Literatura Narrativa

“La filosofía del vino” de Béla Hamvas

La filosofía del vino

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Panfleto contra los puritanos de todo pelaje (tanto ateos como pietistas), La filosofía del vino de Béla Hamvas es también un entusiasta canto a la vida, en el que el lector descubrirá la relación entre beber y vivir bien. Un texto lleno de humor que nos enseña que «la ebriedad no es otra cosa que la forma superior de sobriedad, la vida iluminada».

La filosofía del vino

«Un libro de plegarias para ateos»

 Béla Hamvas

(extraído de La filosofía del vino)

Al final quedaron dos,
Dios y el vino

He decidido escribir un libro de plegarias para ateos. En la penuria de nuestra época, he sentido piedad por quienes padecen y deseo ayudarlos de este modo.

Soy plenamente consciente de la dificultad de mi tarea. Sé que ni siquiera puedo pronunciar la palabra Dios. Tendré que hablar de él recurriendo a otros nombres, por ejemplo, beso, ebriedadjamón cocido. He elegido como nombre supremo el vino. De ahí que este libro se titule La filosofía del vino y de ahí también que eligiera el siguiente lema: «Al final quedaron dos, Dios y el vino».

Las circunstancias me obligan a este truco de prestidigitación. Como es bien sabido, los ateos son de una arrogancia digna de compasión. Les basta ver el nombre de Dios para tirar este libro al suelo. Sufren un ataque de cólera cada vez que alguien les toca su idea fija. Pero si me sirvo de palabras como comida, bebida, tabaco o amor, es decir, si recurro a estos nombres enigmáticos, lograré engañarlos. Porque además de engreídos, también son estúpidos. Por ejemplo, no conocen en absoluto este tipo de rezo. Creen que sólo es posible rezar en el templo o murmurando palabras sacerdotales.

Los ateos son nuestros pobres de espíritu, los hijos de nuestra época más necesitados de ayuda. Son pobres de espíritu, con la diferencia de que albergan escasas esperanzas de acceder al reino de los cielos. Muchos se enfadaron con ellos y lucharon contra ellos en el pasado. Considero completamente reprobable ese método. ¿Combatir? ¿Un hombre sano peleando con ciegos y cojos? Puesto que son inválidos, conviene acercarse a ellos con buena voluntad. Conviene no convencerlos por la fuerza; ni siquiera han de darse cuenta de lo que les ocurre. Hay que tratarlos como a niños retrasados en su evolución e incluso de pocas luces, si bien ellos aprecian mucho su inteligencia y creen que el ateísmo es un saber perfecto. ¿Por qué se los combatió en el pasado? A mi juicio, en primer lugar porque el ateísmo, como pobreza de entendimiento y como humor híbrido que es, fracasaría en toda regla si no compensara esas deficiencias por otro lado. ¿Y en qué consiste la compensación? En la actividad frenética. Por eso, el ateísmo conduce necesariamente a la violencia y, puesto que desemboca en ella, los ateos necesitan conquistar el poder universal. en efecto, lo han conseguido. Y quienes luchaban contra ellos en el fondo los envidiaban, lo cual es un error en mi opinión. Cuando los ateos vieron que eran envidiados se tornaron arrogantes.

Yo cambié de táctica. no me resultó particu- larmente difícil. sólo tenía que restablecer la verdad. Y la verdad es que no hay nada que envidiarles. ¿Qué podemos envidiar al tullido, por muy poderoso que sea? ¿Qué podemos envidiar a los paralíticos, a los sordos, a los oligofrénicos y a los chiflados? si los envidiara, significaría que les doy la razón; y daría la impresión de desear cuanto ellos poseen.

Por consiguiente, cambié de táctica. En vez de luchar y de tratar de convertirlos, los compadezco. No se trata de un mero ardid. No quiero quitarles nada, por el contrario me gustaría ofrecerles algo que les falta, algo cuya carencia los vuelve débiles, pobres y, por qué negarlo, también ridículos.

Que se discutiera tanto con ellos tiene además otro motivo. Sin duda, la mayoría creía que los ateos son irreligiosos, pero de eso, por supuesto, nada de nada. No existe el hombre irreligioso. Los ateos no son irreligiosos, simplemente creen en una religión grotesca, acorde con su entendimiento deficiente y con su humor híbrido, ambos muy dignos de compasión. Y no solamente creen, sino que son, por otra parte, todos cerriles. Digo todos porque no me he encontrado a un solo ateo
que no fuese más cerril que aquella anciana maloliente que los domingos vende, a un centavo, unos cuadernillos sobre la orina milagrosa de san Cucufate. Claro que el santo de la religión atea no es san Cucufate, sino Einstein, y la sustancia milagrosa no es la orina sino los antisépticos. El nombre del cerrilismo ateo es materialismo. Esta religión se basa en tres dogmas: el alma no existe, el hombre es un animal, la muerte es aniquilación. Y los tres desembocan en uno: a los ateos
los atenaza un miedo terrible a Dios. Como dice Böhme, viven en la ira de Dios. No conocen más que al Dios colérico: por eso se esconden y mienten. Creen que afirmando la inexistencia de Dios dejarán de pasar miedo, pero naturalmente lo que ocurre es que entonces le temen todavía más.

Sin duda, el ateo es un hombre arrogante y no quiere cambiar; no se inclina ni por la humildad ni por el amor o, dicho de otro modo, es tan endeble que ni siquiera es capaz de tender a lo uno o a lo otro. Prefiere aferrarse al temor, al mismo tiempo que lo niega; tiembla, miente y se esconde, y se va volviendo cada vez más arrogante. A partir de este mejunje lamentable, en el que se cuecen a fuego lento en el mismo puchero a la vez la negación, el miedo, la mentira, el disimulo, la arrogancia y el cerrilismo, se creó el materialismo como sucedáneo de la religión.

De todo ello se deduce ya con claridad que no es posible ni conviene vencer a los ateos por la fuerza. Como son erráticos, llenos de preocupaciones y autoengaños, es preciso tratarlos con suma cautela.

Por fortuna, el alma no es como el cuerpo. Si alguien nace sordomudo o lisiado o se convierte en un inválido en el transcurso de su vida, el poder humano no puede cambiarlo. El mundo del alma es distinto. Todos nacemos con el alma intacta y esa salud no se pierde nunca. Todos podemos curarnos de las imperfecciones del alma. Para eso no hace falta siquiera un milagro.

¿Un libro de plegarias para ateos? Sí, y, además, escrito de tal modo que el lector no se dé cuenta siquiera de que le enseña a rezar. ¡Casi nada! Como dice Nietzsche, sólo hay un modo de expresarse: con cinismo e inocencia. De forma perversa y sofisticada, con una inteligencia casi malvada y, al mismo tiempo, con el corazón puro, con alegría y sencillez, como el pájaro cantor.

Quisiera aprovechar esta ocasión para dirigir también unas palabras a los pietistas, esa tenebrosa secta de los ateos. El pietismo no es más que ateísmo disfrazado. El materialista corriente es un alma digna de compasión, su entendimiento
no es brillante, su corazón es a veces directamente estúpido; de ahí que, como he señalado en más de una ocasión, haya que considerarlo un tullido que se aferra a su deficiencia como a una idea fija y considera su torpeza un gran logro.

En el fondo, el pietista es tan ateo como el materialista, pero, como además tiene mala conciencia, viste externamente el ropaje de la religión verdadera. El pietista exigiría que el hombre viviera a pan y agua, vestiría a las mujeres más bellas con ropa mal confeccionada, prohibiría la risa y cubriría el sol con un velo negro. El pietista es el antialcohólico. Sé perfectamente que el lema de esta obra lo escandaliza y que pregunta con expresión irritada y sombría: «Pero ¿¡qué blasfemia es esta!?». Se ha indignado cuando he osado decir que Dios se encuentra también en el jamón cocido. Le recomiendo que mantenga la calma. Escuchará más cosas. Prometo prestarle particular atención y no dejar pasar ni una sola oportunidad para escandalizarlo tanto como pueda. Hay que tratar con guante blanco al ateo, porque es estúpido, ignorante, corto de miras e ingenuo. El pietista no puede contar con tanta indulgencia. Que sepa que lo miraré de reojo, y cuanto más solemne sea la cara que ponga, más me reiré de él. Cuanto más se indigne, más me divertiré y ni siquiera le diré por qué.

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Béla HamvasBéla Hamvas (Prešov, 1897 – Budapest, 1968) fue escritor, filósofo y crítico social. Su defensa del arte abstracto frente al realismo le valió la condena del régimen comunista, que lo privó de su trabajo como bibliotecario y de la posibilidad de publicar durante los últimos veinte años de su vida. En su obra más ambiciosa, Scientia Sacra, Hamvas integró las tradiciones de Occidente y Oriente a través de la lectura de los clásicos del pensamiento oriental y del misticismo europeo.

Después de la Primera Guerra Mundial, Béla Hamvas se trasladó con su familia a Budapest, donde estudió y asumió luego un puesto de bibliotecario en la Biblioteca Municipal. En los años treinta formó el círculo Sziget (Isla) con Károly Kerényi, el gran estudioso de la mitología griega, y otros. Durante la Segunda Guerra Mundial fue enviado varias veces al frente, hasta que desertó y se escondió en Budapest. En enero de 1945, una bomba alcanzó su piso, destruyendo su biblioteca y gran parte de sus manuscritos. En 1948 acabó despedido de su empleo y se le prohibió publicar: su obra no era bien vista por el régimen comunista, que acababa de instalarse en el poder. A partir de 1951 fue contratado como obrero no cualificado en diversas centrales térmicas del este de Hungría. Se jubiló en 1964 y falleció cuatro años después, en 1968.

Se trata de uno de los grandes ensayistas europeos del siglo XX, de un hombre convencido de que «los grandes temas de la existencia humana no cambian», de que «siempre se trata de lo mismo». De ahí el universalismo que distingue a sus escritos y en el que no sólo caben sino que están necesariamente representados los Upanishads, la Cábala, los presocráticos, la Biblia y el maestro Eckhart, entre muchos otros. Escribió una obra abierta a los clásicos, a la sabiduría primigenia del hombre y también a los textos contemporáneos. En ella desempeñan, además, un papel fundamental el concepto de crisis y la idea de rescatar, como salida de esta, las grandes creaciones del espíritu humano.

Entre sus obras destacan A magyar Hüperion [El Hiperión húngaro], Aláthatatlan történet [La historia invisible], Scientia Sacra, Patmosz [Patmos], así como la novela Karnevál [Carnaval]. Hamvas escribió La filosofía del vino en el verano de 1945, durante unas vacaciones a orillas del lago Balatón, es decir, pocos meses después de concluir la Segunda Guerra Mundial. Es un documento entrañable de la euforia de ese breve tiempo entre la derrota de un poder sombrío y la llegada de otro y contiene, en un tono ebrio y a la vez elevado, muchas de las consideraciones que distinguen la obra de Hamvas: la presencia de lo divino en el mundo de los sentidos, en la comida, en la bebida, y su crítica al puritanismo y al materialismo que él reúne bajo el concepto de «ateísmo».

ACANTILADO
Cuadernos del Acantilado,
64978-84-16011-26-1
128 páginas
13 x 21 cm
12 euros
Traducción de Adan Kovacsics

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