Literatura

PALABRAS ANTE UNA INVITACIÓN DE LA CASA DE CASTILLA-LA MANCHA EN MADRID A UN POETA DE BARCELONA EN EL AÑO 2015

Santiago Montobbio
Santiago Montobbio fue el poeta invitado en la CCCXX Cuerva Literaria de la Asociación Cultural Peña Rodense en Madrid, que tuvo lugar el 4 de octubre de 2015 en la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid y en la que fue presentado por José López Martínez, Secretario-Director General de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Estas cuervas literarias se organizan desde hace décadas, y, con motivo de la que se le dedicó y tuvo lugar ese día, Santiago Montobbio, además de explicarse y realizar un recital poético en ese momento, escribió también estas “Palabras ante una invitación de la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid a un poeta de Barcelona en el año 2015” y que damos a conocer en Babab.

 

Me he llevado una sorpresa al ver en la invitación de la Asociación Cultural Peña Rodense en Madrid que soy profesor y poeta, que –como en ella pone- les dará un recital poético el profesor y poeta Santiago Montobbio, porque no soy profesor o no me lo siento, soy poeta y quizá también sin sentírmelo y sobre todo sin saber, como quien no puede ser otra cosa. Pero así está en la invitación, aunque me sorprende al verlo, y podríamos pensar que es sorprendente que me sorprenda, porque la verdad es que es cierto. Es un dato objetivo y real, pero que en mi sentir casi se contraponen. Con todo, soy profesor y soy poeta, y doy clases desde hace muchos años, y en ellas se trasluce, se ha de traslucir, supongo –o sin duda- que también soy poeta. Que son clases que las da un poeta. Pienso en algo que suelo dar y que quiero dar ya al principio, como una bienvenida a la asignatura de literatura que doy, una invitación al goce y descubrimiento que ésta es. Con esta intención hablo, me gusta hablar así en el principio de curso, en la ya primera o primeras clases, de la lectura. Me gusta hacerlo y siento también que no sólo quiero sino que debo hacerlo. Y ahora lo recuerdo, y por un motivo concreto, y es que me lo hace recordar recibir esta invitación de parte de la Asociación Cultural Peña Rodense en Madrid para dar un recital poético –como profesor y poeta- en la CCCXX Cuerva Literaria en la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid el domingo 4 de octubre de 2015.

Así, en mis clases, ya al principio, la lectura, pasión y aventura por el conocer que nos congrega, y que como veremos aparece en mis poemas –leeré, puedo leer (pienso) uno dedicado a los libros, la vida que son y hay en ellos. Hay una vida especialmente contada y que especialmente importa y nos importa, y es la del Quijote. En el mismo Quijote se habla de que esta historia está contada, y es leída. La historia que se lee y por la que conocen ciertos personajes a Don Quijote es la del propio Don Quijote, la de él mismo y a veces es también la del Don Quijote –para él falso- de Avellaneda. Sé que esta es cuestión intrincada y hermosa y que merecería tratarse con más detalle. En todo caso, se leen las aventuras de Don Quijote, tanto las del falso como las del verdadero, y por esto se le conoce. Por la lectura. Porque las gentes han leído sus aventuras, y conocen al personaje y sus historias, y de esta lectura provienen y suscitan diversas aventuras, algunas encadenadas y muy principales –pues este motivo tiene en el fondo todas las que le suceden y le hacen sufrir los duques, y así se hace notar. Y el mismo Don Quijote por fin la lee, y esto sucede en Barcelona, donde descubre una imprenta, o la imprenta –y allí su historia (aunque, de hecho, lo que lee es el Quijote de Avellaneda, el falso Quijote, y esto como digo daría para más consideraciones y más matices). Sí, quizá en vez de decir una imprenta debería decir de un modo total y más sencillamente la imprenta, y este significado ve y glosa con hermosura en un bello texto de En esto creo Carlos Fuentes, y por esta significación, el acierto en su modo de señalarla y desentrañarla por él en esta glosa yo la empleo y leo en esas clases primeras en que me gusta hablar de la lectura, y así en ellas está presente este texto como testimonio, como lo es, junto con otros, que también lo son –las conferencias de Borges sobre el libro, o la conferencia que dio en 1964 en Barcelona Yorgos Seferis con motivo de la Exposición del Libro Antiguo, y en la que hace preciosas, muy interesantes consideraciones, el ensayo dedicado a la lectura de Proust, o alguna consideración de Sábato. Pero volvamos al Quijote, y a algo que se ha apuntado como de paso. ¿Dónde se da este descubrimiento, dónde sucede este encuentro con la letra impresa y la significación que tiene? En Barcelona. Barcelona es una ciudad del Quijote, una ciudad especialmente querida de El Quijote, y en el que es ponderada y sobre todo en el que tiene una muy principal importancia. Llega, ve el mar, descubre la imprenta, batalla en sus playas, unas playas y un mar que son el de Homero y el de los griegos pero también y muy señaladamente el de Don Quijote, y no un hallazgo o reclamo turístico de ahora, porque Cervantes, con esta ciudad que pondera, al ponderarla y hacerla aparecer así, le está dando una carta de naturaleza como gran ciudad, la está reconociendo como la gran capital que para él y los escritores de entonces es. Y para el mundo. Es para el mundo, una aparición que lanza hacia el mundo y a la vez Barcelona en El Quijote también es algo íntimo, pues en ella le ocurren sucesos que son de lo más íntimo para Don Quijote, como el asombro y la zozobra que le produce el verse en letra impresa –y, encima, es una usurpación de su personalidad, contra la que él mismo (y esto le motiva a venir a Barcelona en vez de a Zaragoza) y el propio Cervantes en esta segunda parte luchan-, y la derrota en sus playas, que le hace volver a casa. Y que pasa en mi casa, en Barcelona, en mi ciudad. Que es una ciudad del Quijote.

Pero, aparte de que esta cuestión –la del Quijote falso y el verdadero para él y para Cervantes, el de él y el de Avellaneda- no es de detalle sino principal, yo me refiero y quiero referir sobre todo a la lectura, a la lectura en sí, y lo que es y puede significar. Don Quijote entra en una imprenta y lee sus aventuras –aunque sean las de Avellaneda. Y este acto de encontrarse en una imprenta y ver cómo imprimen y componen allí sus aventuras, para que luego anden por el mundo –ellas sí-, puede verse con una especial significación, dársela y buscársela, y así ha querido y sabido hacerlo Carlos Fuentes, y es por esto que empleo un pensamiento suyo que glosa este momento del Quijote que pasa en Barcelona, y que yo también creo –como él- que puede derivársele e inferir de él una trascendencia y una significación muy particulares. Pero vamos a leer el principio de este hermoso y profundo texto de Carlos Fuentes. Es un texto que avanza luego en múltiples e interesantes consideraciones, pero voy a elegir este principio o primera parte del mismo, mejor quizá así decirlo, porque es un fragmento extenso, por lo que pido disculpas, pero que creo que hemos de leer en esta extensión para comprender lo que quiero decir y lo que implica. Un texto que nos habla de este esencial encuentro y que une la lectura al Quijote, la lectura, la publicación y la imprenta, en un momento que sobre ellas se da en él y del que asegura que no hay otro que mejor revele su significación. Éste es el principio o primera parte de este texto titulado “Lectura” y que el escritor mexicano Carlos Fuentes incluye en su libro En esto creo:

“Don Quijote es un lector. Más bien dicho: su lectura es su locura. Poseído de la locura de la lectura, Don Quijote quisiera convertir en realidad lo que ha leído: los libros de caballería. El mundo real, mundo de cabreros y asaltantes, de venteros, maritornes y cuerdas de presos, rehúsa la ilusión de Don Quijote, zarandea al hidalgo, lo mantea, lo apalea.// A pesar de todas las golpizas de la realidad, Don Quijote persiste en ver gigantes donde sólo hay molinos. Los ve, porque así le dicen sus libros que debe ver.// Pero hay un momento extraordinario en que Don Quijote, el voraz lector, descubre que él, el lector, también es leído.// Es el momento en que un personaje literario, Don Quijote, por primera vez en la historia de la literatura, entra a una imprenta en, where else?, Barcelona. Ha llegado hasta allí para denunciar la versión apócrifa de sus aventuras publicadas por un tal Avellaneda y decirle al mundo que él, el auténtico Don Quijote, no es el falso Don Quijote de la versión de Avellaneda.// En Barcelona, Don Quijote, paseándose por la ciudad condal, ve un letrero que dice “Aquí se imprimen libros”, entra y observa el trabajo de la imprenta, “viendo tirar en una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla”, hasta darse cuenta de que lo que allí se está imprimiendo es su propia novela, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, un libro donde, para asombro de Sancho, se cuentan cosas que sólo él y su amo se dijeron, secretos que ahora la impresión y la lectura hacen públicos, sujetando a los protagonistas de la historia al conocimiento y al examen críticos, democráticos. Ha muerto la escolástica. Ha nacido el libre examen.// No hay momento que mejor revele el carácter liberador de la edición, publicación y lectura de un libro, que éste. Desde entonces la literatura y, por extensión, el libro, han sido los depositarios de una verdad revelada no por Dios o el poder, sino por la imaginación, es decir, por la facultad humana de mediar entre la sensación y la percepción y de fundar, sobre dicha mediación, una nueva realidad que no existiría más sin la experiencia verbal del Quijote de Cervantes, o del Canto General de Neruda, o del Rojo y negro de Stendhal”.

Leo estos días en un libro de Josefina Aldecoa, En la distancia, algo que me hace pensar que es natural (además de sabio) que sea un mexicano quien destaque e ilumine la significación de este momento en El Quijote, destaque lo que él destaca –quiero decir- y le dé el sentido que le da. Empleo desde hace años este texto en mis primeras clases para hablar de la lectura, como he dicho, y porque este sentido que el escritor mexicano ve me agrada y lo encuentro cierto, y es también para mí la lectura libertad, su fundamento y su principio –como él en este texto indica-, pero estos días leo algo que da raíces a esta percepción y a este saber ver esto en El Quijote y este sentido encontrar y destacar en ese momento y unir a la lectura, y lo encuentro en un pasaje de este apasionante y bellísimo libro de fragmentarias memorias Josefina Aldecoa, y que es en el que transcribe impresiones de un viaje a México en 1986. Así, con la fecha y el lugar empieza la transcripción de estas impresiones, y los vuelve a poner antes de la última frase con que la termina: “México, abril 1986. Un viaje lleno de sensaciones y descubrimientos memorables”. Entre estas sensaciones y descubrimientos memorables hay uno que lo es ahora para mí, en este momento que lo leo, y que acaba de referir antes de esta sentencia final. Dice así la escritora española de la generación del cincuenta:

“La Casa de la Cultura tiene libros muy interesantes. Es un palacio con tres patios soberbios y una biblioteca pública en la que a la vez se venden libros.// Compramos algunos muy bien editados y muy bonitos. En el edificio hay un hermoso eslogan: “Leer nos hace libres””.

Y, después de esto, el resumen y la acotación final, que uno a mi sentir, porque es un descubrimiento para mí esta otra sentencia que lee y transcribre con asombro y gozo y está en este edificio mexicano: “Leer nos hace libres”. Me agrada que una escritora española me descubra y haga ver las raíces y motivos que hay y puede haber para que un mexicano –y un escritor mexicano- tenga la sensibilidad aguzada hacia este aspecto, a esta unión de la lectura con la libertad, y es el de que en su país así se les educa en ello, y lo que escriben en sus edificios es una convicción que tienen y en la que crecen, que les acompaña, y por esto es natural y en esto veo una raíz y una razón que hay en el hallazgo que tiene al destacar Carlos Fuentes–que es escritor y es mexicano, un escritor mexicano- este momento del Quijote –que es la gran obra de la literatura española y en español- porque en él está y se encuentra el nacimiento de esta libertad que proporciona la lectura. Así lo ve en El Quijote, este momento para él así lo revela mejor que ningún otro, y así nos lo dice, al concluir su mención del mismo de este modo: “Ha muerto la escolástica. Ha nacido el libre examen”. En este libro de una escritora española que quiero encuentro una raíz y una razón de que así lo sepa distinguir y ver un escritor mexicano, y que me hace pensar que es natural que así lo haga, que así pase. Es natural también que esto pase –como digo y escribe Carlos Fuentes- “en, where else, Barcelona”. Qué más que quiere decir también quizá más cosas. Quiere decir, quizá, y además, y para colmo, y para redondear el caso, para reafirmarlo y darle aún más trascendencia o grandeza, ámbito. Qué mas que es también como no podía ser de otra manera, y acaso, igualmente, y por supuesto, y qué mas se puede pedir o qué más queremos. Todo esto se dice de que este revelador suceso, con las consecuencias que en él ve Carlos Fuentes, se de en Barcelona, precisamente en Barcelona. Qué más que eso. Que suceda allí. Dónde más, que es ¿dónde sino? Allí tenía que ser. No podía ser en otro sitio.

Se tiene El Quijote –y quizá también a Don Quijote- como una representación de España, un embajador y un ejemplo de la misma, una encarnación y un símbolo. Todo esto podríamos decir que se considera de él. El Quijote, España. Así se siente y se piensa y se ve. Así, quizá podamos decir, es aceptado. Pienso si en realidad y de modo tan absoluto y completo es así. Desde luego, en la historia de la literatura española han aparecido escritores y personajes que han sido considerados como una encarnación de España, o del espíritu español. Así lo hace someramente Ramón Gómez de la Serna en una de las solapas que redactaba para Espasa Calpe, y es la dedicada a Federico García Lorca:

“En 1921, en la capital de España, ve la luz Libro de poemas. En 1928 se produce la aparición y el asombro del primer Romancero gitano, elaborado de 1924 a 1927. En 1925 termina en su retiro granadí Mariana Pineda. A partir de 1927 que la estrena en Barcelona Margarita Xirgu, Federico señorea la escena y lírica españolas, hasta su desastrada muerte. No ha existido criatura en las letras hispanas -¿Lope de Vega?- con tanta luminosidad, poderío y duende como García Lorca, quien haya hecho más camino teatral y poético en menos tiempo: los ocho años que van del Romancero gitano a su fatal agosto de 1936, cuando estrena sus treinta y ocho años de edad. El mejor gusto, el aliento más poderoso, la gracia y la tragedia tejen la urdimbre de su vida y poesía”.

De un modo semejante lo es ya antes Don Quijote, ya que en ningún otro caso se da en tal grado el encarnarse el ser de España como se da en Don Quijote. El Quijote es España y a la vez es por completo universal, sin que haya en ello contradicción alguna. Así se da, así pasa, y es posible. Como un milagro. Que es un milagro y a la vez es incontestable. Ramón dice esto que he transcrito de un modo que recuerda la meditación que al respecto lleva a cabo Dámaso Alonso en un bello ensayo, “Federico García Lorca y la expresión de lo español”. Bello, y que dice algo que recuerda a lo que dice Ramón en sus rápidas pero expresivas líneas. Dámaso Alonso lleva en efecto a cabo en este hermoso texto toda una meditación, como digo, de la encarnación o expresión de lo español que se da a veces a lo largo de nuestra historia y nuestras letras – “verdaderos estallidos de sustancia hispánica”-, y da algunos ejemplos de estas concreciones, y hay un párrafo en que así lo explica y considera y en el que luego detalla algunas de ellas:

“A todo lo largo de la literatura española, igual si seguimos la línea de los escritores populares que la de los llamados cultos, en los Cantares de gesta como en los romances o la copla moderna, en el Lazarillo como en la novela del siglo XIX, en Berceo como en Fray Luis, en Quevedo y Góngora como en Bécquer, está –a flor de suelo o en la entraña germinativa- ese sentido estricto de cerrada, peculiar expresión autóctona. Pero ocurre que, como si el oculto designio guiador no se contentara con estos modos de continua y normal manifestación de lo apretadamente peculiar, de vez en cuando, en convulsión repentina, se abren hondos abismos, la veta se resquebraja para dar paso a una implacable, contenida vitalidad: verdaderos estallidos de sustancia hispánica.// Una explosión así de nuestro genio es en el siglo XIV el Arcipreste de Hita, que en medio de una época en que lo individual estaba aún escasamente diferenciado, alza su figura gigantesca, donde triunfan a la par la expresión personal y la española.// Avanzando en los siglos se adensan dentro de la veta de nuestra literatura otros nódulos cargados de sustancia inconfundiblemente nuestra: el Arcipreste de Hita, la Celestina, el Lazarillo, y luego, por encima de todos, el gran Cervantes, en cuyo Quijote se produce el mayor milagro de la literatura del mundo: la máxima intensidad en el sentido local, unida a la más horadante indagación en el alma humana universal”.

Tras este trazado por nuestra historia y su búsqueda y encuentro en ella de estos “estallidos de sustancia hispánica” nos dice que “Habían de pasar muchos años”, y lo reitera, para que aparezca alguien “en que se reconcentren las esencias de esa norma de nuestro destino”, y este alguien es Federico García Lorca. Así nos lo dice:

“Habían de pasar muchos años. Había de ser necesario llegar a los principios del siglo XX, y allí, dentro de un gran movimiento poético, tan genuino y tan amplio como si no lo había tenido España desde el Siglo de Oro, gran marea de poesía, iniciada por Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, y aún no en descenso en el día de hoy; allí, en los albores del tercer decenio del siglo, ocurre el hecho de que dos muchachos que han de ser grandes poetas, Rafael Alberti y Federico García Lorca, no “vuelven los ojos a lo popular”, sino se meten en la entraña de lo popular, lo intuyen y crean, con un tino y una hondura, no de imitación, de voz auténtica que se había perdido desde la época de Lope. Pero el arte de Alberti ofrece, sucesivamente, una serie de puntos de vista que a veces se alejan de lo popular. Nadie más sediento de cambio, de superación, que este poeta: casi cada libro suyo ha sido una manera nueva. Sin embargo, su fidelidad a sí mismo es total, y absoluta su constancia en la línea de la expresión española. Esto en Alberti no sería difícil de demostrar; en Lorca es evidente”.

Dámaso hace otras preciosas, sutiles reflexiones a lo largo de este ensayo, pero de momento y a continuación remacha:

“El arte de Federico García Lorca es función hispánica en absoluto: lo mismo en lo profundo que en lo extenso. Sería cómodo, pero inexacto, llamar a este arte “portentoso”. García Lorca es, dentro de la literatura española, un nombre esperable, necesario, “tenía que ser”. La literatura de España necesita de vez en cuando expresarse de un modo más intenso y más puro. Y entonces se produce en el siglo XIV un Juan Ruiz; en el XVII, un Lope de Vega; en el XX un Lorca. Hacia nuestros días se concentraron, pues, de nuevo las esencias hispánicas, se condensó toda nuestra dispersa tradición, las sales de nuestro ingenio, las vayas y zumbas de nuestros campesinos, los dejos y quiebros de nuestras tonadas; todos estos elementos se cernieron y dosificaron hasta el último límite; y surgió de este modo el arte de García Lorca. Surgió porque sí, porque tenía que ser, tenía que cumplirse la ley de nuestro destino: España se había expresado una vez más”.

Dámaso acaba o remacha su pensar y convicción de que Lorca es una expresión de España con un pensamiento fatalista, que da a su aparición carácter de destino: “tenía que ser”, “tenía que cumplirse la ley de nuestro destino”. Alguien a quien acaso podríamos en principio considerar alejado de un pensamiento así, aunque quizá tampoco sea tan así, y más si recordamos cómo acaba su precioso “Historial de un libro” –que es también historia o fe de vida- con el viejo y griego “Carácter es destino”, y que fue muy amigo de Federico y gran conocedor de España y también muy sabio, como es Luis Cernuda, ve en su hermosísimo y tornasolado texto escrito en 1938 y titulado “Federico García Lorca (Recuerdo)” –y digo tornasolado por la variedad de matices que en él se encuentran, que a veces son y si se me permite decirlo con este retruécano que me sale al paso algo encontrados- también en Federico un carácter y una manera de ser que sólo pueden ser españoles, y denota y respira en ese texto también una atmósfera que sólo podría darse en España, que tenía que ser, y que también llevó de modo fatal y como destino a Lorca a su terrible final, a la muerte que le hace escribir un espléndido y estremecedor poema, que nos estremece todavía cada vez que lo leemos y que cosas tan terribles y verdaderas dice en él de los españoles y España, y también quizá por esto –y no sólo por la razón con algo de excusa que le dieron- tuvo problemas para publicarlo en ese momento, y su publicación problemas le trajo. En este poema que escribe con desgarro Cernuda a la muerte de Lorca también está España además de Lorca, la España en que Lorca tenía que ser y a la vez tener su terrible final. Y así en ese precioso y también estremecedor texto que hace con sus recuerdos de Lorca –tan estremecedor como el poema- Luis Cernuda nos dice con intensidad arrebatada algunas cosas fundamentales que encajan y concuerdan con las que aquí refiero y por esto pienso en este texto, tal que “En mayor o menor grado algunos españoles tienen ángel, pero nadie ha hecho de esa cualidad algo tan elevado, depurado y excepcional como Federico García Lorca”, o “La tristeza fundamental del español, pueblo triste si los hay, pasaba subterránea bajo su obra, a veces se abría camino entre los versos y era imposible no verla. Más que tristeza era un sentimiento dramático, un sentimiento trágico de la vida, según la expresión de Unamuno; trágica tristeza que sustentaba dos pasiones fundamentales: el amor y la muerte”. Y podemos ver que estas apreciaciones culminan quizá en un párrafo que enlaza perfectamente con las que nos han dicho Ramón Gómez de la Serna y Dámaso Alonso:

“Federico García Lorca era español hasta la exageración. Sobre su poesía como sobre su teatro no hubo otras influencias que las españolas, y no sólo influencias de tal o cual escritor clásico, sino influencias absorbentes y ciegas de la tierra, del cielo, de los eternos hombres españoles, como si en él se hubiera cifrado la esencia espiritual de todo el país. Eso no es raro en España. Lope de Vega fue un poeta así”.

Este párrafo se encamina ya hacia el final de este precioso texto, lo abre e inaugura. No quiero dejar, no resisto la tentación, por la terrible verdad y belleza que contiene, tal el poema que refiero, de poner sus finales palabras aquí:

“De ahí esa especie de frenesí que el público sentía al escuchar sus versos, frenesí que acaso sólo él podía comunicar con su propia voz y acento, por los que brotaba lo mismo que a través de la tierra hendida el terrible fuego español, agitando y sacudiendo al espectador a pesar suyo, porque allá en lo hondo de su cuerpo hecho de la misma materia podía prender también una chispa escapada de aquel fuego secular.// Siglos habían sido necesarios para infiltrar en un alma la eterna esencia del lirismo español, su fuego espiritual. Hombres oscuros y anónimos se sucedían en tanto sobre la tierra. Al fin ese fuego oculto se hizo luz y brillo y templó los cuerpos ateridos. Poco tiempo ha durado su luz. Una triste mañana la brutal inconsciencia, la estúpida crueldad de unos hombres la apagaron contra las tapias del campo andaluz.// Quise llegar adonde/ llegaron los buenos./ ¡Y he llegado, Dios mío!…/ Pero luego,/ un velón y una manta/ en el suelo// Ni siquiera eso te esperaba, Federico García Lorca, sino la tierra desnuda bajo tu sangre y nada más”. (Londres, abril 1938).

Hay semejanzas en estos ensayos de Dámaso y Cernuda (aunque Cernuda, como recordamos, llamó a Dámaso Alonso sapo precisamente por su elogio de Lorca, por considerarlo, digamos -y aquí se verá mi formación jurídica, aunque la refiera al terreno del afecto- una apropiación indebida). En el texto de Cernuda hay y se respira este ambiente de fatalidad y de destino, y también así pasa en el de Dámaso, que de hecho termina de este modo –y lo transcribo quizá en un afán de justicia, para hacer justicia a los textos de ambos, y que estén aquí, dando luz y compañía a mis palabras los finales de los dos:

“Es en el poeta lírico donde como en condensación y remate se ve cumplido el destino de la personalidad artística de Federico García Lorca: ser expresión de España. ¿Hasta qué punto, o con qué especial matiz, poeta lírico? No es casi nunca un poeta que sienta la necesidad de cantar para descubrir de un modo directo el interior de su alma. Su poesía es lírica y subjetiva sólo en cuanto que en ella está constantemente el sello único de su matiz de voz, aquella delgadez, aquella nerviosidad sutilísima que hacen de él el más fino, el más sensible de nuestros contemporáneos. Pero el alma que allí canta, que allí en el misterio de la creación poética se cela y a la par se descubre, no es el alma del poeta: es el alma de su Andalucía, es el alma de su España. Las intensas, las taladrantes imágenes, cuando claras, es España lo que cincelan; cuando oscuras y alusivas, soterrañamente la sugieren; la música entredormida y el difuminado ritmo la cimbrean con dejo de cante jondo o antigua monotonía de romance; los ambientes/ (Córdoba/lejana y sola…/Por el agua de Granada/sólo reman los suspiros…)./ evocados con suaves acordes reprimidos, la encuadran en vaguedad entredulce, llena de lejanía y de recuerdo; la lujuria, la tiniebla y la muerte la asaetean; el destino y el embrujado misterio la acechan en la noche de aromas. ¡El alma de la España andaluza, gitana y romana, patente y densa, olor y luz aliviados en música, en la poesía de Federico García Lorca!// El alma de España cumplió una vez más la ley de su destino: su irreprimible necesidad de expresión”.

Aceptamos la observación de Cernuda, las consideraciones que terminan en una convicción enraizada ya en el fatalismo de Dámaso y las líneas de Ramón, que se refieren a Federico García Lorca pero mencionan también otros casos en que se da esta encarnación de lo español. Podemos por un momento tener un pensar, quizá fácil y porque con facilidad nos viene al pensamiento, y es el de que Don Quijote –y El Quijote- son España y la representan; sin duda esto es ya así, pero pienso y quiero también pensar que lo es de un modo único y con un grado como nada ni nadie más alcanza y posee. Podemos pensar esto, pero el matiz que ya en este pensar he incluido y adelantado – y es que El Quijote es único- me hace reconsiderar al momento este pensamiento al que me lleva la facilidad y matizarlo, y así pienso y me digo con rotundidad y convicción que no podría considerarse un caso más que incorporar a esta lista y estos ejemplos. De hecho, así Dámaso Alonso lo hace, como hemos visto, aunque señala una ambivalencia o conjunción en él entre lo local y lo universal que me parece definitoria y me interesa mucho y a la que volveré, y en la que me inclino por un matiz que he señalado y va implícito o de algún modo está en uno de los elementos que hay y forman esta ambivalencia, y que en mi corazón y mi sentir más puede, más pesa, y me hace matizar y decidir en otro sentido mi pensar. Porque podemos pensar esto, como Dámaso Alonso, e incluir a Don Quijote y El Quijote en una lista de encarnaciones de España y expresiones de lo español, pero el matiz que hay en la ambivalencia que yo también siento y a la que sin duda en estas palabras y a mi manera me tendré que referir –y es el de su universalidad-, pero junto con él también el de su carácter personal y único, personalísimo, matiz o distingo sobre el que he de volver, llover e insistir -o todo ello. Porque el Quijote, sí –y si busco el modo con que expresar la convicción que hay para él dentro de mí- es un caso único. Aparte y distinto. Es un caso personalísimo. Que ha pasado a representar a España, a llevarla por el mundo, pero no puede considerarse un caso como los otros que se mencionan, pues ha pasado a representarla a pesar y con sus particularidades, su personalidad del todo única. Única, y universal. Don Quijote representa al hombre, es el hombre, y lo más universal que pueda haber. Son los sueños y las derrotas y las esperanzas. La libertad y las ilusiones y la tristeza. De un modo muy personal, que se encarnan en él de un modo muy personal y único, y que no permite que se le emparente con otros, ni con otros se ponga en una lista como ejemplo de nada –y tampoco como encarnación de España. Pienso esto. Pienso en que cabe hacer este matiz a la representación de España que se suele considerar que es. Y, tras pensar esto, tras así sentirlo, recuerdo una tesis que Borges expresa ya en un texto de juventud y reitera después en su madurez en diversos momentos, y es la de que resulta curioso cómo los libros que representan a un país, que se eligen como imagen para representar a un país, son paradójicos como tal representación y ejemplo, pues, si lo pensamos, no son muy representativos de él. Cita varios casos en los que a su juicio esto se da, es decir, la disparidad entre el carácter y personalidad de un país y los de la obra literaria que para los demás (y quizá también para él mismo) tiene. Está entre ellos, también, España y Cervantes con El Quijote. No recuerdo las razones que da y en las que fundamenta esta disparidad, y el que sea para él –como para otros casos- una paradoja o una incoherencia el que sea precisamente este libro, El Quijote de Cervantes, el que se tenga por representación de España. Podría buscarlas, y la curiosidad me lo pediría, pero las ganas no son tantas y me viene simplemente al recuerdo y porque concuerda un poco con este carácter del todo personal y único que para él, para El Quijote, acabo de sentir y pensar, pese a que se le tenga por representación de España. Por esto recuerdo esta apreciación de Borges, y no la buscaré ahora con más detalle. Quizá lo haga en otro momento.

En todo caso, y aun con este matiz, con esta particularidad, aun pudiendo considerar que el que sea así –como hace Borges– sea una paradoja y una rareza, El Quijote se tiene como representación de España y en verdad representa España y quizá también es España. De ser ejemplo, honor o representación de España se habla ya en la misma novela: así se considera a Don Quijote y a la novela, que es la historia de sus hazañas. Y en algún momento, en uno de un modo preclaro y adivinatorio, pues una profecía que da en este sentido de modo completísimo y total se cumple, se ve a esta novela y su personaje como la ventana y el camino por el que España sale al mundo, por él se difunde y en el que se proyecta. España, desde El Quijote, sale al mundo. El Quijote es España para el mundo, o al menos es muy cierto que lleva en él y a su manera, con todas las particularidades y matices que queramos hacerle, España al mundo. Esto es así, sin duda. El poeta Leopoldo de Luis ha indicado que en los trabajos cervantinos de José López Martínez se ve esta simbiosis “España-Quijote”. Leopoldo de Luis dice algo más. Algo que lo matiza y le da razón y que me importa. En algún momento de la novela a Don Quijote se le tiene y nombra como ejemplo, gloria, honor y muestra de España, y a veces de la Mancha. Pero como indica también Leopoldo de Luis, en sus trabajos José López Martínez, que es manchego, une ambas cosas. Las une y para él son un poco o también lo mismo. Dice Leopoldo de Luis:

“He dicho alguna vez –y pido perdón por la autocita- que José López Martínez postula en sus numerosos trabajos cervantinos, una simbiosis: España-Quijote. Y la fundamente en que ambos términos arraigan en el corazón mismo de La Mancha. Lo que nos lleva a sospechar que, en el fondo, la simbiosis anhelada por López Martínez es España-La Mancha”.

El corazón de la Mancha es el corazón de José López Martínez, pues la Mancha es su tierra. Hay algo íntimo aquí, y que se vuelve universal. Leopoldo de Luis reitera al final de su comentario esta unión entre la Mancha y España, entre lo manchego y lo español, y que ejemplifica como nada El Quijote, y así dice: “La exigencias de lo manchego son vistas como alcaloide de lo español, y el Quijote a la cabeza”. Puede desprenderse del matiz que antes he querido hacer que no estoy muy seguro que esto sea del todo cierto, o del todo así. Pero hay algo en lo que observa Leopoldo de Luis sobre los trabajos de José López Martínez que es muy justo y muy hermoso y sí me lleva y acerca a mi sentir. En este ver que la razón en la simbiosis España-Quijote la fundamenta “en que ambos términos arraigan en el corazón mismo de La Mancha”, y que por tanto esto “nos lleva a sospechar que, en el fondo, la simbiosis anhelada por López Martínez es España-La Mancha”. Dice Leopoldo de Luis: “cierto fervor regionalista podría delatarse aquí”. Al momento matiza –porque Leopoldo de Luis también matiza, y lo hace respecto a José López Martínez y El Quijote: “es justo reconocer que el regionalismo de López Martínez no es restrictivo, sino proyectivo. O dicho vulgarmente: no es barrer para adentro, sino abrir ventanas hacia fuera”. La Mancha, su tierra, algo íntimo para José López Martínez, tiene y encuentra en El Quijote una ventana abierta al mundo, y a él desde la novela y gracias a Cervantes se proyecta. Como España. España sale al mundo en El Quijote y por el Quijote, por él con sus andanzas y aventuras anda, y con él la Mancha. Este ver al Quijote como una ventana que nos abre al mundo es muy acertado y es muy justo, y también el saber verlo –ver que es y pasa así- gracias a él, y en él, con algo muy íntimo, como es la tierra de uno. La tierra, o la ciudad. Y lo pienso y digo así porque del mismo modo pienso y siento así la presencia y aparición de Barcelona, que es mi ciudad, en el Quijote, y el que el Quijote es una ventana por la que se abre al mundo, por la que a él se asoma y se le conoce, gracias a la que aparece y se difunde. Así veo y entiendo la aparición de Barcelona en El Quijote, así la quiero ver, o sé ver, y sé también con ello que esta ventana abierta al mundo –porque El Quijote no es cualquier ventana, es más, es una ventana como otra no hay- la dota de una universalidad incomparable. Por cómo aparece en El Quijote. Por lo que en ella sucede. Por lo que de ella escribe Cervantes y Don Quijote dice, y por lo que todo esto vale, pesa y significa. Es. Era ya entonces y sigue siendo. El Quijote, una ventana por la que Barcelona se abre al mundo y a él se proyecta, como piensa José López Martínez que lo es también para su tierra, la Mancha, así sucede y sabe también ver.

He buscado y esperado encontrar a Barcelona en mi relectura del Quijote este verano, pero no lo he hecho por un afán de vanidad por ser yo barcelonés, ni por patriotismo alguno, sino por un motivo de afecto, por el agrado de saber, como sabes, que vas a encontrar algo que para ti es un pozo de afecto y de recuerdos, un lugar de amor y de memoria, de familia, de cariño. Por esto y no otra cosa. Y por esto puedo recordar que he dicho, cuando alguna vez se me ha preguntado si era así, que en mi poesía no hay ninguna reivindicación de Barcelona ni nada parecido. Jamás tuve esta intención: la de reivindicar nada, pero tampoco o quizá aún menos esto. Barcelona es mi ciudad, en la que he nacido y vivo y nada más, o nada menos, es decir un lugar muy querido y muy íntimo para mí, ligado a mi vida y que hunde sus raíces en los recuerdos más primeros de ella, es una presencia, una caricia y un temblor, pero no he tenido deseos de reivindicarla ni pienso en su importancia. Está en mis poemas, y sé que está en el Quijote, y así –porque sé que en él está- en él pensaba encontrarla. Sin mucho más. Aunque sí, quizá, con el agrado que da encontrar algo íntimo. Algo, quiero decir, que para uno es muy íntimo, como lo es para mí Barcelona. En las palabras que he citado de Leopoldo de Luis sobre José López Martínez da una razón íntima también de su buscar la Mancha en el Quijote, y emplea para ello con acierto la palabra corazón, al decir que ambos términos –España-Quijote- arraigan en el corazón mismo de la Mancha. Y él, José López Martínez, es de la Mancha, como yo soy de Barcelona. Y por esto la busca. Hay un matiz que me agrada en la observación que hace Leopoldo de Luis sobre los trabajos cervantinos de José López Martínez, y que define una actitud del escritor manchego a este respecto que también me agrada y es porque la encuentro muy acertada y justa. En este buscar y querer encontrar la Mancha en el Quijote, y ver en ella a España, podríamos ver también algo íntimo, como en mi buscar y querer encontrar a Barcelona en El Quijote, pero a la vez es algo proyectivo y que se abre hacia fuera, hacia el mundo y que busca el mundo, como al mundo sale Don Quijote.

Pero quiero detenerme en este abrir ventanas hacia fuera que hay en la busca y encuentro de la Mancha en El Quijote por parte de José López Martínez y que señala en estas palabras Leopoldo de Luis. La Mancha sale al mundo en El Quijote. Y yo veo en la aparición en él de Barcelona no un motivo de orgullo o regodeo en su misma aparición en él, o de vanidad de cualquier tipo, para mí, un barcelonés, sino que sé muy bien que aparecer allí, en esta novela, en El Quijote, le hace ser una ventana abierta al mundo. Barcelona sale al mundo en esta aparición en El Quijote y por ella, como al alba Don Quijote a los caminos: esta aparición –y el modo en que se relata y lo hace- es un alba y una ventana al mundo para Barcelona, y así yo lo veo, como algo que la proyecta afuera, igual que asevera Leopoldo de Luis que es para José López Martínez la presencia y aparición de La Mancha en El Quijote para él, y así se ve en sus trabajos cervantinos. Esto no es un trabajo cervantino, son unas modestas palabras, una mera impresión, pero puedo decir que también así yo siento y veo la presencia y aparición de Barcelona en El Quijote para mí. Y soy consciente de ello. Que así es para mí, y también para Barcelona. El Quijote la proyecta afuera, al mundo, y es una ventana abierta por la que en él –en el mundo- Barcelona se ve. Una ventana como no podría haber mejor, ni más bella. Y yo lo sé. Y lo quiero decir. Con este motivo, en este día. Ante la invitación para leer este 4 de octubre del año 2015 mi poesía en la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid.

Barcelona aparece en esta segunda parte del Quijote con un especial protagonismo, una segunda parte que se publica en 1615 y de la que por tanto este año se cumple su 400 aniversario, aunque esto haya pasado por completo desapercibido en Barcelona. Es una pena, y no diré más. No voy a entrar ni a preguntarme por sus posibles causas. Es un azar, una casualidad que se da este año. Y no es por ella sino por nada, o por el mero placer de releerlo, que vuelvo a leer el Quijote este verano, en las playas de la Costa Brava. Allí me nutre, me sorprende y me acompaña. A una de estas playas me llama el 10 de septiembre José López Martínez, y me pregunta cómo estoy y he pasado el verano, y me dice que supone que como él, leyendo y escribiendo. Asiento, aunque no le digo –y por tanto no lo sabe- que he estado, estoy leyendo el Quijote. Que es algo que nos une, como otras cosas, tal la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, de la que es Secretario-Director General y en la que he presentado junto con él y la vicerrectora de la UNED y gran conocedora de mi poesía Mercè Boixareu mis dos últimos libros, Los soles por las noches esparcidos y Hasta el final camina el canto. En la presentación de este último, José refirió que quería escribir un artículo sobre él, por lo que lo había estimado, y que le había hecho pensar en Cervantes. En algo que nos recuerda a Cervantes pensó también en relación a mi poesía Mercè Boixareu y así lo dijo ese día, pues refirió que acababa de estar unos días en la Mancha y había pensado en el agua del Guadiana como imagen de mi poesía, un agua que se esconde y aparece con esplendor en algún momento, como las lagunas de Ruydera, a las que Cervantes menciona cuando Don Quijote ve por primera vez el mar en Barcelona, y de ellas se acuerda, por tener algún punto de comparanza o buscarlo entre lo que en la Mancha haya y conociera, y por esto así lo recuerda y menciona Cervantes. Y lo recuerdo. Se les recuerda en Barcelona, donde Don Quijote ve el mar, las recuerda él –Don Quijote- y por esto las menciona Cervantes, y las recuerda y menciona ese día en Madrid Mercè Boixareu junto a José López Martínez. Mercè Boixareu, que es de Barcelona, como –por otra parte- el poeta que presenta, y que vivió en la misma manzana de esta ciudad en la que nació mi madre, con la que hablan de cosas de Barcelona y de entonces, tal algún negocio desaparecido, como la confitería que había en la casa en que nació y vivía de niña mi madre y a la que en casa de Mercè iban. José López Martínez asiste, acompaña y participa en esa conversación a momentos tan barcelonesa que se da en una de las salitas de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, antes de empezar la presentación e mi último libro. La AEAE, que nos une, de la que soy socio desde hace tantos años, y él Secretario-Director General, y en la que hemos compartido la presentación de mis dos últimos libros, como nos une el amor por el Quijote, del que José López Martínez es un gran entendedor, por decirlo así, además de conocedor, como quizá sería más esperable y lógico decir. Pero resulta que además de conocer hay que entender, y por esto así lo digo y me sale decirlo. Y quizá por ello en la revista de la Asociación, que él dirige, y que recibo y veo reaparecer con ilusión este mes de junio encuentro una editorial por él escrita y firmada y que dedica al IV Centenario de la segunda parte de El Quijote. Aquí, en Mirador, en la revista de la AEAE y en sus palabras sí veo la justa mención a este aniversario. No podía faltar, y no podía ser menos. Porque José López Martínez es un gran entendedor de El Quijote, así se sabe y se ha destacado, y entre lo que él ha sabido ver y entender de Cervantes y El Quijote hay algo especial y que me agrada y que con justicia se ha destacado y que ya he comentado.

José López Martínez es un gran conocedor y ha entendido muy bien El Quijote, y me parece sorprendente y maravilloso que mientras lo releo sea él, que esta representación de él en mi sentir tiene, quien me invite a participar y a ser presentado por él en una Cuerva Literaria en la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid, antes Casa de La Mancha, y que como tal presidió. La Mancha, El Quijote, el mar, Barcelona. Recibo esta llamada y esta invitación en el mar, en unos días en que leo El Quijote, poco antes de volver ya a Barcelona, donde vio el mar Don Quijote. “Estás viendo la luz del sol como decían los antiguos”, dice un verso de Seferis, y en mi ciudad veo el mar que vio Don Quijote, que es el mismo mar, y es la misma ciudad, aunque no veo lo que él vio al llegar, o no lo veo igual, porque es la misma y también es otra. Hablaré quizá de ello. Ahora quiero referirme a la magia y sorpresa y justicia maravillosa y extraña que veo en que sea alguien que para mí resulta muy cercano al Quijote, y que en su saber que de él tiene de algún modo para mí también lo representa, como es José López Martínez, quien me llame para invitarme a leer mi poesía y proponerme el honor de presentarme –como le digo que lo es- en la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid. Me parece algo sorprendente y mágico, y quizá en parte lo es, y muy hermoso que se dé en este año del aniversario de la segunda parte de El Quijote, que en Barcelona ha pasado inadvertido pero en la que en ella cuenta tanto. Lo sabe todo barcelonés, y lo sabemos desde niños. Niños íbamos con mi madre a jugar y corretear en el Parque Cervantes de Barcelona, al final de la Diagonal –que era la Avenida en que vivíamos, pero en el centro, frente a la casa de les Punxes-, y leíamos escrita sobre piedra aquel célebre elogio a nuestra ciudad que empieza diciendo como primer piropo archivo de cortesía, y que mi madre me dice que aprendían en el colegio. Los tiempos son otros, hace mucho que no voy a este parque, y no sé qué tal habremos andado de cortesía en Barcelona en este punto. No sé –quiero decir- si estas palabras aún están en él en la piedra o lápida o losa en que estaban grabadas, o han desaparecido. Pero las tengo adentro y en el corazón. Todo barcelonés las tiene. Como el más alto archivo de cortesía que su ciudad ha recibido, y son estas palabras preciosas de Cervantes, de generosidad completa y quizá casi inusitada, aunque podamos acaso también explicarlas y dar de ellas algunas razones. Razones de ser.

He comentado alguna vez este año a algún amigo ese particular, es decir, este protagonismo tan principal que tiene Barcelona y con el que aparece en este segunda parte de El Quijote. Son amigos de otras profesiones, y no lo sabían. Recordaba también el cómo hemos visto aparecer a Barcelona como una gran capital en esta ciudad, en mi ciudad, en una obra de Calderón que representó en ella la Compañía Nacional de Teatro Clásico y que es El pintor de su deshonra. Aparece en ella un carnaval, una fiesta y baile de carnaval, y la Compañía lo representa en escena con unos trajes inventados pero preciosos, que forman un vestuario fantástico, y que me hizo pensar muy cierta la observación de una amiga que la había ya visto en Madrid y me aseguraba que sólo por el vestuario de esta fiesta de carnaval valía la pena verla, y el que se presente así indica que se piensa que entonces en Barcelona una fiesta así tenía que ser tal como podía serlo en una gran capital. Así se lo comentaba a una amiga historiadora y arqueóloga con Barcelona a nuestros pies, en la terraza del MNAC, en Montjuïc, una vista de la ciudad –como ella me decía- más real y menos turística que la que a veces se nos ofrece casi como postal. Esto le comentaba –el baile precioso que mostró en una obra de Calderón la Compañía Nacional, como sólo podía verse en una gran capital, y su protagonismo e importancia en la segunda parte del Quijote, y el aniversario de este año que ha pasado de puntillas, que me dijo no saber, pero a mi afirmación de que era una gran capital la remachó, y con una exclamación: ¡es que era una gran capital! Y añadió un dato que provenía de su trabajo y estudios, y su saber, y es que Barcelona –me dijo, mientras hablábamos de su hoy pobre fachada marítima- era famosa por esta fachada, por lo que se veía al llegar. Y lo he recordado al releer el Quijote. He recordado esta observación al encontrar al final de esta segunda parte a Barcelona, porque el encuentro del Quijote con Barcelona es agridulce, en el sentido de que lo que le pasa allí es triste, y en ella se le burlan –como, por otro lado, en todas partes. Es así, como ahora apostillo: hacen burla de él en todas partes, pero al recordar la importancia que tiene Barcelona en esta segunda parte y pensar en ella me duele y entristece también a mí ver que en ella así igualmente pasa, y empaña mi alegría y mi búsqueda con el encuentro en mi relectura –al final de ella, como ha de ser, pues en ella allí está- de Barcelona en el Quijote. En Barcelona ve el mar, del que dice Cervantes algo que es fácil de recordar –y ya lo he apuntado, pero que aquí con exactitud transcribo: “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto”-, y también la imprenta, con la significación que se le puede buscar y glosar, y en ella queramos ver. Ve el mar, ve la imprenta. Llega a ella por la verdad, y por esto no va a Zaragoza, para que no se le confunda y quede claro que no es el falso Quijote sino el verdadero. De esta condición de verdad que él tiene, y su historia, que es la que tiene Cervantes, nos habla reiteradas veces, como algo que le preocupa, y una de las más finas y hermosas es la que ponía como las palabras que abrían sus Historias fingidas y verdaderas Blas de Otero:

“…que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas, tanto son mejores cuanto son más verdaderas”.

Hay otras. Otras veces, otras palabras. Don Quijote llega a Barcelona por la verdad, por la verdad de sí mismo, y ve en ella el mar y la imprenta. Llega a sus playas, y en sus playas es derrotado. Por esta derrota se obliga a volver a su hogar, y ya allí, en su regreso, al hablar de su estancia en Barcelona dice este motivo, que fue por afán de la verdad, por defenderla con su vida –y en un acto de libertad. Así lo dice: “Yo –dijo don Quijote- no sé si soy bueno; pero sé decir que no soy el malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuestra merced, mi señor don Álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza; antes, por haberme dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado en las justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira”, y por esto se llegó a Barcelona, dice –“y así, me pasé de claro a Barcelona”, y entonces viene ese precioso elogio o más bien retahíla de elogios de “Barcelona, archivo de cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única”, que como con un gran donaire y galanura le dedica y mi madre aprendía en el colegio y nosotros de niños leíamos en el parque Cervantes de nuestra ciudad, como he dicho, y es, en fin, el que todo el mundo sabe y se recuerda. Y acto seguido dice algo sorprendente y muy justo, y uso estos adjetivos porque son acordes con mi corazón, con el sentir que he expresado. He hablado de mi sentimiento agridulce ante las tristezas y burlas que sufre Don Quijote en Barcelona, que empañan o se mezclan con mi recuerdo de la importancia y presencia de la misma en El Quijote. A ellas se refiere acto seguido, justo después de ensartar estos elogios con suma delicadeza. Se refiere a las tristezas que en ella ha pasado, y lo hace de un modo sorprendente y justo en ese momento para mí porque era y es verdad la importancia que tiene Barcelona en El Quijote y Cervantes quiere dársela, y también que lo que le suceden en ella son tristezas, y aquí Cervantes dice las dos cosas, las dos me encuentro en las palabras del mismo Quijote, a quien en la página siguiente se le llama el gran manchego, e inclinando en ella la balanza a favor de la importancia y belleza de Barcelona, y por esto dice que no le apesadumbran las pesadumbres que en ella le han sucedido, pues que –pese a ellas- la ha visto. Exactamente así lo dice: “Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto”. Y me acuerdo de mi amiga arqueóloga e historiadora y de sus palabras en Montjuïc y que completan a las mías –porque cada uno da y dice lo que sabe-, y en las que me aseguraba que Barcelona era famosa por lo que se veía al llegar a ella. Ya al llegar. A las y en las playas a las que Don Quijote llega. Y por haberla visto dice que lleva sin pesadumbre las que le han sucedido. Así lo dice. Y remacha esta importancia de Barcelona en el Quijote, porque la reafirma el propio Quijote, y hace ver como muy buscada y muy convencida este protagonismo e importancia que en esta segunda parte de él Cervantes le da. Me lo hace pensar este comentario y juicio final que hace Don Quijote y que encuentro tras el conocido elogio que de la ciudad hace, y que al encontrarlo me parece sorprendente y justo. Las dos cosas me parece, y las dos son. Y cierto y sincero y convencido el comentario en que ensarta con delicadeza elogios a Barcelona Cervantes y que es el que todos sabemos. Quizá para señalar que tiene este carácter, que es un elogio sincero por parte de Cervantes, una convicción verdadera y firme que él tenía y no retórica, y para sustentar que es así Martín de Riquer, que es el autor de las notas de la edición que leo y también, por otra parte, del libro Cervantes en Barcelona, que he de leer y del que hizo una preciosa edición la Asociación de Bibliófilos de Barcelona y tengo en casa, porque mi padre pertenecía a ella, indica a pie de página:

“En términos parecidos elogia Cervantes a Barcelona en su novela Las dos doncellas: “Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo””.

(Digo y pienso para mí, y para mí lo anoto ahora entre paréntesis, que he releído y me ha hecho compañía El Quijote este verano, y ha sido una aventura, como esta novela lo es y de ellas está llena, y también un descubrimiento y algún encuentro inesperado, o no recordado. Pienso así y me digo con más detalle que lo acabo el último día del verano, hoy domingo 20 de septiembre en la playa, a la vista el mar del Estartit, el mismo mar, un mar muy cerca del que vio y al que llegó Don Quijote en Barcelona. A sus playas. Y justo hoy, pues es hallazgo que se encuentra en sus últimas páginas, encuentro algo que me agrada y no recordaba, y que está justo después del conocido elogio que Cervantes dedica a Barcelona, que también buscaba y esperaba encontrar. Que completa a este conocido elogio de un modo que me sorprende y me resulta inesperado y muy justo y por esto he comentado). Este es el elogio más hermoso que tiene y ha podido tener mi ciudad, y lo hace un manchego, el más ilustre de los manchegos, que es Don Quijote, a quien, en la página siguiente y para que no lo dudemos (ni se dude ya entonces, cuando se escribe y da a imprenta) se le llama “el gran manchego”. Hay ya esta conciencia en Cervantes de la grandeza del Quijote, y se dice como exacta profecía la universalidad que alcanzará en algún momento de la novela. También en algún momento, lo he dicho, se le llama o adjetiva como representante de España –además de de La Mancha-, y a la vez que sale al mundo, que su salir al mundo es para el mundo todo. No es contradictorio. Es sabio y cierto que con este acertado saber, con esta justicia y verdad lo supiera ya Cervantes, y lo profetizara. El Quijote, a la vez, es algo íntimo. Íntimo para cada uno de nosotros –y en especial quizá también para los españoles, añado, y sin que haya en ello contradicción alguna. De un modo íntimo siento yo la presencia de Barcelona en la novela, y el modo en que aparece. La importancia que tiene y se le da y recordaba. Y el sentimiento que al releerla y ver lo que le pasa en ella a Don Quijote he tenido y ya referí. A la vez que esta presencia y aparición de Barcelona en El Quijote es para mí algo muy íntimo, sé muy bien que a la vez tiene una clara, indiscutible dimensión de universalidad, como es que aparezca y lo haga así precisamente en El Quijote, y la universalidad que ello la dota, y como quizá nada pueda dotarla así, y de igual modo, en semejante grado. Me gusta decirlo en un momento en que parece que la importancia y descubrimiento de Barcelona es una cosa de los últimos años, casi un invento de la propaganda y del turismo, invento y mecanismos que no han hecho mención ni han dado relevancia alguna en este año del aniversario de esta segunda parte de El Quijote a esta presencia de la misma, y que yo veo, como digo, veo y sé –mejor- como la más alta medida posible, en el sentido que imaginarse pueda, de su universalidad. Porque aparece así en El Quijote, y con una convicción muy sincera y muy firme de Cervantes, y del Quijote se han dicho casi infinitas cosas, pero voy a traer unas palabras sencillas y suficientes, en el sentido de que son bastantes para lo que aquí digo, y no hacen falta más, que se encuentran en los Diarios 1984-1989 del novelista Sándor Márai. Porque escribe en ellos el escritor húngaro en una anotación tan escueta como contundente y que dice así: “Lectura por la noche: Cervantes, Don Quijote, la novela más hermosa de la literatura mundial”. La presencia de Barcelona en El Quijote es para mí algo íntimo y sé a la vez la universalidad de la que la dota. Por la universalidad del Quijote, que a la vez, he dicho también, es algo íntimo. La novela y el personaje, Don Quijote mismo. Esto me hace pensar en unas bellas palabras de Jorge Luis Borges, y que también empleo y me gusta leer en clase, aunque lo hago ya cuando abordo en ella el tema de la novela, y dentro de él el particular asunto de los personajes, también entre otros testimonios que quiero y son de otros autores. Pero las recuerdo ahora por este carácter íntimo que tiene para mí la presencia de Barcelona en El Quijote, y que me hace pensar en el carácter también, muy especialmente íntimo que tiene el mismo Don Quijote. Las recuerdo con este distinto y muy decisivo motivo, y quiero traerlas aquí. Éstas son las palabras de Borges:

“Hablemos ahora (y será nuestro último asunto) sobre esa convicción que exigen tanto la prosa como la poesía. En el caso de una novela, por ejemplo (¿y por qué no podríamos hablar de novela cuando hablamos de poesía?), nuestro convencimiento radica en que creamos en el personaje principal. Si nos resulta creíble, todo va bien. Yo no estoy –y espero que esto no les parezca una herejía- demasiado seguro de las aventuras de don Quijote. Desconfío de algunas de ellas. Creo que probablemente algunas son exageradas. Estoy casi seguro de que, cuando el caballero hablaba con el escudero, no urdía aquellos largos y estereotipados discursos. Sin embargo, esas cosas no importan; lo verdaderamente importante es el hecho de que yo creo en el propio don Quijote. Por esto libros como La ruta de don Quijote de Azorín, o incluso Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno, se me antojan irrelevantes en cierta medida, pues se toman las aventuras demasiado en serio. Mientras que yo creo realmente en el propio caballero. Incluso si alguien me dijera que jamás han sucedido esas cosas, yo seguiría creyendo en don Quijote como creo en la personalidad de un amigo”.

Estas palabras de Borges son preciosas, y las empleo, como digo, no para hablar exactamente de El Quijote sino de los personajes de la novela, para indicar cómo han de funcionar y tener personalidad y hemos de creérnoslos, como a personas reales, y, como ellas, además de tener personalidad, actuar en y con ésta con libertad. Otros testimonios para ello empleo, como he comentado. Y este de Borges sobre El Quijote. Ahora pienso que quizá no hago bien en así hacerlo, y no soy justo con El Quijote ni con esta preciosa observación que Borges aquí hace. Porque no es un ejemplo que sirva para introducir ni explicar nada, ni para mostrar otras cosas. Es algo, en puridad –pienso ahora-, que sólo puede decirse del Quijote, así y en este grado. Sí, puede servir para indicar que este carácter ha de tener de algún modo un personaje de novela para el lector, y que por ello se lo crea y la novela funcione, de algún modo, sí, pero que será otro y en otro grado de cómo esto sucede en El Quijote. Creo que sólo de él se puede decir esto en este grado, y como con tanta hermosura lo dice Borges, y sentir que creemos en que es verdad Don Quijote como lo es un amigo (que creemos en él “como en la personalidad de un amigo”). Es un bonito modo de decirlo, y además muy cierto. Y que conviene de especial modo a Don Quijote. Quizá no pueda decirse con esta sencilla y entregada intimidad de nadie más. No de otro personaje, como podría decir o decirse, sino de nadie más. Porque creemos en Don Quijote –sí- como en la personalidad de un amigo. Porque Don Quijote es para nosotros ya un amigo, y que tiene esta personalidad particular y fantástica, en el sentido nada más de maravillosa –pues es muy real, es un amigo-, y con la que nos acompaña y nos puebla, nos ensancha y hace más honda y más alta la vida. Más vida.

Escribo las primeras de estas palabras en casa, en Barcelona, tras andar un poco por las calles de mi ciudad. Porque mientras paseaba me ha venido al corazón y a las mientes algunas de estas cosas, y también el deseo de decirlo, el deseo y la conciencia de decirlas y hasta, después de éste, de escribirlas, como recuerdo de la belleza que veo y hay para mí en el gesto de que la Asociación Cultural Peña Rodense en Madrid de la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid invite a un poeta de Barcelona a leer su poesía y lo haga precisamente en este año de 2015. No lo había pensado, no lo habían pensado quizá ellos, pero lo veo ahora como un gesto de complicidad, de amistad y afecto que se da quizá de un modo espontáneo pero que tiene una significación, y por esto se da. Quiero sólo apuntarlo, y, por mi parte, agradecerlo, además de señalar el gozo que se haya dado, y se dé en mí. En mí tenga –digamos- su representación. Palabras sobre estas cosas quería decir. Sobre Don Quijote y Barcelona, José López Martínez, y el gesto que hay en su invitación, y la España que ve y une al Quijote y a Cervantes, como ha visto con sagacidad Leopoldo de Luis, y como ésta además es para todos, y universal del todo. Así lo digo, lo quiero decir. Pienso luego en este gesto que puede verse en esta invitación, o que cabe ver, y que me alegra que se dé y se dé en mí. Esto último lo pienso ya como un detalle, como algo íntimo y que me conmueve, y no sé si puedo, quiero y debo decirlo. Aquí lo apunto. Las palabras que quiero decir sobre estas cosas, más o menos, con el gesto en el que pienso y siento a continuación. Y después queda la poesía. Mi poesía. Que se defenderá como pueda. Sola, como Don Quijote, y que ha de hacer ella por sí misma, pues sé muy bien, como anotó en aquella célebre poética Pedro Salinas, que los poemas se defienden por sí solos o no se defienden de ningún modo. Puedo decir muchas cosas de mi poesía, pero ya las dirá ella por sí misma. Puedo decir en especial ese día de octubre en la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid y antes de hablar de ella o que por ella hablen sus poemas que ha sido para mí una aventura de radical libertad, y con esta libertad radical a ella me he entregado y le he dedicado mi vida, y así uno en y con un pensamiento del Quijote poesía y libertad, pues por ésta –como dice Don Quijote- “se puede y debe aventurar la vida”, ya que, como dice a su escudero y no me resisto a transcribir –no resisto, esto es, quiero también traer éstas sus palabras al respecto de un modo más completo- :

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Así lo pienso y sé, como lo sabe Don Quijote y lo sabe también mi poesía y de ello da testimonio, con mi vida en ella empeñada. Y lo dice algún verso y algún poema. Aparece el mar en Don Quijote, y lo ve en Barcelona, y la libertad con la consideración que he comentado, y también la poesía. Poesía y libertad se unen en mi sentir y dan razón a mi vida, se unen y andan juntas a veces sobre el mar y así lo dice un verso reciente escrito en estos libros de los que en la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid leeré algunos poemas. Dice exactamente este poema que con este motivo ahora recuerdo:

“La playa donde el alma canta/ y la soledad se araña. La playa/ de esta mañana. Los pinos, la arena,/ el sol, el agua. Además de ritmo/ y canto el mar es/ un descanso para el alma. Poesía/ y libertad andan como Cristo sobre sus aguas”.

Y pienso que antes de hablar de mi poesía o leer poema alguno quiero que diga algo de la poesía Don Quijote, de esa poesía que uno a la libertad y de la que quiero decir para terminar algunas palabras que sobre ella y sobre la poesía dice Don Quijote. Para terminar con Don Quijote y la poesía, antes de mi poesía. Don Quijote y algunas de sus palabras sobre la poesía, las que de vez en vez le dedica y en las que pienso y con las que quiero cerrar estas palabras que empiezo a escribir en mi casa de Barcelona. Pienso en algunas. Pienso en coger el Quijote que he releído este verano, hojearlo y así encontrar algunas que pueda emplear como ejemplo de las que a veces en él se encuentran. Pero después y tras un momento y este primer deseo pienso que, fiel a la unión que para mí hay y siento entre poesía y libertad, y que El Quijote es personal y único y en este sentido un encuentro sólo para cada uno, mejor invito a que quien lea estas palabras busque en la poesía de la novela que hay en El Quijote y desde su instinto y su libertad, desde lo más profundo de su corazón que a ésta guíe, las palabras que desde su libertad sobre la poesía encuentre, y a lo que en su corazón e instinto que las ha encontrado alumbre e ilumine, e ilumine también a la misma poesía con estas palabras que sobre ellas Cervantes o Don Quijote dicen. Pero que sean para él, por él encontradas y recibidas, y a la vez para todos, como lo es también Don Quijote, muy o lo más íntimo para cada uno y a la vez el libre andariego que en sus andanzas y sus aciertos y sus ilusiones y sus palabras y sus juicios y sus pensamientos y sus sentimientos nos hace salir desde nuestro corazón o nuestra ciudad o nuestra propia manera de sentir y ver o escribir la poesía al mundo.

Sí, esto pienso y a esto invito. Porque creo que es lo justo y estaría bien, y precisamente porque pienso que El Quijote es de cada uno y también la poesía, y los encuentros que en ellos a cada uno nos deparen –ellos, El Quijote y la poesía. Pero de la poesía salgo al encuentro en El Quijote, como también deseaba y me parece justo, ya que siento que es también justo, como quería, que sea el mismo Don Quijote quien nos hable con sus palabras de la poesía. Unas palabras preciosas busco y encuentro al salir a sus caminos –los caminos que son las páginas de la novela de Cervantes-, y que sé que son conocidas, pero encuentro también después de ellas, del párrafo que se suele citar (una revista lo empleaba, le daba título y figuraba en su portada), un juicio sobre la naturaleza y condición del poeta –su condición natural, que de la naturaleza tiene y por ella le viene, digamos- que hace Don Quijote y con el que comulgo. Dice un poco después de las preciosas palabras que quiero transcribir y con las que quiero acabar estas palabras mías, y acabarlas así como una invitación y con palabras de Don Quijote, este juicio que comparto y en el que creo:

“Porque, según es opinión verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus in nobis… etcétera”.

Sí, también yo creo que es así. La poesía es palabra de Dios, palabra de Dios en nosotros, y viene de madre, de nacimiento y de nuestra madre nos viene el ser de verdad poetas. Recuerdo que así lo dice Jorge Guillén, esta final, sencilla, incontestable y definitiva razón da en su poema “Unos amigos” para hablar y referir la extraordinaria circunstancia que se dieran a la vez y en su generación, la generación del 27 –que ha sido también llamada, precisamente, la generación de la amistad-, tantos excepcionales poetas, de los que algunos aquí en estas palabras hemos hablado: “Coincidencia dichosa:/ Madres hubo inspiradas,/ Y nacieron poetas, sí, posibles”. Jorge Guillén, que abre su poesía con un maravilloso poema dedicado a su madre, el poema que de su magna obra ha dicho que prefiere Francisco Rico, en el que dice: “A ella,/ que mi ser, mi vivir y mi lenguaje/ me regaló”, da esta razón, y la da también Don Quijote. Dios está en nosotros, y lo está, especialmente, en la poesía. Cuando hacemos poesía. En nosotros y nuestra poesía y cuando la hacemos. Es un juicio que comparto y me agrada encontrar, pero que como digo se encuentra después, a continuación de las palabras que a la poesía dedica Don Quijote y son preciosas como he dicho y nos dicen también de la poesía misma que Don Quijote es y con la que nos ilumina y aquí quieren ser también la luz que cierre estas palabras y también ventana por las que las abra a la poesía y El Quijote y lo que en ellas querer he dicho. Así, con estas palabras de la poesía nos habla Don Quijote:

“La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo”.


Texto, Copyright © 2015 Santiago Montobbio.
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