Literatura Narrativa

Luciérnaga Curiosa, un relato de Ramiro Rivas

luciernaga curiosa

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Fue en ese quiebre de sombra y luminaria, de reflector desaliñado y triste, o tu silueta o tu presencia de macho cabrío que me sobresaltó, que me destrenzó el deseo dormido, las aguas estancadas, la tirantez del hastío (o tal vez el tedio, la alucinación del odio, la indescifrable tristeza), no sé, morocho, o fue simplemente ese caminar cansino, orillero, ese arrastrar cauteloso de tus pies, de los zapatos puntiagudos, acharolados, con una hebilla minúscula sobrevolando el calcetín blanco, o beige, lo que resta de luz lo transfigura todo, gavión, como los rostros de los parroquianos adormecidos por el trago de una noche demasiado larga, por la voz de Sabrino que destempla corazones femeninos cargados de nostalgias y de años, esa voz gruesa y susurrante, caudalosa de noches en vela, de cigarrillos sempiternos, de licor reconfortante que le perfila ojeras, le suelta la piel y precipita a la vejez prematura de los cincuenta y pico de años, macerando arrugas pródigas, blanqueando sienes, qué sé yo, zorzal criollo, gorrión de Independencia, Recoleta o Vivaceta, faenero de la noche, profanador de mitos fálicos, no como tú, vidita, deslizándote felino por entre las mesas ardidas, voces tenues, suspiros de papirusas cuando Sabrino suelta: Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida y espinas en el corazón; fauno, tigre de la Malasia, te arrimas al bar y solicitas un whisky que bebes a lengüetazos leves, casi femeninos, cabrón, canchero, te abotonas el terno cruzado, azul con rayas sutiles como suspiros (míos, de las papusas que te observamos devoradoras), ajustas la corbata roja aprisionada por un gancho dorado (de oro, puede ser), aterrizas con soltura un cigarrillo en la jeta gruesa, golosa, iluminas brevemente tu rostro al encenderlo y me solazo en tu pelo negro, a la gomina, y sonrío inconsciente y me retribuyes la sonrisa granuja y ya estás eludiendo mesas, equilibrando tu vaso que tintinea cubitos de hielo y el puedo acompañarla me campanea las orejas y no digo ni sí ni no y estamos téte a téte observando a Sabrino que nos mira de soslayo: Tu presencia de bacana, puso calor en mi nido, fuiste buena, consecuente, y yo sé que has querido como no quisiste a nadie, como no podrás querer; bueno el viejito, me susurras conocedor, noctámbulo, mariposa aleteando en la luz que te quema, afirmo, perfilo una sonrisa, sacudo mi pelo alborotado, humedezco mis labios de corazón color sangre, retengo la punta de la lengua sobre el labio superior, sé que te quebranto, vidita, que te sientes lamer, macho insufrible, me enciendes un cigarrillo y exhalo y aspiro el humo y entrecierro los párpados, y tú reconstruyes el diálogo tronchado, a puro coraje, crestón, cafiche al pedo, lástima que sea tan anciano, agregas, descubridor del cosmos, astronauta extraviado en quizás qué estratósfera del absurdo, para cantar no se necesitan bíceps como los suyos, le digo, socarrona, y te tiento los brazos que endureces, debes tener buenos pectorales, un estómago sembrado de lomitas, y ríes, petulante, rastrero, no como él, añado, indicando a Sabrino que se da un respiro y bebe un vaso de pisco, con su vientre flojo, sus ojeras de muerte, sus brazos lechosos de flaccidez sin límites, asientes, sonríes, pero con esa voz lo suple todo, concluyo, indagando el punto en donde desbarrancar tu orgullo, roer tu suficiencia de macho joven, con deseos de proclamar lo ridículo que es tenerte a mi costado, hamacándome, lobito sin capuchón, ronroneándome al oído lisonjas, replicando preguntas que conocemos de antemano, creándonos personalidades y profesiones inexistentes, jugando un ajedrez sin figuras, fantaseando equívocos sin riesgos ni martirios, jugando al coloquio amoroso como dos polluelos en un parque, abanicándonos los alientos por sobre los vasos, aspirando cigarrillos que saben a rencor, a blasfemias sin formular, odiándonos en cada palabra que no reconocemos, partida sin futuro, llegada incierta, petitero de la noche santiaguina que se despereza después de tanto, como el zorzal criollo allá arriba, remedo de Gardel, sombra de Rivero, llorón, lastimero, asediado de nostalgias que nosotros aún no acumulamos en nuestras vidas breves, en nuestros pechos jóvenes, pichón, macho cabrío, miénteme, acaríciame los hombros desnudos que se encabritan al tacto de tu piel, rastréame los ardores dormidos, las ansias volátiles, déjame cambiar de nombres y apellidos, permutemos ilusiones, transfigurémonos en dioses de esta noche que el bandoneón tensa en cada compás ajeno a nuestras vidas, desnudémonos con palabras, con susurros, con tactos míseros, demuéstrame tus alquimias, tus habilidades de prestidigitador, tus pasiones ancestrales, malandra, despechado, maldito, soy tu valquiria, tu desmelenada fiebre, tu escafandra salvadora, tu fatal agonía, me paralizas con tus dientes, con tus pupilas, tu mano me coge y me arrastra a la pista de baile, tus dedos me atrapan la cintura, reptan por mi espalda desnuda, erizan mi epidermis, tu muslo entreabre mis piernas y giramos por la pista en sombras que nos han dejado libre las parejas, alientan nuestros pies que se entrecruzan y nuestros cuerpos adheridos en un solo ritmo y Sabrino nos incita con su voz: Y hoy al verla envilecida, a otros brazos entregada, fue pa´mi una puñalada y de celos me cegué; los bandoneones lloran tristones en un rincón, el humo de los cigarrillos nos transporta a otras latitudes, tú insistes en otro tango, y otro, y otro, y el tiempo es un camafeo de muchos colores, no prosigas, es tarde, nunca es tarde para dos que se necesitan, dices, mañoso, el locutor anuncia el último tango, las postreras manos aplauden, aletean como pájaros furtivos, logran florecer una casi sonrisa en el rostro cansado de Sabrino, zorzal vencido, y te arrastro a la mesa y te escuchamos: Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones, te engrupieron los otarios, los amigos, el gavión; como se estremecen las líneas de su boca, como endureces los puños, como tu voz se eleva libre y sola por el local y el aplauso cerrado y total  me sobrecoge y desprendo tu mano de mis hombros, me miras desconcertado, ave de rapiña, macho cabrío a punto de coronarte, y me levanto temblorosa y me dejo arrastrar por Sabrino que te brinda una sonrisa cansada, como de lástima o de desprecio, más bien casi de burla, pienso, caradura.


Texto © Ramiro Rivas, 2016
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