Literatura Narrativa

Un lugar en el que detenerse

En un lugar de paso

Una reseña de la novela de Josune Intxauspe Prego, Un lugar de paso.
Almería: Editorial Círculo Rojo, 2015

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Por supuesto, es una apreciación personal, pero, en momentos de mediocridad literaria como el que vivimos en España, conviene bajar la mirada hacia editoriales y autores que van a pasar desapercibidos a menos que nos tomemos la molestia de espantar la rutina. Es el caso de la novela Un lugar de paso de Josune Intxauspe, escrita para suscitar el interés de todo tipo de lectores, tanto los que quieran sumergirse en una historia donde se enhebran las relaciones entre familiares y viejas amistades, salpicadas de culpas y remordimientos, como para los que pretendan detenerse a pensar en la fragilidad de todo lo que damos por sentado en nuestras vidas.

Dos elementos me han llamado la atención mientras la leía. Dos asuntos que, en el fondo, miran hacia el mismo lado. En primer lugar, los personajes. Todos muy parecidos, incluso aquellos que van apareciendo y no formaban parte del núcleo primero de amigos íntimos. Todos, con personalidades semejantes, comparten los mismos gustos y casi las mismas aspiraciones. Siendo así, me ha dado la sensación de que estaban girados hacia la misma dirección, señalando con el dedo al narrador, que, en este caso, se podría decir que coincide plenamente con la autora. En un momento en que la ficción transita por los caminos del “yo”, sea en su forma de autobiografía o de lo que se ha dado en llamar autoficción, Josune ha logrado hablar de sí misma, explicarse a sí misma, encarnándose en sus personajes, de tal manera que estos la contienen, conformando un único personaje lleno de matices.

El espacio es el otro aspecto sobre el que quiero detenerme. La novela se desarrolla en una ciudad imaginaria, Siaro, que fácilmente podemos identificar con alguna ciudad castellana. Para crearla la autora ha echado mano de la Nada de Carmen Laforet y, sobre todo, de los autores de la Generación del 98, que, inspirados por la genial Brujas, la muerta de Georges Rodenbach, retrataron con tintes simbolistas las ciudades del centro de España, donde el tiempo parecía haberse detenido. A Siaro acude el protagonista, siendo ya un escritor famoso, para pronunciar un discurso que inaugure la conversión de la antigua estación ferroviaria en un centro cultural. Como la Oleza de Gabriel Miró, donde sabemos que los nuevos tiempos han hecho una grieta en la vieja ciudad por la llegada del tren, en Siaro penetran, a regañadientes, en forma de pizzería o de viejas construcciones que, irónicamente, su falta de uso las transforma en centro culturales, o de emigrantes venidos, por ejemplo, de Argentina. Sin embargo, hay algo en la ciudad que permanece quieto, quizás porque así lo quieren sus personajes, quizás porque la ciudad, como para los noventayochistas, es un estado de ánimo. Y recordemos que si los personajes remitían a su autora, y, para estos, Siaro es una gran parte de lo que han sido y siguen siendo, entonces, la ciudad también vuelve la vista hacia el mismo lado: la provinciana Siaro recoge la mirada de Josune sobre el mundo.

Un lugar de paso Portada

 


Texto y fotografías © Manuel Sánchez-Campillo, 2016
Todos los derechos reservados.


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