Literatura Narrativa

Dirección Este

cessna

 

Un relato de Martin Rasskin que nos sitúa en los días de la revolución cubana

 

Entonces todo el mundo vivía deprisa. Haciendo el amor a todas horas, en cualquier sitio. En las cocinas, los cuartuchos, los parques, los coches. Después de todo, la muerte podía sorprenderte al doblar una esquina. La opción de la policía política no era mejor. Nadie regresó de allí para contarlo.

Dicen que cuando Berlín estaba por caer, con los rusos atendiendo los teléfonos de los distritos orientales, los habitantes de la ciudad en ruinas se lanzaron a una orgía desenfrenada. No era raro encontrar extrañas parejas, con grandes diferencias de edad, en los búnkeres o los sucios túneles del metro. Niñas que se ofrecían al primero que pasaba para evitar ser desvirgadas por los salvajes rojos, de los que se contaban historias de terror.

La Habana. Finales de los cincuenta. No era Berlín ni mucho menos, pero los que colaborábamos con la Revolución sabíamos a lo que nos exponíamos.

Todo se hacía con intensidad y entrega. La intensidad que en tiempos de paz brilla por su ausencia.

En los años previos a la Revolución yo había sido campeona de natación de Cuba. No era una mujer al uso. Si algún tipo intentaba someterme, terminaba huyendo con el rabo entre las piernas. No había quién pudiera conmigo. En el barrio me llamaban Tremenda, Tremendita.

Edson era un negro gigantesco, descomunal. Estaba con la Revolución y la gente lo respetaba. En cuanto lo vi me dije, “este es pa’ mí”, pasándome a toda mi familia blanca, demasiado blanca, por el arco del triunfo. Me importaba poco y nada lo que pensaran.

Desde un principio, nuestras relaciones fueron huracanadas. No sabíamos estar en la misma habitación sin discutir y nos decíamos barbaridades irreproducibles. Teníamos una capacidad infinita para torturarnos mutuamente y hacernos daño. Cuando alcanzaba el límite de ebullición, aquel negrón solía abalanzarse sobre mí con la intención de aplicarme un serio correctivo, pero era inútil. Yo le tiraba todo lo que tenía a mi alcance o le mordía hasta hacerle sangre. Las discusiones terminaban a grito pelado y nos daba igual que nos escucharan. El impulso destructivo era más fuerte que nosotros. No servíamos para agentes secretos.

Eso sí, cuando nos enganchábamos la intensidad se triplicaba. Y estallaban hasta las luces incandescentes. Los muebles rotos. Las sábanas revueltas. Parecía una sangrienta ceremonia iniciática. Desde la noche de los tiempos. El Caos, el gran bostezo de la Madre Tierra. No sé qué era peor.

La misión se la comunicaron a Edson. Había que llevar suministros urgentemente a los barbudos. La cosa se estaba poniendo fea y las tropas de Batista podían pasarles por encima.

Los dos sabíamos pilotar avionetas. No había nada que él hiciera que yo no hiciera mejor.

Nos esperaba una flamante Cessna 172, monohélice, con las alas situadas por encima de la cabina. La avioneta no tenía marcas e íbamos con el combustible justo. Despegamos de una pista, más parecida a un sembrado, oculta al oeste de La Habana.

La discusión empezó no me acuerdo muy bien por qué. En realidad cualquier cosa valía: para qué negociar si podíamos darnos en el centro del alma.

El día estaba raro, brumoso. El clima que en el Caribe se considera “frío”. Llevábamos armas y municiones. Desde el mismo momento en que carreteamos por aquel campo empezamos a gritar a todo pulmón. De hecho, en cuanto despegamos de repente se abrió una de las puertas de la avioneta. Apenas le dimos importancia. Si se hubiera abierto unos cuantos minutos después no lo habríamos contado.

–Me estás haciendo la vida imposible, desgraciado…

–Conocerte ha sido el mayor error de todos. Lo feliz que era yo antes. Es mejor estar solo y morirse solo a tener que soportarte un solo minuto más.

–Eres el mismísimo demonio, pero sin poderes que sirvan para nada útil.

–¡Si sigues por ese camino te voy a tirar al vacío cuando subamos y nadie te va a echar de menos, Tormento!

Volábamos haciendo eses, más atentos a desbaratarnos. La trayectoria nos daba lo mismo. Sabíamos de memoria el camino y confiábamos en encontrar la ruta correcta.

Seguimos así durante una hora y apenas oíamos lo que nos decían por radio. Nubes bajas, poca visibilidad… Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos volando a escasa altitud, paralelos a la línea de costa.

En un momento dado, Edson estalló en rayos y truenos y me alargó una roca granítica en forma de puño -como en aquel combate entre Firpo y Jack Dempsey que solía recordar mi padre. Según él, aquel día lloró-. Su mano venía directa hacia mi cara y la vi a cámara lenta. Un peso pesado de los de verdad. Logré esquivar el tremendo impacto y me desabroché el cinturón de seguridad lanzándome a su cuello, como un resorte sometido a una presión de siglos. El motor empezó a ratear. Dábamos vueltas en todos los sentidos.

El hombre intentaba estabilizar el avión, pero yo había perdido la chaveta. A la mierda la Revolución.

¿Rumbo? ¿quién se acordaba del rumbo…? Amerizamos estrepitosamente. La cabina empezó a llenarse de agua. Apenas nos enteramos del desastre. Nosotros seguíamos a lo nuestro: golpes y mordiscos.

–¡Perra rabiosa!

–¡Hijoeputa…! ¡Mariconsón!

De repente, me acordé de que ese condenado negrón no sabía nadar. ¡Carajo! Estábamos a punto de hundirnos. Edson empezó a tragar agua y su rostro se hinchó con una mueca de dolor. Junté toda mi rabia y le pegué una patada a la puerta de la cabina con ambas piernas. Piernas de nadadora. Fuertes como robles. Me servían para volver locos a los hombres y para dar golpes en la madre.

Habrá sido la desesperación o la suerte. Qué importa. La puerta se abrió y salí del avión. Agarré a Edson por las solapas de su chaqueta de aviador. Estaba inconsciente.

Cien kilos generosos de negro rebelde. De negro en carne viva, que no puede más, que corre como alma en pena. Esta noche nos iremos de la plantación y vendré a buscarte. Lejos de toda esta mierda. Si algún blanco hijodeunagranputa se interpone me lo llevo por delante a machetazos. Más les vale que me maten a la primera de cambio porque no les daré una segunda oportunidad.

Logré sacarlo de la cabina y lo aferré por el cuello. Me puse a nadar como posesa.

Los muchachos habían visto el desastre de vuelo desde la costa y ya estaban en el agua. Imagino que los suministros importaban más que nuestras vidas, pero el caso es que vinieron hacia nosotros.

Aguanté lo que pude y mi siguiente recuerdo es despertar en la sierra, en un hospital de campaña. Apenas tenía unos rasguños.

Edson se salvó. Es decir, yo lo salvé.

Me quedé despierta a los pies de su cama. Velando su sueño intranquilo al borde de la muerte. Qué extraño… pasábamos el día discutiendo y ahora su ausencia me dolía. Físicamente. Las veces que intentamos separarnos: hasta aquí. Se acabó. Ni un solo día más.

Poco a poco, oyéndole respirar pesadamente volví a recuperar la cordura.

“Mi querido (mi todavía), mi marido, desearía poder hablarte de mi amor por ti, de mi miedo, de mi deleite, de mi puro placer animal por ti (contigo), de mis celos, mi orgullo, mi ira hacia ti, a veces.

La gran parte de mi amor por ti y el amor que sea que puedas darme: desearía poder escribir sobre ello, pero solo puedo hervir y quemarme por dentro y esperar que entiendas cómo me siento realmente. En cualquier caso, te deseo. Tu (todavía) esposa”.

Vamos. Te llevaré a casa.


Texto © Martin Rasskin,  2017
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