Desasosiegos Literatura

Faros del fin de la Tierra

Faro del cabo Vilán y su espesor de piedra.

Faro del cabo Vilán y su espesor de piedra

El latido de la Costa de la Muerte bate con fuerza. Las olas al abrirse paso hacia la tierra palpitan su destino como en todo nacimiento o dejan de hacerlo como en toda muerte. Entre el silencio y las historias que oímos, este tramo de litoral gallego (Norte de España) concentra el mayor número de naufragios del mundo. Es la costa del fin de la Tierra, tatuada por las tragedias escritas en sus rocas con el lenguaje del agua.

El navegante romano, Décimo Junio Bruto, encontró en el monte del cabo de Finisterre un altar dedicado al Sol (Ara Solis), construido por pueblos más antiguos. Con sobrecogimiento observó esa misma tarde, como el Sol se precipitaba en el mar. No hubo duda para el almirante romano. Allí se acababa el camino, era el Finis Terrae, todo lo demás pertenecía al mar, incluyendo el Sol.

Con un campo de estrellas en el cielo y rocas salientes en el suelo, esta parte del océano Atlántico es lugar obligado de llegada y cambio de rumbo de los barcos que van o vienen del Norte. El alto volumen de tráfico, la gran cantidad de salientes de rocas y los temporales del invierno, han provocado en esta costa muchas desventuras.

A finales del siglo XIX se producen, en un corto espacio de tiempo, varios naufragios de barcos de la marina inglesa con un gran número de víctimas: el Wolfstrong (1870, 28 muertos), el Iris Hull (1883, 37 muertos), el HMS Serpent (1890, 172 muertos), el Trinacria (1893, 31 Muertos) y el City of Agra (1897, 29 muertos).

Ante el horror, los marinos ingleses empiezan a usar el nombre de Costa de la Muerte y dejan como señal una cruz con la inscripción Coast of Death, en homenaje a los marinos del Serpent.

Las trágicas historias se cubren de solidaridad y de saqueos, propios de riberas donde surcan el breve tiempo y la demasiada muerte. Sin embargo, siempre se guardó respeto por los muertos. Los habitantes de la zona rescataron a los pocos supervivientes y enterraron en las cercanías a los difuntos, y en las ocasiones que esto no se pudo hacer, se incineraron los restos de las naves con los fallecidos. De ahí surgen nombres tan arraigados a esta costa como: el Cementerio de los Ingleses, la gruta de los Difuntos Quemados (A furna dos Difuntos Queimados), y la gruta de los Infiernos (Furna dos Infernos).

La luz y la Costa de la Muerte.

Los faros son la luz que descifran los cielos atormentados de esta parte del mundo. Instalados en parajes donde la belleza escucha al viento, su fulgor se derrama por el aire de mar para guiar a los barcos a sus destinos.

Ante los desastres marinos, las autoridades españolas mejoraron la señalización con la inauguración del faro Vilán en 1896.

Faro Cabo Vilán Aérea

Cabo Vilán, con su faro de luz periódica

El faro Vilán es una torre octogonal de 25 metros que se adentra en el mar, sobre un promontorio de 105 metros de altura. Fue el primer faro eléctrico de España. La luz que producía alcanzaba las 10 millas marítimas, siendo uno de los más potentes de la época. Fue declarado de interés nacional en 1933. En la actualidad, con la óptica reformada, su luminosidad alcanza las 28 millas y se le ha añadido una sirena antiniebla, aunque las tragedias se siguen produciendo a pesar del faro, del radar y otros avances, como sucedió con el barco petrolero Prestige, que en 2002 causó la mayor contaminación de las costas españolas.

Enhebrado en la piedra, el faro Vilán dibuja el camino de los barcos, evitando la espesura removida del mar que les lleva errantes hacia las rocas.

Faro Muxia

Faro de Muxía, final del Camino de Santiago

No es el único faro de esta costa. El faro de Muxía impresiona por el lugar donde está situado, el santuario de Nuestra Señora de la Barca (Nosa Señora da Barca), final de etapa de los peregrinos, que después de visitar al apóstol Santiago, se dirigían al Finis Terrae a contemplar las piedras, que dice la leyenda, son los restos de la barca que utilizó la Virgen María cuando se le apareció al apóstol.

La piedra de Abalar correspondería a la vela, y es una roca megalítica de nueve metros de largo, que se balancea (abala) cuando las gentes se suben en ella. Se dice que este movimiento se produce cuando las personas que se suben en ella son inocentes de pecados.

Piedra de Abalar

La piedra de Abalar se balancea, cuando las gentes que la escalan son inocentes de pecados

Otro faro, considerado de primer orden, es el faro del cabo de Finisterre. Aquí tuvo lugar el naufragio con más barcos implicados y más víctimas de la historia de Galicia. En 1596, ocho años después del desastre de la Armada Invencible y a consecuencia de los saqueos británicos a las costas españolas, Felipe II manda zarpar la Segunda Armada Invencible. Forma una flota de más de 100 barcos, mandada por Martín Padilla, que zarpan de los puertos de Cádiz, Lisboa y Sevilla.

El 28 de octubre de 1596, frente a las costas de Finisterre, les sorprende un fuerte temporal que acaba con 25 barcos hundidos. El desastre es total, 1706 tripulantes de aquellas naves quedaron para siempre sepultados en este mar que siempre manda.

El faro de Finisterre fue construido en 1853. La torre octogonal mide 17 metros y su linterna, situada a 138 metros sobre el nivel del mar, alcanza más de 30 millas náuticas. La niebla del invierno obligó a instalar una sirena en 1889, conocida como la  Vaca de Finisterre, por los dos parlantes en forma de cuerno, que avisaban a los navegantes del peligro existente.

Faro Finisterre Aerea

Faro de Finisterre, siempre guía cuando los mares crujen

Son los faros del fin de la Tierra, que están donde se desordena el mar. De sus entrañas sale la luz que señala los caminos y se los contempla en los acantilados, vestidos con el espesor de las piedras.


Texto y fotografía  © Óscar Jara Albán,  2017
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