Literatura Narrativa Selecta

Relato: Música siniestra de Madrid

Estévez siempre me traía membrillos de las Alpujarras granadinas, su tierra. Desde su despacho en el viejo edificio de Repsol, rezaba por la jubilación antes de tener que trasladarse a la calle de enfrente. La torre de Repsol (finalmente Cepsa), uno de los cuatro rascacielos nuevos con que Madrid inauguró el siglo XXI por encima de los 200 metros, le estaba esperando; a él y a los miles de empleados de la petrolera postfranquista, la antigua Empresa Nacional Calvo Sotelo. Allí se iban a trasladar en cuanto se habitaran los edificios, si no lo evitaba una jubilación anticipada a la que poder acogerse.

Yo miraba los frutos amarillos que me iban a dar aroma a los armarios mientras me narraba su inquietud y el pánico a la altura. No me atrevía a cogerlos hasta no dilucidar si aquello podía evitarse de algún modo. “Los membrillos”, me recordó a la hora de despedirnos, pues los había olvidado encima de su escritorio de tanto obviarlos en una conversación en la que repasamos los aspectos técnicos habituales y el vértigo como amenaza en primer término. Y al tocarlos y notar la suavidad pensé en la altura. El membrillo es un fruto viejo como un bodegón de Zurbarán, de Cotán. Se arruga al día siguiente de nacer, como si tuviera comprensión por ese mundo duro y cruel de épocas históricas, pero tal si el frío lo hubiera pulido, su corteza amarilla es casi un metal, y tal vez, por eso, o por la promesa que su tacto significa de vida eterna me congracié con los rascacielos recién terminados que podíamos ver desde la ventana del despacho de mi amigo y mi colega Estévez. Secretamente lo estaba traicionando, yo quería que se trasladase allí pronto, para ir a verlo a la planta 36 o a cualquiera.

Torres

Y como siempre ocurre lo inesperado, a Estévez le salvó el cambio de presidente de la compañía, quien milagrosamente estaba de acuerdo con las tesis de mi amigo granadino. El nuevo presidente no quería bajo ningún concepto tener su despacho en las nubes, que en su opinión era un blanco perfecto para la amenaza terrorista mundial, y decidió in extremis vender la torre a una corporación china o saudí y así salvar a sus empleados de un riesgo terrible, como a sí mismo.

Por otras razones, me quedé sin poder cumplir con mi deseo de visitarlo en la torre nueva ni en ningún otro sitio, ya que antes de jubilarse, me trasladaron a mí, y en el nuevo departamento, las cuentas de las petroleras no eran asunto nuestro. No sé dónde estará Estévez hoy, echo de menos sus membrillos y su conversación firme sobre la tierra – criando malvas. Tampoco sé dónde estoy yo. Cuanto más elevado de la cota de tierra, parece que uno se vaya a morir menos. En las nubes viven los pilotos y lo eterno, lo que nunca cae. El deseo lo he satisfecho reservando mesa en el restaurante de la planta 42 del rascacielos contiguo, y con eso no he terminado de salvarme, que es lo que esperábamos de los rascacielos. Son momentos en los que se reconoce la altura innecesaria, desproporcionada, en vez de asumir la de los frutos en el árbol, a uno o dos metros del terreno. Con Estévez murió toda una época y la memoria que nos queda está también contaminada por lo mismo. Un trazo ingenuo.

Sobre el cerdo bien asado, las berenjenas son de mucho gusto pero por un hilo ámbar, la noche que fui a cenar a la torre Espacio, en la carta, lo servían con membrillo. Esa mezcla de carne y fruta es árabe – nunca de cerdo -, como todo lo que nos amenaza y nos constituye. Los sueños se acaban, como el de las nieves de Granada, como el del edificio pero yo me acordaba, mientras deglutía lo mixto, como un hombre insoportable, de otros edificios cuando yo cantaba.

Torres Blancas

Yo cantaba – hace treinta años – cuando era joven como Ian Curtis, y me proponía alcanzar el mismo insight sobre todo como él mismo, el poeta de Macclefield que se suicidó. Igual que J.G. Ballard, que nos enseñó a habitarnos por dentro y a exhibirnos en nuestras atrocidades. Mi grupo se llamaba la Fundación, el más maldito de la onda siniestra. En España, lo siniestro, que ahora los fans llaman gótico, no fue apoyado por la oficialidad del periodismo. Los tontos de la radio solo creían en el disparate happy de Alaska y Los Pegamoides o de Tierno Galván, se procuraba que la fiesta chabacana española, una actualización de la pandereta, no terminara nunca. Y los pocos que seguíamos el camino del espíritu, no del sentimiento, teníamos que mirar a Londres y a Manchester, a Factory y a Rough Trade, o a Sordide Sentimental. En Europa y UK estaban en eso. Duró lo que duró porque era difícil sostener tanta dureza o tanta exquisitez con la muerte, las nubes negras, y enseguida todo pasó al baile electrónico. Dancing with tears in my eyes, la canción de Ultravox, era el inicio de una ruta que duró dos décadas, menos interesantes, ciertamente, pero también estilosas.

En aquel entonces, yo era precoz. Estaba todavía en el curso preparatorio de la universidad, y la profesora de física del instituto público, de origen catalán tenía un fuerte atractivo para nosotros y un misterio. Era rica y vivía en el edificio más moderno de Madrid, “Torres Blancas”. El rascacielos de 23 plantas y 80 metros que erigió Saénz de Oiza en los años sesenta para impresionar al mundo y sobre todo a su mecenas, Huarte.

No sabíamos a qué podría dedicarse su marido. Su salario como profesora no les tenía que alcanzar para semejante modus vivendi en la torre. Yo no sabía cómo acercarme a ella con la loca pretensión de que me invitara a conocer el edificio. La única manera que hallé de aproximarme fue regalarle el disco que por entonces sacamos al mercado independiente. “La Fundación, Tres Cipreses, 008, Madrid, 1983”, donde, en una de las canciones, repetíamos: Así es el edificio del que me voy a tirar.

No calculé bien que con esa medida iba a asustarla más que a persuadirla de nada. La seducción del peligro – al contrario que en Foucault – con ella no funcionó, y no fui invitado al rascacielos más bonito de Madrid entonces. Lo iba a ser poco después, por otro misterio, o golpe de azar. Maricruz, nuestra compañera de pupitre, había tenido una rápida ascensión social a través de su madre que se acababa de divorciar y ejercía la prostitución en Marbella. Enseguida abandonaron el barrio y alquilaron para las dos una vivienda en el edificio. Manolo, uno de los nuestros, se convirtió en su chófer. Era el único que tenía ya carnet de conducir y su padre le prestaba el viejo Chrysler verde a regañadientes. Cuando Maricruz y su madre volaban desde Marbella a Madrid cada domingo, le llamaban para que fuera a buscarlas a Barajas. Un fin de semana que la chica no viajó con ella, la madre escort, se quedó sola en casa y dio una fiesta a la que fuimos invitados los cuatro o cinco muchachos de la pandilla.

Fue el momento de penetrar en el fascinante mundo curvo del rascacielos de hormigón. Entrar en la casa resultaba impactante, dejábamos de ser los que éramos y nos convertíamos de inmediato en personajes de ciencia ficción. Todo estaba redondeado, el extraño hábitat tenía diferentes plantas y escaleras que hacían de cada rincón un ambiente autónomo y estaba amueblado casi con spray en lugar de sólidamente, sin estructura. Al hacerse de noche, subimos a la piscina de la azotea y nos bañamos. Aunque era verano hacía frío en lo alto. Soplaban ráfagas de un viento que no invitaba a desnudarse. Desde allí se veía la vida de los vecinos de los áticos. En uno de ellos residía un famoso escritor que Maricruz no acertaba a explicarnos quién era. “Se parece a Mao Tse Tung”, decía intentando darnos una pista. En su casa, su madre había colocado un poster del líder amarillo, réplica del cuadro de Andy Warhol en el inhóspito despacho inutilizado, e intentamos decir nombres de escritores españoles que pudieran sugerir la fisonomía del comunista. “Vázquez Montalbán”, “Martín Gaite”, “Haro Tecglen”, íbamos diciendo como apostando. Con este último nos reímos porque Manolo lo descartó de inmediato por su parecido con Leónidas Brézhnev más que con Mao. “Cela”, dije yo. “Sí, ese”, me adjudicó Maricruz sonriendo y fuimos a asomarnos al borde de la piscina para intentar sorprenderlo en zapatillas en el salón de su casa. No se veía a nadie, aunque había luz. “Una vez nos cruzamos en el ascensor”, explicaba la chica mientras servía Martini blanco para todos, “es un señor muy amable”. “¡Es un guarro!”, repuso Ochoa que se había quedado en bañador, y tras él nos fuimos zambullendo.

mao warhol

Con el alcohol, el sexo y la música de Joy Division: I’ve got the spirit, lose the feeling, take the shock away, tuve la sensación de morirme por contraste con la temperatura de la pileta. Flotaba en las aguas negras tras la indigestión y oía a los amigos a través de un cristal: “Estéfano, despierta”, decían y se reían, pero se preocupaban por mis temblores aunque estuvieran tan borrachos como yo. A ellos no se les había cortado la digestión ni seguían ya desnudos en el piso 23. Maricruz hizo que me asomara al vacío desde la barandilla de hierro y, entre las plantas, vomité mis higadillos al abismo nocturno. Salió todo como una flor descendiendo lentamente los 80 metros de altura. Yo quise reunirme con los coches y las autopistas del suelo aquella noche madrileña. Ser arcilla.

Pasó de moda nuestra forma de vida juvenil y nuestra juventud misma. Antes nos parecía cualquier cosa artística. Siempre esperábamos algo más. Ian Curtis era un nuevo John Donne, y aquí también hubo un poeta que se mutiló a sí mismo, Rodríguez Alba. ¿Qué otra cosa se podía hacer?

Terminar el cerdo sin aportar la anécdota a los compañeros es también una forma de escapar del silencio. Ya no amo los rascacielos ni siento su poderosa atracción. No es realista. Con ser una vasija me conformo. Que la tierra la guarde. La distancia es la misma. Un enterramiento profundo es una torre elevada, y un membrillo, la justa altura de los hombres modestos. Los edificios quieren vivir 3000 años como las vasijas.

vasijas

Como en la Edad de Bronce, cuando vivían bajo tierra o en un cerro amurallado y adoraban a Astarté. Solo podían vencer a la muerte muriéndose antes. Así era la vida de entonces.

Pero “tomad otra copa”, pedí a mis compañeros nocturnos. Estábamos sentados a más de cien metros de altura, en suspensión, ingrávidos, engañosamente duraderos y yo pensaba en el tintinear del hielo en el cristal nada más, deseando que mis amigos no leyeran a Neruda: “Incómodos se hicieron para mí/los más privados menesteres.” Ni a Leopoldo María Panero cuando escribió en inglés:

“And always the wind, the ferocious and equalitarian wind/levels the desert and sweeps away/the buildings that Vanity made up with effort/with hard effort, the buildings which briefly coloured/the desert and which now are dust only dust and ashes/to nourish us until the end of time.”


Texto y fotografías  © César Cortijo,  2017
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