El luto humano: Un antecedente crucial para el boom

3 enero, 2011

por Mario Saavedra

El hombre es un ser temporal y contingente
lanzado entre dos nadas…

Heidegger.

El exacerbado realismo de José Revueltas, cuya obra continuó la temática social actualizada por la Revolución Mexicana, encuentra su mayor expresión en El luto humano, que aunque fue una de sus novelas de juventud, se encuentra entre sus textos más significativos y personales. El tema centra de esta estrujante narración: el clima trágico de unos campesinos ante la perspectiva personificada de la muerte, provocada por un conato de “diluvio universal”, constituye uno de los esquemas más sórdidos de nuestra literatura; en él, la muerte es hilo conductor y su personaje principal, el oscuro fantasma que ronda toda la historia. Perteneciente a una generación literaria (Taller) de infinitos alcances sobre todo en el terreno poético, José Revueltas aparece como una especie de lente microscópica de la más lamentable de la realidades; su talento, en el cual cupieron tanto el ingenio lírico como la ampulosidad narrativa, lo llevó a la elaboración de una obra ambiciosa, en la que El luto humano se erige como síntesis de un instinto creador que no pocas veces se torna lacerante y cruel con sus propias criaturas. Con El luto humano, Revueltas emprendió un ejercicio novelístico de inusitadas proporciones, notablemente influido por el Faulkner sobre todo de El sonido y la furia y Luz de agosto, aunque en ocasiones hallemos en él tropiezos propios de la juventud: lo concibió en 1943, cuando contaba con apenas 29 años de edad, y en poco tiempo se convirtió en modelo a seguir.

Al igual que William Faulkner, el padre indiscutible del nuevo realismo americano, y del que bebieron casi todos los autores del llamado boom latinoamericano, Revueltas creó, entre otras cosas, una nueva estructuración del tiempo, que plantea otras perspectivas a la narración. Uno de los mayores logros de José Revueltas con El luto humano se da, creo, en el entrecruzamiento complejo que hace de los tiempos ─pasado-presente─, a partir del ayer memorial y el hoy apabullante de sus personajes, entes que se sitúan en un abismo sin precedentes dentro de literatura mexicana. Aquí se vislumbran los primeros hallazgos de una nueva narrativa hispanoamericana ─la del boom, propiamente dicho─, las que terminaron de madurar con el Juan Rulfo de ese hito de nuestra literatura que es Pedro Páramo; mucho les deben escritores como García Márquez y Alejo Carpentier a Revueltas y a Rulfo, autores que supieron digerir los estímulos de la inusitada narrativa faulkneriana. Algunos de los primeros y más generales esbozos del origen tanto del realismo maravilloso como del realismo mágico, expresiones ambas que los autores de El siglo de las luces y El coronel no tiene quien le escriba llevaron hasta sus últimas consecuencias, están en José Revueltas, y más concretamente en El luto humano.

El luto humano es una obra que marcó un giro importantísimo en la literatura mexicana y dejó una huella profunda en la novelística latinoamericana. El mismo Rulfo, cuando Revueltas recibió el Premio “Xavier Villaurrutia” en 1967, manifestó que se reconocía la labor de toda una vida literaria, un talento sacrificado, como muchas veces pasa en estos países olvidados de Dios, a la burocracia. En El luto humano coinciden, por un lado, un universo sensible, imaginario y concreto, un lenguaje poético que renueva el lenguaje convencional de cada día; y, por el otro, en el artículo político encontramos conceptos abstractos y un lenguaje científico ─económico y sociológico─ que trasciende  el lenguaje cotidiano, pero en un sentido de máximos rigor y abstracción, verificándose en lo concreto-real. El luto humano constituye un análisis radical y profundo de una realidad paupérrima del campesino mexicano y su desesperanza después de una revolución  fallida, como también se deja ver en El gesticulador, de Rodolfo Usigli.

El luto humano actúa como un sistema coherente y significativo: Natividad, militante comunista y eje de un pasado esperanzador, opuesto a un presente que ya no es más que muerte y desolación, y del que el cura forma parte ─conciencia sin práctica, verdad unilateral de Natividad─, representa el eje angular de la novela, en el que la memoria busca un pasado ya mítico, pues el futuro, que se vislumbra en el mismo presente, no es más que éxodo, exilio y agonía. Natividad es luz y esperanza, origen y nacimiento de algo nuevo, y el cura, claudicación, muerte, desesperanza, suicidio en aguas putrefactas. Revuelta parte, en El luto humano, de un presente, con la muerte de una criatura (Chonita) que no tuvo tiempo de ver el menor indicio de luz, pues fue parida con el hado funesto encima, con la parca merodeando su lecho:

“Porque la muerte no es morir, sino lo anterior al morir, lo inmediatamente anterior, cuando aún no está en el cuerpo y está, inmóvil y blanca, negra, violeta, cárdena, sentada en la más próxima silla”.

En este sentido, Revueltas responde a la tradición poética mexicana más fiel, la que Villaurrutia definió espléndidamente en su Introducción a la poesía mexicana; es el nacer con la muerte a cuestas, como amiga devota, pues esta vida ─en ella, el sueño actúa como un constante simulacro de muerte─ no es más que un preámbulo para llegar a ese indistinto fin.

Entonces, el éxodo de El luto humano, su lóbrega procesión, viene a ser la respuesta, según Revueltas, a un destino que ya estaba marcado desde nuestra más ancestral mitología: apego a la desesperanza, un casi nihilismo, donde no encuentra cabida ni siquiera la autocompasión. Esta huída hacia la región de los muertos, por una inundación catastrófica, me recuerda la experiencia  sui generis de Hans Castorp, personaje central de La montaña mágica de Thomas Mann, quien en Berghof, cerca del sanatorio donde se encuentra recluido y en el cual el tiempo se le torna en algo ilusorio, da quién sabe cuántas vueltas a un chalet, olvidándose por completo de sí mismo y en un transcurrir que va de la nada hacia la nada… Todo este ambiente tremebundo, en el que la incertidumbre y la apatía pueden más que la aridez del hábitat, nos lo da a conocer Revueltas ─nosotros, lectores, también nos sentimos desolados─ a través de una prosa poética espléndida, como la que emplea para describir a cada uno de los personajes:

“Tenía Adán esa sangre envenenada, mestiza, en la cual los indígenas veían su propio miedo y encontraban su propia nostalgia imperecedera, su pavor retrospectivo, el naufragio de que aún tenían memoria”.

La sordidez del ambiente y de los personajes fotografiados no le resta su inmenso poder poético a la tan auténtica prosa revueltiana, sublimado en inesperadas imágenes de una gran belleza. Esta descripción de Adán bien pudo haber sido consignada, veinticinco años después, en La muerte de Artemio Cruz o en Cien años de soledad

La conclusión a la que llegamos después de leer las dos obras arriba mencionadas: el fracaso de un sistema sumido en la incapacidad de comprenderse a sí mismo, es la misma a la que nos conduce un juicioso acercamiento a El luto humano. Para Revueltas, hecho que se corroboró en su permanente y tozuda militancia, las victorias y las derrotas se consuman en este mundo, y sus personajes son el resultado de la más letal de las derrotas. En este autor no hay redención alguna, y lo único que queda por esperar es la consumación de la muerte. La superstición y el fatalismo conducen a sus entes literarios a la pérdida definitiva de toda identidad, no siendo ya más que fantasmas corporales, cuerpos vacíos, seres humanos deshabilitados.

Adán, personaje fundamental de El luto humano, la antítesis y el asesino de Natividad, se perfila hacia un aniquilamiento más atroz y triste que el de cualquier otro ser de la novela; lo llena la podredumbre de haber sido el ejecutor de la única posible esperanza. En él, Revueltas entrevé nuestro ancestral mal para definir nuestro destino, el miedo a ser los protagonistas de nuestro propio curso histórico. Encarna un caminar retrospectivo de la condición mexicana, un querer volver al origen de los males y errores de los que la memoria ya no tiene un claro recuerdo. La voz de Natividad, el alter ego de Revueltas, se cuestiona el por qué de dichos fracasos, y él mismo se responde que “si la lucha no tiene objetivo, sentido, realidad que la obligue, entonces no puede existir, es absurda”. La memoria nos liga al pasado, y desprendernos de ella es dejar de vivir, existir a medias. De ahí que sea tan trágica la epidemia que padecen los habitantes de Macondo, en Cien años de soledad, cuando la peste del insomnio provoca el olvido y éste la muerte más cruda, la soledad:

“Pero la india les explicó que lo más terrible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia la manifestación más crítica el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado”.

En su afán iconoclasta, Revueltas llega a vituperar sobre casi todo lo que nos rodea, y aun sobre la memoria que es capaz de “atesorar” sandeces y desvaríos. Es la respuesta de un hombre crítico a lo que él considera “existencia vil a la que nada ni nadie la supedita ni la protege”. Es el resultado de la más amarga de las soledades del hombre, su miedo terrible a sentirse solo, sin Dios ─ha perdido la memoria─ que lo custodie. Según revueltas, el hombre está determinado por lo inevitable, tesis conclusiva que le confiere a su visión una categoría trágica, existencial: el ser estéril, en una tierra igualmente estéril…

Si algo paradójico hay a lo largo de toda la historia de la literatura de los países latinoamericanos, es el signo de destrucción y de muerte con que ha convivido desde su mismo origen, hecho temático que ha ido de la mano con no pocos vestigios de expresión nueva y florida. Pero es que el arte refleja la historia, y la historia de estos países ha sido la destrucción, el aniquilamiento de sus bases culturales para implantar ─una prótesis forzada después de haber desmembrado sus orígenes primeros─ otras ajenas, que tampoco van a ser auténticas. La mexicanidad hecha de muerte y de tragedia, es una de las conclusiones a las que llegamos después de haber leído El luto humano. ¿Dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción en esta secuela de obras?  Como decía el mismo Alejo Carpentier: “el novelista es el mejor cronista de su tiempo”.


Texto, Copyright © 2011 Armando G. Tejeda.
Todos los derechos reservados.



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