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Autogiro

Poemas

por Marta Fuentes

UN PENSAMIENTO ES UN ARCO, UNA CÚPULA,
un pasillo.

Y el acto de pensar,
la transparencia.

Ventanas
el avance, y el ritmo,
mirar hacia el paisaje.

Recuerdo: "Mi amor eran los muros".
"Mi amor era el silencio".

"Ameno el día", pensaba.
"Amena la razón de hoy estar viva".

Miraba:
¿La forma de una idea es una fuente?
¿El acto de encontrar son los jardines,
o el cielo
que en agua se refleja?

Un pensamiento es pasar
de una sala a otra;

pasar

de la terraza al patio,
del patio al horizonte,

de la ventana al campo.

 

 

ESCRIBE, DIJISTE,
y yo abdiqué del beso.

Discurrí rodada,
y alisé en haldas la renuncia.

Abrí el surco suave,
deliberadamente
eché la capa al cuerpo;
oscurecí la espalda, el hombro, el cuello.

Escribe
y fue como adentrarse
en cabecera de luz
y desplazar la sombra,
y enamorarme un sitio.

Y fue como sitial de nueva posesión,
y sin piedad de mí, conocimiento.

Y fue como oficiar avances en un túnel,
ceremoniar el ritmo en lo que cambia,
sacramentar cristales en el tiempo.

La vida, la carne que se suena.

 

 

DEJA QUE LA CERA SE AHONDE
          por la inquieta llama.
Confiesa la violencia del soplo.

No son los jardines, no son los límites
que la hierba se apropia;
no es éste el lugar
donde el aire seca el agua.

Lo que te devora una vez
          se congregue en los ojos.

Pero no los alces,
ya hay un cielo y un árbol.

No reúnas por hábito las cosas
que esparciste por hábito.

Ya hay una flor centrípeta,
y un movimiento que será
la cerrada noche.

Es la profanación.
No vivas hacia adentro.

Si escribes que la luz te oiga,
que el lazo del amor te ate la carne.

 

 

TE HAS MIRADO LA CERVIZ,
y eres desgraciada.
Muchacha triste,
ahora que quieres descansar
en el amor, viene la Primavera
andando como un monje
por el valle.

 

 

          "Feliz el hombre a quien su corazón
          no condena, (...)"
                    Eclesiástico, 14, 2

TENER EL CORAZÓN MALTRECHO COMO UNA CABAÑA.
Tomar las verduras justas, las carnes justas,
soslayando fuego y frío.
No dejarse no vivir, no morir, al modo
en que nos enseñaron los padres.

El que vive cada día su casa,
principio y fin de un hábito,
ha mirado el horizonte.

No ignora que una ventana envejece,
porque sabe construir,
que los cuadros colgados un día,
son ya un rumbo distinto.

Se ha hecho a la mar,
o se ha hecho navicultor.

Como el que sabe del tiempo
más que de sí mismo
ha navegado un huerto,
ha construido un vano.

Ha mirado a la tarde,
como el que sabe que su edad resistirá.

Ha visto su amor predestinado:

"Tú has tenido miedo. Yo he tenido miedo.
En este muro vacío
plantaré una madreselva;
en donde ya no hay muro".

Tomo las verduras justas,
soslayo fuego y frío,
y no me dejo morir.

 

 

HALDA CAÍDA,
levantada al aire
que todo lo transita.

Alzada capa de la calma
que tengo entre las manos,
burlada por los vuelos.

Sobrevolada constancia de la pena
que todo lo ha emigrado
partida de sí misma.

Solemne limitar aquella que abandonas.
Solemne indemnizar espacio con un vuelo.

Y no volver el rostro.

El rito alegre irse.
Tener la transparencia,

la recta en que coinciden
ventana de la celda
con cielo
en que se pierde,
la línea
en que torcaz

se anuda la esperanza.

 

 

HACIA LA GENTE

Lo que se dicen las aguas en el viento,
y el viento en las hojas del castaño;
y las hojas del castaño en el agua:
las tres sucesivas, circulares canciones
y su fondo de nada,

¿no aumentarán el dolor
que desgarra al día,
la palpitada porción de tiempo
que la materia sufre,
como se sufre el enfriar un caldo,
el padecer, que es pensar en el frío?

Demasiado sabemos del misterio
como un peligro reflejado en azulejos;
lo tememos
como a la calle
en la que anduvo un niño.

Dónde la hermosura de vivirlo,
el aire que astilla
de agua lenta
la mirada en los mercados;
la diversidad de estar
alegre o triste
como el cobre,
con la mortalidad del sol,
un instante en los ojos.

 

 

OJOS ENTRETENIDOS VARIANDO SUS ASILOS.
          No duermo.

¡Fuego injusto, cera desatinada, agua loca!

Hábito y cauce,
abridme esta clausura.
Razón,
descorazona el centro de mis ojos.

No puedo decir más
que la diaria vocación
del salto al agua,
reflujo en la corriente.

Sólo puedo mirar.
Miro los álamos justos,
la lluvia desgarrada, la llama voraz.

Me mira el agua; me mira
la turbia adversaria que es la vida;
esta contradicción de verde en las praderas,
este sol que ha esperado a llenarse,
que ha esperado a la tarde
y no ocupa el campo todo con su sombra;

este hábito mío que no me cubre el cuerpo.

No puedo decir más.
Este silencio tiene
descerrajada calma, jardines-laberinto, y
liminar clausura.

Al fondo, ventana y escribiente.

 

_______________
El neologismo "navicultor" ha sido tomado de mi amigo el poeta Raúl Morales.

 




Babab
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Última actualización: jueves, 30 de noviembre de 2000

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