Literatura Poesía

La poesía de Santiago Montobbio: cuatro en uno

El 21 de abril de 2016 se realizó un acto de “Presentación de cuatro libros de Santiago Montobbio en El Bardo” en la Librería Juan Rulfo del Fondo de Cultura Económica en Madrid. La escritora hispanomexicana Angelina Muñiz-Huberman (Hyères, Francia, 1936) había escrito un texto expresamente para esta ocasión, titulado “La poesía de Santiago Montobbio: cuatro en uno” y que se leyó en este acto. La primera vez que se publicó una selección de los poemas que Santiago Montobbio escribió en el año 2009 y que posteriormente se han dado a conocer en esta tetralogía en El Bardo fueron ya acompañados de una presentación de Angelina Muñiz-Huberman, quien ahora, en el momento en que este conjunto de 942 poemas se ha publicado al completo en estos cuatro libros, ha escrito este nuevo texto para ser leído en la presentación de los mismos en la Librería Juan Rulfo. Lo publicamos en Babab.

Santiago Montobbio en Madrid

 

La poesía es una historia escrita en la ola del mar o en la arena del desierto. No porque se esfume o se borre, sino porque cada instante se renueva. Y si se renueva quiere decir que es la misma y otra. Es lo que es y lo que será. No se detiene y vuela en libertad. Que se publique en uno o en cuatro libros no la atrapa: más bien la deja al aire lo necesario para dar vuelta a cada página. O podríamos invertir el proceso: cada página vuela en busca de su preciso poema. Cuestión de horizonte y de confinamiento.

La poesía se goza en su fugacidad. ¿Qué pasó por la mente de Santiago Montobbio que las palabras se desgranaron en ese orden y esa estancia? ¿Cómo pudo detenerlas cuando ellas querían escapar? ¿Cómo supo la manera amorosa de acunarlas y darles vida? En su fugacidad, la poesía se goza. Temeroso de que las palabras huyeran ofrecioles la blancura de un lecho. Y ellas, por fin, reposaron. No fue la muerte de la poesía sino una nueva vida.

El poeta, Santiago Montobbio, nace con cada poema. Del silencio primordial al silencio del entorno queda la palabra hallada, la que suena. En silencio. Y es una espera y una desespera la palabra que se acerca. Es un ser vivo. Hay que tratarla con cuidado y al mismo tiempo seguir su dictado. Es en el ejercicio del amor cuando el poeta descubre cómo es el ejercicio de la poesía. Imperturbable. Inescrutable. Entre lo humano y lo divino. La palabra enunciadora y creadora. La vida que se revela.

Por eso, Santiago Montobbio puede escribir cada día o puede acumular años en los que, sin saberlo, escribía sin escribir. La poesía es un fondo de agua marina1, repite una y otra vez el poeta en título y en versos. Agua de mar inagotable, que va y viene, siempre otra, diferente. Origen de la vida que propone y que guarda un abismo de lo que ha sido y lo que será. El poeta “lee, respira y vive” su propia poesía ya desprendida de él: suya y ajena. Más que ajena lanzada al lector cómplice que, a su vez, “respira y vive” el alimento del alma.

El poeta es naturaleza palpitante y puede entender el canto del grillo o el canto excelso como el canto del sueño y la conciencia, como el sonido que todo implica:

Soy un grillo. En la noche me oculto,
perduro. Soy un grillo. No dejéis
de atenderme ni me borréis,
aun dormidos, de la ligera conciencia.
Es la noche y soy tenaz e insisto.
Estoy dando un aviso: también
vosotros persistid. No os hundáis en el olvido.2

O ser el insecto que en la soledad abarca la creación, mientras el poeta, entre lo pequeño y la nada, pueda intuir a Dios. Y aquí evocar a Franz Kafka por su hermanamiento con los seres mínimos y su camino a la inversa de hombre a insecto para desdecir la creación en la misma creación.

El insecto pequeño y perdido por
el monte último.
No mucho más es en la vida del hombre, oscuro.
Oscuro y malherido y devorado por el tiempo y el
olvido.
Hoja seca, rama partida, arroyo también seco.
insecto pequeño
y seres ya gastados, diminutos, van dándose en él
la mano
y trenzando con el paso de los días su destino.
Ese monte último es la nada o Dios acaso,
una moneda que siempre cae de canto
y fija así se queda
sobre los raíles del tiempo.
Allí nos perdemos. Allí vivimos.
El hombre es siempre un fuego último, secreto.3

Santiago Montobbio ve también lo sencillo en un vaso de agua, por ejemplo:

……………………………………………………………….
Estar alerta ante ese vaso. Objeto tan sencillo,
tan humano, ejemplo de que la vida a veces
en algo se concreta. En lo divino, en lo humano.
Como lo es el agua que el vaso encierra.
(Acaso al final de ella también se encuentra el
alma.)4

En Los soles por las noches esparcidos5 la lucha como agonía es la impronta de los opuestos. El título ampara las imposibilidades o los deseos. El poeta ronda todo espacio, todo tiempo en sí fundidos. Lo cotidiano y lo etéreo transfigurados.

Empieza el libro con poemas al amor perdido desde “el acantilado del recuerdo” y con una de las más bellas imágenes: “Escribo sobre el ala rota de una gaviota y no estás tú”6. A continuación se introduce el tema y sus variaciones en torno al último amor, el desvelo, los sueños, los caminos, las calles, los jardines, el silencio, la interiorización.

Sí: eras el último amor, el último sueño,
el último jardín por el olvido no perdido.
Pero los días roen las noches y las noches
se persiguen entre sombras
mientras te sueño y no te alcanzo,
ya lo he dicho, sólo tengo este
muro en el que vivo
y vivir es estar solo,
sin ti, roto el sentido
entre la bruma de un alba raída
que se me deshace entre los dedos.
A mí mismo nada más puedo dejar, es decir,
sobre esta alba o esta agua que se va
no te puedo dejar nada.7

Los poemas transitan entre luz y oscuridad, resquicios del alma, imágenes entrevistas, memoria y olvido, paradojas, gente de la calle, miserias, la triste humanidad, momentos redimidos, lo efímero atrapado, el engaño del tiempo.

O bien un recuerdo de infancia:
Veo el perchero del aula y no sé
por qué recuerdo
que un profesor de la infancia colgó allí a un
compañero.
Era un profesor de la vieja escuela, autoritario
y algo bestia, claro, y el niño quedó un rato
allí colgado. Veo el perchero y lo recuerdo
y de pronto siento que la infancia es también triste.8

Ante la injustica y el dolor, el poeta vive en la vida interna, oculta, la que busca la paz y el sosiego, a la manera de fray Luis León:

No salir jamás de casa o, más
exactamente,
de dentro de uno mismo. No ir nunca
a ningún sitio. No conocer la propia ciudad,
sus lugares al amor propicios, a los paseos,
o a las tardes de domingo. Vivir huérfano
y como escondido…
…………………………………………………………
Yo no quiero ruido. Un poco de soledad y paz me
bastan.9

En Hasta el final camina el canto10 el poeta huye de sí y se convierte en ritmo, en música, en número. Entonces, a la manera pitagórica, se vale del número como poesía y elige 696 poemas sin principio ni fin como si fuera círculo de uróboro. De ahí que el título y los poemas giren en una y otra dirección y su cronología sea revolvente. Tiempo y poesía se unen porque ambos bordan la relatividad y el fluir sin medida. De nuevo, la paradoja poética marca el rumbo.

En la nota introductoria, Santiago Montobbio destaca la palabra “semilla” como origen y fruto de su poesía. La semilla se hunde profunda, pero renace en su esplendor. De lo oscuro a lo lumínico es origen y promesa, se desliza y se instala entre las palabras que llevarán su sino y su signo.

Y de esa semilla que surge, ahora encandenada a la poesía de la Generación del 27, los versos son inversos: “Mi mundo no es de este reino / o sólo sombras detengo. Así puede decir / como Cernuda el poeta”11, y romper cánones y abrir surcos. O, al modo lorquiano:

Sobre tu grupa o la mañana cabalgara.
Sobre sombra y sobre nada. En el frío. En el hastío.
Con el viento
detenido en el desierto que soy mientras yo canto.
Con frío, con río, con viento triste, viento libre, viento
que se desata y silba como una loca risa en los caminos.12

Vuelven, en medio de la creación, los temas y los sucesos, las variaciones sin fin. Los hechos cotidianos, las evocaciones, la familia, la infancia origen y emplazamiento con el sentir poético y su imaginario. El amor real y el soñado que se hunde en la naturaleza toda y de ella renace:

Te pienso y te recuerdo. Te sueño.
Te descubro en cada verso. Como viento
en que tu nombre abrazo o aprieto.
Tu rostro es un fondo de ventana
y también el pozo al que desciendo,
la noche que se me da cada mañana
en esas líneas recordadas de tu cara:
el paisaje de tu sonrisa y tu mirada,
el valle profundo de tu nombre…13

Y llegamos al último libro de esta tetralogía, Sobre el cielo imposible14, cuatro en uno. Aquí el motivo que incorpora Santiago Montobbio es el del ajedrez como misterio de la creación poética. La imagen remite a un tablero fijo, pero a la suerte de lo inesperado por cada movimiento de las piezas, a su vez con un destino trazado mas con la posibilidad del libre albedrío. El ajedrez como la vida humana y por eso como la creación poética. Juego antiguo y juego moderno exige la concentración y el silencio. Entre blanco y negro el dualismo puede escapar en el arco iris.

El amor se vuelve más presente y asciende a un “cielo imposible”. El amor con sus variaciones, con su reflejo en la tempestad, la soledad, el melancólico aire perdido que recorre las páginas. El mundo roto por la incomprensión y los pedazos que se unen en el poema.

Algún día tenía que romperse el mundo
de un modo aún más roto del que
habitualmente está. Hoy ha sido.
Porque te han dejado. Después de tanto amor,
de tanto olvido, de un amor que secreto
y en silencio ha vivido. Pero lo has cantado
y lo has dicho.15

El poeta sigue ahondando en lo inexplicable del amor, a veces negado, siempre presente entre las palabras desenterrado. Y del amor escogido noche y alba en su doblez, lo racional y lo paradójico. También el amor perdido de la humanidad.

Era muy cómodo tener esclavos. Porque
el hombre es lobo. De él
me escondo. Cavo hondo
en la tierra del poema
y en el silencio que en ella
como un agua oscura lo fermenta.
Cavo y soy solo y soy poema,
soy poesía o soledad
que de la fiereza
del hombre abjura. De la fiereza,
de la crueldad, de la injusticia. De las innumerables
agresiones de la vida. Porque el hombre
es lobo. Y yo me escondo.16

Y, sin embargo, luego del recorrido por el difícil imaginario que es la vida en sí, el poeta elige el triunfo del amor que es el triunfo de la escritura. Si no hubiera poesía no habría mundo recóndito del amor y vida que perdura. Las palabras finales así lo afirman.

Lejos viva, cante, abrace.
La vida de la amenaza
y la nada se alce, y el sueño
justo de vivir no sea
sólo un sueño, y en el vivir
se cumpla. Así canto,
tiemblo, espero. Porque
vivir quiero.17

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NOTAS:

1. Santiago Montobbio, La poesía es un fondo de agua marina, El Bardo, 2011.
2. Ibid., p. 42.
3. Ibid., p. 114.
4. Ibid., p. 204.
5. Santiago Montobbio, Los soles por las noches esparcidos, El Bardo, 2013.
6. Ibid., p. 5.
7. Ibid., p. 15.
8. Ibid., p. 341.
9. Ibid., p. 235.
10. Santiago Montobbio, Hasta el final camina el canto, El Bardo, 2015.
11. Ibid., p. 78.
12. Ibid., p. 79.
13. Ibid., p. 285.
14. Santiago Montobbio, Sobre el cielo imposible, El Bardo, 2016.
15. Ibid., p. 339.
16. Ibid., p. 300.
17. Ibid., p. 363.


Texto © Angelina Muñiz Huberman, 2016
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