Literatura Narrativa

“María”

roto

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María, la intelectual. María, la del ojo negro. María, la que cada mañana maquilla pacientemente los moretones.

¿María la grande o María la cópula sin sentido del agua con el aceite? Ayer, dueña de una infancia de prodigio; después, el extravío de la pubertad en madrugadas olvidadas, en misas semanales de salmo y padrenuestro, y en  la sangre de Cristo en cajas de cartón.

María mandatos. María configuraciones. María arquetipos. María, la del Ello freudiano vestido de primera comunión.

Mas, duerme inocente, pequeña,
en tu santuario de muñeca
que en brazos de leches ocultas,
avaras esperanzas ajenas
desovaran en tus tripas
verde larvas de miseria.
Se prosternará el futuro
a tu paso, ninfa etérea,
y derramaras ufana y docta,
tu consagrada sapiencia
Ya crecidos los gusanos
en tu cuerpo de doncella
lucharas golpe por golpe
con la predecible tormenta.

Mas un presente devine imparable con un ayer que empieza a quedar atrás. María rebelión, María levantamiento. María echando por fin a rodar su vida, su propia vida, estrellando contra el piso aquel pasado impuesto que odia. Pero de entre las trizas, brotan púberes y tímidas las tiernas cabecitas de ese pretérito irresoluto. María odiando, María maldiciendo, María encerrando a las castas núbiles en prostíbulos baratos, vendiéndolas por monedas a pedófilos sin ley. Mirándolas pasar, escupiéndoles el extracto más verde, brillante y bilioso de su carne.

Y entonces, otra vez la vida: las niñitas al prostíbulo y María, a su vida.  Ella y aquel hombre: dos fragmentos humanos paridos por la misma matriz de cocaína y de alcohol aforrándose el uno del otro en el mismo lodazal podrido de un idéntico naufragio.

Mientras prepara el desayuno ella lo mira de reojo y pregunta tímidamente que ha pasado con su vida. Implora con afán a un dios pagano palpar una vez más las viejas razones de aquella unión, el porqué del infausto destino que trocó aquel sentimiento en vendaval de golpes. Empero el ruego, empero el afán, sólo surgen de su ser mezquinas hilachas, descoloridos trapitos.

— ¡Dale, tarada, apuráte y dejá de huevear que vas a llegar tarde al laburo!— le grita Alejo desde la cama.

Y allá sale María, la esclava nubia, rumbo a sus ocho horas interminables de trabajo  en un lóbrego call center  en el que vende promesas de felicidad made in china. En el subte la misma y repetida ceremonia: recorrer las sinuosidades de su mente buscando a gritos a la remota niñita perdida para buscar la explicación de lo que se intuye inexplicable. Las puertas que se cierran, la inercia del subte que arranca le impone a golpes la realidad. A codazos y permisos se va abriendo paso para descender en la próxima estación. Desanda cansina las trajinadas calles hasta su minúsculo cubículo de raída alfombra azul.

Hasta que dan las seis pregonando el final de otra jornada intolerable, pero más abrumadora, más absurda y más asfixiante que las más abrumadoras, más absurdas y más asfixiantes de las jornadas. Un cristal se rompe en el adentro, el instante fatal, el punto de inflexión en el que los acontecimientos, las dudas y el vaho pringoso de la humanidad obligan con su reflejo el salto al vacío sin red o paracaídas.

Sin saber cómo llega hasta la puerta del palomar que comparte con Alejo: descascarado dos ambientes, segundo piso por escalera. El tiempo se suspende en el aire. Adentro todo es penumbra, tan sólo un reflejo mortecino de un televisor alumbrando una figura humana que tumbada en la cama fuma indiferente a grandes pitadas.

María, la del hastío. María, la del hartazgo irremontable:

—¡Me hartaste, Alejo! ¡Me harté de poner el cuerpo, el alma y la vida a nuestra situación! ¡Me cansó tu indiferencia, tu letargo, tu inmundicia que lo contamina todo y nos hunde hasta el cuello! ¿No lo ves, no podés ver tu ingratitud, tu maltrato, tu menosprecio? ¡Estoy cansada de de ser tu esclava! ¡Estoy harta, hastiada de que pienses nada más que en vos y en tu inexistente arte! ¿Cuándo fue la última vez que pintaste algo? ¿Cuál fue tu última exposición? ¿Cuándo te compraron aunque sea un cuadrito minúsculo garrapateado en una servilleta? ¡Basta, Alejo, basta. Date cuenta de que sos una caricatura de vos mismo! ¡Basta, Alejo, por favor, basta!—.

Alejo la escucha, traga saliva y aprieta los puños, siente la presión de la sangre fluyendo por las venas de las sienes. El último gramo que aspiró le endurece aún más las mandíbulas hasta casi quebrarle las muelas.  María, sin darse cuenta y dando rienda al caballo de su ira, metió el más punzante, el más avinagrado dedo en la llaga abierta del ego del artista. Abrió, sin darse cuenta, la jaula de los más demenciales demonios de ese hombre. Se levanta de la cama semidesnudo e inmutable y sin siquiera sacarse el cigarrillo de la boca arrastra a la mujer de los pelos hasta el baño. Forcejeos, gritos, insultos, patadas.  De  un golpe  seco  la cara de María se  estrella  contra el espejo del botiquín.  Vidrios y  sangre que vuelan en una explosión brillante y carmesí: gotas rojas, pedazos plateados, lágrimas negras se mezclan en el lienzo blanco del piso creando la más estética y siniestra obra del artista. Un Pollock sangriento, un Basquiat feroz.

Alejo se aparta del desastre con la mirada fría de quien cumple un deber. María llora un llanto silencioso acurrucada en un rincón; sobre la transparencia de sus piernas, manso se derrama el líquido creando un delicado encaje de líneas escarlata. Él recorre con la mirada su enrulada cabellera, sus ojos café y su pálido cuerpo espolvoreado de pecas. Súbitamente siente la oleada voraz de una lasciva erección. Camina hacia ella y tironeándola del brazo la revolea al medio de la cama revuelta. Alejo se desabrocha el pantalón penetrándola con crueldad y poseyéndola embrutecido desde lo más atávico de su ser animal. Gime y se sacude como un poseso hasta eyacular y un estertóreo grito victorioso le descarga un cachetazo en plena cara. María tiembla, rezumando finos cristales de sus ojos cerrados de terror. Él mira los despojos humanos agazapados, indefensos e inermes que dejó vencidos en la cama, y sale indiferente del departamento, silbando una inefable melodía.

María no se atreve a mover un músculo, a pesar de la salvaguarda que le da el ruido de la puerta al cerrarse. Sólo un rítmico tic tac de un reloj llena el vacío y como puede junta los restos de su propio ultraje.  

Ya es entrada la noche cuando Alejo vuelve. Tambaleante se tumba al lado de ella para dormir el pesado sueño del alcohol.   El vapor del whisky, el tufo del fracaso la despiertan mientras que fláccido y peludo el abdomen de Alejo baja y sube en rítmica respiración. Sigilosa, María se levanta, camina hacia el baño y se enciende un cigarrillo. La efímera llama del encendedor refleja su rostro en el último pedazo de espejo que cuelga del botiquín: infinitesimal segundo en el que entiende todo aquello que no había entendido hasta entonces. Intuye que esa senda por la cual transita, tarde o temprano, terminará devorándola para escupir sus huesos a la vera del camino.

No duelen ya los golpes, tampoco los moretones, siquiera las heridas. Se viste rápido y junta tres o cuatro cosas en una bolsa de supermercado, lo besa por última vez rozando apenas sus labios para no despertarlo y sale a respirar, a dejarse absorber por la médula profunda de la vida.

Compara al esplendente Alejo que conoció ayer, con su arte, su genialidad y su magia cautivantes con el Alejo de hoy, corroído por su propia putrefacción. Quiere volver a verse a sí misma como en el frágil segundo del espejo roto. Quiere volver a reconocerse humana después de años y años en coma, en el sinsentido de su existencia, volátil y ligera. Camina por la habitación posando su mirada en cada objeto. Los vidrios se le clavaban en sus pies pero ya no siente su cuerpo.

En la despoblada Rivadavia sólo linyeras durmiendo su vino rancio y prostitutas de descarte tratando de salvar la noche. Camina liviana entre la oscuridad que antecede al amanecer con una nueva sensación de libertad quemándole el alma. Aprieta el paso sin saber. Mete las manos en los bolsillos de su tapado y por accidente o por obra del destino la llave del departamento roza sus dedos. Aferrada a ella con toda la fuerza de su mano, bucea a través de los muchos recuerdos que, como fosforescencias cegadoras gatillan en su mente. La ciudad empieza a despertarse, lagañosa y despeinada, y con el primer rayo de sol atisbando su tenue claridad sobre los edificios del centro abre su mano dejando caer la llave en una alcantarilla de Callao y Corrientes.

Alejo se despierta, busca a tientas a María del otro lado de la cama. Sabe en la certeza de lo no dicho que aquella mujer se fue para no va a volver, que ya es tarde, que todo es  vacío. Respira resignado y encendiendo un cigarrillo recorre el cuarto deteniendo su mirada  en cada uno de los objetos en donde ella, como pistas de un juego de acertijos, ha dejado pequeños restos de la suya. Sabe que ya no hay retorno, que es el punto final.

Lloran. Separados por la distancia física que los aleja pero eternamente unidos por el dolor que los une.


Texto © Carolina Lubrano 2016
Todos los derechos reservados.


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