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“Cántico”, de Sigfrid Monleón, se estrena en la Seminci

El nuevo documental de Sigfrid Monleón indaga en la historia y la poesía de Pablo García Baena (Córdoba, 1921), el máximo exponente del grupo poético cordobés formado alrededor de la revista Cántico.

Vendrás. Alguna vez estarás a mi lado
en la tenue penumbra de la noche ya eterna.
Sentado en la caliza de astral anfiteatro
te esperaré. Tal ciego que recobra la luz,
me buscarás. Tus hijos estarán en su palco
de congelado yeso, divertidos, mirando
increíbles proezas de cow-boys celestiales,
y yo ya sabes dónde: impares, fila 13.

Pablo García Baena, 1956

Cántico es una forma de himno, de celebración y de alabanza, que convierte la palabra en liturgia para mantenernos más acá del silencio…

Terminada la guerra civil, en un ambiente triste y hostil, un grupo de jóvenes cordobeses, amantes de la música, el arte y la literatura, se conocieron y reunieron en tertulias al calor de las tabernas. Empezaban a escribir sus primeros versos.
Al poco tiempo, en 1947, fundaron la revista Cántico. En sus páginas publicaron a poetas del exilio, a extranjeros y prohibidos, e imprimieron sus primeros poemas y poemarios, con los que intentaban continuar la senda de la generación del 27, truncada por la guerra.
Sus artífices fueron Juan Bernier, Ricardo Molina, Pablo García Baena y Julio Aumente, unidos tanto por la poesía como por el sentimiento clandestino de su homosexualidad; al grupo se unió el amigo Mario López.
Al margen de las tendencias de su época, los poetas de la revista Cántico profesaron el amor por la imagen y la metáfora. Querían dar ojos al lenguaje, engendrar vida a través de la palabra, y gozar así de los propios fantasmas, sin escrúpulo ni vergüenza.
En el Congreso de Poesía celebrado en 1954 Santiago de Compostela los poetas de Cántico comprobaron que la estética que ellos ponderaban, intimista, sensual y culturalista, no encajaba con la retórica tremendista dominante.
Un año después le dedicaron un número especial a Luis Cernuda, el primer homenaje que se le hizo en España al poeta exiliado, homosexual también y también entonces marginado.
Con mucha voluntad e innumerables dificultades, también censoras, lograron editar la revista durante dos épocas, la primera entre 1947 y 1949 y la segunda entre 1954 y 1957. Después desaparece sin dejar rastro.
El canto a la belleza de los poetas cordobeses no había tenido eco. Fue tildado de esteticista. Resultaba anacrónico. Cántico se convirtió en una imagen del pasado que no acabó de sobrevivir, en el lugar de una epifanía y una desaparición.
La mayoría de ellos dejó de escribir o de publicar poesía.
Juan Bernier se dedicó a la catalogación del patrimonio artístico y monumental cordobés, y a las investigaciones arqueológicas.
Ricardo Molina se centró en sus investigaciones sobre el cante jondo. Murió prematuramente, en 1968, dejando gran parte de su poesía inédita.
Julio Aumente trabajó en Madrid como abogado y perito tasador de arte y antigüedades, experto en genealogía y heráldica.
Pablo García Baena Pablo se marchó a la Costa del Sol, a Torremolinos, donde abrió una tienda de anticuario.
Sólo Mario López, despegado del ideario estético y del mundo homoerótico de sus amigos, continuó su actividad literaria y cultural en su pueblo natal, Bujalance.
Pasado el tiempo, hacia los años 70 del siglo pasado, una nueva generación de poetas, la llamada de los “novísimos”,
encontró en los poetas de Cántico un asidero sólido entre la generación del 27 y un presente literario que en términos generales no les gustaba.
El joven poeta Guillermo Carnero publicó en 1976 su libro-tesis sobre los poetas cordobeses y su revista, El grupo “Cántico” de Córdoba. Un episodio clave en la historia de la poesía española de posguerra, y cambió el canon de la poesía española de posguerra.
Cántico era al fin lo que sus poetas se propusieron: un lugar de cita y de encuentro entre los tiempos y las generaciones.
Los fundadores de Cántico que habían abandonado la poesía, volvieron a ella.
Juan Bernier reorganizó su obra en un solo volumen, incluyendo nuevos poemas.
Julio Aumente tuvo una segunda juventud poética, entre el arte y el desahogo biográfico. Muchos no le tomaron en serio y al final Julio Aumente se alejó tras su actuación.
Pablo García Baena regresó con un libro de honda melancolía e inusitada belleza, Antes que el tiempo acabe (1978), actualizando la voz poética de su juventud. Enseguida le llegaron los reconocimientos, el primero el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1984.
Desde que volvió a la poesía, Pablo García Baena ha publicado 3 libros en 40 años. Escribe sin hábito, como si estuviera a un paso de no escribir nunca.
Su celebridad es sobrevenida. Nada hizo por ella, nunca tuvo que hacerse un sitio en los cenáculos literarios de su época. Ni siquiera tuvo que desdeñarlos. Vivir de la poesía nunca fue su proyecto vital.
“El espíritu de Cántico en el tiempo ha vivido mientras han vivido mis compañeros”, dice Pablo. Ahora que sólo él les sobrevive, lo lleva como un escapulario que le colgara.
Hoy asiste discreto y agradecido a los homenajes y premios que le dedican, en unos actos repletos de gente que se le acerca y le tocan como si de un santo laico se tratara. Unas ceremonias extrañas donde los protagonistas parecen ser otros.
“Mi única valía ha sido sobrevivir”, dice Pablo, “ya que mis amigos de Cántico merecerán igualmente estos honores”.

Cartel Cántico

C Á N T I C O

una película de Sigfrid Monleón producida por Antonio Hens
con Pablo García Baena
y la intervención de Ginés Liébana, María Victoria Atencia, Juan Antonio Bernier, José Infante, Rafael Inglada, José de Miguel, Luis Antonio de Villena, Guillermo Carnero, Antonio Parra, Jacinto Esteban, Pedro Antonio Ruiz, Juan Villena y las voces de Jorge Usón, Sigfrid Monleón y Julio Aumente.
DOCUMENTAL. 80 minutos. 1:1.85 – COLOR

SINOPSIS

Cántico es una indagación en la historia y la poesía de Pablo García Baena (Córdoba, 1921), el máximo exponente del grupo poético cordobés formado alrededor de la revista del mismo nombre. Comienza a modo de diario de rodaje, mostrando las dificultades del proyecto, porque el poeta, a sus 94 años, considera que esta película llega tarde, cuando ya han fallecido todos sus compañeros. Pero una vez nos abra las puertas de su casa, sus fotografías, objetos y libros, sus recuerdos y reflexiones, dan paso, más allá de sus vivencias, a un viaje sensorial por las claves estéticas de su poesía y su experiencia del lenguaje.

EL POETA. Pablo García Baena

Pablo es un poeta esencialmente visual. Si el espíritu no se vuelve imagen, será aniquilado junto con el mundo, podría decir como Simón el Mago… porque la realidad del mundo está en sus metáforas.

Empezó a aficionarse a la poesía durante la guerra, cuando tenía dieciséis años. La situación triste del país y el fallecimiento por pulmonía de su hermano Antonio, mientras cumplía una guardia cívica en la sierra de Córdoba, podría estar en el origen de la profunda melancolía de su poesía.

La melancolía es la heredera laica de la tristeza claustral. En la Edad Media escogía a sus víctimas entre los hombres religiosos y los asaltaba cuando el sol se acostaba sobre el horizonte. Pablo quiere invertir la privación en posesión, y su temperamento melancólico lo empuja fatalmente a la pasión amorosa.

En su poesía, parece seguir el método Ignacio de Loyola, que para orar proponía la “composición viendo el lugar”, o el de un director de cine, que ha de ver plásticamente la escena antes de rodarla.

Como lémures vagos en las tiras de vidrio
de una linterna mágica
vuelven, pasan historias al rompiente del tiempo.

LOS AMIGOS

Juan Bernier

Juan Bernier, hizo la guerra en el bando de Franco, en un batallón de castigo, obligado, sin convencimiento. Antes de la guerra, sufría la atracción por la belleza jovencísima de los muchachos de entre catorce y quince años de edad, en el crucial momento en que nacen en ellos los deseos y los apetitos carnales. Tras la guerra, deja anotado en su diario: “¡Yo me vengaré de esta sociedad de adultos yéndome con estos dioses de la juventud a un mundo secreto y escondido!”

Miro, ansiosamente miro
el oscuro azul que estrecha la piel tibia y rosada de los adolescentes.

Ricardo Molina

Ricardo Molina y Juan Bernier entablaron amistad en sus años de estudiantes en el Instituto de Córdoba. Hacia 1940 Ricardo Molina ya es un escritor entregado a la poesía, que escribe ininterrumpidamente y reflexiona sobre ella: “El intelecto del poeta contempla el universo a la luz del amor: su inteligencia es intelecto “d’amore”. Pero para enamorarse de verdad hay que ser cautivado por las apariencias. La profundidad y trascendencia de la poesía es siempre un don del amor y se da por añadidura. Ir hacia la trascendencia premeditadamente y por principio es necio.” Ricardo Molina y Juan Bernier serán los padrinos intelectuales de los jóvenes poetas de Cántico.

Dulce es vivir aunque se goce en vano,
aunque se sufra en vano dulce es vivir,
aunque el corazón sea como un fruto envenenado
aunque el alma sea como la sombra de un pájaro.

Julio Aumente

Julio Aumente es uno de los habituales de las tabernas y tertulias donde se congregan los poetas. “A mí se me hace amable este muchacho porque lleva en sí un destino trágico… Su secreto es que ama a los efebos, su cruz es que sólo a los aristócratas de apellidos, títulos o dinero”, escribió de él Juan Bernier en su Diario. Refinado y provocador, Julio Aumente fue el más remiso del grupo en publicar. Tal vez aún más que sus compañeros, amaba más la vida que la literatura.

Si la carne está triste, qué importa lo demás.

Mario López

Mario López procede de una familia de labradores acomodados y vive en el pueblo de Bujalance. Su poesía sencilla nos recuerda el origen de la palabra verso, versure, el término latino que indica el punto en el cual el arado gira alrededor al final del surco. Más que una estética, lo que le une a los poetas de Cántico es una gran amistad. La vida rural es su parcela y la contempla sereno, para observar la más primitiva y elemental realidad diaria.

Con las brisas de los olivos despiertan al atardecer
los latidos del campo…

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Más información: web de Seminci

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