Literatura Narrativa

“¿Te hace falta un bocadillo para contar una historia?”, un relato de Raúl Lara Molina

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Un relato de Raúl Lara Molina

Lavand era mago, y había combatido en la Segunda Guerra Mundial. Nunca fue soldado ni se alistó en el ejército, pero luchó como el que más por su libertad cuando el mundo dejó de ser un buen lugar. Junto a muchos otros ciudadanos defendió Turín durante la ocupación nazi, y se enfrentó a los alemanes en el norte de Italia cuando estos se batían en retirada y quemaban y destruían todo cuanto se encontraban en su huida hacia Berlín en 1945. Presos del amargo sabor de la derrota los nazis abandonaban las ciudades sitiadas dejando tras de sí un rastro de muerte peor que el de sus conciencias y fusilaban a todo aquel que se cruzaba en su camino. Destruyendo puentes, edificios y carreteras trataban de sacudirse el polvo y la derrota de los abrigos.

Hace ya tiempo de eso. Y esa desgraciada generación dejó ya de existir. Han pasado suficientes años para que casi todos estén muertos. Suficientes para que las personas que hoy transitan las calles no reconozcan el olor de la muerte, de la carne quemada, ni sufran el olvido del hambre, que desconozcan la sin razón o el infierno que es una guerra. Hoy en día tenemos otros problemas: nos preocupa la necesidad de tener aquello que no deseamos o que no nos hace falta. Nuestro dios es la televisión, y nuestra religión la publicidad. Aunque sean las mismas calles y la misma ciudad. Somos otros. Lavand aún vive, sabe que de su generación hoy solo quedan placas. Sonríe cuando reconoce el nombre de alguna apacible plaza donde se echa a dormir. Placas en las calles de la ciudad, placas junto a las vías de los trenes, placas en las plazas, con el nombre de amigos, familiares o como mínimo compañeros, solo eso quedan, placas. Y en las esquinas donde él luchó, palmo a palmo, y donde fueron fusilados sus compañeros hoy todavía transita Lavand, olvidado, como un vagabundo más junto a sus recuerdos.

Estos recuerdos, sus preferidos, pertenecen a la época en que Lavand tenía 14 años (ahora son su mejor compañía), por aquel entonces aún vivía con sus padres en un bonito palacio del centro de la ciudad. De alta cuna francesa Lavand había tenido una infancia rica y feliz, su padre ocupaba un alto cargo dentro de la embajada argentina y su madre, de origen italiano, poseía unos de los negocios de moda más afamados y reconocidos de Turín. A esa edad temprana fue cuando Lavand descubrió su pasión por la magia, que lo acompañaría ya para siempre. Hoy Lavand es un vagabundo, su único techo como dice el poema son las estrellas, y su única puerta sus recuerdos. No nos vamos a centrar en cómo Lavand llegó a esa situación pues es la historia de muchos. La historia que quiero contarte es la de un gran número de magia que una mañana le vi hacer.

Lo conocía de vista, y nunca mejor dicho, solía estar siempre en Via Po junto a la máquina de tabaco (mucho después supe que nunca se distanció de lo que un día fue su casa),  allí tenía su lugar y unos viejos cartones junto a su perro. Siempre tuvo fama de polémico, de cascarrabias, entre los vecinos del barrio. Era alto, huesudo, de complexión recia y seco de carnes, de rasgos finos y nariz aguileña, con el pelo blanco y los ojos azules. Peinado de genio loco, bigote y una larga perilla también blanca. Aburría a la gente en sus peores momentos con sermones que nadie escuchaba y se ganaba algunas monedas cuando regalaba entretenimiento a los viandantes con viejos trucos de magia que hacía con cartas o antiguas monedas. Nunca fue mal vestido ni demasiado sucio, se podría decir que era un apuesto vagabundo. Un truco menor. Intercambiábamos palabras, saludos o rápidas impresiones las noches en que yo bajaba a comprar tabaco a la máquina. Entre nosotros hablábamos en castellano. Y su fama de malhumorado, a mi parecer, no era para nada cierta.

Había pensado en alguna ocasión bajar y sentarme con él y pasar un buen rato, a estas alturas  ya me había dado cuenta de que sufría una cierta fascinación por los vagabundos de mi ciudad. Llegué a pensar que nos unía la desesperación. Pero no es así. Y una de esas noches destinadas a perderse como tantas otras entre las páginas de un libro escrito hace siglos decidí por fin bajar y visitarlo.

Fue de Abril la noche, me encontraba leyendo El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Quizás no fuera algo casual. Cogí una botella de vino, dos tazas y bajé con algunas monedas a sentarme junto a Lavand. Era viernes, y serían las tres de la mañana cuando el mago nos vio aparecer a la botella de vino y a mí. Saludó diciendo:

-cuando entra el vino sale el secreto.

-¿puedo acompañarte?

-por favor.

-¿cómo se llama? -le pregunté por el perro.

-perro Pancho.

-bonito nombre. Tú te llamas Lavand- dije.

-así es- respondió.

Me serví una taza y le pasé la botella y la otra taza. Me senté justo enfrente, en uno de los bordillos de las columnas que sustentan la plaza. Lavand bebía y miraba el contenido de la taza a cada sorbo. Cuando vaciábamos las tazas nos pasábamos la botella y seguía la conversación.

-perdona pero no tenía vasos limpios -me excusé.

-no te preocupes, servirá.

-en el barrio corre el rumor de que antes eras rico, que vivías en uno de estos palacios, y que un día lo abandonaste todo para dar la vuelta al mundo,  y que luego volviste así, pobre y vagabundo.

-¿quién te ha contado eso? -preguntó.

-la portera de mi edificio -respondí.

-no he recorrido muchos kilómetros, pero sí he viajado mucho. Soy ilusionista, no vagabundo. ¿Cómo te llamas?

-Me llamo R, ¿entonces es verdad que antes vivías en una de estas grandes  casas, y que eres de rica familia?

-sí

-vaya, no sería en mi casa. ¿Y por qué te fuiste?

-bueno R, es fácil: lo tuve todo, o me quedé sin nada. Como quieras decirlo.

-¿cuándo te fuiste?

-hace tiempo ya.

-¿y cuándo volviste?

-el mismo tiempo hace.

-¿siempre has sido… ilusionista? –pregunté, mirando a los cartones y a Pancho.

-sí. Pero si te refieres a mi profesión, fui profesor. Profesor de instituto- respondió Lavand.

-¿y qué enseñabas?

-literatura.

-me gusta la literatura -dije.

Lavand sonrió. Y acarició a Pancho.

-¿te gustaba enseñar literatura? -pregunté.

-sí- respondió, frunciendo el ceño.

-¿y dónde diste clases?

-en muchos lugares. Sí, realmente en muchos. Aquí, en Francia, en Berna, en Praga -respondió Lavand.

-¿en París?

-no, en Francia.

-¿es bonita Praga?

-lo es más Berna.

-¿dónde está Berna?

-es la capital de Suiza, R.

-ah, no lo sabía. ¿Y cuál es la pregunta más extraña que un alumno te ha llegado a hacer sobre literatura, Lavand?

El viejo pensó un instante mirando al techo, buscando la pregunta, mientras se rascaba los pelos de la cabeza. A los pocos segundos respondió:

-¿creía Dostoievski en extraterrestres? -dijo. Sonriendo.

-¿eso te han preguntado?

-sí.

-¿y qué le contestaste? -pregunté.

-le dije que no lo sabía -respondió.

-claro.

Los pocos vecinos que entraban a esa hora al portal intentaban pasar desapercibidos ante la situación, y los viandantes, de vez en cuando, nos dificultaban la vista y la conversación, que avanzaba de forma agradable.

-hazme un número de magia -le demandé- eres ilusionista, ¿no? Así me pagas tu parte de la botella.

-sube a tu casa, deja aquí la botella, tráeme un bocadillo y te contaré una historia.

-¿te hace falta un bocadillo para contar una historia?

-sí. Es fundamental.

-¿es un truco, no?

-no, un bocadillo. Luego te contaré una historia.

Subí a mi casa, le hice un bocadillo con lo primero que encontré, bajé, compré tabaco en la máquina, le pasé el bocadillo, y me dispuse a escuchar la historia que Lavand había prometido contarme.

-no tenía pan, ¿te sirve de molde?

-servirá.

Lavand empezó a comerse el bocadillo, le pasó un pedazo a Pancho. Bebía largos sorbos de vino.

-buen provecho -le dije, al tiempo que me encendía un cigarro y miraba cuánta gente quedaba en la plaza.

-gracias, sírvete -me dijo, pasándome la botella de vino.

Cuando Lavand hubo terminado de comer, vi cómo había dispuesto delante de él, en el cartón, tres grandes migas de pan y la taza. Fijó los ojos en mí, y con su peculiar acento empezó a decir:

-te voy a contar una historia… había un chino llamado Lee-Po, que vivió en el siglo IV después de Cristo, muerto ya el hombre, que dicen que jugaba con tres migas de pan mientras recitaba sus propios poemas… Yo no sé como haría el hombre pero presumo que sería algo así, ¿no?

[Lavand señaló la taza y las tres migajas de pan que teníamos enfrente. Me acerqué y me senté al pie de los cartones]

no hay nada nuevo bajo el sol, uno cree a veces que ha creado algo y ya estaba creado, ¿no?, ¿sabes como decía el chino? Decía así:

Tomo una botella de vino, y me voy a beberla entre las flores. Siempre somos tres… [Lavand cogió dos migas de pan y las metió dentro de la taza, la tercera se la guardó en el bolsillo]…Contando a mi sombra y a mi amiga la luna… [Volcó la taza y cayeron tres migas de pan]…Cuando canto la luna me escucha, cuando bailo mi sombra también baila. [Volvió a meter dos migas de nuevo en la taza] Terminada la fiesta, los invitados deben partir… [La tercera miga se la metió en el bolsillo, volvió a volcar la taza y volvieron a caer tres migas de pan] Yo desconozco esa tristeza [Lavand volvió a meter dos migas y la tercera se la dio a Pancho quese la comió] Cuando marcho hacia mi casa, siempre somos tres, me acompaña la luna, y me sigue mi sombra [volcó la taza y cayeron de nuevo tres migas en el cartón]

-¿sabes cómo termina el poema? -me preguntó Lavand. Moví la cabeza negando algo.

-terminada la fiesta los invitados deben partir [Lavand con una lentitud exasperante metió dos migas en la taza y la tercera se la volvió a colar en el bolsillo]… yo desconozco esa tristeza, cuando marcho hacia mi casa, siempre somos tres. Me acompaña la luna… [Lavand me indicó con un gesto que volcara la taza. Cuando la volqué no cayó ninguna miga de pan]… y me sigue mi sombra… y me sigue mi sombra… y me sigue mi sombra.

Tardé en reaccionar.

La noticia de que la taza de mi casa era mágica me dejó impresionado. Lavand me observaba sonriente.

-¿cómo cojones lo haces?

-es magia

-ya…

-¿¡qué sería de este mundo sin la magia!? -canturreaba Lavand.

-no existe la magia.

-¿estás seguro de eso R? -preguntó Lavand.

-completamente, no hay magia, solo hay quienes creen que hay magia -respondí.

-entonces hay magia

-que no carajo, hay solo gente engañada, no existe la magia.

-me alegro de que te haya gustado la historia.

-¿quieres un cigarro? -le pregunté- tu parte de la botella ya la has pagado -añadí.

-sí, gracias -me contestó.

-¿quién te contó esta historia? -le pregunté al tiempo que le daba fuego.

-la oí durante la guerra.

-¿estuviste en la guerra?

-no.

-uh… ¿para ser un buen mago hay que ser una gran mentiroso, no?

-todo artista debe saber mentir R. Verás, en la mentira radica la belleza… mienten los poetas… los poetas son unos grandes mentirosos, ¡pero qué bien suenan los poemas… qué bien! No hay nada nuevo bajo el sol socio, ya lo dijo el maestro Picasso hace casi un siglo: la única misión del artista es convencer al mundo de la verdad de su mentira. No hay nada nuevo bajo el sol, nada.

-¿cuántos años tienes?

-muchos.

-voy a tener que empezar a llamarte maestro entonces -le dije, y serví los dos últimos tragos de la botella. Perro Pancho nos miraba aburrido. Por la plaza ya nadie pasaba- ¿Has actuado profesionalmente como mago en algún lugar? -le pregunté

-sí, hace años, por teatros de toda Europa. A la gente le fascina que le cuenten historias, y que le muestren la magia; o como tú dices que la engañen, y yo les daba ambas satisfacciones.

-¿y por qué estás ahora aquí?, así, de esta forma, ¿no te gustaría seguir actuando por teatros, ser famoso, ¡como Picasso!?

-no

-¿y qué crees que seríamos sin magia? -le pregunté, de improviso.

-ya crees en la magia -dijo.

-no, pero creo que llamamos con distinto nombre a la misma cosa -dije.

-¿y qué es esa cosa, para ti? -preguntó.

-magia. Dime, ¿qué seríamos sin ella?

-monos, seríamos monos inmortales en cavernas oscuras -dijo.

-¿tú crees? Los cavernícolas ya dibujaban figuras, y pintaban cuadros en las paredes de las cavernas.

-cuando descubrieron el fuego- respondió.

-¿cuando descubrieron el fuego? –repetí.

-el fuego es un gran truco de magia -dijo Lavand.

–cuéntame otra historia. Hazme tu mejor truco- le espeté.

-es tarde, pero si quieres ver mi mejor número ven mañana temprano. Sitúate frente a mí y observa, no tendrás que hacer nada, solo observa el número del hombre invisible. Te enseñaré magia.

-ok, ¿y una última historia?, ¿como la del chino de antes?

-te contaré una historia que oí en la guerra.

-¿otra?, ¿no me has dicho que no estuviste en la guerra? -dije interrumpiéndole.

-te contaré una historia que oí en la guerra. Había terminado la guerra, la patrulla estaba en retirada, un soldado solicita permiso a su capitán para volver al campo de batalla en busca de un amigo, se deniega el permiso <<es inútil que vaya, está muerto>> le dice el capitán. Pero el soldado desobedece la orden y vuelve al campo de batalla a por su amigo. Regresa con él en brazos, muerto; <<te lo dije, era inútil que fueras>> dice el capitán, <<no mi capitán>> responde el soldado <<no fue inútil, cuando llegué aún estaba con vida y solamente dijo -sabía que ibas a venir->>.

Al día siguiente me desperté inquieto. Con la mano aún dormida. Nervioso por saber el truco que Lavand me tenía preparado para esa mañana. Me di una ducha, desayuné, bajé al portal, anduve unos pasos y me situé de nuevo en el bordillo de las columnas de la plaza frente a los cartones de Lavand como este me había dicho. Allí solo estaba Pancho. Vi que Lavand estaba de pie caminando entre los arcos en la parte alta de la plaza pidiendo monedas a todo el que pasaba. No tenía mucho éxito. Cuando me vio guiñó un ojo y vino en mi dirección. Justo antes de llegar a mi posición se paró, y echó un vistazo a la calle que tenía a su derecha. Estuvo un minuto inmóvil y luego se encaminó por esta calle que hacía esquina con sus cartones.

Desde lejos lo vi dirigirse al negocio de alimentación que había en esa calle a unos 300 metros de distancia de la plaza, uno que se llamaba “L´angolo dei sapori”. Gracias a sus desorbitados precios este pequeño negocio había crecido en dimensión y fama convirtiéndose en todo un supermercado. Lavand se acercó al negocio y cogió de las cajas que había expuestas en la acera varias piezas de fruta y empezó a correr hacia la plaza de nuevo, tras él, casi de forma inmediata, salió el tendero persiguiéndole y gritando: “¡Al ladrón, al ladrón!”.

Yo observaba la escena callado, sorprendido, y un poco asustado, porque no comprendía absolutamente nada de lo que estaba sucediendo. Pero tardé pocos segundos en darme cuenta de que todo estaba preparado por Lavand. Desde la acera de enfrente vi como dos policías reaccionaban y empezaban también a perseguirlo. No podía ser casualidad que los dos policías estuviesen ahí por azar. Me tranquilice entonces  y supe, aunque no tenía ni idea de cómo, que todo formaba parte del gran número de magia que Lavand me había prometido.

Tras doblar la esquina y aparecer en la plaza con las piezas de fruta robadas en la mano, Lavand tomó asiento rápidamente en sus cartones, escondió la fruta, me sonrió y me preguntó:

–¿estás preparado?

Yo moví la cabeza afirmativamente, emocionado. Acto seguido Lavand sacó de su mochila un pequeño cartoncito y lo situó a sus pies, empezó acariciar a Perro Pacho y se quedó esperando con la mirada perdida. Al instante aparecieron por la esquina la pareja de policías y el tendero. Empezaron a dar vueltas alrededor de la máquina de tabaco, en torno a Lavand. Uno de los policías se rascaba la cabeza. El tendero miraba la plaza con las manos en las caderas con cara de pocos amigos. En el cartoncito venían escrita dos frases: Ayuda, por favor. No somos un espejismo.

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Raúl Lara Molina. 32 años, residente en Italia. Escritor. Autor de dos libros de relatos (no publicados), actualmente está escribiebdo su primera novela.  Trabaja en marketing y traducción para una empresa de servicios digitales. También, y de forma esporádica, como revisor lingüístico español para editoriales y agencias de servicios editoriales italianas (Loescher, Verbavolant).

 


Texto © Raúl Lara Molina 2014
Todos los derechos reservados.


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