Literatura Poesía Selecta

Naturalezas vivas, la poesía de Juan Gabriel Jiménez

Juangra_portada

El mes pasado asistimos al festival EDITA Nómada Cáceres, y como siempre nos ocurre en estos eventos, descubrimos algunos poetas que nos impactaron. En esta ocasión nuestro favorito fue Juan Gabriel Jiménez, “Juangra”, que nos emocionó recitando de memoria poemas de aparente sencillez. Antonio Orihuela explica muy bien cómo es la poesía de Juangra en el prólogo de su libro “Naturalezas vivas”, y aquí lo reproducimos junto con algunos de estos poemas que tanto nos gustan. Esperamos que los disfrutéis tanto como nosotros.

 

LOS OJOS MUY ABIERTOS

Antonio Orihuela
En la vieja charca, 19 de julio de 2016

¿Pero quién es este poeta con nombre de cantante de rancheras que viene a publicar en la editorial Crecida su primer libro? Cómo es posible que escriba como un monje errante, un budista zen, un eremita en su retiro de montaña; si casi pondría la mano en el fuego a que no sabe lo que es un haiku, un tanka, un renga, un mondo… pero, si como diría el hermano Eladio, ¡es un chavalito! Qué hace un chavalito escribiendo como Santoka o como Shunryu Suzuki, o como Matsuo Basho o Issa Kobayashi cuando todos, para llegar a escribir como escribieron, tuvieron que pasar por durísimos entrenamientos, llevar vidas terribles y esperar casi al final de sus días para que el pozo de la poesía aquietara sus aguas y salieran de él sus mejores brillos.

Sin Sangha, sin zendo, sin extenuantes jornadas practicando zazen, sin sesudas lecturas, Juan Gabriel Jiménez recolecta su poesía del encuentro atento con todo lo vivo, y cuanto podemos leer de él nos llega desde ese hondo pozo de aguas claras, remansadas, centelleantes que tiene más que ver con el cultivo sensitivo de la mente salvaje, con la alegría de vivir y la compasión infinita por lo vivo,  que con forzados trabajos de artificial arquitectura poética.

Conocí a Juan Gabriel hace ya unos años en Cáceres, en unas jornadas sobre proyectos comunitarios, agricultura ecológica y posibilidades cooperativistas para vivir mejor o por lo menos, para no seguir empeorándolo todo. Hablamos de poesía, lo invité a Moguer y allá que vino con un manojo de versos que no dejaron a nadie indiferente y de los que guardo una copia manuscrita que él mismo tuvo la paciencia de coser artesanalmente para mí y hacerme entrega así de estos fragmentos mágicos de lo cotidiano, estas iluminaciones fugaces, cambiantes, deslumbrantes que atesora su poesía, llena de momentos y situaciones que nos conmueven en su simpleza, que nos remueven en el interior por comparación con nuestras complicadas vidas, que nos permiten vislumbrar la belleza a través de una mente limpia y pura, una mente de niño resistente, de neófito vital y, por tanto, sorprendida siempre por la vida bulliciosa, caótica y natural que no se deja atrapar, medir, ni coronar, pero con la que el poeta es capaz de establecer una tranquila comunión silenciosa, un jugoso diálogo con los elementos, los frutos, los animales, los restos y las huellas de todo lo vivo que también le sirven para cuestionarse el propio papel del ser humano en la creación, en la vida completa que también reclama la complicidad del poeta como consciencia de ella.

Conservar el instante, no fijarlo como si fuera una fotografía, sino hacerlo estallar en nuestra percepción, intentar conservarlo allí como esencia de la realidad, pareciera el objetivo de esta poesía que vivifica el mundo, zarandea nuestra anquilosada mirada y nos muestra así su espiritualidad imantada, su sencillez intensamente gozada en el ahora.

El Buda Sakyamuni dice en el Sutra del Loto que no hay mayor empeño para un ser humano que intentar iluminar un rincón del mundo. Juangra ilumina ese rincón con la fuerza de una salamandra, y lo que sus ojos hechos poesía nos devuelven es pureza, una pureza que nos hace sentir mejores, que nos despoja de nuestra coraza artificial y nos invita a romper con  nuestras convenciones, nuestros miedos, nuestras adherencias para poder gozar del espectáculo sin par del campo que somos, de lo natural que nos habita, del asombro niño al que nunca debimos renunciar.

Heredero de esa corriente secreta de poesía como captación emocionada de un fragmento del mundo natural,  que atraviesa oriente y occidente, la poesía de Juangra Jiménez es como la que escribieron budistas, sufís y místicos, esencial. En ella apenas se describe una sensación que reclama del lector su aprensión poética. Una poesía hecha de brevedad e intensidad a partes iguales, fruto del asombro, de la impresión en su sentido más profundo y armónico, porque la mirada de Juangra restituye para la vida cada cosa mirada como si nadie la hubiera visto hasta ese momento, y por tanto como si fuera él quien la mira por primera vez. En efecto, su poesía nos desafía, porque expone, frente a toda la impostura o toda postura academicista, una enérgica forma de vivir en la que cada uno puede respirar y respirarse como inmensidad del universo.

La poesía de Juangra trae con ella la mayor aventura, la que invita a la transformación de la propia existencia del que lee. La poesía de Juangra nos abraza a todos y, de la mano, nos conduce a un estado de conciencia en el que todas las cualidades que añoramos parecen haberse realizado en plenitud y unidad: felicidad, verdad y belleza se enseñorean por los espacios donde vive el coro de la alegría y la luz que emana de este poeta que se hizo niño para entrar en el reino secreto del corazón que ilumina el tiempo siempre presente del estar, la alegría primigenia, la respiración maravillosa de un universo lleno de benevolencia que él es capaz de transmitirnos con la sencillez y la pureza de sus ojos asombrados en el sin fin del espectáculo de la vida.

Poemas de NATURALEZAS VIVAS

¡Qué graciosos son
los ratones de campo;
qué alegres me parecen.
El año pasado hubo uno
que se cogió un higo
de la cocina,
y se lo comió en el sillón!

No creo que haya nada
que pese más que mi cuerpo.
Mira que trabajo
descargando y cargando
furgones;
pues nada hay
que pese más que mi cuerpo.

Entiendo que la niña
en la playa,
no vio el peligro:
Vio a su padre dormido,
con la boca abierta,
y casi lo asfixia,
por llenársela de agua
con un cubito.

Tener hijos
es un rollo;
porque luego,
tendrás padres.
Jo,
si sólo pudiéramos
ser nada…

¿Acaso
cuando algo duele,
no absorbe eso
más que nada
y hace pensar
en la muerte?
Un esguince en la playa
es poco. Y aún así,
seguramente,
uno piense que se mata.

Era un vaso de cristal.
Sabía que lo podía romper.
Sabía que me podía cortar.
Lo rompí y me corté:
Era un vaso de cristal.

Uno se plantea
si existe una respuesta
que haga desaparecer
el dolor; una verdad
que sea más importante
que el dolor.

¿Qué puede pensar uno
de estar aquí? Por ejemplo:
Ese avión
que está tan lejos
y yo que salgo
a tirar a la puerta,
un vaso de agua sucia…
Es una locura
estas aquí:
Están brillando
en el cielo despejado
las estrellas y la Luna.
Y esta tarde,
a la puesta de Sol,
brillaban,
con mucha energía,
unas flores amarillas.

Me dice una chica:
¿”Cómo puedes vivir así”?
Y yo le digo:
He encendido el fuego,
he calentado agua
y me he dado una ducha.
No hay otra manera de vivir.

¿Querrá decirme algo
ese sapo en la puerta
de mi casa, así como está,
tan quieto, tan sereno,
sentado y con esos ojos
tan grandes; deslumbrado,
casi, con la luz del lápiz este
que es como una linterna y,
además mojándose?


Texto prólogo © Antonio Orihuela 2016
Poemas © Juan Gabriel Jiménez
Todos los derechos reservados


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