Literatura Poesía

Chiara Bolognese – La poesía pide silencio y soledad: “Los soles por las noches esparcidos” de Santiago Montobbio

Montobbio

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El 19 de junio de 2013 se presentó en el Aula dels Escriptors de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, en el Ateneu Barcelonès, el nuevo libro de Santiago Montobbio Los soles por las noches esparcidos, publicado, como el anterior, La poesía es un fondo de agua marina –al que completa y complementa-, en la colección de poesía El Bardo. Publicamos la intervención que realizó en la presentación la reconocida hispanista Chiara Bolognese, así como algunos poemas que seleccionó para leerlos al final de la misma.

Chiara Bolognese

LA POESÍA PIDE SILENCIO Y SOLEDAD:

LOS SOLES POR LAS NOCHES ESPARCIDOS DE SANTIAGO MONTOBBIO

 Tengo que confesar que se me hace un poco raro presentar el libro de poemas de Santiago, del amigo Santiago, más que del poeta. Ya he presentado varios libros de amigos, pero hasta ahora siempre se había tratado de narradores, y nunca me había parado a pensar en lo diferente que iba a ser el evento de hoy. Por lo tanto dejaré de un lado la mirada traviesa del “crítico” y trataré de comentar cómo y por qué me acerqué a su obra y qué me parece más importante destacar aquí, hoy, delante de amigos, familiares y expertos, de sus versos.

Digo el amigo Santiago, pero realmente, queda clarísimo, tanto en las conversaciones como en sus propios versos, que amigo y poeta no se pueden escindir demasiado, su “mundo se sucede en las palabras (71)”, y tanto es así que ya nuestra amistad surgió a raíz de su poesía y “por encargo”…

A Santiago Montobbio poeta lo conocí en la presentación de su anterior libro, porque Giuseppe Bellini, EL hispanista italiano por antonomasia, me había pedido que, por favor, fuera a la presentación a darle su saludos y, una vez más, declararle la admiración que le tiene y, también, para que fuera a escuchar a un excelente poeta y “no esas cosas raras que lees tú”, me dijo, en plan gran maestro que es. Así que fui, con pocas ganas, la verdad, porque hacía frío y, además, no me gusta ir sola a estas cosas.

Lo primero que llamó mi atención de aquella presentación fue la atmósfera extraordinaria. Extraordinaria por la cercanía, la alegría compartida, el cariño que se intuía en la mirada de quienes escuchaban, la satisfacción “compartida” de dar la bienvenida a una nueva criatura, porque eso es un libro cuando sale publicado. Sorprendida por tanto “calor”, me dispuse a escuchar y, confieso, a los tres minutos ya estaba sacando mi libretita para tomar notas de los versos que leían, y de lo que decían de este poeta, estupendo poeta por los primeros textos que estaba escuchando, y que yo desconocía. Lo primero que me impactó fue la reflexión metaliteraria, que, al parecer, Santiago hacía constantemente en sus poemas. Un tema con el que volvemos a encontrarnos también en el libro que venimos a presentar: la literatura como vía de fuga, como salvación, como razón de ser, y también como disfrute, serenidad; la labor de escribir poesía que se puede transformar en poesía por sí misma. En segundo lugar, me conmovió su profunda humanidad y sencillez, la intimidad de los episodios que describe con sus versos, la claridad del lenguaje, su belleza, y su precisión. Esto me conquistó. Terminó la presentación y mi timidez casi me hace la mala jugada, estaba a punto de irme, pero claro, había ido para comentarle lo de Bellini, no podía simplemente escabullirme … me acerqué, sin libro, y me abrí un huequito entre amigos y lectores, y cuando llegué  a él, claro, Santiago ya tenía la pluma en la mano… un segundo de pánico: “Perdón… es que yo no he venido para que me firmes, sólo quería darte los saludos de Bellini”… sonrisa de Santiago, alivio mío…

Así, realmente, me acerqué a la poesía de Santiago Montobbio. Desde aquel entonces lo he ido leyendo, conociendo, descubriendo como poeta y como amigo y ha sido un gran regalo.

Pasando a mi lectura de este nuevo libro, que, como todos sabemos, es una obra en sí, pero también se une y completa la colección anterior, La poesía es un fondo de agua marina, sigue, en muchos temas este otro texto, pero también tiene, sin duda, vida propia. Estamos en la segunda etapa de la poesía de Santiago, cuando escribía hasta 40 poemas diarios. De esos días, meses de escritura total, surgen estos excelentes poemas. El libro cuenta con más de 200 poemas, más algunas prosas, prosas poéticas mejor dicho, que siguen las mismas líneas temáticas de los poemas, en tanto que las enriquecen con reflexiones más detalladas y con explicaciones sobre todo metaliterarias. Creo que tanto las prosas como los poemas, cada uno de ellos, son necesarios en este libro.

El texto se lee con enorme placer y comporta una decisión: la de entrar en el mundo del poeta Montobbio, aislarse, en soledad, como tan bien subraya en muchos de sus textos, la poesía pide silencio y soledad para su creador, así como para su lector. Yo me hundí en el universo Montobbio y sentí que de alguna forma participaba un poco de su mundo, de la realidad que dibuja a través de sus versos. Es un mundo sombrío el que describe y crea, pero siempre con la posibilidad de salvación a través de la escritura (“55. A veces sólo el arte logra dar con el camino”), siempre con una oportunidad de agarrarse a algo, y este algo son los versos, la inspiración, el desgarrarse en el verso.

Muchísimos son los temas que se plasman en esta colección, se dejan y se retoman, se entrelazan en un mismo poema, es un constante diálogo entre textos, entre los poemas de este libro y los del anterior, también es un diálogo del poeta consigo mismo y del poeta con su lector. El lector se sumerge en esta conversación, y, al tiempo, es estimulado a hablar consigo mismo, a reflexionar sobre su propia vida. Santiago Montobbio nos acompaña y guía en nuestra propia meditación sobre la vida, el arte, la escritura, los afectos.

Y, en mi breve “análisis” de sus poemas quiero justamente empezar por los afectos, éste es un rasgo que, desde el comienzo de la lectura de su Obra, siempre me ha interesado: se trata de los afectos más íntimos, familiares, así como del cariño que uno siente por algunos lugares, por algunos recuerdos de la infancia. Este intimismo y esta intimidad que caracterizan la poesía de Santiago me conquistó (habla de la madre, del hermano, el padre está siempre presente, como alguien con el que se entendía muy bien, la abuela y luego los lugares, las pequeñas cosas de todos los días).

En la misma línea, va otro elemento que, de nuevo, desde el comienzo, me encantó y me refiero a la presencia de Barcelona, tal vez más en el anterior libro que en este. A través de sus poemas he ido re-descubriendo Barcelona, la he ido mirando con otros ojos, ya cada vez que paso por La Pedrera no puedo no pensar que, a través de los poemas de Santiago, he aprendido a mirarla, Santiago me ha re-significado Barcelona. Una Barcelona vivida por una familia, la Barcelona real, íntima, una ciudad a la que el forastero no llega. Rincones de la ciudad, bares, gente en las cafeterías para tomarse su primer café, ya no son iguales, ya no los miramos de la misma forma después de estar “con” un poema de Santiago: “271. el cine en la tarde de los domingos,/ tomar algo después o cenar con los amigos … vivir es también /este momento… vivir es esa tarde, ese domingo”.

Otro tema fundamental y muy original es la presencia de la infancia, una infancia que hay que proteger de la muerte, y de la vida misma, víctima ella también del inexorable pasar del tiempo. Los niños son centrales en estos textos de Montobbio: “101 No os manchéis con el olvido: sois niños por él muy perseguidos”, entre otros que se podrían citar.

Luego pasamos al tema del amor, desgarradora la forma en la que lo trata “14. y soy yo el desvalijado / fondo de mí mismo / o de la nada”: el amor y la escritura, siempre juntos, siempre alternándose en la mente y más en el corazón del yo poético. Escribirle a la amada, escribir la amada es la única forma de estar con ella o de preservar su recuerdo. El poeta la sigue esperando, no sabemos si llegará o no, tal vez ni siquiera él lo sepa, pero en esta espera descansa uno de los rasgos más importantes de su trabajo. El amor como olvido, por un lado; y como olvido imposible por parte del poeta: la vida y el amor como algo que no se pueden alcanzar, agarrar definitivamente “II. El amor inunda y no se marcha pero no se alcanza”. El poeta lleva a cabo un interesante juego de presencia en la ausencia; la necesidad de la presencia es subrayada por la ausencia; y el poeta espera, siempre, en la soledad, que este vacío se llene con la presencia de la amada. El amor se completa también con la muerte, pero cada uno tiene vida, fuerza y valor independiente. Y si el amor “mueve” la vida, la muerte es el destino del hombre, así como la soledad, y nadie se puede salvar de este drama. Poesía de muerte que, al mismo tiempo, celebra la vida, el deseo de seguir luchando, caminando cada día hacia la nada. La espera fracasa, pero la búsqueda sigue mereciendo la pena, ya que es lo que le da sentido a nuestro paso por la tierra.

Y el yo poético, a veces, es como un extraño en el mundo, lo mira desde lejos, como si ya no formara parte de la vida de cada día, como si los trajines cotidianos ya no le afectaran, y mirara desde afuera: en un mundo que “342. otra vez está en suspenso/ de nuevo da en silencio sus pasos tristes… me levanto y ya no hay nada. Las cosas ya no me reclaman”, el poeta está perdido: “20. Me he perdido por tu amor/como por el bosque del olvido o como puede perderse un niño… sólo un desierto ya me puebla”. Es, por lo tanto, también una poesía de la orfandad, como en más de una ocasión declara el poeta. Este ser poeta-extraño le proporciona al yo lírico un tono y un enfoque muy especiales, únicos, como es la voz de Montobbio.

Un extraño, sí, pero también, sin que esto sea contradictorio, una voz profundamente metida en las entrañas de la vida. Santiago comparte con nosotros, los lectores, su indagación en el porqué de la vida, su reflexión sobre la culpa de estar vivo, con la que cada uno de nosotros carga. Montobbio penetra profundamente la vida y la fragilidad del ser humano. Es una poesía de la sencillez y de la cotidianidad, pero que también nos interroga, nos cuestiona, nos hace dudar, nos describe su paseo por el infierno (166 y 167).

Se trata de una poesía que encuentra su razón de ser en su misma creación. Por eso, el poeta pide con frecuencia silencio, soledad; únicamente así se pueden gestar poemas de este tipo y de esta perfección y profundidad. Un arte que, por otra parte, tampoco se revela totalmente a su mismo creador “35. Porque el arte no se revela/ del todo a quien lo conjura”.

Y esta petición de silencio es para poder pensar, ensimismarse (25. “Atravieso por dentro / de mí mismo”) y crear. Silencio y soledad van de la mano en los caminos del poeta: “203. Un poco de soledad es sol que alumbra… dejadme / sólo un rato únicamente para mí y quizás pueda sentir /que puedo y tengo otra vez fuerzas /para doblar las esquinas de la vida…”

Así se lleva a cabo la profunda reflexión sobre los temas metaliterarios, uno entre ellos ¿para qué sirve el arte? ¿el arte como forma de alcanzar la inmortalidad y de ganarle al olvido? La poesía es la vida, este mensaje es el que aparece constantemente en los versos de Montobbio. Esto me hace acordar de cuando le preguntaron a Cortázar ¿por qué escribe? Y él contestó ¿por qué respira usted? Vida y arte, vida y escritura son lo mismo en Montobbio: la reflexión del poeta y la del hombre se entrelazan constantemente, no se pueden distinguir: “escribo por necesidad y desde un profundo amor”, dice en una entrevista; parece, leyendo a Montobbio, que el arte nos da vida, y nos ayuda a sobrellevar el cansancio del vivir: “Escribimos para revelarnos a nosotros mismos… para expresar lo que más profundamente somos”… “Entre mis poemas y yo no había diferencia ninguna… quien los leyera sabría más de mí que quien me conociera”: de allí su profundidad, y de allí también mi pudor, a la hora de “destrozarlos” con aparatos críticos …

 

(Palabras pronunciadas en la presentación del libro de Santiago Montobbio Los soles por las noches esparcidos en el Aula dels Escriptors de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, en el Ateneu Barcelonès, el 19 de junio de 2013).

 

LA VIDA TE SORPRENDE SIEMPRE AL FINAL

de un miedo o un silencio. La vida

no regresa pero también vuelve

a su cauce, es arroyo secreto y misterioso,

lago subterráneo que de pronto aflora,

isla que otra vez nace, luz perdida

y que de nuevo restalla sobre el día.

La vida, la poesía, el amor, el mar,

la noche, la sombra, el frío, el dolor, la dicha.

Nada sorprende más que el cerrado sentido

que oculta a veces estar vivo.

Todos los caminos y todos los extravíos.

 

EN EL ARTE CAVO, ESCARBO. ME HUNDO Y SALVO.

En el arte consigo trazar tu rostro

sin que lo manche el olvido.

Legiones de adioses se encuentran y dispersan

en andenes siempre vacíos. Allí

y en el arte estoy, mientras me busco,

mientras soy dios o soy diablo

y de mi nombre ausculto los latidos.

La noche a veces me cerca en ellos.

A veces estás tú y despunta el día.

Pero siempre cavo, escarbo. Me hundo y salvo,

como he dicho al principio. Porque

tengo que hacerlo. Es una salvación

y un deber, una cruz, un modo de estar vivo

que no permite declinarse. El arte

se cumple hasta en su olvido.

A las palabras también el silencio las sostiene, y es

agua estancada que en el corazón algún día se libere.

 

NO TIENES ROSTRO. LO HAS PERDIDO

por el prensado olvido con que tu mirada

hacia mí has dirigido y las distancias

que como fosas han marcado tus silencios,

tus olvidos y tus pasos. Has perdido

el rostro que mi amor te entregara y sólo

para ti en el corazón labraba, un camino

posible, distinto y nuevo, que hacia la frescura

y el aire claro conducía. Un camino posible

que ya no tendrá nunca, otro rostro, créeme,

de veras, otra vida. No lo sabes ni sabrás nunca.

Pero has perdido el rostro que mi amor te ofrecía.

En él nunca hubieras sido más tuya, sobre un anillo

antiguo y limpio, un espejo de agua y redondo,

fruta cumplida. Pero lo has perdido. No.

No lo sabes. Has perdido el rostro. Por el amor

te has perdido. Y yo contigo.

 

ESCRIBIR ES UN SAQUEO: EL SAQUEO

de uno mismo. El alma irrumpe

y se vacía, su espíritu trasciende

hacia siempre o hacia nunca. Una paloma

alza su vuelo y en él todo se ha cumplido

y todo está perdido. Palabra, alma,

signo. Un alba que se alcanza

por encima o detrás de la mañana.

Un pozo de secreta agua que queda

del saqueo y que intacto perdura

como un sueño y en la que está y se refleja

mi rostro más cierto y verdadero.

 

LAS CALLES ANCHAS, LAS AVENIDAS, EL CIELO

abierto sobre ellas y el aire y la luz

que libres las fecundan. Caminara

yo allí, por ellas, sin olvido.

Caminara hacia algún sitio que ignoro

pero que al llegar a él me diera nombre

y si no es mucho pedir también tuviera

la forma exacta de tu rostro.

 

Éste es un poema breve y un deseo pequeño.

Pero en él quiero vivir y morirme, como si dentro de mí

estallara el estío.

 

EL MUNDO A CADA PASO

desanda su camino. Nos dirige

siempre hacia el olvido. Somos

en él un olvido. No despertéis

a los niños. Tienen vida

que comienza y madrugada

y manos que para acariciarla

se alargan. No despertéis a los niños.

No les digáis nada del mundo

y del olvido. Ya se lo encontrarán

en el camino.

 

LA NADA ME CONSTITUYE. EN LA NADA SOY,

me pulso. Recorre como fuerza la vida,

quizá como destino. Está detrás de cada cara.

Se encuentra al final de las mañanas y las esperanzas,

de todo lo limpio que en el hombre alienta.

Porque esto siempre acaba. Vivir mancha.

Y la nada lo vertebra. Sólo la nada queda.

De ella siempre estoy muy cerca.

 

EL INFIERNO SON LOS DÍAS. EL INFIERNO

no son sólo las posibles o seguras

escenas de espanto que he dicho,

y que quizá en la vida sucedan

y de ella se adueñen algún día,

sino que es también el día mismo,

su paso oscuro, su respirar, su latido,

el corazón de sombra que está escondido

y se agazapa tras las intenciones y las cosas,

los abrazos, los amores, las simientes,

los sembrados y los mares y los cielos y las noches.

A veces me parece que el infierno está detrás de cada cosa.

De él el hombre va escapando.

Pero con el tiempo se le acerca, le sigue

sus pasos, y al final todo es infierno

o todo nos lo nombra, nos lo recuerda.

El infierno es estar aquí, es estar vivos

del modo que lo estamos, es cada día.

 

HAY CALOR EN EL OLVIDO. HAY MÚSICA

y destino. Hay diminuta compañía, abrazos

de nadie y de nada, una estela que se aleja

y es de fuego y es de estrellas. En este café

la gente no se conoce y se aprieta, se acompaña.

Aquí todo es olvido. Y en la tierra,

la tierra entera, sus días que en la nada se engendran

y se suceden como agua que transcurre y que se olvida.

Porque todo es olvido. Por eso en él hay también

calor, música, destino. En esta tierra

mi naufragio anclo y quedo.

Me doy compañía a mí mismo,

como un huérfano. Desierto el tiempo.

 

ME HE OLVIDADO EN EL CAMINO. ME HE OLVIDADO

de mí mismo. Acaso algún poema me encuentre

y me lleve de la mano hasta donde más

en verdad habito. Mientras lluevo, espero,

vivo, y en él no termino.

Así he de cumplir mi destino.

 

LA TIZA O EL HOJALDRE DE LOS BESOS

con que en un poema antiguo

yo te dibujaba. Aquí los tengo,

otra vez entre los dedos: es lo que

me vienen ganas de decir, lo que deseo,

pero más cierto aún será decir que además de antiguos

estos besos están muertos. El pozo del amor

puede al final ser un pozo seco. El agua

corre fresca. Pero el viento es amigo de la muerte

y al final la noticia de su llegada trae,

y lo hace como si fuera una hoja cualquiera

que barriera. La trae ahora a este poema

y esta hoja barre, como tu recuerdo viejo

y por el tiempo herido, hecho sólo ya tiempo

que ni a sí mismo nombra, olvidado, ido, viejo,

como es de esperar de un beso de hojaldre o tiza

que inspiró un poema antiguo y del que para el poeta mejor será

decir que se ha perdido. El poeta

es reloj sin tiempo, o viento huérfano,

y en el fracaso se enterca y ahonda,

como un preso de sí mismo, o ese viento

que comento y al final le sirve

de sudario.

 

De Los soles por las noches esparcidos, El Bardo, Los Libros de la Frontera, Barcelona, 2013.

 

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Chiara Bolognese se licenció en Lenguas y Literaturas Extranjeras por la Università Cattolica de Milán (2001) y se doctoró en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid (2007). Ha sido becaria posdoctoral MEC-Fulbright en el Centre de Recherches Latino-Américaines de Poitiers y en la Universidad de Santiago de Chile. Actualmente es investigadora posdoctoral en la Universitat Autònoma de Barcelona, y es profesora en la Escuela Universitaria de Turismo Euroaula de la Universitat de Girona. Ha publicado artículos y ensayos acerca de Roberto Bolaño y sobre poetas y narradores chilenos, argentinos, venezolanos y cubanos y es autora del libro Pistas de un naufragio. Cartografía de Roberto Bolaño.


Texto © 2013 Chiara Bolognese
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