Literatura Narrativa

La banda de los cuatro, un cuento de Rui Caverta

Rui Caverta

Por Rui Caverta

El autobús venía a gran velocidad por la avenida y no parecía detenerse. Ningún problema para las cuatros personas que se tomaron con habilidad de las puertas del mismo y lograron entrar como si fueran malabaristas. Malabaristas de mal agüero. El chofer pudo leer la expresión de muerte en los cuatro. Dos con sus propios ojos y dos que entraron por detrás por medio de su espejo retrovisor. Muerte y sangre. Ahí un mal futuro.

Mientras el sudor caía por la frente del conductor, los cuatro tomaron posiciones para amagar a todos los pasajeros. Estos, claro, no se dieron cuenta pues como era normal, ¿dónde no lo sería?, todos estaban sumergidos en las lecturas de sus libros. Cada nariz dentro de las letras y todas las columnas vertebrales sosteniendo el peso de la cabeza asomada. Uno que otro portaba un par de lentes; la continua lectura ya había erosionado su vista.

Cuatro armas, una por cada cabeza, hicieron su aparición en las manos de la intempestiva banda. Los lectores al fin levantaron la cabeza cuando oyeron el duro golpe del cañón de las pistolas chocar contra los asientos. De atrás para adelante, cada uno de los cuatro iba paseándose de arriba debajo del autobús. Su mirada delataba un ulterior propósito para los pasajeros. Hasta ese momento todos ignoraban su destino pero el nerviosismo apareció poco a poco en todos y al final los estrujamientos de manos, las cejas sudadas y los tics nerviosos eran comunes en todos los pasajeros. Sin saberlo, compartían la lectura de la cara de los cuatro que poco tiempo antes había tenido el chofer.

Comenzaron a hacer rondines alrededor del camión. Desde adelante hacia atrás veían con ojos sospechosos a cada uno de los pasajeros y miraban de reojo los libros de cada uno de ellos. Uno de ellos se acercó a uno de los pasajeros que destacaba por sus grandes cachetes. Tomó el arma y apuntó a su cara. La cara de la víctima pasó rápidamente de la sorpresa al miedo al intento de sonrisa simpática y de regreso a las otras expresiones tan rápido que sus pómulos parecían una gran mariposa intentado levantar el vuelo de su cara; sin embargo, no lograba nada sin importar que tan fuerte moviera sus alas.

De los labios de uno de los cuatro solo salió la expresión. “Mala prosa” antes de disparar directo en la cara del hombre. Los trozos de cráneo y corteza cerebral mancharon el asiento de un rosa carmín adornado de pequeñas motas blancas. El cuerpo del hombre chocó contra el asiento por la fuerza del tiro y los pómulos se inflaron todavía por el esfuerzo de vida dentro del cuerpo. Poco a poco fueron inflándose y desinflándose con menor velocidad como si la mariposa en la cara del hombre se durmiera poco a poco. El cadáver se quedó quieto; muerto.

Juicios parecidos salían de los labios del resto de la banda mientras masacraban pasajeros. “Débil metáfora”, “Pretencioso”, “Asco total” eran repetidos al ver el título de cada libro y proceder a aniquilar a los pasajeros. Al final, solo un par quedó vivo. Al parecer, los libros eran dignos de vida. Sin esperar un alto, los cuatro miembros bajaron del autobús en  movimiento y huyeron por entre la gente que iba caminando y leyendo. Por única vez en su vida, el conductor agradeció haber abandonado el hábito de leer y manejar al mismo tiempo.

II

En el escondite de la banda de los cuatro no se leía. Al menos no de manera abierta. Las horas de lectura se debían buscar en los momentos más solitarios y discretos. En el santuario del baño, cuando los otros salían por algún mandado o una pequeñez. Por cualquier cosa. Nunca se leía en grupo.

III

La sangre sigue, los disparos y las muertes en los autobuses también. La lectura pervive. Los cuatro también.

IV

El orden se rompe. Justo cuando van llegando tres de ellos, el cuarto se encuentra leyendo sobre uno de los sillones. La portada está cubierta por un guardapolvos negro para evitar reconozcan la identidad de lo que tiene en sus manos pero es tarde. Mientras que dos de ellos deciden pasar por alto todo, uno se abalanza sobre él. Hay un forcejeo desmedido alrededor de toda la casa. Los dos pares de manos se pelean el libro hasta que las hojas se desprenden del lomo y vuelan por los aires. Ahora se arrastran por el suelo. Uno por las hojas y el otro por su arma. Un duelo. Uno de ellos tiene una hoja en la mano, tirado en el suelo sin posibilidad de escapar al cañon que le está apuntando a la cara. El otro está encima de él, inundado de una marejada de sangre y con espuma bañando su mente. Se niega a ver su cara y decide cubrir su vista con la hoja para negar todo. El silencio se transfigura en norma. El otro está leyendo la hoja. El cañón no se ha movido de lugar. Los dos esperan un juicio. ¿Qué gana, La hoja o el cartucho humeante que hace soñar a las mariposas de pómulos?

Rompimiento. Los otros dos miembros llegan con la noticia. Una carta. Gobierno, iniciativa privada; lo que sea. Han sido subvencionados. Hoja, cartucho humeante, mariposa, dinero, gobierno.

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Rui Caverta, escritor mexicano, ha publicado en diversas revistas de diferentes países como La piedra, Katharsis, El Errante insaciable y otras. Forma parte de diversas antologías de prosa y poesía como ¿Somos poetas y qué? y Antología de Narrativa Rojo Siena. Publicó el libro Picodicciones en el 2012

 


Texto, Copyright © 2012 Rui Caverta
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