevaba la poesía británica, por primera vez, "más allá del principio de la gentileza". En un país enclaustrado en su insularidad, las fuerzas de desintegración -las guerras mundiales, los campos de concentración, el genocidio, la amenaza nuclear- y las lecciones del psicoanálisis -el descubrimiento, dentro del propio yo, de esas mismas fuerzas destructoras-, no habían podido penetrar hasta entonces, decía Alvarez, en el caparazón tan británico de la gentileza, en la noción de que la vida sigue siempre más o menos ordenada, la gente más o menos correcta, las emociones y las costumbres más o menos decentes y controlables.

Hughes, con su fascinación por los impulsos más primordiales de la violencia animal y humana, liberó la poesía británica de este largo rigor mortis. Truchas, lucios, nutrias, tordos, vencejos, y por encima de todos el cuervo, son los animales que desentrañan, en una poesía violenta -que machaca a golpes de palabras de estirpe anglosajona, cortas, monosilábicas, cortantes-, los vestigios de los buenos modales británicos.

¿Qué se podría esperar de un escritor como Ted Hughes, que se deja seducir por la Institución, y se compromete a cumplir con los compromisos del caso como Dios y la Reina mandan? Para muchos, este laureado se convirtió, a partir de 1984, en una momia. Simultáneamente, la creciente popularidad de la ex-mujer de este ‘ex-poeta’, Sylvia Plath, entre los lectores y las lectoras y la crítica feminista, ha retratado a Hughes como una especie de béte noire, el que la traicionó, que la llevó a la desesperación y el suicidio. Ella, acomplejada porque la popularidad de su marido eclipsaba la suya, termina, después de muerta, borrándole a éste del mapa poético: prueba suficiente, en España, es la plétora de traducciones de Plath, la ausencia casi completa de Hughes.

Pero en el último año, este ex-poeta, este monstruoso "famous poet" como el de su primer libro, ha deslumbrado la vida literaria británica con sucesivos indicios de salud poética. En 1997, aparecieron sus Tales of Ovid, magníficas versiones de las Metamorfosis, y hace apenas unos meses se publicó Birthday Letters, casi un centenar de poemas que trazan las peripecias de su vida con Sylvia Plath, desde los encuentros y desencuentros preliminares; desde la informalidad de una boda relámpago en Londres, con una sola invitada (la madre de Plath); siguiendo luego con la luna de miel en París (el París americano de ella, con sus pintores impresionistas, sus Hemingway Fitzgerald Miller y Stein, y también con su Daddy, el papá muerto que la seguía por todas partes; y el París por muy poco no alemán de él, con la memoria de la Ocupación, las cicatrices de balas en sus muros); y después en España (la España que ella odiaba, tierra de sus pesadillas donde se reconocía en la sonrisa fúnebre de Goya). Los delirios de ella, la obsesión con el padre, la extraña fusión en su mente entre su marido y su padre ("tu blanco real / se escondió detrás de mí. Tu Papá, / el dios de la pistola humeante"), los viajes por Estados Unidos, la dependencia mutua -ambos convertidos en gemelos siameses, "cada uno la esta-ca / empalando al otro"-, el fracaso del matrimonio, el embarazo, el nacimiento de una hija, la nueva casa en Devon con los narcisos, las patatas y las pesadillas, un primer intento de suicidio, la poesía pesadillesca, desgarrada del fondo de las obsesiones, el padre muerto que llenaba su imaginación, y luego la muerte: son éstos los eventos de una relación que unía y desunía a dos seres embocados desde siempre hacia el lado más oscuro de la vida. Se presentan con la intensidad y la carga de violencia tan características de Hughes, en una serie de poemas cuyo hilo biográfico amarra al lector en su recorrido hipnótico, en el cautiverio de su mundo de tinieblas y paranoia.

Birthday Letters es un libro cuya unidad, más allá del hilo cronológico, se debe a una simbología tomada del mundo natural: animales que surgen como personajes en la historia (vacas embelesadas por la lectura improvisada que hace Plath, sentada en una valla, de Chaucer; o el oso que entra en su coche en Yellowstone Park, a un metro de la tienda de campaña donde duermen), pero sobre todo como símbolos de mal agüero. Marido y mujer se empeñan en interpretar los signos, los presagios del qué será, del qué sería de ellos: así se enfrentan con el murciélago caído de un árbol, que muerde a Hughes cuando lo ayuda; con la serpiente enorme que ambos tratan en vano de descifrar; con las águilas y el alce que se niegan a traducirse; con otros murciélagos, recién salidos de su cueva al anochecer, que regresan de golpe porque saben (en cambio ellos, los recién casados, no lo saben) que se acerca la tormenta: "saben cómo, y cuándo, desvincularse / del amor que mueve el sol y las demás estrellas". Otra característica del libro es su diálogo con los diarios de Plath: el poeta-protagonista contrapone su perspectiva de entonces -el recuerdo de esa perspectiva-, con el recuerdo escrito de esta otra perspectiva, conocida años después, de los diarios. La autoindagación permanente y paralela de los jóvenes esposos, en lucha encarnada cada uno con sus demonios, se complementa con la indagación del poeta que recuerda, relee y reescribe, desde la distancia de los años, los grandes altibajos, más bajos que altos, de la relación con su mujer.

El retrato que hay en este libro de la célebre Sylvia Plath asegurará, supongo, su traducción al español. El efecto de dominó y de marketing conseguirá, con un poco de suerte, alguna versión de libros anteriores de Hughes. Es de esperar que su palabra concisa, violenta y anglosajona, tan ajena a la sonoridad más ampulosa del español, no se diluya en una mera retórica de la violencia.




Babab
Última actualización: jueves, 30 de noviembre de 2000

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