Alberto Chimal o la Encarnación de lo Imaginario

29 julio, 2008

por Guadalupe Ángeles

Alberto Chimal, escritor nacido en la ciudad de Toluca, capital del estado de México en 1970, cultiva el ensayo, la dramaturgia y la narrativa. Ha publicado diez libros hasta la fecha.

Mantuvo durante un prolongado periodo la columna “Un mundo raro” en el suplemento cultural Arena del periódico Excélsior de la ciudad de México, los textos allí encontrados ponen de manifiesto las inquietudes de Chimal, a quien le interesa mucho la búsqueda de rarezas, curiosidades, y cosas extraordinarias, en la literatura y en el cine. En su libro La cámara de las maravillas da cuenta de sus diversos intereses intelectuales. Es este un libro en el que el lector puede encontrar las opiniones del autor sobre temas que, no obstante partir de la literatura, invitan a la reflexión sobre el devenir humano, de las diversas formas de asumirse como ser sensible y consciente ante la multiplicidad del mundo.

Como ensayista propone nuevas formas de considerar todo texto, no partiendo de lo “bien” o “mal” escrito, sino desde las diversas posibilidades de comunicación. Por ejemplo, en Enkidu y el dinosaurio recuerda al personaje Enkidu, del “Poema de Gilgamesh”, el cual fue escrito hace cuatro mil años. Analiza el célebre cuento de Monterroso y el pasaje donde Enkidu aparece siendo vencido, mediante el recurso de poner frente a él a una prostituta para hacerle olvidar su tarea de obstaculizar el trabajo del cazador. De tal análisis surge una pregunta: ¿muchas imágenes para dar un sentido sólido a lo narrado, o una sola imagen (“Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”) para disparar una multitud de sentidos?, y sintetiza: “…aquel tiempo debe haber confiado más que éste en el poder unificador de la palabra; en las posibilidades del lenguaje como instrumento para revelarnos lo invisible, o acercar lo distante, mediante la concentración del pensamiento en una serie de imágenes poderosas, claras, memorables.” (pág. 41) Finalmente concluye: “No creo que esta nota describa un avance ni un retroceso en una supuesta “escala” de valor literario”. Un extremo y otro de esta historia se encuentran en la importancia que dan a la duda y a la incertidumbre, aunque uno de los textos las imponga a su lector (¿quién despertó?, ¿qué hacía con un dinosaurio al lado?) y el otro a sus personajes (después de hacer el amor con la prostituta, a Enkidu se le abren los ojos y pregunta por el mundo).”

Derivado del nombre del libro La cámara de las maravillas, no es de extrañarse encontrar textos en los que el autor se permite dibujar de manera expresa situaciones que guiaron hacia el camino del arte al joven que un día fue, me refiero al ensayo titulado “El descubrimiento”, en el que refiere cuando, en las clases de teatro por las que optara en su adolescencia (sólo por tener horas libres) reconoció su sensibilidad a través de un sencillo ejercicio: “…que se siente en una silla en medio del salón y juegue a que despierta, por primera vez: que no sabe nada del mundo: que debe descubrirlo todo a partir de ese primer momento” (pág. 89).

Un hecho humano así, tan carente de interés para los estudiosos de las diversas corrientes literarias, pone frente a nosotros a Alberto Chimal, la persona que es capaz de recuperar para las páginas de los libros esos pasajes acaso sólo “admisibles” en diarios, ¿cuántas veces, al analizar un texto, olvidamos precisamente cosas como éstas?:

“De sus manos suaves sobre sí mismo le vendrá comprender que tiene un gusto soterrado (y poco varonil para la forma en que fue educado) por la ternura. De la impresión de que algo importante ha pasado, un gusto por el teatro y por todo lo que tiene que ver con él que lo llevará a seguir porfiando en papeles mal interpretados durante años.”

“Éstas no son experiencias habituales en nuestra cultura, que culpa a quien se toca y prohíbe, muchas veces, hasta el pensamiento sobre uno mismo. Y, por la misma razón, él las olvida”.

De igual modo, en el ensayo “La ciudad invisible” Chimal examina, entre otros recuerdos, aquél en el que entraba a un pasaje casi desierto y veía las portadas de libros a través del cristal de una librería que casi nunca estaba abierta, y de su análisis trae estas palabras:

“No sé si mis gustos por los intersticios y por los libros, por lo extraño o nuevo en lo que no se ha reparado, se unieron de verdad allí, en ese local en el que eventualmente pude entrar, y por el que comencé a pensar en la idea de escribir un libro… me interesan mucho las cosas que no se ven, los ángulos extraños para mirar lo de costumbre, la imaginación como una herramienta para lograr estas cosas: para descubrir, como querían los románticos, y no necesariamente para acumular otras cosas sobre el mundo.”

Si fuera mi propósito escribir uno o varios párrafos en que quedara de manifiesto las filias y fobias de este autor, mis palabras no serían tan claras para lograrlo, como las de la cita anterior.

Vuelvo entonces a la visión de conjunto de su obra, en la cual se advierte una mezcla entre lo fantástico y lo profundamente humano, interpretado esto como una lectura muy personal del mundo, que parte de la experiencia interior, doy un ejemplo que da fe de ello:

“Aún hoy se cuenta que Amma, la primera mujer, fue madre de los tivalhé antes que de ningún otro. Porque ella despertó en la oscuridad, cuando nada más existía, pero no le tuvo miedo y trató de tocarla. Ya la oscuridad, complacida, engendró al mundo para las manos de Amma, para que sus ojos vieran y sus pies andaran. Y cuando Amma dio su primer paso hubo la distancia; cuando dio el segundo, el tiempo; y cuando dio el tercero, y vio que todo a su alrededor era hermoso y nuevo, hubo en ella el deseo: el ansia de lo que está lejos.”
[Tomado del texto "La distancia" incluido en su libro, Gente del Mundo número 174 del Fondo Editorial Tierra Adentro, publicado en 1998.]

Describir las revelaciones de este autor como hechos ignotos, sutiles, diáfanos pero en ocasiones oscuros, divertidos muchas veces, es corroborar lo que afirmaba María Zambrano: “Todo anhela ser visto”, y es en esa claridad que Chimal da sentido a todo lo que en su obra se ilumina, porque sucede que esa exploración que lleva a cabo sobre nuestra naturaleza, el humano anhelo de acceder a otros mundos, lejos de lo cotidiano, no es el menor de sus aciertos, puesto que se advierte en la base de sus cuentos una semilla de reflexión sobre el ser mismo, sobre la esencia de las relaciones interpersonales. No en vano en su cuento “El juego más antiguo” publicado en el número 100 (octubre-noviembre, 1999) de la revista Tierra Adentro, luego de que dos brujas: Antazil y Bondur, mantienen una contienda en la que echan mano de todos sus recursos de magia para eliminarse la una a la otra, concluye:

“Y, he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur.
Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, el Eterno, se detuvo.
Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se trasformó, a su vez, en Antazil.
Y entonces se vieron.
Sí, Antazil con su carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.”

Cultivador de la narración fantástica, Chimal crea universos verosímiles partiendo de los elementos conocidos del mundo, ése que se contempla en los espejos, para arribar a realidades alternas perturbadoras (tal como Borges en su cuento “There Are More Things”). Particularmente interesante, en este sentido, es su cuento “Mogo”, en el cual se describe la experiencia de un niño que vive inmerso en una familia matriarcal, de la que huye inventando que es invisible (o siéndolo), sólo para encontrarse con seres cargados de violencia en un mundo alterno en el que está tanto o más desamparado que en el mundo real. Esta característica perturbadora, pero en este caso, mucho menos dolorosa, se ilustra en el fragmento que sigue:

“Poco después, mientras la señora Clark intentaba montar sobre él y despojarse, al mismo tiempo, de sus medias, Horacio observó que otras prendas, arrojadas más bien con poco cuidado, flotaban en el aire y dibujaban, cerca de la cama, algo muy semejante a un tocador. Para ver qué sucedía, dejó la envoltura del preservativo en donde calculó podría encontrarse la mesa de noche. La envoltura tampoco cayó al suelo.”

Todo esto sucede en el Hotel Hawley, Adeliade (Australia) a donde ha ido Horacio Kustos, a quien le es destinado el mejor cuarto, en el cual los muebles son transparentes, he tomado el párrafo del cuento “Camas de Horacio Kustos” incluido en su libro Estos son los días.

Oscar de la Borbolla, escritor mexicano, afirma en su Manual de Creación Literaria (publicado por la editorial Nueva Imagen en el año 2002) que una imagen, cualquiera que sea (da ejemplos visuales en su libro), con el solo hecho de encontrarse frente a nuestros ojos, invita a reflexionar sobre ella, y así, genera la creación de una historia, partiendo de su posible título. Considero que Alberto Chimal, va más lejos de esta propuesta con la inclusión de Las láminas de Kadousï en su libro Gente del Mundo, las cuales constituyen un dispositivo que potencia significaciones con la descripción de un dibujo, lo cual es posible gracias a la conjunción del título, de la imagen y su descripción. Por ejemplo, la página 45 corresponde a la lámina 689: “Un soldado con armadura (su yelmo tiene la visera levantada) y con la cara vacía: desprovista de facciones.” El título es: nonaomon (Los Que Odiamos El Nombre).

José Luis Zárate, a propósito de Gente del mundo, señala: “Pero el silencio, lo ignoto, la misma ausencia son también capaces de describir. Lo dicen los hermosos dibujos que no están.”

Transcribo del ensayo Las láminas de la Enciclopedia de Roland Barthes un breve párrafo que podría referirse tanto a Las láminas de Kadousï como a Gente del Mundo:

“…y sobre todo (y es el interrogante final propuesto por estas láminas), el espíritu analítico mismo, arma de la razón triunfante, no puede menos que doblar el mundo explicado en un nuevo mundo a explicar, según un proceso de circularidad infinita…”

Este mismo autor menciona que “detrás del pretérito indefinido se esconde siempre un demiurgo, dios o recitante”, Alberto Chimal adopta esta voz, ya que en sus textos se halla “la expresión de un orden, y por consiguiente de una euforia” (según afirma Barthes líneas después del párrafo transcrito), lo cual se verifica en la narración “Los personajes”, en la que un escritor recibe la visita de sus personajes abandonados e incompletos pidiéndole violentamente ser incluidos al menos en una historia.

Chimal extrae gran parte de su obra de la imaginación más pura, y hacia ella nos invita: lugares donde las piedras hieren a voluntad y las estaciones prodigan alegría con toda intención, es de ese modo que “marca el campo de una verosimilitud que develaría lo posible en el mismo momento en que lo designaría como falso” (R.B.) tal movimiento en sentidos aparentemente opuestos se realiza en Gente del Mundo, ya que se afirma que los textos en él publicados son: “Extractos del tomo segundo de “Los dos mil y trescientos y setenta y cinco pueblos” que en su conjunto son la Gente del Mundo, o los Vecinos de la Tierra, como se dice en estos tiempos, y sus costumbres y tradiciones, más todo aquello que practican, deploran o desconocen, así como cuanto refieren de sí mismos y del vasto mundo de eras pretéritas o de la nuestra, o aun del futuro”, (escrito) por Damac de Jeramow. (Página 7)

Ante la obra de Chimal, por su riqueza de imágenes y sentido humano, es imposible no adjudicarle las palabras que Barthes dejara escritas en El grado cero de la escritura: “…dar a lo imaginario la caución formal de lo real, pero dejarle a ese signo la ambigüedad de un objeto doble, a la vez verosímil y falso, es una constante operación en todo el arte occidental para el que lo falso se iguala con lo verdadero, no por agnosticismo o por duplicidad poética, sino porque lo verdadero supone un germen de lo universal, o si se prefiere, una esencia capaz de fecundar, por simple reproducción, órdenes diferentes por alejamiento o ficción.”

El cuento de Jorge Luis Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, como más adelante se verá, ejerce una influencia notable en la obra de Alberto Chimal, como puede apreciarse en el número 128 (junio-julio 2004) de la revista “Tierra Adentro” en su artículo titulado “El mundo será Tlön. Sobre un cuento poco frecuentado de JLB”, en el cual hace un análisis desde una perspectiva interesante: Si un mundo ajeno al real tomara el lugar de éste, ¿no estaría incurriendo la humanidad en una falsificación que, en estos momentos, mientras leo estas líneas, se está llevando a cabo, sin que este hecho sea del todo imaginario, sino una interpretación del mundo, como todas, arbitraria?, o acaso ocurre, no como una especie de “sed de ficción”, sino como un hecho perfectamente verificable y conscientemente dirigido.

Es posible que Gente del mundo sea un ejercicio diseñado para contestar la extraña pregunta del párrafo anterior.

Hechos, conductas, lugares con nombres nuevos forman el corpus de “epopeyas, leyendas” que Chimal hace aparecer en este universo conocido, al nombrarlos. ¿Y si ése que nombra fuera el mundo real, y no uno hecho de palabras? Ante preguntas como ésta puede afirmarse, negarse, argumentar; de todas maneras, extrapolando la cuestión, nadie estaría en desacuerdo que cierto o falso, todo universo nombrado es sólo una convención —arbitraria, ciertamente— que carecerá de fuerza o se verá reforzada según el número de personas que estén de acuerdo con ella, pero no dejará de ser una convención arbitraria.

Todo esto no pasaría de ser un divertido juego armado con palabras, si Alberto Chimal no llegara en su reflexión, a dejar en claro, quienes son los que sostienen el convencionalismo de la realidad imperante: los detentadores del poder, léase, medios masivos de comunicación y/o gobernantes. ¿Les suena conocida la mancuerna?

Cuanto puede leerse en Gente del mundo, como ya se dijo, son “Extractos del tomo segundo de “Los dos mil y trescientos y setenta y cinco pueblos” que en su conjunto son la Gente del Mundo, o los Vecinos de la Tierra, como se dice en estos tiempos, y sus costumbres y tradiciones, más todo aquello que practican, deploran o desconocen, así como cuanto refieren de sí mismos y del vasto mundo de eras pretéritas o de la nuestra, o aun del futuro”, (escrito) por Damac de Jeramow; este hecho (el que se trate sólo de extractos) es un claro guiño entre lectores del cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, ¿o será casualidad que Chimal también describe un mundo que no existe en la tierra que todos pisamos? ¿No será este autor, a su modo, un miembro de esa generación de “tlönistas”, quien, por prudencia estilística, nombra de otro modo a sus ciudades inventadas? Analizando este cuento, uno imagina que, más que escritor afín al argentino, “un discípulo para la continuación de la obra”, Chimal, como narrador, y más allá de afinidades estilísticas, coincidencias en temas, filiaciones autorales, es un imaginador y como tal procede, pues tanto Borges como Chimal se inventan uno al otro, no en vano en su nuevo proyecto de internet (http://www.lashistorias.com.mx/blog/) Alberto Chimal comenta, que en El Aleph, el protagonista ve al lector (viéndonos a todos, a cada uno de nosotros, leyendo su cuento, inventándonos). He aquí el fragmento del cuento donde esto ocurre:

“…En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo… …vi la reliquia atroz de de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo… Sentí infinita veneración, infinita lástima”.

Imaginadores ambos, entretejen sus temáticas contra el tiempo, escriben como si un único autor firmara sus libros y los inventara a ambos para dar cuerpo a su obra. Imaginadores pues, Chimal pone a vivir en el mundo a “Shanté” (en el cuento que lleva su nombre), y es esta criatura “encarnación” de la escuela filosófica de Tlön, cuya enseñanza esencial dicta: “Mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado, y así, cada hombre es dos hombres”.

Ante tales conjeturas surge una nueva pregunta, acaso ingenua, acaso no: ¿Será que los seres humanos, nos inventamos unos a otros constantemente, al imaginarnos?

Dejemos a un lado las interrogantes y pasemos al análisis de esta narración de Alberto Chimal “Shanté” (incluida en su libro Estos son los días publicado por Editorial Era en el año 2004).

La historia cuenta con tres personajes principales: Beatriz, Elena y Shanté, la relación entre estos personajes es la semilla del cuento.

Debido a un objeto que Elena ha comprado, el escoto, ha iniciado un hábito que a lo largo del tiempo se ha transformado en vicio. La narración inicia el día en que Elena es despedida de la oficina donde trabajara con Elizabeth. El despido obedece a sus excesivas visitas al baño, a donde acude con el escoto. Todos se han dado cuenta que cuando Elena desaparece, una mujer un tanto desgarbada anda por la oficina sin que nadie la identifique más que como “la amiga de Elena”. Al saber que ha sido despedida su amiga, Elizabeth va a verla a su casa, en donde ella le cuenta de su adicción, diciéndole también que enviará a Shanté para que le explique todo el asunto. Es ella quien le informa que su existencia (la de Shanté) depende de Elena, ya que ella es una representación mental que Elena tiene de sí misma. Esta encarnación se lleva a cabo al tomar con su mano derecha el escoto, objeto que opera solamente con mujeres, y las hace caer en un aparente sueño. Shanté se hace visible sólo durante el sueño de Elena. En un primer momento Elizabeth no cree nada de esto, pero inicia investigaciones al respecto y descubre que, efectivamente, el escoto funciona como Shanté le dijo. Decide entonces cuidar de Elena y Shanté se le une en esta tarea.

En los dos primeros párrafos del cuento se describe una fantasía que se repite al final, con lo cual se clarifica la relación que se establece, fuera del tiempo de la narración, entre Elizabeth y Shanté.

Siguiendo una parte de cierta forma de análisis que propone Roland Barthes, divido el cuento en dos vistas, con las cuales se hará un enfrentamiento u oposición, a la manera de un juego de espejos o de contrarios, para verificar que es posible contar con una visión de conjunto al unir las dos partes, visión que nos dará la posibilidad de comprender el texto en toda su complejidad.

La primera vista que se ubica en los párrafos iniciales del texto, es la siguiente: Alguien se encuentra acostado en un lugar oscuro, percibe que otro u otra —a quien espera— ha llegado, se acerca al cuerpo tendido, lo toca con timidez, lo besa dulcemente.

Sin embargo, la primera vista real (separando arbitrariamente el texto entre lo real como el mundo que Elena desea abandonar y en el que Elizabeth debe quedarse para cuidar de ella y tener la compañía de Shanté), y el mundo irreal, sólo insinuado en el primer y último párrafo del cuento, una segunda parte, digamos de la primera vista, es aquella en la que Elizabeth interroga sobre su amiga al jefe de la oficina en la que hasta ese día compartiera labores con Elena, contestando éste que la corrió esa misma mañana.

La segunda vista del cuento: Shanté y Elizabeth se organizan para cuidar a Elena, procurando que despierte para que coma y no muera de inanición, ya que, adicta como es, desea permanecer el mayor tiempo posible en el sueño que le produce el escoto.

Dividido el cuento en estas dos vistas, da como visión de conjunto una valoración arbitraria: La convivencia final de Elizabeth y Shanté plantea: el desconocimiento de estos dos personajes “se opone” a una posible relación amorosa entre ambas. La soledad de las dos se opone a la armónica colaboración que establecen para conservar con vida a Elena, ya que ella es el único medio para estar juntas, puesto que Elena hace posible la existencia de Shanté.

Esta simetría de situaciones (“vistas” inicial y final) que se oponen, evidencia que el cuadro inicial (mismo que termina cuando Elizabeth conversa por primera vez con Shanté) está fundado desde una perspectiva de conjunto, pues proporciona los datos con los cuales el lector percibe ese universo particular donde es verosímil la relación que en el cuento se plantea, y admite diversas interpretaciones, desde las más inmediatas, como la de suponer que el Escoto (objeto que posibilita la existencia de Shanté) es un equivalente del pene, tomando la perspectiva de que éste opera cambios en la mujer, desde los puramente físicos (por ejemplo un embarazo), y los sociales (“una mujer que tiene a su disposición un pene, cuenta con mayor prestigio social que otra que carece de tal disposición”), hasta la interpretación que simboliza en el escoto el libre albedrío, ya que el personaje llamado Elena lo usa para transformar sus días en un suicidio lento, percibido esto desde el mundo “real” y no así desde su interior, el cual se manifiesta “encarnando” a Shanté.

Este cuento abre perspectivas de interpretación diversas, cuyos alcances van más allá de lo puramente literario, ya que si bien puede leerse como una fábula amorosa, también da la posibilidad de ser entendido como la descripción de un mundo en el que las encarnaciones de la fantasía son el único camino posible para acceder a la plenitud como seres humanos, entendida ésta como la plenitud del amor.

Antes de que Elena revele a Elizabeth la naturaleza de su adicción, ella ve por las calles a mujeres que adoptan extrañas conductas. Tres de ellas, de aspecto particularmente raro, la orientarán una vez que inicia su particular investigación sobre el vicio de Elena, puesto que, precisamente son estos extraños personajes quienes dirigen un centro en el cual se apoya a las mujeres mientras duermen el sueño del escoto.

La visión de la hermandad de aquellas adictas, es imagen de los grupos en los que la solidaridad es la última vía para conservarse en el nivel de seres humanos.

Es en este sentido que entendemos las razones que pudieron llevar a Alberto Chimal a realizar la adaptación al teatro de Salón de belleza, esa novela de Mario Bellatín en la que esta solidaridad es manifiesta.

Las preocupaciones de Chimal, como escritor, lo llevan a dejar claro en su escritura que nada es ajeno a lo humano, ni lo supuestamente fantástico, ni lo afirmativamente destructivo, y si bien es cierto que esta metáfora del escoto como evasión, nos lleva a las regiones del espíritu donde más ocultos permanecemos a nosotros mismos, sitio donde las obsesiones nos cercan, hábitat del deseo, también es cierto que puede no ser sólo una metáfora, sino una interpretación de los diversos modos en que las mujeres viven el mundo, a partir de lo que de ellas se exige tanto a nivel social como a nivel íntimo; Elena representa el deseo, la voluntad de asumirlo hasta sus últimas consecuencias, y sin embargo su deseo toma forma de mujer y se acerca a Elizabeth, quien representa la sublimación de ese deseo a través de la preocupación, la amistad y el sincero afecto que siente por Elena, al grado de tomar el lugar de su madre y, ayudada por Shanté, asume ese papel, impidiendo a la propia madre biológica de Elena hacerse cargo de su hija.

Es muy interesante cómo, a través de este juego de oposiciones, llegan, tanto Elena como Elizabeth, al mismo lugar, el lugar del amor compartido que sólo es posible a través de la figura de Shanté, quien, actuando como catalizador, adopta sentimientos que la confunden pero, encarnación de lo auténtico como es, tiene claros.

Un hecho en la infancia de Elizabeth marcó su conducta ante el amor. Una tarde que hacía la tarea, vio por la ventana a una pareja besándose, su madre siguió su mirada y cerró de mala manera la ventana, gritando injurias a los amantes. Con este antecedente, es ocioso tal vez mencionar que Elizabeth no admitiría el amor que la une a Elena, ese mismo amor que Shanté le profesa a Elizabeth, y siente con la profundidad y entrega que sólo un ser de vida precaria como ella (ya que depende de la existencia de Elena) puede experimentar.

Surge de esta constatación del sentir de Shanté una metáfora hermosa que alude al ser humano tal cual, ¿o alguien estaría en desacuerdo conmigo si afirmo que somos seres de vida precaria e incierta?

Alberto Chimal en esta fábula amorosa ha puesto de manifiesto algo diáfano y sin embargo oscuro: sólo amar puede darnos vida verdadera, y no importa los laberínticos caminos que tomemos para llegar allí, una sola imagen de amor correspondido vale por todos los vicios y todas las represiones.

Irrefrenable pero discreta, Shanté ama a Elizabeth, sus maneras son el silencio y la abnegación, volcada en el cuidado que ambas procuran a Elena, sus maneras son la dulzura de un tímido tacto y una solidaridad irrestricta. Todo esto hace de Shanté un personaje imaginario pero profundamente humano.

Partiendo del concepto del amor como el de una presencia plena que da cabal sentido a la existencia, cabría preguntarse ¿Por qué encarna este personaje no humano, el amor para Elizabeth?, creo entrever la respuesta en las palabras que tomo del libro El hombre y lo divino de María Zambrano: “…cuando la mirada encuentra al fin algo que responde a su demanda de ver enteramente, a la necesidad de una pura y total presencia, es fugitivo o solamente dado en insinuación, en presentimiento.”

¿Habrá una presencia más inmaterial que la total presencia de Shanté ante Elizabeth?

Es Shanté el texto que ejemplifica de manera perfecta lo que he venido manifestando a través de este acercamiento a la obra de Alberto Chimal, este corpus: “Es una mezcla entre lo fantástico y lo más profundamente humano, interpretado esto como una lectura muy personal del mundo, que parte de la experiencia interior”, o al menos, es así como lo invento, como en Tlön se inventan autores para decir que alguien escribe lo que todos imaginamos.

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Los libros de Alberto Chimal publicados son: “Canovacci”, “La luna y 37,000,000 de libros”, “Vecinos de la tierra”, “El rey bajo el árbol florido”, “El país de los hablistas”, “Gente del Mundo”, “La cámara de las maravillas”, “Estos son los días” (Premio San Luis Potosí de Cuento 2002), “El secreto de Gorko” (Premio FILIJ de dramaturgia 1997), “El ejército de la luna”, “Grey” (Editorial Era, 2006).

Texto, Copyright © 2008 Guadalupe Ángeles.
Todos los derechos reservados.


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