Literatura Poesía

Verónica Aranda presenta en Madrid “Café Hafa”

Café Hafa - Verónica Aranda

Verónica Aranda nos invita a interrumpir nuestro camino y a detenernos en este Café Hafa. Con su verso luminoso y firme, capaz de descifrar las callejuelas de la memoria, la autora recorre las bulliciosas medinas marroquíes, los cafés donde el tiempo cobra otra dimensión, las noches árabes que huelen a almizcle. La emoción encuentra así su expresión certera, la nostalgia se materializa en ritmo, en una poesía de viajes que nos trae los vientos de Tánger, el aroma de lilas y de bergamotas, endecasílabos con el sabor especiado de los zocos. Un viaje hacia el recuerdo y las vivencias, un encuentro con la intimidad de la escritura:

El gesto de sentarse en el café,
la ceremonia de escribir
como una caricia prolongándose
a la hora de la siesta
en ciudades marítimas.

Jorge Fernández Gonzalo

Café Hafa tiene un largo aliento lírico, y conjuga con sabiduría la emotividad del alma con los paisajes cromáticos de cuanto han visto los ojos de la poeta. Hay en los poemas del libro ese hilo mágico y sanador que concede la poesía verdadera, y hay también ese trabajo humilde y esforzado que asoma tras sus versos: “Busco el poema de la transparencia”, escribe Verónica Aranda, y en ese verso se copia y se refleja y dicta un cántico que descifra su íntima esencia.

Jorge de Arco

Selección de poemas del libro

CAFÉ HAFA

de Verónica Aranda

(Editorial Tres Fronteras, Murcia, 2012)

 

De la sección Cafés de Tánger:

Café Taif


Elijo la quietud,
aquella metafísica que gira
en torno a las teteras,
donde hay una tiempo líquido, humeante
que transcurre entre juegos de tahúr.

El tiempo medieval de relojes de arena
y de los matemáticos.

El tiempo en que el joyero corta láminas de ámbar
y el comerciante es verbo y oratoria,
entre los cofres y la platería
y gargantillas bereberes.

El tiempo de la muerte
que pasa por el zoco en parihuelas,
del amante que busca manchas de nacimiento
como revelaciones.

El tiempo en que te escondes
y te imagino en una casa antigua
donde entra poca luz
y retumba el bullicio
del sur de la medina.

Bajo uno de los arcos
la imprecación de los mendigos.
Recuerdos de una tarde en Udaipur.

El perfumero mezcla
lilas y bergamota.

 

Baba café

La extraña forma de medir el tiempo
en las pipas de kif, cuando el futuro
es lancha e incerteza
y la tarde tableros de desidia.

Puede durar un té lo que dura un otoño.
Tiempo o dilatación.
Tiempo: salmo y liturgia.
Tiempo: giro lunar de la mujer derviche.
Tiempo o franja de playa.
Tiempo: vientos alisios y Levante
que forja la locura de los hombres de costa.

Veré tu nombre escrito por las barcas.

 

Café Hafa

Veo morir los mitos, mientras pienso
en la literatura:
Paul Bowles, viajeros nómadas,
las fiebres amarillas en hoteles de época.
Esa enajenación del extranjero
que envejece tendido en un jergón,
dando lentas caladas a la pipa de kif.

Mohamed Choukri, hambriento por los muelles,
buscando un pan desnudo.
Kerouac, Tenesse Williams, Allen Ginsberg
en la terraza del hotel Muniria.

Ángel Vázquez huraño y endeudado,
ebrio en alcobas de pensiones lúgubres,
y Juanita Narboni
que hablaba sola por los viejos cines
y apuraba el anís de sobremesa
en un sopor austero de sirenas de barco.

Jane Bowles, dos damas serias,
amantes vendedoras de centeno,
y la lenta inmersión en la locura
y en el papel en blanco.

Veo morir los mitos, pienso en Tánger
en el verano del 49:
pérgolas, grandes fiestas hasta el alba,
un paisaje de acantos
y los caballos por el Monte Viejo.

Veo morir los mitos.
Descanso en las terrazas
del Hafa suspendidas sobre el mar
en un día de viento.
Aquí, bajo los tilos,
el trance y la resaca
de la Beat Generation, la amistad,
cierto desasosiego de domingo,
cacahuetes tostados
y un té con mucho azúcar
y avispas persistentes.

Ciudad y no ciudad,
universo de tránsito
en donde los viajeros traducían el mundo,
su porción de licor y nomadismo.

 

Café de los Navegantes

Me uno al desempleo y al hastío.
Dejo el tiempo expandirse a sorbos lentos
de té con hierbabuena
sin ninguna ambición. Pasa un entierro,
la niña lleva al horno dos bandejas de pan,
y observo al mercader de baratijas
que lee y relee la azora XIX
en la penumbra de un cuartucho oscuro
que huele a piel de cabra mal curtida.
Nadie amenaza su porción de luz.

 

De la sección Medina:

Tetuán

A la entrada del arco la medina
forma espacios de luz donde el silencio
es la alcoba interior de un curandero
que hierve ajonjolí
y olvida, ensimismado, el dédalo de calles,
las casas encaladas
o las tonalidades rojo cadmio
en los puestos de fruta.

Tiempo de espera, ritos, pipa de agua,
y de nuevo el café, donde me observo
entre los fumadores de hachís
que juegan, sin descanso, al dominó.

Se aproxima el poema
en su vuelo de albatros.

Fez

Vi las carnicerías donde colgaban liebres,
la sangre de cordero recién sacrificado
cuando las azoteas son un balido oscuro.

En la medina flores de durazno,
los dedos magullados del orfebre,
la lucidez del laudista ciego.

Me senté en un café
entre desocupados matinales,
un adverso de brújula en los ojos,
que malgastan las horas
leyendo y releyendo prensa árabe,
esperando que lleguen profecías de exilio
y otra noche de África: intemperie,
hacinación en todas las alcobas.

Este rincón del Sur que huele a establos…

 

 

Plaza Yamaa el Fna, Marrakech

La plaza es la plenitud del color, del olor, del movimiento: la extrema    tensión de la vida hacia su punto de explosión. Los círculos se hacen y deshacen y vuelven a hacerse como las formas del humo o las nubes. Hirvientes, el color y el olor. Y, a la vez, todo puede ser visto como desde el umbral de un sueño, sin penetrar en él, y puede todo quedar de súbito borrado.

JOSÉ ÁNGEL VALENTE

 

Busco el poema de la transparencia
en este espacio fértil donde bulle la vida.
Aquí entre sacamuelas, curanderos, domadores de monos,
la última estirpe de los cuentacuentos,
el tiempo hace acrobacias. Plenitud,
de color, de explosión, de magia errante,
la piel de las serpientes entre capas de humo.
Hierve el aceite, oscila
la luz entre los puestos de naranjas
a punto de exprimirse.

Hay días que la vida no es más que este tumulto.

Ciudad-adarve, roja,
palmeral y desgana.
En un patio cercano
algún pintor enjuto dibuja una patera.

Y ya entrada la noche
jugarán al parchís los hombres sin oficio.

 

De la sección Al Lil:

Anochecer

Regresas a la hora de la quinta oración,
cuando queda un instante la ciudad suspendida,
entre aromas de almizcle.

A la hora de la cena silenciosa
en la casa de huéspedes,
cuando en viejas buhardillas se llenan las bañeras
y continúa el ciclo de la euforia
y el apátrida se hace sedentario
bajo el conjuro de la azora XV
y los frutos rojizos del aliso.

Vendrá entonces la noche, sus estigmas,
la lluvia intensa en los embarcaderos,
y seremos inmunes
a aquella desnudez que hiere al alba.

 

Gacela

El fulgor nos espera y caminamos
por los nocturnos bulevares
con la audacia que da la lejanía,
su falsa trascendencia invertida en deseo.

Será tu cuerpo un campo de centeno maduro.
Será mi cuerpo entrega e impaciencia.
Una antigua gacela donde escanciamos vino
y la saliva sabe como el vino
y comparo tu rostro con la luna.

 

Albada

Apresúrate al vino a la luz del día
y colma la copa hasta que rebose
del líquido ardiente del olor del almizcle

ABU NUWAS

Gentes de paso, barcos,
aguaceros de otoño.
La forma austera de decir tu nombre
estos amaneceres con textura de alheña.

En un poema árabe un copero
escancia vino con aroma a almizcle.

Elijo la nostalgia y los granados

 

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Verónica Aranda (Madrid, 1982). Ha vivido en Italia, Bélgica, Portugal, India y Marruecos. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense. Ha realizado estudios de doctorado en la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi, becada por el Gobierno indio entre 2006 y 2008 y un Máster de Gestión cultural en la Universidad Carlos III de Madrid. Ha recibido los premios de poesía Joaquín Benito de Lucas, Antonio Carvajal de Poesía Joven, José Agustín Goytisolo, Arte Joven de la Comunidad de Madrid, Margarita Hierro, Fernando Quiñones y el Accésit del Adonáis 2009, entre otros. Ha publicado los poemarios: Poeta en India (Melibea, 2005), Tatuaje (Hiperión, 2005), Alfama (Centro de poesía José Hierro, 2009), Postal de olvido (El Gaviero, 2010), Cortes de luz (Rialp, 2010) y Senda de sauces (Amargord, 2011). Durante el curso 2005-2006 disfrutó de una beca de creación en la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores (Córdoba). Ha traducido al castellano poesía portuguesa contemporánea y al poeta nepalí Yuyutsu RD Sharma, Poemas de los Himalayas (Cosmopoética, 2010). Algunos de sus poemas han sido incluídos en diversas antologías y traducidos al inglés, francés, portugués, árabe, rumano, macedonio y nepalí. Colabora en varias revistas de creación literaria.

http://veronicaaranda.blogspot.com

 

 


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