Literatura Narrativa

Hablemos, por favor. Tres cuentos de Lisset López

Cuentos de Lisset López

Por Lisset López
con ilustraciones de Miguel López Garrido

 

Hablemos, por favor

Ilustración de Miguel López Garrido

El cuarto estaba a oscuras. La luz del cigarrillo, cuando Mark lo inhalaba, hacía un intento frustrado por alumbrar la desnudez de Carla. Ella, aspirando el humo y con la espalda hundida en el colchón, encaró el silencio:

—¿Sabes a qué le tengo terror?
—A las cucarachas.
—Te hablo en serio.
—No sé, ¿a qué?
—¿A qué crees?
—A la muerte.
—Más que a la muerte.
—No tengo idea.
—A no dejar ni una huella. Que cuando ya no esté, nadie me recuerde.
—Puedes tallar tu nombre en los baños de la facultad.
—Te dije que hablaba en serio.
—Sí, disculpa, es tarde.
—Hoy fui al zoológico —dijo ella, apoyando la cabeza en el pecho de Mark.
—¿De veras?
—Sí, pero no pude ver al cocodrilo. Solo vi la marca de su cuerpo impresa en la arena.
—¿Y qué más viste?
—Solo eso, el rastro de su enorme cola.
—Qué pena que no viste nada más.
—El cocodrilo no se veía, pero su presencia se imponía de alguna forma.
—¿Cenamos juntos mañana? —dijo Mark, ignorando el comentario de Carla.
—Y que nadie se percatara de aquella huella inmutable fue lo que más me conmovió.
—Te hice una pregunta.
—Sí, ya te oí. No sé si pueda. Por favor, apaga el cigarrillo que me vas a quemar.
—Ya termino. Hasta mañana.
—…

 

La utopía de Matilda

Ilustración de Miguel López Garrido

Matilda albergaba una gran obsesión, caminar sobre los años sin despertarlos. Era tan liviana y de sonrisa tan inmensamente segura, que todos pensaron que lo lograría. Los años, nerviosos al oír el rumor, se desvelaron de tal manera que nunca más cerraron los ojos.

Ella, además de menuda, era incansable y decidió tenderle una trampa al tiempo. Se alejó con su paso juguetón y, sin más, empezó a cavar un pozo para que las manecillas cayeran atrapadas y no volvieran a andar. Abrió un agujero tan profundo que cosquilleaba el alma de la Tierra.

Matilda nunca regresó del hoyo. Cuentan, sin evidencias, que llegó al otro lado del mundo donde amanece más temprano. Aunque aún la buscan sin descanso, todos tienen la corazonada que también logró despistar al tiempo.

 

Sobre la almohada

 

 Ilustración de Miguel López Garrido

Aún no sé dónde lo encontré. Me refiero al valor de dejar a Francisco. A él lo encontré, más bien lo conocí, en casa de Magda. Ese día no teníamos nada mejor que hacer y nos reunimos un grupo de amigos. Era una tarde odiosa y fría; él se quitó la chaqueta y me la puso por encima, para que yo no pasara frío. Ahí empezó todo.

Años más tarde, en la manga de esa misma chaqueta secaría muchas veces mis lágrimas, pues él podía hundirme hasta la médula de la tierra y dejarme allí, sepultada por varios días. Eso sí, si yo tenía frío, él se quitaba la chaqueta y me la tiraba por encima. Era todo un caballero y todo un villano.

Hay sentimientos que se quedan ahí, a la sombra. Hay otros que crecen como el cabello, que desbordan el alma, que hastían. De esa imparable manera creció mi aborrecimiento hacia él.

Los años no lo enseñan todo, pero nos crean una corteza que se fortalece con el tiempo, como el tronco un de un árbol. Hoy puedo decir que sus bajezas no me causan más desvelos y que finalmente mi propia corteza se ha hecho fuerte. Por eso solo unas palabras me bastaron para escribirle la nota que dejé sobre la almohada:


Francisco,


Te dejo. Me ha llevado tiempo, pero he aprendido a quererme.


S.


P.D. He quemado tu chaqueta.

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Lisset López Bidopia nació en La Habana, Cuba. Residió en Cataluña, España de 1996 a 1997. Estudió en el departamento de Modern Languages and Literatures de la Universidad de Ottawa. Hace más de una década que trabaja para la Fundación Comunitaria de su cuidad, una organización filantrópica sin fines de lucro www.communityfoundationottawa.ca. Vive con su esposo Jorge e hijos Alex y Amanda en Ottawa, Canadá.


Textos ©  Lisset López
Ilustraciones © Miguel López Garrido
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