Literatura Narrativa

Arenas del dualismo

Arenas del dualismo

Más allá del Cabo Bojador, en la lejanía, surcaba entre las olas una pequeña barca de un solo mástil. Se tambaleaba risueña sobre un mar virgen, un delicado terciopelo de seda tan suave que el hombre se hundía en él. Las olas esbozaban risas de ambición y deseo, y el cielo deshecho en ceniza sollozaba sobre aquella tripulación de quince hombres. Oscilaban removiendo el temor y los gritos de la lujuria, tan dañinos como inconscientes, diluyendo el sol entre las espesas nubes de la costa. Dios escuchaba en silencio sus pálpitos, latidos quebrados que retumbaban en la histeria.

Fueron muchas las leyendas que retumbaban como ecos en aquel cabo maligno. Incluso los paganos aseguraban que al cruzarlo el pecado del hombre resucitaba de entre la savia del liviano mar. Del beso de las olas nacerían sirenas que cegarían al ser más frágil, el sol despediría llamas líquidas y fugaces, las rocas se convertirían en sinuosas serpientes, y los bancos de coral harían imposible la navegación. Cualquier ser que penetrase el cabo sería fundido en la espesa neblina y su piel se tejería del color de la oscuridad. El hechizo haría de la piel blanca de un marino una tez negra y opaca, aquel color vestido con hojas de palma descubierto por el persa Sataspes en las costas de África Occidental. Un color maldito, ignorado y despreciado. El pigmento ahumado digno de castigo, cadenas y alas salpicadas por la sangre de las manos del Gran Juez. Un color condenado desde su nacimiento, un corazón salvaje y apagado que duerme entre el plumaje del colapso en un gélido invierno. Reyes, jornaleros, navegantes soñaban con no lidiar ese color, suplicaban no ser únicos.

Los marinos portugueses continuaron remando. La boca se les hacía agua cada vez que evocaban aquella costa de playas de arena blanca. Podían oír el oro resbalando entre sus manos, ese dorado escondido entre el río, oculto entre los ocasos del Medio Níger. Cualquier sacrificio era merecido con solo saborear aquella ciudad del cobre, aquella maravilla donde los espíritus danzan en sombras, y las llamas son encandiladas por las flautas del tiempo. Ya sonaban las melodías de las sirenas, ese aleteo dulce y melancólico que oscurecía la primavera. El capitán se arrodilló suplicando a Dios que apaciguase el amargo hechizo para disolverlo en inocente pólvora mágica. El conjunto de brazos de los marinos, aclamando al cielo, se disipaba entre la niebla eléctrica. Aquel revoloteo de remos impulsaba a la sinuosa barca, de apenas treinta toneladas, hacia el ensueño del verde mar de las tinieblas.

Los pilares del trono de Dios se posaban en la entrada. Estaban cerca. Las brújulas podían percibir el olor de la ambición. Los quince hombres aceleraron sus impulsos y sus nítidas pieles segregaron el cruce de la neblina. Se agazaparon como murciélagos en el amanecer, se miraron unos a otros, y las risas iniciaron cánticos del esplendor. Eannes rodeó el cabo y se encontró con que sus marineros no eran negros y que el mar era tan tibio como el de las costas de Portugal. Un hermoso milagro. Lo habían logrado, habían desafiado las leyes de la frontera, y el oro y el deseo dormitaban en silencio antes sus ojos. Ante la admiración, y entre gritos ciegos de lujuria, el capitán y su tropa tornaron rumbo de vuelta a Portugal, habiendo recogido un ramito de romero como muestra del prodigio. A raíz de sus huellas se iniciarían viajes de tropas portuguesas en busca de magia y oro enterrado en la profundidad de la costa meridional. Navegaron al son de las olas sobre el norte de Mauritania, rumbo a cabo Blanco, guiados por riquezas desdibujadas sobre el cielo y los orígenes de la piel. Sobrevolaron los tintes de la humanidad, y cada vez más el deseo del poder iba gobernando un mundo derrocado.

En los siguientes años, la sangre y el desafío del olvido lidiarían con el egoísmo de la luna. Las personas se iban disolviendo en una nítida manta de polvo y renacían de las cenizas siluetas apocadas con ansias de reconocimiento y prestigio. Un mundo que no entendía de color, ni humildad, ni raza. Portugal, a través del mandato del príncipe Enrique, dirigió expediciones a la zona del continente africano. Los caballeros alzaban sus brazos ante cumbres y palacios, llenos de secretos y misterios, que petrificaban sus doradas pieles. Eran pájaros que revoloteaban mitigando en la cima, una cima mística e inalcanzable.

Para que podáis comprender mi historia, he de remontarme en la lejanía, más atrás si fuera posible, casi cuando el tiempo y la muerte se confundían en la eternidad.

En el ocaso del baobab mi corazón comenzó a latir sosegado. Las estrellas dormían acurrucadas en la selva iluminando mis delicados pulmones tan diminutos como el maíz. El cántico del sérinus mitigaba el clamor de la tormenta consolando los gritos del esfuerzo. Todavía recuerdo el contacto con el mundo, la lluvia limpiando la sangre de mi piel y el aire vacío aliviando el dolor de mi madre. Una madre olvidada en el resplandor de la luna, velando en las faldas del esplendoroso inti. El recuerdo de su tez apagada y coloquial es lo único que prevalece en mí. Sus manos, negras como el carbón, dibujaron el dolor en mi rostro, y mi llanto fulminó el cielo en la lona de la ambigüedad. Aún añoro esas sombras penetrantes en el rostro de Timboctú, ese viento aclamado por el dosel nítido de la lluvia, esa incoherencia de las rosas moribundas esparcidas sobre el viento. Aún creo sentir aquella noche diáfana que desdibujó las perlas de mi memoria. Creo sentir en cada amanecer a mi madre dando a luz. Creo sentir que retorna del olvido para ofrecerme un último beso, lo único delineado sobre la sístole de mi piel.

Mi madre fue olvidada por Dios. Se desvaneció entre los sueños de Guinea agonizando en los hilos del río Senegal y del Níger. Jamás pude mirarla a sus ojos, ni sentir sus labios sobre mi piel. Su olor queda impregnado aún en el perfume de mi aliento, aquel lienzo de jazmín que dormitaba en mi cuerpo, y ese único abrazo abrigado por los senos del esplendor. Ojalá pudiera aclamar su conocimiento. Me conformo con saber que las estrellas la cuidan, y me pregunto si aún el jazmín de su piel prevalece en los latidos de su corazón. Mi último recuerdo es el frío abandono de mi madre, despojada y desnuda, casi en posición fetal. No supe más de su rostro, de su tacto, de sus labios. Tan solo esa sombra melancólica que descansa y duerme en mi mente.

El tic tac de las gotas escurriendo sobre las palmeras despertó mis suspiros entre los vehementes cánticos de la tormenta. Me hallaba solo en medio de un mundo del que no concebía sus límites ni sus leyes, ni tan siquiera la existencia humana. Mi Dios era mi pensamiento, y mis pasos el camino sucumbido en la magia de mi inspiración. Con la muerte de mi madre y la confrontación del destino fui acogido por una inocente anciana cuyo nombre nunca llegaré a recordar. Me recogió entre trapos blancos y tibios, de esos que se adhieren suaves a la piel. Apenas recuerdo sus manos enlazando mi pequeño cuerpo, recostado y desolado sobre la tierra beige y gélida, cubierto por las lánguidas ceibas que bostezaban hacia el cielo. Todo era un mosaico de neblina disconforme, pero lo cierto es que fue un milagro. Posiblemente pensó que estaba muerto pues mi cuerpo era tieso y esquelético, aún con el cordón umbilical. Mis orificios estaban taponados por la humedad y mis recién nacidos pulmones se estaban formando. El viento se deslizaba entre mi nariz rogándome los primeros suspiros de la vida. Recuerdo a la perfección el beso del aire sobre mi rostro y a la pequeña anciana, tibia y de alma frágil, llevándome entre sus brazos hasta su humilde hogar. Su piel color miel era cercana y suave, y sus ojos eran grises como el cielo en la estación tropical. Me alimentó a base de plantas y del pulpo del engong. Descansé en un profundo sueño durante dos años, acurrucado en una dulce cuna pajiza que mi mente ha esparcido como el humo.

Al fundirse el sol, el viento gélido y sórdido sacudía nuestra pequeña choza decorada con palmeras y barro húmedo. A veces escuchaba los cánticos de la luna y sentía los sueños de la pequeña anciana que dormía a mi lado. Cada noche contemplaba en sigilo su respiración, el canto de sus pulmones reflejado en el baile de sus senos marchitos. Me abrazaba a ella para no dejarla escapar, fundiendo los astros en mi tejido, agradeciéndola sin palabras el sentido de mi mundo. Era un universo decorado por llamas y espíritus de fantasía que se evadían de las manos del anochecer.

A la edad de tres años comenzaron mis primeras palabras en wolof, o al menos eso pretendí. En mi boca bailaban sensaciones, emociones y contemplaciones aliviadas de mi ignorante pensamiento.

Recuerdo que aprendí a reír, y os aseguro que fue la mejor experiencia inspirada en el paso de mi vida. Mi piel retumbaba y se destejía en cada risa, en cada mueca, en cada esperanza. Tan inocente era, un completo iluso desolado entre las penumbras de lo insólito, del nihilismo. Apenas mis pies se posaban sobre el suelo y pensaba ya que el cielo descansaría entre mis manos, que el mundo me pertenecería pudiendo dibujar mi destino, y que las dulces alevillas se posarían sobre mis hombros, alzándome. Al amanecer, en la monotonía de las noches, la misma bóveda se alzaba ante mis ojos: aquel techo pajizo que abrigaba mi alma permitiéndome soñar mi entorno. Quería sentir el suelo, observar las estrellas y aspirar el viento de la dolida África. Podía sentir las venas de la vida, pero sin abarcar aún mis sentidos. Siempre observaba a la anciana, sus besos, sus articulaciones prolongadas en su delicada boca y mi cuerpo balanceado por el surco tenue de sus brazos. Mi realidad se cerraba en un aislado círculo, la anciana se reducía a mi único conocimiento de la humanidad, y los límites de la pequeña choza eran mi único entorno.

Cuando mis pies comenzaron a correr, a destrozar y levantar remolinos de polvo, ya tenía cuatro años. Mi pensamiento era más desarrollado y mis límites se desplegaron como las alas de un albatros. Nunca olvidaré aquel día en el que percibí los pálpitos de la vida. Salí empujado por la anciana, descorriendo las hojas que nos cubrían de la luz, y ahí estaba: la belleza. Un verde inmenso difuminado en el Edén. Escuchaba los gritos, los suspiros de cada rincón, el sigiloso aleteo de los manglares. Aquel sol que moría en el horizonte despidiéndose de mí. Sin miedo, me creía libre, casi capaz de volar y comer el algodón del dorado cielo, esos doseles segregados por el vaho del sol. Un inmenso paraíso que retornaba sus agujas al son del nimbo de la creación. Lo primero que observé fue aquel grupo de niños que sugerían el reflejo de mi alma de piel tiznada como el carbón. Jugaban y deambulaban rompiendo los charcos entre los ocasos del barro. Eran felices, lo supe. Eran pájaros volando hacia el fulgor del fuego sin saber que su alma se consume en el calor. Todo tenía su hueco, su espacio, su orden. El equilibro se establecía entre las líneas de la faz perfilando cada sombra de luz. En el paso de un año, mis recuerdos se encogen en un paraíso perdido donde consolidé una familia. Cada alba era una nueva vida. Conocí los mitos de la naturaleza y el compromiso del sol y la luna. Comprendí el surgir del tiempo y el concepto del nacimiento y la muerte. Parece que fue ayer cuando una mujer de pelo lacio lidiaba con lágrimas suplicando y agradeciendo la magia de la vida dando a luz entre sus finas piernas un nuevo anochecer. En cada luz surgía esperanza, y en cada mácula una flor envejecida, deslucida. Con el brillo de la luna nos sentábamos en círculo toda la tribu, aquellas personas desnudas y desprotegidas cuya piel era su única defensa. Siempre se pintaban con la sangre del sittunga, hendiendo el invierno y la fortaleza en sus rostros. En sus cabezas posaban plumajes negros de aves que danzaban con las llamas del fuego. Invocábamos nuestros espíritus para que renacieran del pecado, otorgando liberación y clemencia. Eran noches clandestinas empañadas por humo en las que rogábamos nuestra resurrección. Nos reuníamos para chillar y desatar nuestras inquietudes, entrelazando nuestros brazos como un anillo vibrante, simulando protección. No creíamos en ningún dios, solo en nuestras visiones, pálpitos y emociones. Fuimos esencias que flotaban como luciérnagas consolidando un fuerte corazón indestructible entre las pequeñas chozas conmovidas por el arduo céfiro.

A los cinco años, el verde mangle que rodeaba mi choza abrazaba ya el cielo a veinticinco metros de altura arropando las alas de los ángeles. Creía que aferrándome fuerte a su fina corteza, envejecida y melancólica, me elevaría como un dios posado en su esclarecida alcoba. Era tan hermoso, un dibujo cálido y tenue de esa luna brillante que despliega sus luces entre los vástagos y cae con elegancia hasta besar el suelo. Aquellos pétalos amarillos que reposaban húmedos en cada puesta de sol. Aquella lucidez esencial y ruinosa que jugaba entre los débiles ecos. Era tan feliz, tan inconsciente, tan vivo. Los años mi mente los pintaba como luces del día, y el tiempo como la evasión de la bruma. Estaba enamorado, prendido por los misterios que esconden nuestra raza, nuestro color, nuestro ser. Enamorado de las gotas del fuego y de aquella dulce niña de piel caoba, que despertaba y resucitaba las raíces del renacer. Su nombre, lo recuerdo: Enmanuelle. Fui un niño de cinco años enamorado, un niño sin edad seducido por la bujía.

Pronto la sal del Níger destrozaría la magia, nuestras llamas de ilusión. Recuerdo aquel día, aquella noche profunda en sombras que se arraigan a la oscuridad, nuestros cuerpos cubiertos por temor. Aquel día la luna no lucía su dosel, y quizá nuestros corazones latían sosegados, expectantes. Dormíamos como cualquier noche, en silencio, descansando nuestra alma entre los espíritus del crepúsculo. No se oía el viento, ni tan siquiera la respiración de la madre naturaleza. Mis oscuros ojos se abrieron temerosos esperando algo. Observé a mí alrededor. La anciana dormía recubierta con sus pieles y respirando fuerte. Apenas el aire penetraba. Todo era oscuridad y desconcierto. Presentía algo, mi instinto litigaba mi curiosidad constante. Decidí levantarme y salir a observar. Escapé sigiloso de la choza con cuidado de no despertar a la pequeña anciana. Mis pies penetraron en el exterior y me adentré en el mismo paisaje que vi la primera vez, ahora bañado y mitigado por la noche. Todo tranquilo, todo en su cauce, todo en su curso. La luna rebosante lamía las estrellas dulces y el vaho coqueteaba entre la oscuridad. Pero de repente lo vi: aquellas llamas en la lejanía, distantes y fugaces, acercándose rápidas hacia nosotros. Tuve que pestañear para observar con más claridad. Simulaban haces de fuego que caían como lágrimas del cielo, caminando y arrastrándose raudos en el horizonte, agazapándose como un basilisco lóbrego bajo el celaje.

La anciana se despertó, entre chillidos y polvo, en la histeria del misterio y el plumaje de los mágicos árboles. Corrió, enfundada en valor, con el alma desgastada y los pulmones quebradizos como la espuma del mar. Su pelo lacio y pulcro danzaba entre el viento devastador y audaz. Salió y contempló asustada. Los manglares morían cristalinos sobre el suelo y la luna lloraba por la ausencia de su brillo. Una aurora de fuego rodeaba amenazante toda esa gente, todo su corazón. Los niños que antes reían en esperanza, ahora huían y gemían ahogados por tristes lanzas y cadenas. Todo era una bruma de gritos donde los espíritus buscaban su cuerpo. La niña de piel caoba yacía en el suelo derrocada, con el alma diluida en un charco negro, con un corazón que dormía ya en el sueño de la inmortalidad. Docenas de hombres blancos y pulcros, de una tez casi transparente, sostenían candiles ardientes persiguiendo y destrozando todo a su alcance. Eran lánguidos espectros vestidos de colores vivos con túnicas rojizas fundidas en sangre y botas que penetraban en la inocencia de la tierra. Algunos galopaban en cordeles celestiales que relinchaban, y otros se deslizaban con ojos de ambición y lujuria. Era una odisea, una eterna odisea en la que nuestros lloros, nuestra piel y nuestra luz se iban apagando.

Lo siguiente que recuerdo es un cristal afligido lleno de vehemencia que se deshace entre la lumbre. Andábamos incoherentes en un pasadizo de ánimas que lucían sus tiernas cicatrices. Nuestras piernas tiznadas se desplegaban en un abanico de cadenas que ahogaban nuestro cuello. Nuestras voces se asfixiaban despidiéndose de la vida. Cada paso era un declive que se aferraba fuerte al barro, con ímpetu. Ese barro que limpió la sangre desvelada en nuestros cuerpos, encadenados unos a otros, unidos por argollas que amenazaban al azar. Era un largo viaje en el que nuestra piel se destiñó en los látigos de la codicia. Voces resonaban en nuestros audaces tímpanos, un dialecto blanco, pulcro, desconocido. Los látigos de aquella quimera mordían nuestra piel agonizando en nuestra columna. Aquellos hombres níveos, blancos como la luna, se reían y nos chillaban haciéndonos sentir culpables de nuestra existencia. Fuimos unidos de cinco en cinco por tenaces cadenas que tiraban de nuestro cuerpo. Mi cadera chillaba del dolor, la cadera de un niño de cinco años enamorado de una vida lejana que ya no le pertenecía. La anciana me miraba, desconsolándome, con sus ojos bañados en lagunas de tristes lágrimas. Sabía que no duraría. Lo noté en sus débiles piernas, las cuales decaían frágiles sobre un charco de penumbra. Pero aun así ella me agarraba bien fuerte la mano, a pesar de su alma agazapada entre los barrotes de una fría jaula. Caminábamos y suplicábamos el porqué, el terrible porqué de aquel daño.

Pronto mi pequeño cuerpo necesitó agua, pero cada vez que hacía amago un hombre blanco y embadurnado en ropajes me amenazaba con su mano. Así que todos manteníamos silencio. Nos conformamos a ser castigados sin oponernos. Seguimos condenados a los caballos, aquellas criaturas elegantes que relucían en la crisma. Arrastrábamos nuestros pies pesados guiados por los blancos, ese ser tan desconocido y dispar a mí, volando hacia un anónimo destino. Muchos murieron entre los aullidos del fuego y las lanzas que destrozaron nuestras chozas. Al resto nos condujeron en ausencia de esperanza, siguiendo los cánticos del mar y el ropaje de sus olas. Las huellas se fundían en nuestras tierras segregando el histerismo. Fueron días que recorrimos las líneas de nuestro verde anillo. Por las noches éramos atados a la corteza de los árboles que reconfortaban el dolor de mi espalda. Siempre dormía entre las piernas de la anciana cuyo corazón se iba fundiendo como las gotas de la lluvia. Cerraba bien fuerte mis ojos en la oscuridad y reafirmaba en mi conciencia que tan solo era un delirio de los cuentos de la noche. Pero al despertar, cuando la luz penetraba en mis pupilas, aquellos seres blanquecinos y distantes encadenaban nuestros cuerpos consumidos por la fuerza del destino.

Siempre me pregunté quiénes eran aquellos hombres de pintura blanca sobre su rostro. Nunca tuve tiempo para darme una respuesta, y las limitaciones de mis conocimientos me impedían ordenar mi precavida mente. Por no tener, no tuve ni lágrimas el día que la anciana murió: aquel día en que su cuerpo resbaló entre el suelo y el viento la cubrió con las blancas manos que la arrastraron hasta el río. Ni siquiera la pude abrazar, ni siquiera la agradecí por concebirme como a un hijo. Todo fue tan rápido que no busqué la coherencia de ese caos. Quizá, no la tenía. Todavía siento mi alma encadenada, dilatada en las colinas del vacío. No sé cómo pude resistir aquellos amargos días en los que cada amanecer otorgaba una nueva muerte. Mi corazón los reduce a un recuerdo, ácido con saltos temporales, que se desintegra cada vez más en mí. A veces tenía el instinto de huir y escapar, pero mis alas se fundían siempre en cada salto. Tal era el cansancio en nuestro cuerpo que nos dejamos llevar como barcas promovidas por las verdes sirenas del mar.

Al sexto olvido de la luna, llegamos a los brazos cálidos del río Níger estirándose a lo largo de las corrientes de Bamako. El viento azotaba las velas latinas de aquellas ballenas. Parecían criaturas que se difuminaban en las sombras de lo eterno. Aquellas magníficas calaveras donde mi ente posaría durante meses de tormenta y estruendo. Al menos eran quince filas de hombres, mujeres y niños de piel morena o café que iban subiendo entre lágrimas. Visto desde arriba tornaría la perspectiva de un laberinto lacrimógeno en que el hombre destruía al hombre. Se podía observar a algunos grupos de mujeres que luchaban desnudas por huir y que escondían sus hijos entre las sedosas algas de la arena. Pero el ser blanco siempre observaba, y cada paso nuestro eran dos de él.

Debido a la brisa cálida que penetraba en mis pulmones estaba desubicado. Era tal el surrealismo que simplemente me centraba en caminar y seguir las sombras. Subimos de uno en uno a los azules titanes, colisionando como inquietos peces, encerrados como pirámides en las dunas del desierto. Supongo que cada uno imaginó un destino entre sollozos, pero la verdad es que yo no imaginé ninguno. La mayoría de nosotros evolucionaríamos en objetos de mofa cuyo destino se centraría en las plantaciones de azúcar o siendo apocados marineros en las tierras insólitas de Portugal. Recuerdo a los encadenados llevando marfil entre sus brazos y a un niño entre sus hombros. Durante los próximos días todo fue oscuridad, fui alejado de mi tribu y nos dividieron según nuestro corte de pelo, salud y edad. «Qué sería de mí -me pregunté-, qué destino me inculcarían y qué vivencias me limitarían». Me empecé a sentir solo, palpando el tacto de mi corazón sobre el fino tejido de mi piel. Quizá fueron años, o vidas, los que duró esa oscuridad. Perdí la cuenta de mi edad, y lo mismo tenía veinte que diez. Me sentía un náufrago solitario, amarrado a su sombra, abandonado por los brazos del dios de mi conciencia. Todavía recuerdo la muerte del cielo y su noche atizando la tormenta. Los blancos solo nos ofrecían peces escuálidos poco apetecibles. Siempre los comía. Necesitaba unos huesos sólidos y resistentes o sería tirado por la borda impactando en el desgaste del mar. «Ojalá mi raíz de loto se diluyese en la danza de las rojizas amapolas, y quizá así el destino sería la esencia de mis orígenes y camino».

Entre la espesa negrura y el azul de nuestras sombras, una luz brilló en el estruendo. Los blancos sacaron mi cuerpo y el de muchos otros expuestos como ébano donde masas de gente blanca, tan diferente a mi ser, ansiaban por poseernos. Nuestras almas sollozaban y crispaban el bronce de nuestra piel. Era una pesadilla, mágica e incoherente, estancada en una prolongada mañana calurosa de la ciudad de Algarves. La gente nos señalaba sin disimulo, gritaban y hacían muecas incomprensibles en una lengua lejana a mi precoz entendimiento. Me sentía avergonzado, como si mi color fuera el culpable de algún desastre en sus vidas. Éramos más de doscientas cincuenta almas las que hospedaban aquel riguroso día, almas eléctricas exportadas en buques desde todo el continente. Teces tibias, maduras y bronceadas se abrazaban en una gama lúgubre. Nos mirábamos unos a otros, la mayoría bañados en ríos de lágrimas que agonizaban en los labios. Nuestras cabezas se hundían en un baile de incomprensión danzando entre cuerdas y cadenas hacia un vasto campo. «¡Sucios descendientes del Ham -gritaban-, sois merecedores de castigo!». La desesperanza resurgía siempre entre ojos humanos, mirándonos y usándonos, atacándonos como a pájaros de plumaje negro atrapados entre la densa blancura de las nubes. Los blancos se acercaban y derrochaban dinero por nuestra piel sucia y derrocada. Nos rendíamos. Caíamos. Besábamos sus pies como esclavos. Nuestras voces se ahogaban en un vaso de agua taponado y quebradizo. Nadie escuchaba. Nadie se preguntaba el porqué de mi color o de mis vivencias. Era un mundo sordo con vendas oscuras que cegaban la caricia del sol.

Numerosas expediciones fueron en busca del oro. Ansiaban el pecado. Cazaban almas que poder librar a Dios. Las razias fueron cobijando su expansión y poder. Nos arrastraron entre las venas del mundo. Surcamos las ánimas del océano cálido y solitario. Fui transportado entre las llanuras de las costas españolas donde mi amo desgarró mi piel por dinero. Me sentí ineficaz, incapaz, lisiado. Conviví siete años bajo sus mandatos y el dominio de los reyes católicos. Fui bautizado e inculcado en una doctrina cristiana que no concebía mis creencias. Una marca simulaba en mi hombro, colorida y eterna, para que todo el mundo al verme cambiase su mirada. Me vistieron con trapos que ocultaban mis raíces y aquel olor impregnado por los besos de mi manceba madre. Ejercí de traductor en el mercado de Sevilla para el comercio de indígenas y mercaderes. Cada mañana me preguntaba qué sería de aquellos hombres y si sus vidas llegarían al mismo cauce que la mía. A veces me imaginaba que nos rebelábamos. Gritábamos. Forzábamos nuestras yemas contra el pecho del universo. Libres. Libres al fin en un mundo enjaulado, la cruda razón por la que me hallo aquí. Esa libertad, visceral y espumosa, que brotaría algún día de entre la tierra. ¿Qué corazón podría arrebatar mis alas, quién podría humedecerlas y atarlas en frágiles cuerdas ante el sórdido soplido del viento?

Debido a la vejez de mi amo y a su ineficiencia económica, fui entregado a las fuentes de un nuevo mundo. Nos distribuyeron en pequeños barcos que navegarían durante holgados meses. Éramos un total de quince esclavos: algunos etíopes de nariz chata y facciones cerradas, y el resto procedentes de distintas localidades de Guinea u otras corrientes de Senegal. Atados al mástil, dormíamos entre el resplandor de la amplia luna y los fugaces destellos del firmamento. Los ronquidos de los diez blancos marineros procedían estridentes de la cubierta, mientras que el viento impactaba en sigilo con la celeste cúpula. Todavía recuerdo aquellas frías y gélidas noches como una sábana limpia y fresca. Partíamos rumbo a Perú, el misterioso lejano y desconocido, guiados por las palabras del Capitán Gonzalo Jiménez de Quesada. El principal propósito era profundar entre las costas del Caribe y remontar en el nacimiento del Río Magdalena. Penetraríamos en las tierras como mano de obra en busca de verdes minas. Fueron muchas las leyendas sobre aquel Nuevo Mundo promulgadas de esclavo en esclavo. Unos lo concebían como un paraíso de abundantes riquezas, donde la libertad se ubicaba en la cima del cielo. Otros inauguraban el terror en aquel mundo, apartado y solitario, al que pocos exploradores habían sobrevivido. Lo cierto es que la mayoría de nosotros presenciaríamos un viaje sin retorno entre los pasillos de la soledad.

Al paso del litoral atlántico, los marineros decidieron descansar en las orillas de una isla resguardada entre la niebla. Desplegaron una rampa y descendimos de dos en dos con los blancos apuntándonos. Amarramos con fuerza el barco e investigamos la profunda isla buscando alimento para los marinos. Grandes palmeras sostenían cocos a las que solo el negro era capaz de trepar. La humedad era inmensa y espesa, se te impregnaba casi en las paredes de la garganta. Las seis mujeres caoba se quedaron por obligación en compañía de los marinos, mientras los hombres penetrábamos encadenados la frondosa selva. Me sentí de nuevo en mi hogar. Respiré bien fuerte aquel aroma mágico, tan sutil y distinto de las tierras europeas. Mi piel agradecía la brisa de aquel ocaso sin nombre, recóndito y desconocido.

Los marineros decidieron descansar sobre la arena, y al día siguiente continuaríamos con nuestro viaje. Una gran nebulosa abarcó las estrellas aquella noche, y nuestra piel se difuminaba en la oscuridad. Todos dormíamos con frío, ligados a los troncos de las finas palmeras que reposaban sus hojas sobre el viento. De repente, una tormenta eléctrica disipó nuestras pequeñas cabezas. Me desperté ante el bullicio y contemplé cómo las cuerdas de nuestro barco se resquebrajaban en un sórdido golpe. Los marineros corrieron en rugidos a amarrarlo sobre el cable. Demasiado tarde. La marea impactó fuertemente y el barco volcó agresivo y visceral sobre los apuntados arrecifes. Era el momento de ser libres. Los esclavos, ayudándonos unos a otros, desatamos nuestras manos. Corrimos como leopardos que sacuden sus hábiles cuerpos. Nuestras piernas eran gacelas que levantaban remolinos de polvo. No sentía el dolor, a pesar de mis pies sangrientos y magullados. Mi único pensamiento era huir de las garras del hombre blanco. Continuamos esparciendo el galope de nuestros muslos, adentrándonos cada vez más en el delirio de la luna. Me separé del resto del grupo. La adrenalina batía cada vez más fuerte mis venas. Me sentía fatigado. Mis pulsaciones reducían su baile y movimiento y el paisaje era ya lento y pausado. Mi cuerpo empezó a tambalearse en una burbuja inestable y sin oxígeno. Abrazado por la magia, me derrumbé sobre la fría y blanda hierba.

Al despertar, una mantodea posaba en mi nariz. Era de día y los manglares rojizos paseaban en mi entorno. Analicé cada franja discontinua de extensas agrupaciones de Trupillos. Los ojos me pesaban ardientes como el fuego cobrizo, y el tacto de la hierba sobre mi espalda reconfortaba cada milímetro de mis huesos. Sentía que el mundo me acariciaba y los sueños besaban mis mejillas. Decidí incorporar mi liviana cabeza cuando observé a un robusto hombre antes mis pies. Su piel era morena, del color de la tierra humedecida, y sostenía en su pecho desnudo un gran medallón de oro. Sus piernas eran cubiertas por un fino pelaje azulado y verde que rozaba suelo. Curioseé cada milímetro de su cuerpo, de su abundante pelo negro, y de su plumaje bañado en oro que posaba con cuidado sobre él. Mantenía una postura firme, pero sus ojos eran risueños como el canto de un jilguero. Dos redondas y hermosas mujeres surgieron como espectros del grosor de su espalda. Sostenían unas hermosas piedras verdes como pendientes y una túnica pulcra que se abría en sus senos. Los tres me observaban tímidos y nerviosos.

Accedí a incorporar mi columna machacada sin apartar la vista. Al unísono, los tres se arrodillaron ante mí. Fue extraño, pues lo normal sería que yo me inclinase. En una abertura de media luna levantaron sus manos, alabándome como a un Dios. Supuse que era un dulce sueño, pues el hombre tendía por espíritu innato a atacar u odiar. No supe qué actitud tomar, así que abrí mis manos y les saludé con un ligero movimiento. Ellos, sorprendidos, cuchichearon entre juveniles risas que aclamaban el baile de las luces. Quedé prendido de los ojos delineados en una gama negra de la joven que besaba mi sombra. Me recordó a los ojos verdes del mar de Enmanuelle, aquella atracción que retenía mi mirada. Fue la primera vez que unos ojos no me miraron para juzgarme por mi color, sino para enamorar.

Al cabo de unos minutos, el hombre robusto y bajito se levantó y me abrazó con miedo. Levantó mi peso del suelo. Mis huesos crujieron. Su tripa esparcía su carne a mi alrededor. Jamás alguien me había abrazado de tal modo. El hombre dijo algo al oído de la muchacha, la cual dio dos palmadas y aparecieron de la nada dos lánguidos hombres de pelo negro que me incorporaron en una plancha de paja. Me auparon como a un rey entre sus hombros y me llevaron entre el laberinto de los coloridos manglares y el aleteo del multicolor tucán. Mi cuerpo se reconfortaba en el ligero traqueteo sobre sus hombros, mientras mi cuerpo, adormilado, soñaba con el pistilo del paraíso.

No recuerdo la duración del viaje, quizá porque mi mente deliraba, pero sí recuerdo mi goce visual a la llegada de mi destino. Los dos hombres inclinaron sus espaldas y me posaron con lentitud sobre el suelo. Cubrieron mis pies con unas sandalias color oro, y me envolvieron en un manto violeta y dorado. Fui bañado entre jarrones de agua fría que purificaban mi piel trémula y cansada. Sobre mi cabeza posaron una fina onda de plumas brillantes, similar a las de mi infancia. El hombre robusto, con su mano llena de sortijas, me ofreció su brazo. Comenzó a caminar, con viveza e ímpetu, gritando al pueblo en un lenguaje seductor que más tarde conocería como “muysccubun”. Un flabelo gozoso, lleno de mantas y tejidos vivos, se abrió ante mis ojos. Todos aquellos, hombres y mujeres de pómulos marcados, me miraban arropados por túnicas amarradas al hombro, hechas de algodón y estampas de tintes de origen vegetal. Todos correteaban, jugaban felices en la luz del sol y aplaudían sonrientes mi presencia. A cada paso que daba, se giraban todos con sus pies descalzos, levantando sus manos decoradas con pulcros brazaletes. Solo puedo expresar que era libre, mis alas eran libres cobrando vida entre el cauce de los ríos Bogotá y Chicamocha. Mi piel y color, por un momento, agradecieron ser distintos.

Esa misma noche realizaron una celebración en mi memoria. Me pintaron los párpados color rojo y me cortaron el pelo con pequeñas piedras similares a bifaces. La noche brillaba más aquel día, podía presenciar mi alma limpia y pulcra, confortable ante toda esa multitud. Nos encontrábamos a los pies de una frondosa laguna que reflejaba la verde niebla. El vaho nítido disipaba a su alrededor, deslizándose entre los dedos de nuestros pies. El hombre robusto, al que todos se dirigían como “Zipa”, observaba cada anhelo de respiración o amago de movimiento. Todo el pueblo me miraba, eran como un estanque de ojos abiertos de par en par que de vez en cuando pestañeaba. Era de noche, la sentía, y también el sonido de unos platillos metálicos que resonaban con gran excentricidad. Era un dios, me concebían como tal, una extraña criatura de color negro que había resurgido desnuda de entre las raíces de la tierra. Estaba expectante a lo que iba a presenciar. El Zipa abrió su boca ante la inmensa multitud. No logré entender nada. Los hombres sacudían sus cuerpos, unidos unos a otros. Escurrían sus carnes como ciegas lagartijas. Enloquecían. Chillaban. Euforia, sentían euforia, locura quizá. Veía sus pieles desnudas, erizadas. El oro empezó a caer de repente, una ballena de oro que se zambullía entre aquella inmensa multitud. Abrían sus bocas, expectantes, enloquecidas. Percibía los cánticos de cada gota de noche. Nacía la oscuridad, la vida, la muerte. Filas de hombres se situaban a los pies de la laguna, esperaban, deseaban sacrificio. Comenzaron a arrojar el oro sobre el agua, resbalando entre en sus manos, consumiendo su valor. Ambición, veía la ambición, y a un niño, también veía a un niño, dorado, pequeño, llorando. Sus pies colgaban, estaba boca abajo. Recuerdo aquella cara, un rostro, el diablo con un ángel degollado en su cuerpo. Lloraba, reía, lamía el aire que azotaba su boca. Cayó. Caía. La muerte carcomía su piel, la besaba, la mordía fuerte y fugaz. Se hundió. Su cuerpo se consumía entre el oro y agua de la verde laguna.

Al caer la noche cada persona se recluyó en su hogar y yo fui invitado a un pequeño banquete en la acogedora localidad de Chía, cobijada por un templo de la Diosa Luna. A lo largo de la mesa se extendía un conjunto de vasijas fundidas en oro cuyo interior era decorado con armadillos, venados y dantas. Fue una cena conmemorable, deliciosa, en la que mi pecho estuvo por primera vez a la altura del plato. Uno de los extremos fue presidido por el Zipa, envuelto en un vestido armónico color azul, y a su lado la pequeña muchacha de las grandes esmeraldas verdes. Todo el mundo respetaba mi palabra, incluso algunos intentaban imitar mis gestos. Sus cuerpos gozaban, descansando el peso de la gravedad.

Con el paso del tiempo adquirí mi propio hogar. Dejé de ser hombre, niño, esclavo, era un Dios: el descendiente de Bachué. Me casé con la joven de las esmeraldas, Enmanuelle, era ella, la veía en sus verdes ojos, cristalinos y atrevidos. Mi piel borró su color, era un lienzo que atraía a los hombres por admiración y culto, a diferencia de mi infancia donde fue utilizada como un trapo sucio y errante. Cada noche miraba a la luna, lloraba. Había alcanzado la vida, mi destino, un pensamiento trocado y subyacido de las llamas del espíritu libre. Luché. Luché ante a la amargura de un dios pasivo y ausente, sin bondad ni libertad. Navegué el mar, el cielo, las raíces de la tierra. Fui quien penetró entre la bruma, en la búsqueda de mi ser, surcando las rutas decaídas sobre las lágrimas del mundo.

De entre todas las noches, efímeras y mortales, que bañan el orbe de los dioses y reinos, recuerdo una en la que una figura, caliente y espumosa, se deshacía y susurraba sobre nuestras almas. Todavía consigo evocar aquella imagen, nítida y cabal, donde hombres, mujeres, niños la contemplábamos, mágica y peligrosa. La boca de una mujer se relamía en el cielo, dilataba la lengua en el imperio de la noche. Su tez se adhería fuerte a la negrura del crepúsculo, luciendo desnuda, blanca, llena de pecado. Retorcía su cuerpo entre las nubes, recreándose en cada haz de luz. Era profunda e inmensa, como un astro pulcro y magullado. La arena se inundó de ella. Estaba marchita, desencajada. La hermosura y la senectud combatían en su piel. Se lamentaba, desierta y desolada. Rasgaba sus grietas, rezumando, colmada en sangre y dolor. Nunca la vi igual, tan vasta y hermosa, pulida en el filo con un cincel. Intentaba descifrarla, corrompía su dicción. Abrió su boca, la cueva, su garganta. Lo presencié. Note su vibración y poder, e impregnó en mí, y en muchos otros, la locura que pronto iba a acontecer.

Todo comenzó en una noche de cielo rojo y arena blanca. Cada susurro era azotado por el estruendo de la tormenta; aquel grito desgarrador que aún palpita en mí, benigno. La locura penetró aquel día lleno de premoniciones y sueños. Los cuerpos bailaban y renacían en cada susurro. Los titanes se alzaban entre la espuma con sus ojos blancos y fugaces que atesoraban la muerte. Sus manos. Recuerdo sus manos apretando nuestros corazones vivos y muertos, cada vez más cercanos a las orillas. Los mordían, mordían nuestros pálpitos como el pecado cubierto por un dosel. Estaban cerca. Niños y algunas mujeres corrieron asustados entre sus hogares. Los chillidos desgarraban el aire, y el caos dormitaba en cada silencio. El Zipa tranquilizaba a la masa. Un conjunto de sombras inundó la espuma del mar. Ante la precaución, los hombres fueron armados con macanas y cachiporras de madera, junto con largas hondas para lanzar guijarros. Esperaron ahogados, en susurro en el bullicio, escuchando el trote de la tierra vibrando bajo sus pies.

En la altitud del vuelo, centenares de caballos procedentes de Tunja resurgieron de entre el polvo con lanzas y espadas. Reconocí de inmediato al caballero que encabezaba el tropel. Se trataba de Jiménez de Quesada, fundido en una gris armadura y hombreras verdes, que azotaba con sus largas botas el lomo del caballo. Enseguida la histeria cobró vida y el cauce del río se desalineó. Gran parte de los muiscas huyeron hacia los Andes colombinos, mientras que otros, aterrados, fueron atados con fuertes cuerdas. Fueron muchos los recuerdos que destiñeron mi mente, respirando la misma esencia que segregué en mi tierra africana. El Zipa fue retenido por los caballeros y yo me entregué antes sus manos. Me aniquilaron a cuestiones, con gran hincapié en saber de dónde procedían aquellas piedras tan hermosas. Tenía que responder, tenía que actuar sin miedo y luchar, por última vez, por la vida que aquellas bellas personas me habían otorgado. Si les decía el lugar, la esencia de las esmeraldas y el oro, me prometieron que todos seríamos libres. En cambio, sino lo hacía, nuestras almas se desintegrarían. Les relaté la gran leyenda que guarda las montañas de Muzo, en la que el Dios Are, a través del primer beso de las olas del mar, purificó vida y aliento a las primeras criaturas del linaje humano como agradecida salutación a su creador. Les inculcó la libertad sin límites y el privilegio de la perpetua juventud. Vivieron durante grandes civilizaciones, hasta que finalmente, en búsqueda de una milagrosa flor, Fura se enamoró del misterioso Zarbo entre el follaje frondoso de la selva. Ante la acusación del pecado, Fura murió, y Tena resguardó su cadáver durante días, hasta que de su lágrima nació la primera gota de esmeralda.

Los caballeros iniciaron su viaje, asombrados, con mi cuerpo y el del Zipa amarrados entre cuerdas. Alcanzamos a caballo la gran cima de las dos inquietantes montañas que resguardan el gran tesoro. Indagaron y escavaron en su interior, extrayendo grandes cantidades de aquellas piedras tan pulidas y preciosas. Las risas de avaricia dibujaron un ambiente incómodo y de rabia. De nuevo, el color blanco sobrevolaba sobre la oscuridad de nuestra piel. Me sentía furioso e inútil, como si ninguna de mis acciones pudiera obtener cavidad en el mundo. Por delante tenía la mitad de mis años, y de nuevo mi cuerpo se veía destrozado por un encerramiento injusto y elocuente. Otra vez el mismo círculo en el que me arrebatan mis derechos, mi esperanza, mi ser. El cansancio de afirmar preguntas incoherentes cargaba mi abundante espalda. Necesitaba imponer mi vida, abarcar mis sentimientos sobre la tierra, luchar por última vez. Desaflojé despacio las cuerdas de mis manos, tan sujetas y apretadas, y levanté mi cabeza bien alto hacia el profundo cielo. De mi voz nacieron polvos de histeria, mientras mis piernas galoparon como aves entre la blanca nieve. Corrí ágil, apartando con mis brazos a cualquiera que se opusiese ante mi cuerpo. Sin mirar hacia atrás, con ojos blancos observándome, me dirigí al filo del gran precipicio y salté.

El viento acarició cada milímetro de mi cuerpo, sin color, pero más vivo que nunca. Sentí la presencia de mi madre flotando entre las espesas nubes, mientras caía hacia la faz de la tierra. Estaba tan alto, desde ahí nadie podía encarcelar ni juzgar mi cuerpo. Desde ahí, aunque fuesen unos segundos, la libertad no ejerció ningún límite, ni ningún dios dictaminaba mi destino. Mis palabras eran mías y mi decisión tan solo perteneciente a mi corazón. Podía notar cómo mi alma se descomponía y cómo los pulmones colapsaban el tiempo. Iba a impactar contra el suelo y su dolor. Pero mis alas, ni negras ni blancas, se desplegaron de mi espalda y surqué el cielo, brillando y siendo único, resucitando mi alma en el movimiento ligero de las plumas del quetzal.


Texto © Jorge Díaz-Salazar 2016
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